DICIEMBRE – BIALET MASSÉ. FOTOGRAFÍAS DE TRABAJADORES RURALES EN ARGENTINA – CENTRO CULTURAL DE LA COOPERACIÓN, AV. CORRIENTES 1543, SALA ABRAHAM VIGO [PB]- CABA

La muestra podrá verse los meses de noviembre y diciembre de 2018. Lunes a Viernes de 11:00 a 22:00 / Sábados de 14:00 a 23:00 / Domingos de 14:00 a 21:00 Departamento de Ideas Visuales. Sala Abraham Vigo [PB]. Curador de la Sala Abraham Vigo: Alberto Giudici. Centro Cultural de la Cooperación, Av. Corrientes 1543, CABA.

BIALET MASSÉ – FOTOGRAFÍAS DE TRABAJADORES RURALES EN ARGENTINA

     La muestra “BIALET MASSÉ: FOTOGRAFÍAS DE TRABAJADORES RURALES EN ARGENTINA” reúne una selección de las imágenes fotográficas que formaron parte del Informe sobre el estado de las clases obreras argentinas, presentado por el Dr. Juan Bialet Massé en el año 1904.

Este informe fue encomendado por el entonces presidente Julio Argentino Roca y su ministro del Interior Joaquín V. González al abogado y médico catalán con el objetivo de conocer las condiciones de trabajo en el interior de la república y así poder sentar las bases para una legislación obrera.

El 30 de abril de 1904, Bialet Massé presentó la primera parte del informe y solicitó poder completar el estudio, para el cual incorporaría fotografías de las provincias de Tucumán, Córdoba, San Luis, Mendoza y San Juan. A través de las imágenes del informe se puede visualizar la realidad económico-social de la Argentina, plena de potencialidades en cuanto al crecimiento y a su vez cargada de injusticias sociales que agudizaban la conflictividad que preocupaba a la élite gobernante de la época.

La exposición presenta además cuatro breves ensayos fotográficos:  “Soja” de Matías Sarlo, “Cosecha de uva” de Andrés Larrovere, “Raíz” de Paula Jiménez  y “Lo que persiste. Huellas de la agricultura colona yerbatera”, de Ilana Reck, Delia Ramírez y Luján Oliveira. Estos artistas volvieron sobre los pasos de Bialet y registraron en la actualidad algunos de los lugares que éste visitó hace más de cien años.

También podrán verse en vitrinas aspectos de su biografía y entorno familiar. A través de una serie de cuadernos de artista, realizados por Alejandra Díaz Bialet (bisnieta de Bialet Massé) reproducciones de fotografías familiares y documentos relevantes nos podremos acercar a su lado más íntimo y personal.  Se exhibe también el poema “La Caja” de la escritora Patricia Díaz Bialet (bisnieta de Bialet Massé) dedicado a su bisabuelo.

Esta exposición forma parte de un proyecto más amplio que contempla una página web, muestras itinerantes, series de charlas y conferencias y tiene como objetivo central generar un espacio que permita conocer y reflexionar acerca del lugar que ocupó (y ocupa) la fotografía en la conformación de una visualidad de los trabajadores en nuestro país y, a la vez, dar cuenta de la vigencia que el informe de Bialet tiene en la actualidad.

La muestra podrá verse los meses de noviembre y diciembre de 2018. Lunes a Viernes de 11:00 a 22:00 / Sábados de 14:00 a 23:00 / Domingos de 14:00 a 21:00
Departamento de Ideas Visuales. Sala Abraham Vigo [PB].
Curador de la Sala Abraham Vigo: Alberto Giudici.
Centro Cultural de la Cooperación, Av. Corrientes 1543, CABA.

Investigación, producción y curaduría: Ignacio Giorgio y Mariela Staude

“Porque hay hombres que han sido ración de historia desmedida.”

(Fragmento del poema La Caja, de Patricia Díaz Bialet, dedicado a su bisabuelo Juan Bialet Massé)

Estimados:

En esta oportunidad, además de la invitación a la muestra que se describe arriba, quiero compartir con ustedes fragmentos del Informe sobre el estado de las clases obreras, de Juan Bialet Massé, así como también fragmentos de su nutrida biografía, escrita por el Dr. Gregorio Bermann y titulada: Vida y obra de Juan Bialet Massé – Conferencia dictada en el curso inaugural de Medicina Legal de la Universidad Nacional de Córdoba en 1933 al cumplirse el cincuentenario de la cátedra de Medicina Legal fundada por el Dr. Juan Bialet Massé en la Universidad de Córdoba. La conferencia fue luego publicada en “La Semana Médica”, en diciembre de 1939.

Los fragmentos que transcribo a continuación fueron tomados de: BIALET MASSÉ. Juan. Informe sobre el estado de la clase obrera (VV. I y II), Madrid, Hyspamérica, 1985. 

El Informe original se titula: Dr. BIALET MASSÉ, Juan. Estado de las Clases Obreras en el Interior de la República, Presentado al Excmo. Sr. Ministro del Interior Dr. Joaquín V. González, Buenos Aires,1904.

Los saluda atentamente,

Patricia Dïaz Bialet

“Bien quisiera tener el talento descriptivo de un Zola, para presentar, palpitantes y vivos, los sufrimientos y necesidades de este pueblo, tan abnegado, que son grandes y muchos; así como los de esas pobres tribus indias, que en poco tiempo pueden ser traídas á la vida civilizada, contribuyendo con sus cien mil brazos, irreemplazables, á lo menos durante este siglo, para el desarrollo y la grandeza de la República, y hoy víctimas de su salvajismo, de que no se les puede hacer responsables, del abandono de su cultura, del desamparo de sus derechos y de la explotación inhumana de que son objeto; porque creo que ello bastaría para que del alto criterio de V. E. y de su rectitud surgiera el remedio y las soluciones que la Constitución ordena y la humanidad impone.

