Una historia sencilla

Atahualpa Yupanqui

La Juana vendía verduras por las calles de Jujuy.   Llegaba a la ciudad desde las quintas de Chisjra, al otro lado del Puente Pérez. Montaba un viejo caballo tobiano, sobre el que se destacaban, parejas y repletas, las árganas con papas, lechugas, zanahorias, cebollas y legumbres diversas.   La Juana se enhorquetaba sobre las ancas de la bestia y pasaba por las callejas jujeñas recién amanecidas. No se bajaba nunca. Hacía que el tobiano trepara la vereda, y desde él, golpeaba con un pequeño rebenque sobre la puerta, hasta que las chinitillas salían a comprarle cosas.   Su voz era un rumor que moría exactamente en los oídos de sus compradores. Porque la Juana pertenecía al gremio de los compradores sin pregón. Nunca golpeaba una puerta dos veces. Esperaba un rato después del llamado, y si nadie salía a atenderla, dirigía su caballo lentamente hacia otros zaguanes. Lucía la Juana, sobre el tono de su tez  -moreno cerril-, un marcado color rojo artificial, de compostura un tanto desordenada.   Casi siempre una mejilla estaba algo más encendida que la otra. ¿Sabe qué hacía? Pues antes de cruzar el Puente  Pérez y entrar a la ciudad, tomaba de la orilla del camino un puñado de flores punzó, una de esas campánulas que llaman flor de la maravilla; con esas flores todavía húmedas del rocío mañanero, encendía el tono de su rostro, refregando los pétalos sobre sus mejillas cobrizas.   Y así,  con sus dieciocho años sin lujos ni feriados, sin mantilla ni zapatos, pasaba por las calles, muda y tímida, sobre el tobiano lerdo, paseando quizás -mientras trabajaba-, un rayito de coquetería campesina, un pedacito de amalhaya cuya esperanza le entibiaba el anticipado invierno de su corazón.   Un día, casualmente, sorprendimos su regreso, por la senda que pasa frente al rancho de Tolaba y toma hacia las playas anchas y pedregosas del río Chisjra. Bajo el sol del mediodía -que hacía achicar los ojos- vimos a la Juana apearse de su caballo, acercarse a la corriente del río, y lavarse cuidadosamente el rostro. Estaba quitándose el color encendido de sus mejillas. Claro, en su rancho no le hubieran permitido tanta audacia.   Desde ese día la Juana fue para nosotros una persona importante. Antes la habíamos visto como un paisaje; como un pedazo de montaña jujeña desplazándose sobre la mañana de la ciudad, con su poncho de tres colores, sus fuertes piernas oscuras, sus sandalias indias húmedas y gastadas, su mano regordeta, mano hombruna, con un pequeño anillito de plata en un dedo; su cara de kolla sin edad definida, su sombrero de anchas alas y las dos trenzas negrísimas y largas. Era tal su timidez, que apenas si miraba cuando alguien la saludaba o le preguntaba alguna cosa que no tuviera que ver con las legumbres.   Un día dejó de aparecer por las calles jujeñas. Ya no se vio al tobiano subir mansamente las veredas y arrimarse a las puertas. Ya no paseaba la Juana su silencio por las calles, su colorcito prestado, su figura de muchacha proletaria, de kollita quintera, de verdulerita ambulante, sin pregón ni feriado.   Hasta que una tarde, una vecina nos dijo que la Juana estaba a su servicio, ayudando a una vieja cocinera. Y nos contó que en mala forma los dueños de esas quintas habían desalojado a los arrenderos, y entre ellos a la Juana y sus padres. Les habían tirado los catres al camino y unos milicos a caballo habían hecho rastrojo las hileras de lechugas y verduras. Los tatas de la kollita se habían ido para el lado de San Pedro y la Juana se había conchabado en la ciudad, cerca de nuestra casa.   Parecerá esta una historia sin importancia, una sencilla historia de una serranita jujeña. Es posible que así sea. Tal vez le resulta entretenido leerla a ese sector de gentes curiosas que se asoman al Reader’s Digest para acortar un viaje en tranvía o para discutir luego colaborando con los corruptores de la esperanza humana.   Pero hay un detalle todavía: la Juana tenía libre salida los domingos. Otras muchachas salían a ver a sus parientes, a sus amados, a sus amigos. Se iban a los ranchos de los trabajadores, donde no faltaba una zamba del pago, o una quena desgranando un yaraví nostálgico.   La Juana, sola, se encaminaba hacia el Puente Pérez; cruzaba por la senda frente al rancho de Tolaba; se allegaba a la playa de Chisjra y se detenía al final sobre el cerco de aquella quinta de verduras en que nació y trabajó y la que tuvo que abandonar, obligada de mala manera.   Y cuando volvía a la casa de sus patrones, éstos notaban en el rostro de la Juana un color encendido, primavera prestada por una flor del camino.   Y nosotros pensábamos, desde lo hondo del alma criolla y del amor a la tierra, en todo lo que tenemos que rendir, con patriótico esfuerzo, para que los proletarios del campo tengan su tierra y la siembren cantando; para que los desalojos y atropellos a trabajadores rurales sean un día un recuerdo malo, definitivamente superado; y para que la Juana sienta que la vida es buena, y llene de alegría su corazón ya sin primaveras prestadas ni limosnas que envilecen.   Atahualpa Yupanqui