Editorial del sabado 15 de Octubre del 2005

UNA HISTORIA DE LA PUNA

Hoy, a caballo entre dos fechas muy caras a todos, o al menos insoslayables: el doce y el diecisiete de octubre,  este editorial intentará reunir ambos momentos históricos,  mediante el recurso mágico de la narrativa. 

Porque estamos convencidos que la narración oral abre el camino para nuevos niveles de conciencia, tal vez  porque apela a la imaginación y a la analogía, y seguramente, porque tiene la magia de mover cosas profundas en el oyente del relato, cosas que le suscitan relaciones nuevas de pensamiento, que le despiertan emociones y recuerdos olvidados, que le recrean épocas pasadas y le permiten ahondar en sí mismo y reencontrarse.   
Lamentablemente, esta Argentina nuestra tan golpeada, tan escarnecida, pareciera haber olvidado la narrativa. Muchos de nuestros amigos han olvidado aquellas anécdotas que alguna vez nos contaron, no sólo no las recuerdan, ya no podrían repetirlas y menos aún con la gracia y con la carga ideológica con que alguna vez lo hicieron, como si tantos años difíciles les hubiesen mutilado ese costado sabio que debía inspirarles una vida consecuente con los años heroicos que dejaron atrás. Y que lamentablemente, tantos, dejaron atrás y bastante atrás.   
Lo que les voy a contar es una historia de la Puna que tuviera lugar en los años cuarenta, cuando aún el malón de la Paz no  había llegado a Buenos Aires ni la justicia ni la distribución de las tierras había tocado con su gracia ese rincón lejano y campesino de la patria. 
Los Frites eran una de las tantas familias  de Palca de Aparzo, en el departamento Iruya, donde los caseríos coyas parecieran arraigados a la piedra  viviendo al ritmo antiguo de las coplas, en el ciclo de las llamas y del maíz prehispánico Pero en aquellos años, el obraje azucarero había roto muchos de aquellos ciclos milenarios.   Una vez al año, la seducción del trabajo asalariado arrastraba a las familias puneñas al infierno del cañaveral. 
Debían marchar a pie hasta Iruya, subiendo y bajando cerros, hasta alcanzar el pequeño poblado con sus bártulos, las guaguas y los abrigos para la noche extrema del altiplano. De allí en camión a Iturbe o a Perico, tal vez en tren, y luego combinar el otro ferrocarril a Salta, para llegar a San Martín del Tabacal. Un viaje largo, extenuante y sobretodo, un viaje doloroso para los que tenían tanta raíz puesta en el terruño.   
El trabajo de la caña en el ingenio era duro, las comodidades escasas, el engaño por parte de la empresa como una amenaza siempre presente. La familia trabajaba en común y cada uno conocía su rol y lo cumplía. Aquel año el Eulogio, chico de unos diez años, se enfermó mal de los pulmones y tuvieron que trasladarlo al hospital del ingenio. Por primera vez el Eulogio conoció una cama y  sábanas y además supo de los beneficios sanitarios del estado argentino, que generosamente con el ingenio construiría sus hospitales en el núcleo administrativo de la propia empresa.   
Cuando el Eulogio curó  de su dolencia, una de las familias de los administradores decidió que pasara su convalecencia como criadito para todo servicio y de paso, hasta podría ir a la escuela siempre que no hubiese muchos mandados para hacer en la casa. 
Un día el Eulogio vio dos mocetones grandes, bien trajeados con ropa de ciudad y sombrero que parecían haber estado de visita en el ingenio y que se iban cargando sus valijas. Corrió el Eulogio hasta ellos, deseoso de ganarse una propina y ofreciéndose a llevarles algún bulto.   
Les cayó en gracia a los hombres quienes se detuvieron y hasta se rieron de la desfachatez del coyita.-Pero decime, le dijo uno -¿Vos no sos el mismo al que tu madre  le estaba pegando en el jardín el otro día?¿Porque fue que te pegaron…-Sí,yo era-..dijo Eulogio, -y no es mi mama sino mi patrona y me pegaron por no regar bien las plantas del jardín.-Algo interior se tensó en ambos, e imprevistamente interesados ,le pidieron que ratificara.-¿Cómo, es tu patrona y te pega como si fuera tu madre?-uno le dijo al otro- ¡ -Esto tiene que saberlo el Coronel. Tenía razón cuando nos dijo que tuviéramos los ojos bien abiertos a todos los detalles para ver lo que hace el ingenio con esta gente.  