No se curan las llagas ocultándolas ó velándolas á la vista del cirujano, por un pudor mal entendido: es preciso, por el contrario, presentarlas en toda su desnudez, en su verdad, manifestando sus antecedentes con toda sinceridad, para aplicarles el remedio conveniente.

Puedo asegurar a V. E. que en esta investigación podrá haber error en las apreciaciones, pero que respecto de los hechos son tales cuales los he visto ó comprobado.

Mi modo de proceder, en desempeño de esta comisión, ha sido el mismo que he empleado antes. Ver el trabajo en la fábrica, en el taller o en el campo, tomar los datos sobre él y después ir a buscar al obrero en su rancho ó en el conventillo, sentir con él, ir á la fonda, á la pulpería, á las reuniones obreras, oírle sus quejas; pero también oír a los patrones y capataces.

En los ferrocarriles he pedido datos á los gerentes, he ido á los talleres, y al viajar en los trenes, me he bajado en cada estación, para ver el servicio, y donde lo he creído necesario he viajado en los trenes de carga, aprovechando las largas paradas en las estaciones. He penetrado en el toldo del indio y recorrido los puestos de las estancias.

Donde he podido y mis fuerzas ó mis conocimientos han alcanzado, he tomado las herramientas y hecho el trabajo por mí mismo, para sentir las fatigas; así he entrado en las bodegas de los buques, he pasado un día y otro al lado de las trilladoras y tomado la guadaña para cortar alfalfa y hecho medio jornal sentado en la segadora, al rayo del sol, en mangas de camisa.

En otros oficios, he aprovechado mi práctica, como en el de albañil, molinero, picapedrero y todos los que se relacionan con el arte de la construcción.

Al hacer todo esto he procurado -y creo haberlo conseguido- prescindir de toda teoría ó sistema, y aun de mis propias ideas socialistas y de los recuerdos de los libros y estadísticas, para atenerme puramente á la apreciación de los detalles de los hechos.”

[BIALET MASSÉ. Juan. Informe sobre el estado de la clase obrera, Madrid, Hyspamérica, 1985, Fragmento de “Presentación del Informe”, Vol I., pp. 13, 14]

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“Cuando en las cumbres del Famatina he visto al apire cargado con 60 y más kilogramos deslizarse por las galerías de las minas, corriendo riesgos de todo género, en una atmósfera de la mitad de la presión normal; cuando he visto en la ciudad de la Rioja al obrero, ganando sólo 80 centavos, metido en la zanja estrecha de una cañería de aguas corrientes, aguantando en sus espaldas un calor de 57°, á las dos de la tarde; cuando he visto á la lavandera de Goya lavar la docena de ropa á 30 centavos, bajo un sol abrasador; cuando he visto en todo el Interior la explotación inicua del vale de proveeduría; cuando he visto en el Chaco explotar al indio como bestia que no cuesta dinero, y cuando he podido comprobar, por mí mismo, los efectos de la ración insuficiente en la debilitación del sujeto y la degeneración de la raza, no han podido menos que acudir á mi mente aquellas leyes tan previsoras de todos estos y otros detalles que se han reproducido en cuanto se ha creído que faltaba el freno de la ley.”

[BIALET MASSÉ. Juan. Informe sobre el estado de la clase obrera, Madrid, Hyspamérica, 1985, Fragmento de “Presentación del Informe”, V. I., p. 17]

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“Uno de los errores más trascendentales en que han incurrido los hombres de gobierno de la República Argentina, ha sido preocuparse exclusivamente de atraer el capital extranjero, rodearlo de toda especie de franquicias, privilegios y garantías, y de traer inmigración ultramarina, sin fijarse sino en el número, y no en su calidad, su raza, su aptitud y adaptación, menospreciando al capital criollo y descuidando al trabajador nativo, que es insuperable en el medio.”

Este error no sólo ha perjudicado al país, sino al extranjero mismo.

El capitalista extranjero no ha mirado al país sino como campo de explotación pasajera y usuraria: ha entregado las gestiones á personas que no miran sino el alto dividendo, como medio de asegurar sus puestos, sin reparar en los procedimientos, cayendo no pocas veces en hacerlo redundar en provecho propio; que al fin y al cabo el que extrema para otros, cae en la cuenta de que algo debe quedar para él, y obtiene así dividendos que pudieran duplicarse con administraciones más racionales. Nada han hecho para mejorar al país, ni siquiera sus propias industrias; todos ven que el país progresa, pero á pocos les ocurre preguntar: ¿qué es lo que debiera haber progresado, si esas administraciones no hubieran estrujado á sus propios obreros, no hubieran estrujado á la producción, á la que hacen cuanto pueden para no dejarle sino lo indispensable para que no muera? ¿Qué es lo que esos capitales habrían ganado, si hubieran hecho sus gerentes algo siquiera para el propio beneficio de la empresa, sometiéndose á la ley y llenando los objetos de la concesión honradamente?”

[BIALET MASSÉ. Juan. Informe sobre el estado de la clase obrera, Madrid, Hyspamérica, 1985. Fragmento del Capítulo I “El obrero criollo”,  V., p. 29]

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“Es ahí donde el indio aprende lo que es el catálogo de venenos alcohólicos, única cosa que se le enseña; es ahí donde lo explotan sin medida, y es ahí de donde salen las calumnias para disculpar las propias faltas.

Se dirá, ¿cómo es posible que á gente tan buena se le atribuyan tan malas pasiones y se la pinte con tan negros colores? ¿Qué interés hay en perjudicarla?

