En cocinas y cuartos de servicio las sirvientas, choferes y mucamas lloraban en voz baja.

«EVA SE VA»

Por Roberto Bardini

Le quedan poco más de dos años de vida pero ha decidido seguir adelante, mientras se consume en su propio fuego.

EVA SE VA

Por Roberto Bardini

BAMBU PRESS

10/08/2006

En la noche del 15 de enero de 1944, un violento terremoto sacude la provincia de San Juan, lindante con la cordillera de los Andes, y en pocos segundos destruye la capital. Mueren 10 mil personas.

La tragedia conmueve al pueblo argentino.

El entonces coronel Juan Domingo Perón, secretario de Trabajo y Previsión, ministro de Guerra y director de Aeronáutica Civil, ordena inmediatamente el socorro a las víctimas.

La maquinaria bajo su cargo se pone en marcha inmediatamente y llega con ayuda.

La popularidad de Perón aumenta.

 Una semana después, en un festival artístico realizado en el estadio Luna Park a beneficio de los damnificados, el apuesto viudo de 48 años conoce a una hermosa actriz de segunda línea, de apenas 24: María Eva Duarte.

Cuentan que cuando el coronel Aníbal Imbert, íntimo amigo de Perón, los presentó, ella le dijo: “Gracias por existir, mi coronel”.

Después,  el militar y la artista se fueron a cenar juntos.

 Ninguno de los dos podía saberlo en ese momento, pero a partir del día siguiente la historia argentina tomó otro rumbo.

Sus efectos, como una prolongada onda expansiva, perduran hasta hoy. 

María Eva Duarte falleció nueve años después, a los 33 años.

En ese corto período de tiempo despertó pasiones a favor y en contra, y dividió en dos a la sociedad argentina.

Generó desprecio y admiración, fue odiada desde las vísceras y amada con fervor casi religioso.

Conquistó el corazón de hombres y mujeres de la clase trabajadora mientras despertaba el rencor de los sectores medios y altos.

Considerada “santa” por unos y “resentida”, “arribista” o “puta” por otros, nadie pudo quedar indiferente frente a su vibrante paso por la política.

Esa vocación ardiente -en la que mezcló ternura y furia, sed de venganza y hambre de justicia- terminó por consumirla precozmente en su propio fuego. 

Evita nació el 7 de mayo de 1919 en un rancherío cercano a Los Toldos, una pequeña localidad provinciana a 300 kilómetros al suroeste de Buenos Aires.

Resultó la menor de cinco hermanos.

La partera fue una indígena integrante de un desprendimiento mapuche, llegado desde Chile bajo el liderazgo del cacique Coliqueo. 

Frente al rancherío estaba la estancia La Unión, propiedad de Juan Duarte Echegoyen, casado y padre de tres hijas, cuya familia vivía en Chivilcoy.

La madre de Evita, Juana Ibarguren, había trabajado desde los 15 años como cocinera del “vasco” Echegoyen.

Y también, obligada por las circunstancias, le había aliviado las largas temporadas de soledad en la pampa.

Como resultado de esas uniones nacieron Elisa, Blanca, Erminda, Juan y María Eva.

 Un día, Echegoyen se fue para siempre a Chivilcoy.

Juana Ibarguren se trasladó con sus cinco hijos a Los Toldos, alquiló una vivienda de una sola habitación con piso de tierra y, para sobrevivir, se dedicó a la costura: cosía a máquina, desde la mañana hasta la noche, ropa para el campo.

Los niños tuvieron una infancia con carencias y sin alegrías.

Con la esperanza de mejorar, en 1930 la mujer se mudó a Junín, una ciudad más grande.

 La situación mejoró un poco. Elisa, la mayor, era empleada de correo y al principio todos subsistieron con su sueldo.

Después, Erminda -la tercera- logró un puesto de maestra y Juan consiguió empleo en una fábrica de jabón.

Juana Ibarguren adquirió unas cuantas mesas y sillas abrió un negocio de comida casera.

 Para entonces, Evita había terminado la escuela primaria.

En lo que más se había destacado la menor de los Duarte fue en Declamación.

Cuentan que cuando recitaba hacía llorar de emoción a sus compañeras de curso.

Soñaba con ser actriz.

