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Chávez en Buenos Aires

El lunes 31 de enero, con un frío inusitado para un verano que había descargado sus furibundas iras sobre Buenos Aires con temperaturas de 38 y 39 grados, recibo un mensaje electrónico invitándome a participar en una reunión del presidente Hugo Chávez con intelectuales y periodistas, que se llevaría a cabo en el Hotel Sheraton. A la mañana siguiente me informan que la reunión se ha trasladado al Teatro Nuevo Ateneo, o sea al viejo Teatro Ateneo que actualmente regentea Pepe Albistur, el secretario de Medios de la Presidencia de la República, en pleno centro de Buenos Aires, zona de hoteles internacionales, negocios de artículos de cuero y muchachas dispuestas a que no sea tan solitaria la noche de los porteños solos, sean nativos o turistas. Al llegar, media hora antes de la cita, ya había a las puertas del teatro -desde cuya marquesina nos miraban los rostros de Arturo Jauretche y Atahualpa Yupanqui, Jorge Luis Borges y Alberto Olmedo, Roberto Goyeneche y Leopoldo Marechal, en una mescolanza típicamente argentina- unos cientos de personas, la mayoría de ellas pertenecientes a distintas agrupaciones sociales, el tránsito ya estaba cortado y me integré a un grupo que formaban el economista Alfredo Eric Calcagno y su hijo, el también economista Eric Calcagno, Martín García, el periodista Gabriel Fernández, el diputado Daniel Carbonetto, entre otros. Al abrirse las puertas la multitud llenó rápidamente las instalaciones, mientras el personal de seguridad de la comitiva venezolana dirigía a quienes venían con carteles y pancartas hacia los palcos superiores, mientras el resto nos distribuíamos en la acogedora platea. Por ahí llegaba Julio Piumato, secretario de Derechos Humanos de la CGT, una delegación de Madres de Plaza de Mayo, con sus pañuelos blancos, las periodistas Stella Calloni de La Jornada de México y Telma Luzzani de Clarín de Buenos Aires. En el escenario ya estaban Pino Solanas, Hebe de Bonafini, Alí Rodríguez, el canciller venezolano, Freddy Balzán, el jovial y expansivo embajador bolivariano en Buenos Aires y mucha otra gente. Por fin llegó Hugo Chávez, deteniéndose para saludar a todo aquel que quisiese estrechar su mano, para dedicarle unas palabras a un señor de saco y corbata, un chiste a un muchacho de remera y jeans o un requiebro a alguna morocha argentina que lo llamaba con blanquísima sonrisa. No pude evitar el recordar una recepción similar, aunque con mucho menos gente, allá por el año 94 o 95. Chávez acababa de salir de la cárcel, a la que había sido condenado por su levantamiento del año 92 contra Carlos Andrés Pérez. Para la prensa argentina no era más que el militar golpista. Para los partidos y grupos de izquierda era un antidemocrático carapintada venezolano. Sólo nosotros, desde la Izquierda Nacional, y algunos pocos más, veían en Chávez y en su prédica bolivariana la semilla, la chispa que iniciaba un nuevo ciclo en la revolución nacional latinoamericana, después del maremoto neoliberal. Por medio de faxes a ignotos teléfonos y cartas a ignotas direcciones había logrado que quien se decía discípulo de Bolívar y Simón Rodríguez pusiese en su agenda una visita a nuestro local en la calle Salta, para dar una charla en su próxima visita a Buenos Aires. Y aquella noche de invierno nos habló Chávez a una concurrencia que apenas llegaba a la centena. Nos contó de sus planes para presentarse a las elecciones presidenciales y nos transmitió la absoluta confianza que tenía en su triunfo, más allá del silencio y las mentiras de la prensa comercial. Nos habló de su admiración por la Argentina con esa misma caudalosa oratoria del Caribe que lo ha hecho famoso. Y nos ratificó esa iluminación que habíamos tenido al saber de él: por aquí iba la cosa. Y esta noche, en el viejo y ahora Nuevo Ateneo, volvió sobre los mismos tópicos. Pero ahora frente a una multitud que recibía su palabra con fervor religioso. Ha crecido el hombre. Se ha agigantado. Mantiene el mismo estilo de largo aliento, el mismo dejarse llevar por los meandros del pensamiento o del recuerdo, y manteniendo firme el objetivo político central de su discurso. Va y viene Chávez, cuando habla. Así como se remonta a su infancia campesina y a su abuelo, un alzado en armas por la causa liberal, uno de los últimos hombres de a caballo, se dirige a Pino Solanas proponiéndole hacer una película, justamente con ese título de epopeya. Y así como rememora un viaje a Libia y un paseo por el desierto, se interroga, como si recién lo descubriese, sobre todo el mundo que ha recorrido en estos seis años de presidente. Comparte su vida con quienes lo escuchan, cita a León Trotsky, recordando que la revolución necesita del látigo de la contrarrevolución para ir hacia delante, y cuenta que entró a la milicia porque quería ser bateador de béisbol en las ligas mayores. Relata las sensaciones vividas en el Foro Social Mundial de Porto Alegre y en la visita a los Sin Tierra y se sorprende de la variedad de protestas allí expresadas, incluso la de algunos que salieron a manifestar desnudos. Mira entonces a la platea, a los palcos, y con esa voz de barítono que ha heredado de vaya saber quien, agrega: Y digan que soy presidente, si no hasta yo me anotaba en esa. Pero toda esa incontenible parafernalia retórica, esa simpatía campechana, ese plebeyo sentido del humor y de la vida, no debilitan, sino que fortalecen el meollo de su mensaje: la unidad de los americanos bajo el amparo de la dignidad nacional, la