Debe decirse de una vez y francamente: los terrenos que poseen los indios son excelentes, están cultivados en su mitad, cercados y bien cuidados; si los indios son echados, esos terrenos se podrán comprar; agréguese á esta codicia un poco de política, y se tiene toda la clave.”

[BIALET MASSÉ. Juan. Informe sobre el estado de la clase obrera, Madrid, Hyspamérica, 1985. Fragmento del Capítulo II “El territorio nacional del Chaco”, V.I., pp. 62, 63]

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“He aquí lo que puedo afirmar: hay en el Chaco establecimientos poderosos y de gran producción, pero cuando uno penetra en su organización y detalles, se duda de si fuera mejor que no existieran. Ingenios, obrajes, fábricas de tanino, cultivos de maní y tártago, grandes naranjales y bananales, proveedurías, talleres, carrocerías, todo un pequeño mundo que se desenvuelve aparte; pero también un pequeño estado, despótico monárquico, que se desenvuelve dentro de una república democrática.

Todos los poderes reunidos en una mano para organizar una gran explotación, hasta la emisión de moneda.  – Allí caen todos los indios y cristianos, americanos y europeos. – Se está ó no se está, pero el que queda se somete y entra en la corriente.”

[BIALET MASSÉ. Juan. Informe sobre el estado de la clase obrera, Madrid, Hyspamérica, 1985. Fragmento del Capítulo II “El territorio nacional del Chaco”, V.I., p. 65]

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“Se habla de expulsar indios; y ¿con qué derecho? ¿Acaso el nacido en la tierra, víctima de una conquista injustificada, por más que la aprovechemos, el dueño diez veces secular de la tierra no está amparado por la Constitución? Si delinque, para castigarlo hay tribunales; y si no los hay, deben crearse, atendiendo á esta necesidad primordial, base principal de la justicia.

He leído y leo que hay quien pide guerra y exterminio; pero ese ultraje á la humanidad no ha de cometerse por una nación civilizada, que no se contenta con figurar en el común de las naciones, sino que aspira á ocupar y ocupará un lugar entre las que marcan eras de grandes civilizaciones.

¡Una hecatombe de 40.000 hombres y de 60.000 mujeres y niños inocentes! ¡No se piensa en lo que se dice, hay un extravío de la razón!

Lejos de mí un sentimentalismo jeremíaco; he visto el abuso y el delito; veo la Constitución y las leyes, y me hago eco del clamor de la justicia. Lo que sucede con el indio no es más que la exageración de la causa de lo que se hace con el criollo en aquellas apartadas regiones; el malón del indio no es ahora tan grave ni tan frecuente como la cuatrería, ni la sublevación del indio es más perniciosa que la revolución política. ¿Se querrá exterminar al pueblo entero? ¿Con quién se quedarán los exterminadores? ¿y de qué vivirán? ¿Traerán una falange de ángeles del cielo para hacer un nuevo pueblo?”

[BIALET MASSÉ. Juan. Informe sobre el estado de la clase obrera, Madrid, Hyspamérica, 1985. Fragmento del Capítulo II “El territorio nacional del Chaco”, V.I., p. 104]

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“En aquella atmósfera seca la evaporación es rapidísima, da una sed irresistible; yo que soy un gran bebedor de agua me siento seco, la lengua se pega al paladar y pido agua. Me traen un vaso con un líquido lleno de moléculas de mineral en suspensión; tiene el aspecto gris del agua de los lavaderos de carbón. La cosa repugna, pero la sed puede más y me echo á la boca un sorbo, porque está muy fría; pero no la puedo tragar, aquello tiene un sabor metálico arsenical y francamente venenoso; á pesar de la sed, lo escupo. Intento refrescar la boca otra vez, y otra vez no puedo; noto el veneno con mayor intensidad y pronto lo repelo.

Pregunto si no hay otra agua; y me contestan que no, que esa es la que beben. Aquellos muchachos agotados, lo están por el veneno; no puedo menos que protestar y protesto; aquello es inhumano, se está asesinando á la gente.”

[BIALET MASSÉ. Juan. Informe sobre el estado de la clase obrera, Madrid, Hyspamérica, 1985. Fragmento del Capítulo III “La Rioja”, V.I., Inciso A. Chilecito – El Famatina – El alambre carril – La mejicana    p. 288

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“Es desolador ver una yunta de caballos flacos, con el lomo escarchado tirando penosamente del arado, que no penetra quince centímetros, estimulando su trabajo por el látigo, como si éste pudiera subsistir a una alimentación regular, dirigido por un obrero flaco, aterido de frío, mal alimentado y peor pagado.

El resultado es un trabajo pésimo y caro, la muerte ó inutilización del animal y el agotamiento del trabajador, que se desmoraliza y burla al patrón ó contratista cuanto puede; he visto campos con intervalos bastantes grandes apenas arañados por la punta del arado en el paso al tiro de los caballos; los ralos de la siembra lo demuestran, y en la escasez del rendimiento final está el castigo.

He obtenido algunos éxitos haciendo ver á muchos patrones y á algunos contratistas las ventajas de tener buenos animales y mantenerlos bien, de pagar bien á los peones, y de las jornadas cortas y bien aprovechadas; pero en la inmensa mayoría de los casos he tropezado con la tenacidad de la codicia mal entendida y de la ignorancia, tan crasa y más en el contratista que en el peón; y sus últimos argumentos son: que en primer término la siembra no es para ellos y les basta cobrar lo contratado; que los animales le cuestan poco y aunque se mueran, con tal de que aguanten la campaña, le dan el resultado querido, y los peones no son sus hijos, ni sus hermanos y los pagan para que trabajen, y de ahí no salen.

Es preciso que la ley venga á fijar límites á esa codicia y á esa ignorancia, en beneficio de la riqueza pública, del obrero y del patrón mismo.”