 Las luces de la gran ciudad

 En enero de 1935, a los 16 años de edad, Evita se va a Buenos con la expectativa de convertirse en una estrella de cine y salir de la miseria.

La experiencia resulta más dura: sin dinero ni relaciones, recorre agencias de colocación, trabaja como modelo de publicidad y pasa hambre, vive en oscuras pensiones.

Con grandes sacrificios económicos pero sin amilanarse, toma cursos de actuación dramática y ese mismo año debuta en una compañía teatral.

Actúa de criada en la comedia «La señora de Pérez» y la única frase que pronuncia en toda la obra es: “La mesa está servida”.

 Gracias a su perseverancia, Evita obtiene pequeños papeles en el teatro y en el cine pero pasa inadvertida para directores y productores.

Tiene suerte en una actividad que ella no elige: en 1939, es contratada como locutora en Radio Belgrano, que entonces es la más importante de Argentina.

Aunque el trabajo no tiene mucho que ver con sus aspiraciones artísticas, por primera vez en mucho tiempo vive cierta seguridad económica.

Su especial tono de voz le facilita el acceso a radioteatros, donde se hace conocida.

Es figura central en una serie histórica sobre mujeres: Isabel de Inglaterra, Catalina de Rusia, Lady Hamilton.

Y sus fotos comienzan a salir publicadas en «Sintonía», la principal revista de espectáculos de la época.

Evita tiene apenas 20 años de edad.

 En la radio la sorprende el terremoto de San Juan de enero de 1944 y poco después conoce a Perón en el festival artístico a beneficio de las víctimas.

Con tenacidad, colabora con la acción que el entonces coronel despliega desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, y comienza a dirigir un nuevo programa: «La hora social».

En su audición, Evita se dirige a los trabajadores, a las mujeres y a los humildes, y describe los esfuerzos de Perón por construir un futuro mejor.

En menos de un mes, su voz cálida y levemente ronca es una de las más populares del país.

 Una fiera herida

 En junio de 1945, Perón es designado vicepresidente.

Pero el 9 de octubre, oficiales del ejércitos instigados por el embajador norteamericano Spruille Braden y celosos de su carisma, lo destituyen y arrestan.

Durante las tensas horas que transcurren entre la detención y el anuncio de que se encuentra “internado” en el Hospital Militar, María Eva Duarte se transforma en una fiera herida.

Hace una llamada telefónica tras otra, se reúne con políticos, periodistas, camaradas de armas de Perón, gremialistas.

Se sube a un automóvil y se hace llevar de un lado a otro de la ciudad.

Discute, persuade, hierve de furia, derrama lágrimas, promete, insulta a los gritos. 

En menos de lo que canta un gallo ha convocado a su alrededor a un grupo numeroso, selecto y leal de hombres de ideas y acción.

Luego de hablar con ella, cada uno parte a su cuartel, sindicato, barrio, radio, periódico o centro de actividades políticas.

 En la noche del viernes 12 de octubre, Perón es confinado en la isla Martín García.

Oficialmente se informa que la finalidad es “preservar su seguridad ante la posibilidad de un atentado”. 

El lunes 15 se generan las primeras reacciones.

Afiliados del Sindicato Autónomo de Obreros de la Carne salen a las calles pidiendo la libertad del coronel.

En algunos barrios de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires aparecen volantes a favor del ex vicepresidente y ministro de trabajo.

Uno de ellos, firmado por la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), dice: “La contrarrevolución mantiene preso al liberador de los obreros argentinos, mientras dispone la libertad de los agitadores vendidos al oro extranjero.

Libertad para Perón. Paralizad los talleres y los campos”.

 Al norte del país, la Federación Obrera Tucumana de la Industria Azucarera (FOTIA) declara una “huelga general revolucionaria en todos los ingenios”.

El jefe de la región militar de la zona, teniente coronel Fernando Mera, se compromete a avanzar sobre la Capital Federal junto con los obreros.

No figuran demasiados oficiales como Mera en la historia argentina del siglo veinte. 

Militantes de la Alianza Libertadora Nacionalista y simpatizantes espontáneos recorren las calles del centro de Buenos Aires al grito de “¡Patria sí, colonia no!”.

La policía los disuelve con gases lacrimógenos pero los manifestantes vuelven a reagruparse.

A la noche hay 87 detenidos.

