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Una definición por si acaso quieren confundirnos

Por Floreal A. Ferrara 10.09.05   El camino hacia el futuro es casi igual que el ya recorrido. En el horizonte están el Imperio y la explotación, tal como antes; pero ahora peor.   Seguimos condenados a un condicionamiento, a una determinación, a un manejo desde otros lugares, desde los espacios donde en el exterior, se concentra el poder. Es otra vez, pero distinto; el poder Imperial, ese que ordena y decide, es el creador certero de nuestra dependencia colonizada. Es su arma frente a nuestra potencia.   Por Floreal A. Ferrara 10.09.05   El camino hacia el futuro es casi igual que el ya recorrido. En el horizonte están el Imperio y la explotación, tal como antes; pero ahora peor.   Seguimos condenados a un condicionamiento, a una determinación, a un manejo desde otros lugares, desde los espacios donde en el exterior, se concentra el poder. Es otra vez, pero distinto; el poder Imperial, ese que ordena y decide, es el creador certero de nuestra dependencia colonizada. Es su arma frente a nuestra potencia.   A veces se tiñe de mundo globalizado, ese en el que estamos inmersos, pero no por decisión propia, sino porque tal poder imperial, subsume nuestros destinos, en esas brumas que produce tal tinte; metonimiza nuestro futuro, ocultando la dependencia y la sumisión que solo el poder, el comando de los poderosos es capaz de edificar.   Los colores incluidos en la paleta que ha de producir el tinte que nos indiferencia, ese que torna gris nuestro perfil, tiene rastros advertibles de libertad de mercado, de privatizaciones incontenibles, de fuertes reflejos individualistas y sobre todo , representaciones adúlteras que confluyen en una democracia cada vez más indirecta, parcial y sometida. En ella cada vez somos más pobres y entre nosotros, cada vez se concentra en menos, la riqueza mezquina que nos queda luego que nos despojan de aquello que producimos entre -los muchos. Con esa concentración de la riqueza, entre pocos, que históricamente son casi iguales a los de los dos siglos anteriores de la historia patria, en esa iniquidad distributiva de los poderosos de siempre, también se perfiló la concentración del poder político-económico-social-cultural-religioso y más.   Los argumentos metonímicos que el poder diseña, para cubrir de palabras que le roba a la realidad y hacer con ella el discurso justo, para cubrir el otro y radical despojo de la riqueza que es de todos, apunta a edificar una categoría histórica-social, envuelta en el gran objetivo del bien común…. El bien de todos, por lo cual y para lo cual, también se inocula la fórmula bendita, de todos juntos, sin diferencias, ni conflictos, ni enemistades, ni rencores clasistas.   Entonces todos somos hermanos, aunque algunos, los pocos, esos concentrados del poder, se sigan quedando con una parte significativa de la riqueza nacional. Son -más hermanos que nosotros.   Entonces, sin rencores, ni divisiones, el discurso del poder es una invocación a favor de una unidad proclamada desde el poder y para el bien de todos de nuestra gente, de los argentinos unidos y convertidos en un cuerpo sólido y real.   Además, ese discurso apela a la capacidad creativa, productora, inventora, imaginativa de nosotros, de la gente que es llamada a producir. Es que sin ellos, sin nosotros, todo lo demás queda desnudo y se trata de que no se produzca el éxodo de los explotados por que así, la falsa tinción del discurso, habrá de desnudar la farsa del poder, listo para continuar con la explotación imperial. Y se llega al nudo de la duda, al corazón de la incertidumbre, en cuanto se escucha el ruido real del dilema histórico-político-social argentino.   Y las voces que claman, aún en clave progresista empujan prioridades para los cambios sociales. La fórmula parece oportuna y seductora. Entonces se atreven un poco más. Pero de todas formas, discretas, educadas, de equilibrio, modositas para no perturbar la paz perpetua, del poder eterno y terminante del Imperio.   Entonces comienzan en el discurso progre, las palabras reformadoras, atenuando, tonos, tintes y sentidos revolucionarios. Amenguando el empuje de toda posibilidad irrestricta de transformación real.   