[BIALET MASSÉ. Juan. Informe sobre el estado de la clase obrera, Madrid, Hyspamérica, 1985. Fragmento del Capítulo IV “El trabajo agrícola”,  V.I., pp. 144, 145]

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“En los establecimientos que tienen maquinaria vieja se hace un abuso, ó mejor, se comete un crimen, que no puedo silenciar.

La carga de la carne se hace por medio de un ascensor en plano inclinado, y como no tiene bordes que la mantengan, sobresale al llegar á la cumbre. Para ponerla dentro se colocan tres niños á cada lado. Recuerdo haberlos visto, chiquilines de diez años á doce y algunos de ocho años, y me dicen que es ahora como antes. Estos niños, al menor descuido, caen y se rompen las extremidades o se mueren: lo mismo da. Ahora se les hace el beneficio de prohibirles el poncho, causa de numerosas desgracias; mas como el trabajo es en el invierno crudo, la bronconeumonía da cuenta de muchos; pero esta cuenta se salda en el hospital, si una curandera no se encarga de acelerar el viaje del chiquillo al otro mundo. Aun se les conservan doce horas de trabajo y se les pagan de 6 á 12 pesos al mes, con ración.

Los defensores de menores y los jueces no saben esto; pues de saberlo no creo que cayeran en la complicidad de tolerarlo.”

[BIALET MASSÉ. Juan. Informe sobre el estado de la clase obrera, Madrid, Hyspamérica, 1985. Fragmento del Capítulo VI “El azúcar”, V.I., p. 230]

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“Después de la industria del calzado, viene la de la cal y de la piedra.

Sin duda alguna, por la grandiosidad de los hornos, la perfección del cocido, la situación de la fábrica sobre los mismos rieles y por su organización, es la calera del señor Serrano la mejor que tiene Córdoba.

No hace competencia en los precios, antes bien cobra un peso ó dos más que las otras fábricas, y el público la prefiere, por la perfección del producto.

En ésta como en las demás fábricas de Córdoba, el trabajo se hace en hornos continuos de diversos sistemas; todos queman leña del país; el señor Arnaud usa hornos a gasógenos.

Generalmente la piedra en los hornos bajos del Pucará viene por el ferrocarril de Malagueño, de estas canteras y de la de Yocsina; en Alta Córdoba de Mal Paso y Saldán.

Llega en trozos grandes, que se entran directamente al horno, en los hornos de Serrano y demás altos hornos de este sistema, o se chancan; es decir, se rompen para reducirlas al volumen que exige un buen cocimiento, según la fuerza del horno y del combustible.

En Malagueño, Yocsina, Mal Paso, Bamba y otros lugares de Córdoba, se quema la cal junto á las canteras. En estos hornos se paga el suministro de piedra por un tanto al mes, que corresponde á la capacidad del horno; el obrero la saca en cantera y los carros la llevan al pie del horno donde se chanca. Cuando los hornos son de poca capacidad, la chancada se da á los mismos quemadores, los cuales hacen dos ó tres cargas por día, y mientras andan los hornos tienen tiempo de chancar.

El quemador descarga sacando el número de parrillas que es necesario; la cal cae en la taza y allí la deja; entonces se pone una capa de leña, y otra de piedra o varias alternadas según la capacidad del horno.

La leña hay que prepararla, cortándola á la medida y volumen convenientes cuando no viene del monte en esta forma. Ese corte lo hacen al hacha los mismos quemadores; pero cuando el trabajo es mucho se da por tanto la carga o se toman hachadores al día.

El trabajo penoso de los hornos es el del calero; se llama así al obrero que saca la cal quemada de la taza del horno y la lleva á la cancha ó al apagador. Cuando la salida es en rampa el esfuerzo es enorme. El calero debe sacar los crudos y fundidos que no son admisibles; su trabajo es de pocas horas, pero equivale á una jornada larga, por el esfuerzo que requiere.

El señor Serrano tiene una sierra circular para cortar la leña; otros tienen chancadores para servir varios hornos; otros compran la leña, otros tienen monte donde la hacen cortar generalmente á tanto el metro cúbico.

Estos hornos han arrasado los montes que había en sus alrededores, siendo notable la despoblación en Malagueño, Yocsina, valle de Cosquín y de San Roque y otras localidades, y su alejamiento la ha encarecido al punto de que la carbonilla del carbón de piedra, el coke y los combustibles minerales importados, á pesar de su alto precio, son más económicos que la leña.

Los chancadores sufren los mismos inconvenientes que los picapedreros en general; pero los quemadores, caleros y todos los que maniobran la cal cáustica sufren los efectos del polvo, principalmente en los ojos, la garganta y en los bronquios. Cuando la acción no es muy continuada, no tiene consecuencias, pero en el caso contrario se producen conjuntivitis, laringitis y hasta hemorragias bronquiales.”

[BIALET MASSÉ. Juan. Informe sobre el estado de la clase obrera, Madrid, Hyspamérica, 1985. Fragmento del Capítulo VIII “Córdoba”,  V.I., pp. 321, 322]

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“Una de las cosas que ha puesto en mayor evidencia el estudio experimental de las jornadas cortas, es: cómo ellas contribuyen á fomentar el sentimiento de la dignidad y de la libertad de los pueblos; cómo eleva su nivel intelectual; cómo fortalece la raza; cómo las jornadas largas degradan física y moralmente; cómo preparan los pueblos á la servidumbre, á tirar como bestias del carro de los tiranos; de tal manera, que se puede sentar como verdad incontrastable: «No hay ni puede haber pueblo fuerte, grande y libre, donde la jornada es larga y excesiva».”

