El edificio del odio descorrió sus cortinas y dejó al desnudo todas sus miserias. Allí están, mírenlas. Y anoten en la piel para recordarlas cuando vayan a votar.

ESA MUJER, ESE LIBRO

Por Jorge Giles

Por si no te duelen los científicos que, antes repatriados, hoy vuelven a armar sus maletas, expulsados por los que sólo gobiernan para la timba financiera y el plan de hambre y entrega soberana. Allí están las miserias humanas para mirarlas y juzgarlas cuando la historia mande.
Y allí están los miserables. El ministro de injusticia grabado en el preciso instante que apretaba a un respetable juez para que se vaya. La pitonisa reina que pierde los estribos y escupe en público el odio que delata la comisura ladeada de sus labios.
No tienen alma, no tienen corazón, tienen veneno.

 

Por Jorge Giles

Agencia Timón

 

El edificio del odio descorrió sus cortinas y dejó al desnudo todas sus miserias.

Allí están, mírenlas.

Y anoten en la piel para recordarlas cuando vayan a votar.

Por si no te alcanzara ver el paisaje triste de compatriotas que duermen y viven en situación de calle.

Por si no te conmueven los cientos de miles de pibes que por una moneda hacen malabarismo con su panza vacía

Por si no bastaran los 300 mil desocupados de estos últimos años.

Por si no te perturban los jubilados y jubiladas que parten sus medicamentos y fraccionan el pan para comer al menos una  vez al día.

Por si no te duelen los científicos que, antes repatriados, hoy vuelven a armar sus maletas, expulsados por los que sólo gobiernan para la timba financiera y el plan de hambre y entrega soberana.

Allí están las miserias humanas para mirarlas y juzgarlas cuando la historia mande.

Y allí están los miserables.

El ministro de injusticia grabado en el preciso instante que apretaba a un respetable juez para que se vaya.

La pitonisa reina que pierde los estribos y escupe en público el odio que delata la comisura ladeada de sus labios.

No tienen alma, no tienen corazón, tienen veneno.

El ministro del interior, que habita ese mismo edificio en ruinas, que en un tono dulzón como un moscardón nos invita a rendirnos en nombre de la santa gobernabilidad y el perdón de los mercados y el fondo monetario.

Yo me muero como viví, canto con Silvio.

El presidente descansa, no hagan ruido.

Pasen y vean señoras y señores.

Esto es la Argentina, el último país que acuna en sus entrañas el realismo mágico que nos salva siempre, como una prosa de García Márquez que repara todo con metáforas y paradojas.

Por eso el juez que enferma se enferma, el fiscal que acusa es acusado, el operador en las sombras es enfocado y embocado, el espía que espía fue espiado y no hay secretismo que valga en el país que lavó sus patas y sus culpas en la fuente hace 70 años.

Esos miserables provocan modo cama caliente.

Se van turnando o provocan a coro, según la ocasión.

Quieren hacernos creer que estamos en el camino correcto y en el único rumbo irremediablemente.

Y claro que es así para ellos, para los miserables.

Con este rumbo el cadalso espera por nosotros.

Sobra la mitad más uno de la población en estos planes.

Sobramos todos, menos ellos, los dueños de la renta fácil y corrupta.

¿Sabes por qué no hay más violencia en esta patria nuestra?

Porque nadie pisa el palito de la provocación blindada.

Porque nosotros no festejamos la muerte ni la enfermedad de nadie, de nadie, de nadie.

Porque sólo celebramos la vida es que pedimos justicia, solamente justicia.

Porque hay un pueblo que tiene la memoria intacta.

Y entonces tiene su propia agenda y sus propios tiempos.

Y espera.

Esperar y tener paciencia en tiempos de odio, también es ser revolucionario.

El que no sabe esperar y no tiene paciencia, suele convertirse en un mero aventurero.

En medio del caos y el desorden institucionalizado, se impone el orden popular organizado.

Nos cuidamos entre nosotros o no nos cuida nadie; al menos hasta que recuperemos el timón del estado.

Creer, creer, creer, he allí la magia de la vida, decía Scalabrini Ortiz.

Nos abrazamos tanto que sin darnos cuenta, de pronto nos apareció esa mujer que en lugar de piedras de revancha, traía un libro entre las manos.

Y el libro floreció de boca en boca, de mirada en mirada, de huella en huella.

Es por aquí que vamos caminando.

Mira qué distintos somos, canta la popular.

Y piensa y sueña y canta y alza su nombre como bandera: Cristina.

Sinceramente, Cristina.

Quién sólo recibió agravios y venganzas y toneladas de fango y de miseria humana, vuelve caminando con un libro en medio de las llamas.

Ya falta poco, decimos cuando nos reconocemos en la calle y en la librería portando el libro.

Ya falta poco para pegar la vuelta.

Y regamos el patio de ladrillos y el de tierra y la terraza y cuidamos las macetas con malvones porque madura la fiesta popular que tendrá esa musiquita en la voz de Teresa y bailarán hasta nuestros muertos más queridos, después de tanto odio y desamparo.

Estamos todos invitados.

El patio es chico, pero este pueblo es grande.

Que así sea.