Aparecerán los párrafos estudiados, para Argentina, del implante de políticas distributivas y redistributivas que lleven equidad; de apaciguar el dolor interminable de los pobres, indigentes y hambrientos; de brindar más y mejores empleos, esto sea dicho, sin reparar que tales condiciones laborales seguirán arrastrando la escena primaria de la corrupción capitalista, que se instala desde el despojo inexorable de la plusvalía que conllevan tales empleos.   La reforma, su discurso y operatividad solo alcanza a solicitar achicar ese despojo; tranquilizarse con alguna consideración reguladora, o tal vez con pregonar alguna -renta infantil, o para la tercera edad… sin ni siquiera menear el atrevimiento revolucionario de -la renta básica universal…. Tal sacudida debe ser atenuada, siempre en tono reformador, sin molestar el sentido capitalista burgués, de una sociedad, que aún mirada sin grandes precisiones diagnósticas y apenas con mínimas valoraciones sintomatológicas o signológicas, ofrece claras evidencias de la injusticia tremenda de la explotación que comanda el Imperio transnacionalizado que nos ordena.   Y la debilidad elocuente se pondera, apenas escuchamos el discurso reformador sobre el mercado, sobre la libertad de mercado, ese instrumento demoledor que ha construido la burguesía, aún semidemocrático, o democrática restringida, para lograr los objetivos inmediatos de su dominio.   Los reformistas ofrecerán recetas, para controlar o regular ese mercado, esa libertad de comerciar las mercancías que el sistema productivo capitalista oferta para consensuar su despojo. Lo lamentable es que el discurso reformista, aún pareciendo de buena fe, pugnará por un mercado ético, transparente, participativo, cuando ellos deben advertir que el mercado competitivo lleva incorporado como esencia de su propia condición crematística que involucra a sus mercancías, la corrupción que le es consustancial.   El lucro capitalista, no se corrige con gradaciones más o menos aceptables. Ese lucro sostiene al sistema y el sistema es capaz de tolerar hasta cierto grado de reformas, pero no más allá, de esos sus propios intereses, que son siempre despojantes del trabajo de los muchos. Es decir corruptos y corrompibles, medidos en términos de -la democracia absoluta que perfilaba Baruch Spinoza.   Se ha hecho un hábito reinante en el discurso reformista, buscar apoyo en un concepto, que expresado en una sociedad de clases sociales vigentes, en una sociedad clasista como la de la democracia burguesa, aparece como un concepto salvador, o al menos reparador.   Se trata del consenso, es decir, del acuerdo, consentimiento de todos, los que intervienen en el conflicto, pacto, acuerdo social.   Pero ya es advertible, casi sin dificultad epistemológica alguna, que en la sociedad capitalista, cada consenso, cada consentimiento, implica siempre un desplazamiento antagónico, de alguien, o de algunos con respecto a otros.   Es cierto que los reformadores siempre anuncian que para lograr tal estado consensual, para imponer cada sutileza que lleve alguna justicia advertible, solo será posible a través de la lucha social.   Pero sepamos en hondura, que el comando imperial, ese contra el cual ha de desarrollarse la acción transformadora, su mando no está allí para producir nada vital, ni menos aún, algo ontológico. Ese mando está allí para destruir toda competencia transformadora de -los muchos, de la multitud definida por Spinoza.   Pero lo significativo de la realidad verdadera, es que al final y en síntesis, el poder imperial construye su vitalidad, su potencia, de la capacidad inmanente de la multitud, de -los muchos, esos que siempre advierten sus fuentes antagónicas de energías, valores y potencias. Así su antagonismo, no circula, ni combate buscando el consenso. En tanto es -multitud;  en tanto es potencia transformadora, que ha construido su verdadera -composición de clase, lleva su fuerza antagónica.   En este juego, en la batalla esencial del antagonismo, la multitud percibe que el funcionamiento del poder imperial, está unido, en tanto se despliegue el poderío antagónico de -los muchos, al derrumbe de toda posibilidad imperial. De allí que hoy desplegar la teoría reformista del consenso resulta una nueva fórmula de ocultamiento, que el Imperio ofrece para cooptar espíritus progresistas, obnubilando sus restos transformadores, que los explotados no han declinado y se esfuerzan, edificando sus composiciones de clases, irrestrictamente revolucionarias, para concluir con el pleito antagónico y no postergarlo. Ni siquiera con esas medianías tramposas de los consensos demoliberales.