[BIALET MASSÉ. Juan. Informe sobre el estado de la clase obrera, Madrid, Hyspamérica, 1985. Fragmento del Capítulo XIV “La jornada racional o la jornada tipo de ocho horas”, V.II., pp . 546,547]

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Estando yo en San Juan se presenta una Compañía solicitando el derecho de aprovechar la energía del río San Juan para luz y fuerza motriz. Un monopolio total por noventa y nueve anos, y además proponía cobrar por el alumbrado público y por la energía á particulares tarifas realmente exorbitantes.

La propuesta me pareció una insolencia, una falta de respeto al Gobierno á quien se dirigía y á la cultura del pueblo; solo á quien no tenga la noción más somera del valor de estas fuerzas, puede dirigirse una proposición semejante.

[BIALET MASSÉ. Juan. Informe sobre el estado de la clase obrera, Madrid, Hyspamérica, 1985. Fragmento del Capítulo XXVII “San Juan”,  V.II., pp. 911]

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Yo no tengo miedo de que al extranjero mas remoto y extraño al país se le hagan todo género de concesiones, nada importa, con tal de que en el país se quede, porque lo que en el país está al país enriquece, y los hijos del extranjero argentinos son; pero á la sociedad formada allá lejos, sanguijuela permanente y cada vez más exigente, á esa sí le temo; lo que se lleva no vuelve.

La usura es, como todos los vicios, creciente é insaciable.

[BIALET MASSÉ. Juan. Informe sobre el estado de la clase obrera, Madrid, Hyspamérica, 1985. Fragmento del Capítulo XXVII “San Juan”,  V.II., pp. 911, 912]

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[…] si todos los capitales desaparecieran el trabajo los volvería a crear otra vez, mientras que si se pudieran unir todos los trabajadores y hacer una huelga general de un solo mes, los capitalistas se encontrarían como el Narciso de la fábula, tendrían que comer oro, ó tierra, ó carbón.

[BIALET MASSÉ. Juan. Informe sobre el estado de la clase obrera, Madrid, Hyspamérica, 1985. Fragmento del Capítulo XXIX “Conclusiones”,  V.II., p. 1005]

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VIDA Y OBRA DE JUAN BIALET MASSÉ (1)

por el    Dr. GREGORIO BERMANN

Son gigantes los hijos de un corazón gigante – GRACIÁN

 

Iniciamos el curso de Medicina Legal, y he querido dedicar esta primera clase a una personalidad relevante, el fundador de esta cátedra en 1883. Da la coincidencia que cúmplese este año medio siglo que publicó Juan Bialet Massé su obra “Lecciones de medicinal legal” y esta coincidencia del cincuentenario de su importante libro hace aún más grata esta clase inaugural, pues hace tiempo ya pensaba rendir homenaje a esta personalidad excesivamente relegada al olvido, mientras continuamente se baten palmas a oscuras figuras docentes o políticas. No pretendo hacer revivir una gloria provinciana, que no es, sino acercarla a vuestro conocimiento. Como tampoco pretendo dar idea completa de su actuación ni de su vasta obra, de tan gran riqueza, sino asomarme con ustedes a una vida fecunda y noble, enardecida por el amor a sus semejantes y dignificada por el dolor y la calumnia.

I – PROSCRIPTOS DE EUROPA EN LA ARGENTINA

Dentro del aluvión humano que se precipitó sobre la República desde la segunda mitad del siglo pasado, algunos núcleos de inmigrantes hánse destacado como factores de particularísimo valor para la formación mental y organización del país. Si las ideas que fecundaron los movimientos revolucionarios europeos inspiraron a su vez a la revolución de Mayo primero, a la generación de Echeverría, Alberdi y Sarmiento después, a la organización y a los movimientos renovadores de las últimas décadas, los proscriptos de aquellas revoluciones desempeñaron a su vez un papel muy significativo en la formación nacional. Los movimientos políticos de izquierda de Europa, las crisis económicas, las revoluciones fracasadas del 48 y del 71, el golpe de estado del 2 de diciembre de 1851, los abundantes levantamientos españoles, y otros, arrojaron a estas playas grupos de hombres jóvenes y valerosos a los que tanto debemos. Basta recordar la gran figura de Amadeo Jacques, a Paul Groussac, al padre de don Alejandro Korn, quien fué la figura culminante del pensamiento filosófico de Latino-América, a los mazzinianos de Garibaldi, a los “comunards” como el padre de Alicia Moreau, a los fundadores de los grupos idiomáticos obreros y socialistas, Vorwaertz, Les Egaux y Fasci dei Lavoratori, a los anarquistas de fines de siglo con Malatesta y Pietro Gori, a los núcleos de judíos de la Europa Oriental como los Dickmann y las señoritas Chertkoff,  de españoles, como los Buira de buena cepa aragonesa estrechamente emparentada con Marcelino Domingo; a los González Tuñón, esos valiosos muchachos, uno de los cuales canta al abuelo minero de la gran Asturias, y tantos otros. ¿Cómo olvidar y menos en estos momentos, las brigadas nacionales e internacionales que en Montevideo combatieron junto a uruguayos y argentinos contra el tirano Rozas?

Contábanse por millares los emigrados franceses que huían del régimen de Luis Felipe, entre los cuales profesores, periodistas, revolucionarios, que contagiaron a los jóvenes de la Asociación de Mayo de su pensamiento renovador. Así como era grande el número de italianos y carbonarios, fugitivos de la Restauración austríaca, papal o borbónica. (2). Regaron en Montevideo con su sangre generosa junto a sus hermanos americanos, los gérmenes de la libertad. Como ahora llegan hacia nosotros grupos de italianos, alemanes, húngaros, españoles y de otras naciones, que se han refugiado huyendo de una persecución sanguinaria, o los que participan de lleno en nuestras mismas inquietudes, proscriptos por las diversas dictaduras de Sud América. Distinguiéronse de los hombres de ciencia que, por ejemplo, Sarmiento, seleccionó en el extranjero; de ellos quedaron pocos, sin embargo, de tanto valor como para formar la famosa Academia de Ciencias. Su influencia fué la menor. Se mantuvieron apartados de los problemas públicos, entregados a sus tareas específicas.