 Eulogio no tenía la menor idea de a lo que se referían y se sorprendía de haberse transformado en el centro de interés de aquellos caballeros.-Somos de la Secretaría de Trabajo y Previsión  y hemos venido para inspeccionar al ingenio San Martín del Tabacal, le dijeron. Después, le hicieron muchas preguntas sobre su vida y su familia. Le propusieron irse a Buenos Aires, para escapar del ingenio y cambiar de vida. Le dieron la tarjeta de un diputado a donde dirigirse y un fajo de billetes  para que viajara.   El Eulogio no había visto nunca tanto dinero y seguramente tampoco lo habría visto su familia.   
Los hombres le pidieron que lo ocultara, que no dijera nada a nadie, tan solo a su padre, que avisara a su familia y se escapara del ingenio, que en Buenos Aires ellos lo esperaban, luego se marcharon y Eulogio se quedó con su secreto, con todo el dinero para llegar a Buenos Aires, y con la  sensación extraordinaria de que su vida había cambiado para siempre. Pero las cosas no fueron sencillas.   
Obtuvo el permiso de sus padres, pero cuando viajó para sacar el pasaje, alguien le robó el dinero y sólo le quedó aquella  tarjeta con el nombre de quien lo hospedaría. Durante dos largos años el Eulogio lavó platos y fregó pisos para cumplir el compromiso contraído y poder alcanzar el sueño de ir a estudiar en la gran ciudad.   Porque es duro y paciente de raza, el Eulogio llegó un día a Buenos Aires y golpeó la puerta del diputado Alberto Fontana en el Barrio de Caballito, quien pese al tiempo transcurrido aún lo esperaba, lo acogió con naturalidad en su casa, lo hizo su asistente y lo ayudó a continuar con sus estudios. Y así fue como el Eulogio se hizo pronto ducho en trámites tribunalicios, en ordenar expedientes y legajos, aprendió con ojos asombrados a moverse por la gran ciudad convulsionada en esos años por movilizaciones obreras y por cambios sociales que parecían augurar el nacimiento de una grande y hermosa Nación.   
Un día el Diputado le explicó que era política del Gobierno preocuparse por pueblos como el suyo, el pueblo puneño, y que se estaba formando la Dirección de protección al aborigen, institución  con la que debía vincularlo para que se sumara y colaborara.   Así fue nomás, y de ese modo un Eulogio adolescente conoció al que todos llamaban el Cacique, un hombre mayor de origen patagónico, de palabra sabia y fuerte temperamento, que era quien había quedado a cargo del Instituto en formación.  
Solían encontrarse en un espacio cedido por el Ministerio del Interior en el Antiguo  Hotel de Inmigrantes sobre el Paseo de Leandro Alem, y pronto tanto el Cacique cuanto sus numerosos discípulos, todos aproximadamente de la edad del Eulogio y provenientes de los más remotos lugares del País y de todas las etnias conocidas, alborotaban los viejos salones del ministerio con sus corridas y sus risas, suscitando muy pronto entre los viejos funcionarios del ministerio la más fuerte antipatía.  
Eulogio recuerda que tanto entre empleados con manguito como entre ordenanzas y porteros, pronto fueron sencillamente conocidos como Patoruzú y su tribu de patorucitos, y de ese modo el medio pelo del ministerio daba otro sentido, un sentido socarrón y profundamente despreciativo, a una conocida historieta de la época, la del cacique Patoruzú y sus aventuras,  historieta que reflejaba nuevos sentimientos generalizados en un país que intentaba comprender su propia y compleja identidad nacional.   
Cierto día del año 1953 el cacique los reunió a todos, y les anunció que el general Perón los visitaría, algo más de una docena de muchachitos de pelo hirsuto y con todos los matices de la piel morena, con todos los acentos diversos de las hablas regionales y con la música y el colorido de lo que entonces Scalabrini denominaba el –el sustrato mismo de la Patria rebelada, quedaron expectantes, seguros que algo nuevo y maravilloso estaba por ocurrir en la aventura que habían iniciado. 
Y con ellos el Eulogio, el protagonista de nuestra historia como uno más, con su almita pura de la Puna, limpiamente abierta a lo porvenir.   El General llegó, un día cualquiera de ese año 53, se encerró con ellos y con el Cacique, todos sentados alrededor de la gran mesa del salón del Instituto, el Cacique a la diestra del Presidente, y entre todas las miradas azoradas y atentas, el Eulogio, uno más entre chorotes, guaraníes, wichis, tobas y nguluches con apellidos tan significativos como Mamaní, Pincén, Callvucurá, Coñuepán, .   
Perón, uno más entre ellos, recordándose tal vez a esa misma edad cuando aún era Juancito Sosa e iniciaba la carrera militar ocultando a todos su propio origen indígena y mestizo. Imaginémoslo ahora, más de cincuenta años después, Perón presidente de los argentinos, hablándoles largamente y con emoción a esos chicos de sus propios pueblos indios y de la Nación de la que él era presidente.   Ellos eran los portadores de una historia ancestral y única, una historia y una Cultura que debían preservar y habían sido elegidos en esa primera etapa para expresar a sus  respectivos  pueblos ante el resto de la Nación.   