 En la madrugada del 17, los obreros que desde el día anterior esperan una resolución de la Confederación General del Trabajo (CGT), se lanzan a las calles mientras sus dirigentes se meten en la cama. Los asalariados imponen de hecho una huelga general sin esperar la fecha fijada por la adormilada conducción de la CGT.

La espontánea decisión se extiende como una reacción en cadena a otros puntos de la ciudad, las provincias, el país.

 Los obreros tampoco hacen caso, desde luego, a los discursos de casi todos los partidos políticos, los esfuerzos del embajador estadounidense Spruille Braden, los editoriales de la prensa “democrática”, las conspiraciones “institucionales” de los cuarteles, las cultas tertulias del Jockey Club y las encopetadas reuniones de la Unión Industrial Argentina, la Sociedad Rural y la Bolsa de Comercio.

 El día anterior, un médico militar amigo de Perón le diagnostica una (falsa) pleuresía y convence al alto mando del ejército de regresarlo a Buenos Aires para tratarle la “afección”.

A las 6:30 de la mañana del mismo 17, después de cuatro horas de navegación, llega a la Capital Federal la lancha que conduce al prisionero y su custodia.

Lo llevan al Hospital Militar Central  y lo “internan” en el quinto piso.

 17 de octubre de 1945: el hondo bajo fondo se subleva

 En las primeras horas de la mañana, los trabajadores de las fábricas de Avellaneda, Lanús y Quilmes y de los frigoríficos de Berisso y Ensenada comienzan a formar grupos para marchar a pie hacia Buenos Aires.

Llevan banderas argentinas y retratos de Perón.

Pocas horas después, desde La Plata salen camiones repletos de gente con el mismo rumbo.

 Unos y otros convergen a las nueve de la mañana en la entrada a la Capital Federal pero se encuentran con que las vías de acceso sobre el Riachuelo han sido cerradas por orden de la policía y la Prefectura Marítima.

Los agentes obligan a descender a los pasajeros de distintos medios de transporte, los palpan de armas y les informan que deben continuar a pie.

 Paralelamente, columnas de hombres y mujeres provenientes de barrios populares atraviesan Buenos Aires rumbo a la Plaza de Mayo.

Por diferentes accesos, arriban trabajadores de Zárate y Campana.

Otros vienen de más lejos.

 Hay soldados acuartelados en Campo de Mayo y otras guarniciones.

Lo mismo ocurre en todas las comisarías.

Militares y policías están divididos en sus simpatías.

Aguardan, tensos, la orden para reprimir.

 El día avanza.

Como ríos, pequeños grupos se unen y se transforman en compactos torrentes que  marchan hacia la histórica plaza.

Algunos manifestantes comienzan a  gritar: “¡Aquí están, éstos son, los muchachos de Perón!”.

Otros, agotados por la larga caminata y el calor, se quitan los zapatos y sumergen los doloridos pies en las fuentes de agua.

(Tiempo después, el legislador Ernesto Sanmartino, de la Unión Cívica Radical, calificará a los seguidores del coronel como un “aluvión zoológico”).

El ensayista Raúl Scalabrini Ortiz, testigo de la época y miembro de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), describe aquella jornada que le cambió el rostro a Argentina:

 “Venían con su traje de fajina, porque acudían directamente de sus fábricas y talleres.

Frente a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas de pringues, de restos de breas, grasas y aceites. (…)

Era la muchedumbre más heteróclita que la imaginación puede concebir.

Los rastros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías.

Descendiente de meridionales europeos, iba junto al rubio de trazos nórdicos y al trigueño de pelo duro en que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún. (…)

Hermanados en el mismo grito y en la misma fe, iban el peón de campo y el tornero de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, la hilandera y el empleado de comercio.

Era el subsuelo de la patria sublevado”.

 Otro testigo de la época,  el historiador Juan José Hernández Arregui, relata: 

“A caballo unos, en bicicleta o camiones otros, a pie los más, aquella muchedumbre abigarrada marchaba como un sonámbulo invulnerable. (…)

Todo el país había concentrado la energía del trabajo cotidiano en una gigantesca huelga general.

Los obreros de los frigoríficos, del petróleo, del caucho, los portuarios, de la construcción, habían cruzado sus brazos sobre el pecho. (…) «¡Libertad para Perón!

¡Perón sí, otro no!