independencia económica y la justicia social, la lucha antiimperialista como condición y garantía de una vida digna, de un futuro venturoso. El imperialismo es fuerte pero ¿qué vamos a hacer? ¿Aceptar que nuestro papel es el de ser dominados y que ese destino también les espera a nuestros hijos y nietos? Desde Roma a la Unión Soviética todos los imperios se vinieron abajo y todos empezaron a resquebrajarse por dentro. No conciben razones, concluye. Y acude a Samuel Robinson, a aquel humildísimo Simón Rodríguez que acompañó a Bolívar en su juramento en el Monte Sacro de Roma, para explicar que no se puede pasar el tiempo pensando, así como tampoco se puede hacerlo simplemente luchando. Tiene que haber tiempo para el pensamiento, para el libro, y tiempo para la lucha, para la espada. Y se acuerda de un compañero de milicia a quien invita a sumarse al levantamiento del año 92. Con gracia sin par cuenta que le preguntó si la Aviación estaba con el levantamiento, a lo que no pudo sino contestarle que había tan sólo dos o tres aviadores, pero que no estaban volando en ese momento. Y a la pregunta de cómo estaba la Armada, le responde con sinceridad que tan sólo hay dos oficiales a cargo de sendos barquitos desarmados, pero que son muy leales. Y a la pregunta de cómo ha respondido la Guardia Nacional, le dice que no, que ahí no hay absolutamente nada. A lo que su amigo le ha dicho que cuente con él, una vez que se hayan sumado la Aviación, la Marina y la Guardia Nacional. No es así, dice Chávez con amplia sonrisa, no, ahí es donde tiene que aparecer el Quijote, el que se juega. No se puede uno pasar la vida pensando, compañero. Donde Chávez parece haber crecido es, justamente, cuando habla de realizaciones. Lo entusiasman los acuerdos de intercambio alcanzados con el gobierno de su amigo Kirchner. Y no faltan silbidos desde algunos palcos, cuando nombra al presidente argentino. Y ahí se detiene Chávez. Y menciona a Mao Tse Tung. Afirma que el sectarismo es uno de los errores más profundos, que hay que tener muy en claro quiénes son los verdaderos amigos y quiénes los verdaderos enemigos y, nuevamente, acude a la parábola bajo la forma de un relato personal de cuando era un estudiante del secundario y sólo le interesaba el béisbol y las muchachas. Cuenta que tenía un amigo cuyo padre era marxista y él mismo lo era. Un muchacho muy instruido con el cual discutía pero al que respetaba mucho. Siempre andaba con un libro abajo del brazo, exagera. Cuando iban a los bailes, dice, siempre había alguna muchachita que miraba con interés a su amigo. Y él le decía pues, ve, sácala a bailar a lo que su amigo, muy serio le respondía: Ah no, Hugo, yo no la saco hasta que no se defina ideológicamente. Y entonces yo, que era horrible bailando, iba y la sacaba, porque para bailar nunca me interesó si era escuálida, marxista o lo que quiera. Pero vuelve entonces a los convenios, prometiendo que a la Argentina jamás le faltará gasoil o fueloil, porque Venezuela, que es una potencia petrolera se enorgullece, le proveerá de lo que le haga falta. Y ustedes son una potencia agrícola, nos cuenta, y me recuerda con tristeza que supimos ser también una potencia industrial. Entonces nos informa que a cambio de esa provisión energética se lleva de Argentina vaquillonas -y confiesa que es la primera vez en su vida que ha oído esa palabra- preñadas para que aumenten en un 60% la producción lechera de su país. Como para sacarme de la nostalgia de nuestra época industrial, cuenta que se lleva semen vacuno sexado. -¿Saben lo que es eso?. Como sospecha la respuesta, agrega: -Ven que no sabemos nada de nosotros mismos. Pues es un semen manipulado genéticamente que garantiza que la parición será de hembras. Y esto lo han hecho ustedes, los argentinos, los técnicos argentinos. Además encargará cuatro barcos tanque a los Astilleros Río Santiago, que se salvaron de la privatización. De la platea se oye una voz que quiere decir algo al respecto. -¿Cómo dice, compañero?, pregunta Chávez. -No se salvaron, presidente. Los trabajadores luchamos para evitar su privatización, explica la voz. Asintiendo Chávez aplaude e invita a aplaudir a todos. A esta altura está claro, aún para Chávez, que el público es heterogéneo. Que los palcos están ocupados por distintas organizaciones de izquierda, que no están de acuerdo entre sí. Que en la platea hay militantes e intelectuales peronistas, junto con dirigentes del partido comunista, de los maoístas del PCR y hasta un histórico Guardia de Hierro, como el diputado mandato cumplido Mario Gurioli, que no deja de cantar cuando aparece el ¡Patria sí, Colonia no! Chávez que había empezado citando ni más ni menos que a Manuel Ugarte, el socialista argentino profeta de la Patria Grande, recorre a Juan Jacobo Rousseau, a Simón Bolívar, a José de San Martín, a Antonio Gramsci, a Roberto Fernández Retamar, a Fidel Castro y termina su discurso mencionando a Juan Perón y su célebre El siglo XXI nos encontrará unidos o dominados, las mismas palabras con las que había cerrado en la mañana su discurso en el Salón Dorado de la Casa Rosada. La voz precursora de un militar patriota del Sur renacía en la palabra frondosa de un militar patriota del Caribe. Desde los mítines de la Unión Latinoamericana de Ugarte, desde la prosa fundacional de Jorge Abelardo Ramos, desde las jornadas guerreras del 2 de abril de 1982, Buenos Aires no había vivido semejante intensidad continental, semejante impulso americano. JFB/ NAC&POP: El Correo-e del autor es fernandezbaraibar@yahoo.com.ar