Para finalizar, el Presidente puso la mano sobre el brazo del Cacique y le dijo solemnemente,: -Cacique, la formación de estos jóvenes es de absoluto interés nacional, esto es política del Estado Nacional, no hay para la formación e instrucción de ellos restricción presupuestaria alguna, usted disponga los gastos que sean necesarios. Vamos marchando hacia un gran Parlamento Nacional de nuestros paisanos y estos jóvenes serán los responsables de abrir ese camino…. Perón los abrazó a todos y a cada uno y luego se marchó.   
Volvieron a quedar solos y en silencio alrededor de la gran mesa. Estaban todos muy emocionados por las palabras y por la misión que les había sido encomendada, el silencio era denso en el gran salón. al fin el Cacique, luchando con su propia turbación trató de retomar la iniciativa. 
-Se los dije, tendrán que trabajar duro y ahora sí que no habrá excusas, el General espera de nosotros lo mejor y no hay que decepcionarlo, cada uno de ustedes tendrá que tener una profesión y ser bueno en ella, a ver vos, y los iba señalando uno a uno. vos vas a ser enfermero, y vos, mecánico, y vos, panadero, y vos radiotelegrafista y vos…, 
y así siguió, conocía las aptitudes de cada uno, era el tutor de sus estudios, el padrino encomendado que cubría todas las necesidades cotidianas de esos chicos,  era por sobre todo un buen hombre, un paisano de la Patagonia, de vida dura y sacrificada, pero no podía comprender las implicancias del  mensaje, no estaba a la altura de la misión que  le había sido encomendada.   
Algo se quebró en ese momento, algo que sesenta años después aún no pudo recuperarse. No habría para esos jóvenes Colegio militar de la Nación, instituto Balserio, Universidad de Buenos Aires, Instituto de Massachussets, no habría Sorbona, ni Salamanca, ni la Complutense de Madrid.   
Una  esperanza pequeñita se extravió como tantas veces, en la noche oscura del coloniaje. Y lo peor es que nadie tuvo la culpa, que no hay responsables, simplemente, que  no fuimos capaces de ver que esa oportunidad pasó a nuestro lado y que la dejamos ir.   
Eulogio era un chico, y aunque se mantuvo obstinado en el largo y profundo silencio de los coyas, se dio cuenta de lo que ocurría. A los pocos días buscó un empleo en la Municipalidad de Buenos Aires como obrero para hacer zanjas en las calles y se inscribió en la facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.. 
Él a su manera había comprendido el mensaje y quiero creer que tal vez fue depositario de lo que los otros no supieron ver en ese momento.   En nuestras discusiones políticas suele salir a luz una polémica nunca suficientemente resuelta, si es más importante la acción, o acaso la reflexión, si debemos dar prioridad a la acción o al pensamiento.   
Si he querido traer esta anécdota tan densa  en este día es porque estoy convencido que tenemos que reaprender a pensar para que nuevas oportunidades no nos pasen de largo, para que seamos perceptivos frente al misterio que nos rodea y que  pareciera insistir porfiadamente en ofrecernos una y otra vez esa oportunidad siempre única .   
Ayer alguien me contó detalles del encuentro último de Chavez con los obreros de los astilleros de Berisso y Ensenada, sus mensajes envenenados a la clase política que lo rodeaba en el palco, sus silencios teatrales haciendo como que se esforzaba por imaginar el nombre del primer barco, mientras la multitud bramaba a su alrededor.
Sus instrucciones sobre la construcción de viviendas para los trabajadores y sobre el necesario control obrero de la producción.   
Siento que durante dos largos años perdimos penosamente toda oportunidad de hacer algo hermoso con Lula y con el MERCOSUR, que no nos pase ahora lo mismo con Venezuela y con Chavez. 
Que no nos pase con el hermano pueblo boliviano, que no nos pase con el hermano pueblo del Paraguay, que se desangra resistiendo a los sojeros que llevan la semilla argentina de Monsanto. Mientras nosotros miramos para otro lado.   
Somos siempre lo que hacemos con nosotros mismos y buena parte de lo que hacemos con nosotros mismos es tan sólo saber elegir las oportunidades que nos da la vida, saberlas elegir o ignorarlas como solemos hacer los argentinos. 
Ojalá este editorial haya logrado producirnos una lágrima de pena por lo que pudimos ser y no fuimos, pero también una reverdecida esperanza por el mandato antiguo de llegar a ser, que sigue allí, aguardando que lo hagamos propio.   
Está en nosotros elegir.   
N&P: El Correo-e del autor es Jorge Eduardo Rulli 
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