¡Muerte a los traidores!», se leía en los vagones ferroviarios.

Desde Córdoba, Tucumán, San Juan, Mendoza, Jujuy, los parias anuales de las cosechas, los criollos a precios módicos, descendían en marejadas sombrías a la ciudad puerto como símbolos eternos de un pueblo eterno”.

 A ellos suma su visión el escritor Arturo Jauretche, presidente de FORJA:

 “Fue un Fuenteovejuna: nadie y todos lo hicieron.

Se llenó la plaza, en una especie de fiesta, de columnas que recorrían la ciudad sin romper una vidriera y cuyo pecado más grande fue lavarse «las patas» en las fuentes porque habían caminado quince, veinte o treinta kilómetros”.

 A las 11:10 de la noche, Perón se hace presente en un balcón de la Casa Rosada.

Aclamado, habla a la multitud cuando faltan diez minutos para la medianoche.

A partir de aquella tensa jornada, sus palabras y actitudes determinarán la política argentina hasta el día de su muerte, tres décadas después.

El 21 de octubre de 1945, a los cuatro días de su liberación, el militar cincuentón se casa la actriz de 26 años.

Juntos, inician la campaña electoral que lo llevará a la Casa Rosada.

Perón gana las elecciones presidenciales cuatro meses después y asume el 4 de junio de 1946.

Treinta días antes ha sido ascendido a general.

 “Unas viejas de mierda”

 Desde el primer año de gobierno, Evita comienza a desplegar una actividad permanente.

Se levanta a las siete de la mañana, desayuna y comienza a atender en la residencia presidencial.

Recibe a hombres que buscan trabajo, a mujeres con niños que solicitan alimentos o dinero y a ancianos que piden medicamentos.

Después, pasa por la casa de gobierno, conversa unos minutos con su marido y parte hacia la secretaría de Trabajo, que tiempo después se transforma en ministerio.

A mediodía come algo liviano y continúa hasta las 11 de la noche.

Los policías de civil que la custodian, divididos en dos turnos, no pueden seguirle el ritmo y terminan agotados. 

A mediados de 1947, Evita desempolva un viejo proyecto socialista de voto femenino; en septiembre logra que se promulgue la ley.

En 1949, contribuye a la creación de la Rama Femenina del Movimiento Peronista y es elegida titular de la misma.

Como Primera Dama, aspira a que la nombren presidenta honoraria de la Sociedad de Beneficencia, un cargo que tradicionalmente se otorga a la esposa del presidente de la Nación.

Pero las aristocráticas señoras que integran esa entidad -quienes la denominaban despectivamente “La Perona”- no le dan el gusto.

“Es demasiado joven”, pretextan, y retienen la presidencia.

Ella les devuelve la cortesía: “Son una viejas de mierda”.

 Poco después, el 8 de julio de 1948 se crea la Fundación de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón, más conocida como Fundación Evita.

Al principio, los fondos son exiguos; luego comienzan a llegar donaciones bajo la forma de giros postales, sobres con dinero, encomiendas con ropa, paquetes con medicinas.

Los recursos aumentan considerablemente cuando ella comienza a presionar personalmente a ciertos comerciantes, empresarios y hombres de negocio.

Evita capitana

 Rápidamente se establece una marcada diferencia entre la asistencia social de la Fundación y la ayuda de las sociedades de beneficencia.

En su «Historia del peronismo (1943-1951», el antiperonista Hugo Gambini reconoce: “El nuevo organismo inició la construcción de hogares de tránsito, escuelas de enfermeras, ciudades estudiantiles, colonias de vacaciones, hogares para ancianos y clínicas de recuperación infantil.

La mayor inversión fue canalizada hacia la edificación de mil escuelas en todo el país y la habilitación de modernas policlínicas en el Gran Buenos Aires y las provincias del norte y del litoral.

Pero su éxito más espectacular lo constituyó la organización y financiación de los Campeonatos Infantiles Evita, que permitieron a millares de niños calzarse medias y zapatos por primera vez, y ser revisados por un médico”.

 Evita hace adquirir «Democracia», un diario fundado a fines de 1945 al estilo de «The Nation», de Estados Unidos.

A partir de 1948, ella publica varios artículos con su firma.