[. . .]

II – SU PRIMERA ÉPOCA

Bialet Massé formó entre los españoles que se levantaron contra el crudo sistema feudal y caciquil, contra la “España negra”. Se había recibido de médico en la Universidad de Madrid y luchó en las filas del ejército republicano, en el que alcanzó el grado de comandante. Derrotada su causa tomó el camino del exilio. Hago resaltar este aspecto de su vida, que explica en parte la dirección de sus ideas y la de su actividad. Aquí pudo realizar su vida, y aquí donde llegó sin abrigo, encontró muy pronto hogar, patria, bienes. En este medio plástico y en formación pudo realizar tantas cosas que sonó, entregando al país su fervoroso entusiasmo, su poderosa capacidad de trabajo, los frutos de su indiscutible talento.

Cuando llegó, en 1873, contaba los veintisiete años de edad. Radicóse al principio en Buenos Aires, de donde pasó al poco tiempo a Mendoza para ocupar cátedras en la enseñanza secundaria. Consérvase el informe que elevó al Ministerio de Instrucción Pública en 1874 (Memoria del Colegio de Mendoza, pág. 335 y siguientes), con observaciones sagaces sobre la reforma de nuestra enseñanza media, que aún continúa dando tumbos, sin encontrar su centro de equilibrio y eficiencia. En “Los miércoles de la biblioteca” –importante ciclo de conferencias pronunciadas en nuestra Universidad– volvió sobre el tema con más acopio de información y agudo espíritu de análisis (“Cuatro verdades sobre enseñanza secundaria”, conferencia dada el 26 de septiembre de 1900) (6)  . Publica en aquellos años (1873-4) un texto en dos tomos de “Anatomía, fisiología e higiene humana”.

Pasó después a La Rioja, donde sin abandonar la enseñanza ejerció como médico durante tres años (7). Allí es el médico de los pobres, de la gente humilde, se encariña con aquella provincia sufrida y tan llena de cualidades, y tan desgraciada en su desenvolvimiento. Encontramos en eco de esta viva simpatía en el capítulo que le dedica en su obra capital. Posteriormente pasó a San Juan donde contrajo matrimonio con una nieta de Laprida y forma un hogar modelo al que permanece unido hasta su muerte, que acontece en el mes de abril, en el día 22, de 1907.

En 1880 lo encontramos ya en Córdoba donde, a propósito de discusiones sobre temas médico-legales cursa en quince meses los estudios de derecho. Publica entonces algunos trabajos de índole jurídica y un volumen de comentarios de “Fallos” (8). Nunca, ni hasta la última hora de su vida cesó su ardiente afán de saber, su espíritu no tuvo sosiego, insaciable por saberlo todo y conocerlo todo, fecundando su capacidad de trabajo, aplicado como estuvo siempre a realizar lo que sabía. No satisfecho con haberse recibido de abogado, ni de que se le hubiera concedido el título de Doctor “Honoris Causa” en Medicina, sin necesidad de revalidar su título de médico español con motivo del premio que obtuvo su “Medicina Legal”, cursó estudios de ingeniería, en los que se distinguió verdaderamente. Pruébanlo sus numerosas publicaciones en las revistas de la especialidad porteñas y extranjeras sobre Ingeniería Legal, que hubieron de convertirse en el texto de la materia y que fueron por largos años la obra de consulta obligada. Por lo que he sabido de entendidos en la materia y por la lectura de dichos artículos, no sólo equivale a la “Medicina Legal”, sino que la supera porque ya había acumulado mucha más experiencia jurídica y técnica. Fué tal su inquietud mental que dos años antes de morir, a los cincuenta y nueve de edad, ingresa a la Escuela de Agronomía que se acababa de fundar en Córdoba, y a la par de los adolescentes cursa sus estudios y da examen para obtener el título de perito agrónomo ante los jóvenes profesores que habían sido sus alumnos.

III – LAS LECCIONES DE MEDICINA LEGAL

En 1883 Bialet Massé es nombrado titular de medicina legal, cuando se incorpora la asignatura al plan de estudios de la Facultad. Es, pues, el fundador de la cátedra, que desempeñó hasta 1890 en que los cambios de la situación política que provocaron la caída de Juárez Celman, alejaron de la Facultad al decano doctor L. Rossi, hombre excesivamente sospechoso, uno de los grandes amigos y aliados del político en desgracia; entre los profesores que entonces renunciaron se encontraba Bialet. Seguramente influyó el hecho de que ya estaba en plena tarea con el dique de San Roque, cuya construcción inició en 1887. Es también al doctor Miguel Juárez Celman que Bialet dedica sus “Lecciones de medicina legal aplicadas a la legislación de la República Argentina” de 1885, obre premiada con el Concurso Nacional de Ciencias Médicas efectuado en 1884 por el Círculo Médico Argentino.

Vale la pena detenerse sobre este libro editado hace justamente cincuenta años y hoy tan  olvidado. Es un libro de corte clásico, de señalada didáctica, en que son visibles las calidades de estilo, agilidad mental y erudición del autor, cualidades tanto más dignas de mención que ni antes ni después (hasta 1935) se publicó en la República obra más orgánica en la materia.

[. . .]

IV –  INFORME SOBRE EL ESTADO DE LAS CLASES OBRERAS EN EL INTERIOR DE LA REPÚBLICA

Bialet entregó los últimos años de su vida a servir al país, con más intensidad, si cabe, pero entonces lo hizo interesándose particularmente por los trabajadores.