Ese año, bajo el título «Ayuda social sí, limosnas no», responde a las críticas de las iracundas damas de la Sociedad de Beneficencia:

“Para los que acusan, bueno es recordarles que la ayuda social que ahora se practica nada tiene de común con la de antes.

No llega a manera de limosna como caso excepcional, ni tiene antifaz de pensión graciable.

No se hace para cubrir los gastos de un lujoso departamento o del cuidado de un perrito de raza”.

El 12 de enero de 1950, Evita es operada de apendicitis.

Los análisis evidencian que tiene un cáncer.

Cuando los médicos le sugieren extirparlo, ella los manda al diablo y continúa  con sus actividades.

Mientras se vuelve más delgada y débil, extiende su ritmo de trabajo hasta horas de la madrugada.

Le quedan poco más de dos años de vida pero ha decidido seguir adelante, mientras se consume en su propio fuego.

La mujer que no ha logrado convertirse en una estrella de cine ni obtener títulos formales de estudio ha acumulado, a los 31 años de edad, una serie de distinciones populares que sobrepasan con creces sus vaporosas ensoñaciones de adolescente provinciana: Abanderada de los Humildes, Mártir del Trabajo, Jefa Espiritual de la Nación, Santa…

Incluso le han compuesto una marcha: «Evita capitana».

 Las milicias sindicales

 Hay una pequeña historia transformada en casi leyenda, que durante años se transmite de boca en boca.

En septiembre de 1951, un grupo de oficiales intentó dar un golpe de Estado contra el gobierno peronista.

En los cuarteles militares y bases navales se conspiraba contra un presidente al que se calificaba sucesivamente como “nazifascista”, “socializante” y “populachero”.

Evita, que desconfiaba de la lealtad de las fuerzas armadas, le expuso al dirigente gremial Armando Cabo, de la Unión Obrera Metalúrgica, un plan para crear milicias sindicales.

En el más estricto secreto, lo responsabilizó por su ejecución directa.

 Ella había viajado en 1947 como embajadora especial del gobierno justicialista por España, Francia, Italia y Suiza.

En uno de esos países -sostiene una versión- se enteró que en Bélgica existía un lote de armas cortas utilizadas en la Segunda Guerra Mundial y que estaban en venta.

Lo cierto es que la Fundación Eva Perón dispuso, en ese mismo mes de septiembre en que se produjo el intento de golpe de estado, una compra que preocupó al ejército: 5 mil pistolas y mil 500 ametralladoras para la formación de milicias obreras.

El intermediario de la transacción comercial era el príncipe Bernardo de Holanda. 

Casi tres décadas más tarde, la historia volvió a ganar actualidad.

En 1974, Dardo Cabo, hijo del sindicalista metalúrgico, era director de la revista «El Descamisado».

El 30 de julio de ese año publicó un artículo titulado “Evita combatiente: La milicia peronista”, en el que agregó otra versión:

 “En su viaje a Europa, Evita había hecho una rara amistad con la familia real holandesa.

Les contó toda la experiencia peronista a los reales gobernantes y les planteó la necesidad de que el pueblo se defendiera contra sus enemigos.

Los debe haber convencido, porque concretó la compra de un cargamento de armas que iban desde pistolas hasta morteros, utilizadas en la Segunda Guerra Mundial y que Holanda tenía en subasta”.

 Dardo Cabo explica en su nota que se basó en los relatos de su padre pero comete un error quizás involuntario: la gira europea de Eva Perón no incluyó Holanda.

Algunos consideran la posibilidad de que la Primera Dama haya conocido a la pareja real holandesa en cualquiera de las cuatro capitales que visitó: Madrid, París, Roma y Berna.

Otra versión especula que cuando ella estuvo en Suiza pudo contactarse discretamente con representantes del príncipe Bernardo, quienes poseían en Ginebra una discreta oficina dedicada al comercio de armamento.

 Según el historiador peronista Enrique Pavón Pereira esas armas nunca existieron: son un mito del que todos hablan y nadie presenta pruebas.

Pavón Pereira sostiene que fue una versión surgida de la usina de rumores que manejaban los antiperonistas exiliados en Uruguay.

Basa sus afirmaciones en el hecho de que no existen boletas de compra, ni permisos de importación, ni papeles de la aduana. 

Se atribuye a Perón la frase de que este historiador “es más Pavón que Pereira”.