A fines del siglo pasado, y más desde 1900 habíanse sucedido en la República una serie de movimientos obreros de inusitada violencia. Predominaba en las centrales y gremios obreros la táctica anarquista impulsada por hombres de la talla de Pietro Gori. Las luchas sangrientas terminaron con la Ley de Residencia, tan odiada por el proletariado argentino. Un político de tanto vuelo como Joaquín V. González, entonces al frente del Ministerio del Interior, comprendió que la ley del odio no podría regir permanentemente las relaciones de patrones y obreros. Emprendió entonces la tarea de conciliarlos en un Código del Trabajo, el más orgánico y completo del mundo en su época, que presentó al Congreso en 1904. González llamó a colaborar en él a jóvenes socialistas, a Del Valle Iberlucea, Manuel Ugarte, Augusto Bunge y a hombres próximos a esa tendencia, como Bialet Massé, Storni y Leopoldo Lugones. (9). El Código estaba impregnado de un fuerte espíritu socialista, como lo reconoce el mismo representante del Partido en la Cámara de Diputados en mayo de 1904, al discutirse el proyecto: “Casi todos los puntos tratados en esta ley, decía Alfredo L. Palacios, son de aquellos que tratamos en el programa del Partido Socialista; esta ley es casi exclusivamente la obra de este partido, pues ha sido redactada por hombres jóvenes educados en la doctrina del socialismo.”

Bialet era uno de los que mejor preparados estaban para intervenir en su elaboración y fué la única persona del interior llamada a colaborar en él. Unía a un incoercible sentimiento de justicia y sentida adhesión al proletariado, un profundo conocimiento de los antecedentes legales en la codificación del trabajo. Fué durante años profesor de Legislación Industrial en la Facultad de Derecho de esta Universidad (10) , y nadie como él en América supo extraer enseñanzas de las leyes de Indias y de las características económico-geográficas regionales para la protección de los trabajadores indígenas y mestizos.

Ya en 1902 había publicado en Rosario – ciudad hacia la cual extendió sus actividades y donde residió un tiempo – el “Proyecto de una Ordenanza Reglamentaria del Servicio Obrero y Doméstico, de acuerdo con la legislación y tradiciones de la República Argentina”. Este volumen podría servir en cierto modo de anteproyecto al Código González. Personas de la intimidad de Bialet me han afirmado que la mayor parte del proyecto del Ministro del Interior en su versión del 1904 y tal como fué elevado a las Cámaras, sería su obra, salvo la introducción tan del prieto y límpido estilo de Joaquín González. Sin embargo, el cotejo de ambos proyectos acusa diferencias significativas, que inhabilitan dicha tesis.

De cualquier modo, como tantos otros proyectos, el Código González quedó postergado en el Archivo, anulado por la resistencia de la clase conservadora.

Insatisfecho de esta contribución, y con objeto de conocer exactamente la situación de los trabajadores en el interior, pidió y obtuvo del Superior Gobierno de la Nación se le confiara esta misión, de la que es fruto su admirable “Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República”. Puedo adelantarme a decir que aun cuando han cambiado muchas cosas y otras son mejor conocidas, esta obra es hoy mismo, a pesar de sus deficiencias, un gran documento, no superado en el país.

Conocía la obra de Bialet hace más de veinte años, mientras me dedicaba a la enseñanza popular. Creí entonces necesario conocer a fondo la condición y características del obrero autóctono, y debí a Mario Bravo el conocimiento de esta obra en una de mis visitas a las Biblioteca Obrera, entonces en el viejo local de la calle México. He vuelto a recorrerla página a página, y nuevamente despertó mi admiración por sus abundantes enseñanzas, sus vastos y múltiples conocimientos, su sentido humanitario, su incansable actividad. Viejo ya, se lanza a recorrer las catorce provincias y algunas gobernaciones para conocer exactamente la situación económica del proletariado agrícola e industrial, de sus condiciones de trabajo, de su vida en el hogar y fuera de él. Y al poco tiempo presenta los dos volúmenes de su obra, que es la suma no sólo de los conocimientos adquiridos en este viaje, sino en treinta años de convivencia con la gente del país. No contento aún, agrega un tercer tomo, nutridísimo, con el resultado de sus observaciones sobre regiones que aún no había visitado, y otras comprobaciones complementarias. Véase cómo estaba de preparado para un trabajo de tal naturaleza: “Los que saben, escribe, que a mí no me es extraño ningún oficio, desde la carpintería y la herrería hasta el ajustaje y el montaje; desde la fabricación del ladrillo y de la cal hasta las altas construcciones; desde la mina y la cantera hasta la fundición y el tallado, y que he organizado muchos obradores, muchos talleres y mucho personal, desde el peón de terraplén hasta el ingeniero, no se han atrevido a decirme lírico; pero cuando les he hablado de mi experiencia personal, se han encogido de hombros; unos porque no me han entendido, otros porque estaban resueltos a no dejarse convencer.” Así contesta también a los que consideraban aquí inadecuada una legislación del trabajo, a los que tenían “todo eso” por doctrinas de los doctores socialistas de Buenos Aires, ignorantes de lo que es un taller o una industria. Hubiera deseado vivamente expresar con sus propias palabras cuál fué el fin y la manera como desarrolló su misión, para la que evidentemente estaba habilitado de máxima manera. Deberá leer para ello algunas partes de su informe, pero la brevedad del tiempo me lo impide, cosa que ustedes deberían hacer por sí mismos.