Por las circunstancias históricas de momento, no es improbable que la adquisición de pistolas y ametralladoras se haya llevado a cabo como una operación encubierta.

Si realmente se efectuó una transacción de estas características, resulta ingenuo esperar hallar evidencias como boletas y permisos.

Ni en las actas del Congreso en aquella época, ni en documentación de los ministerios de Economía y Relaciones Exteriores hay constancias de la transacción.

Atilio Renzi, mayordomo de Perón y Evita en la residencia presidencial, aseguró que tenía conocimiento del plan de la Primera Dama para crear las milicias sindicales y suministrarles armamento.

Renzi asegura, incluso, que fue testigo de conversaciones entre ella y algunos dirigentes de la CGT.

Perón da marcha atrás

 “Lo que muy pocos saben del asunto, si es que aún queda algún sobreviviente, es que las armas entraron bajo el falso rótulo de «repuestos para maquinaria, de origen checoeslovaco»”, me dijo el veterano dirigente textil Andrés Framini en septiembre de 1999.

“No estuve directamente vinculado al asunto de las armas, pero Armando Cabo me habló muchas veces”, relató Framini.

“Éramos como hermanos y me consta que fue designado personalmente por Evita para crear las milicias sindicales.

En esa época, calculábamos que se podía contar con alrededor de 40 mil compañeros.

Armando tenía todas las condiciones de un dirigente gremial combativo.

Le sobraba capacidad y coraje suficiente.

Pero hubo presiones de arriba para suspender el asunto”.

 Los generales, almirantes y brigadieres peronistas –o que dicen serlo– se oponen, lógicamente, a la creación de las formaciones militares sindicales.

Es probable que el propio Perón no esté convencido de la iniciativa.

A mediados de 1952, cuando ya se sabe que Evita padece un cáncer que acabará con su vida, el general evalúa los conflictos que el avance del plan le está ocasionando en los altos mandos y decide congelarlo.

Sin embargo, una parte del embarque de armas alcanza a llegar al puerto de Buenos Aires: consiste en 5 mil pistolas calibre 45.

A una veintena se le coloca el sello de la Fundación Eva Perón y se reparte entre el personal de seguridad de la casa.

La CGT, por gestión de Armando Cabo, logra apoderarse de un centenar.

Menos de una década después, muchas de las pistolas de la Fundación Evita y la central obrera serán empuñadas por los algunos integrantes de la llamada Resistencia Peronista. 

Juan José Sebrelli, un sociólogo que sólo altera sus suaves modales cuando habla de peronismo o fútbol, escribe en «Eva Perón, aventurera o militante»: “Inmediatamente después de la muerte de Evita, Perón frenó la formación de milicias obreras, y las armas compradas fueron enviadas al Arsenal de Guerra, y de ahí cedidas a la Gendarmería Nacional, sirviendo después de 1955 para combatir a los mismos obreros peronistas, para quienes esas armas estaban destinadas.

La historia suele tener esas ironías”.

Al delicado Sebrelli estas “ironías” le alegran su espíritu refinado.

“Viva el cáncer”

La frase apareció pintada en las paredes de los barrios elegantes de Buenos Aires cuando trascendió que Evita padecía una afección terminal.

Así se manifestaba la también refinada “oposición democrática”.

El cáncer de útero le provocaba terribles dolores a esa mujer de 33 años, de rostro pálido, ojeroso y demacrado.

Los médicos la mantenían en calma con un sedante tras otro. Había ido perdiendo belleza, la voz y la fuerza.

En sus últimos días de vida pesaba 35 kilos.

Cuentan sus hermanas que la última frase que pronunció, casi inaudible, fue: “Eva se va”.

Y se quedó dormida.

Pocas horas después, su corazón dejó de latir.

En la noche de ese 26 de julio de 1952, la voz de un locutor anunció por  la cadena nacional de radio: “Son 20.25, hora en que Eva Perón entró en la inmortalidad”. 

En algunas mansiones de Barrio Norte y la Recoleta se destaparon botellas de champán y se alzaron las copas.

Mientras los patrones festejaban -como relató el sorprendido escritor Ernesto Sábado- en cocinas y cuartos de servicio las sirvientas, choferes y mucamas lloraban en voz baja.

RB/


N&P:
El Correo-e del autor es Roberto Bardini <robertobardini@yahoo.com>