La obra es de punta a punta un clamor de indignación y del sentimiento humano ofendido por la situación de los trabajadores argentinos. Al referirse a los indios cuyos cien mil individuos tan fácilmente hubieran podido incorporarse a una vida sana y de trabajo en vez de exterminarlos con la persecución y la explotación inicua, exclama: “ Si tuviera el espacio y el tiempo suficiente podría escribir capítulos que parecerían glosas del Padre Lozano y del padre Diego de Torres, o copiados de memoriales dirigidos al Consejo de Indias. De un lado, la eterna codicia, la fuerza, la superioridad de la raza, el abuso y hasta el crimen; del otro, la barbarie, el salvajismo, con todos sus caracteres y consecuencias; sobre los dos, la justicia, la humanidad, y la Constitución herida por tanto exceso, tanta ignorancia y contradicción.” (T. I., página 85).

Uno de los módulos principales de su obra es la comprensión y el conocimiento del obrero criollo. Comprueba repetidamente la insuficiencia del salario y de la ración alimenticia, la servidumbre colonial del trabajador tucumano (T. I., pág. 209), la muy penosa situación del minero riojano (I. 209), las pésimas condiciones de trabajo de los panaderos (III. 264), la inferior de los trabajadores de Córdoba (I. 380). Por aquella época era corriente el desprecio por lo autóctono. Después de haber atribuído todos los males nacionales al origen español, se terminaba por recargar de sombrías tintas a lo criollo. Clara expresión de esta tendencia es “Nuestra América” de Carlos Octavio Bunge, libro en el que todos nuestros vicios, ingenuamente, se achacan a lo criollo y a la política. La actitud de los publicistas argentinos entraba en una corriente, general en toda la América Latina, siendo lo más típico el régimen de Porfirio Díaz en México, donde se llegó a crear una doctrina “científica” de la inferioridad del americano. Este racismo avant la lettre que tan grandes daños ha hecho al Continente ingenuo, no es más que la expresión de un verdadero espíritu de clase sustentado por los terratenientes locales y la burguesía financiera e industrial que explotaba las riquezas nacionales.

Hoy se reacciona ya vigorosamente contra esta tendencia a deprimir y a humillar al nativo, a desarmarlo espiritualmente y quitar derecho a su protesta y acción defensiva. Contra el parecer general, Bialet Masssé tomó entonces la defensa del obrero criollo, tanto por su eficiencia y capacidad como por sus condiciones morales. Consideraba imposible substituir a autóctono en una cantidad de trabajos, y si padece vicios, dice, si cae en la apatía que tanto se le achaca, es porque se halla sometido a un régimen de explotación, que duplica al conocido en el litoral y triplica en sus males a los que conoce el obrero europeo en las mismas condiciones. Su elogio del trabajador nativo es algo muy diferente al fácil entusiasmo por la mano de obra más barata y mansa, mejor adaptada a las condiciones geográficas, más dócil al patrón. Aunque esto también asoma en alguna forma, late en toda la obra un vivo sentimiento de humana solidaridad, y de piedad conmovida. Sus descripciones, el pintoresco relato de sus habilidades y talentos, la comprensión de su circunstancial inferioridad, podrían repetirse aún hoy. Y especialmente el cuadro de desolación e iniquidad que ofrecen millares y millares de hogares argentinos. ¿Qué han hecho los leoninos “nacionalistas” por modificarlo? Contrata la devoción de este “extranjero” al punto que en partes, por defender lo autóctono, extrema su patriotismo por la tierra de los suyos.

También insiste en las pésimas condiciones del trabajo de las mujeres y de los niños (ver cap. XX del T. II y I, 215, 6, 8; II, 275, II, 364). Se rectifica de su candidez de dos años antes cuando afirmaba la situación relativamente ventajosa de la mujer trabajadora en la República: “Confieso que padecía entonces el más grave de los errores. Si no tan aparatoso, como en los grandes centros de Europa, el mal ya estaba aquí, y no era tampoco en Buenos Aires donde revestía perores caracteres, sino en el Interior. Ya estaba allí la funesta oficina telefónica, devorando mujeres en la flor de la juventud; ya había fábricas que se llevaban al taller a las madres, quedando el pequeñuelo encargado a una vecina, que no le hacía caso; ya el impuesto interno por un lado y por otro la furiosa competencia comercial habían rebajado las tarifas de las costureras a menos de la mitad, y la codicia se había apoderado de niños y niñas de corta edad para hacerles soportar la tisis del alma de los codiciosos”. (II. 357).

Se diría por momentos que es la misma voz elocuente de los trabajadores que sufren, la que habla por sus labios (I. 246). A él mismo le han dicho que el trabajo que realizaba era propio de agitadores, de vividores, de politiqueros, que buscan “conveniencias personales” y cuando no tienen tilde que poner, acuden a la frase maquiavélica: propósitos inconfesables; “las he oído en mis oídos.” (II. 406)

A pesar de reconocer repetidamente que el obrero es más débil, que está librado al patrón, aun cuando reconoce la insaciable codicia de la burguesía, toda su obra es un típico alegato para la conciliación del capital y del trabajo. Con el proyecto del Código del Trabajo consideraba ya resuelta la cuestión social. Sí, en la vieja Europa podían continuar atropellándose y desgañitándose, parece decir, pero aquí, en la libre América, gracias a la Constitución, al Código Civil, y en concreto al Código del Trabajo, puede marcharse por las vías del progreso sin más obstáculos. La jornada de ocho horas, el salario mínimo según las regiones, la reglamentación del trabajo de las mujeres y los niños, la constitución de los tribunales arbitrales, etc., serían la panacea de estos males. También por su situación social era Bialet el representante característico de esta tendencia, aun cuando hubiera podido pensarse lo contrario. Y aquí resalta otra de las contradicciones aparentes de su vida. Era industrial y contratista de obras, y escribía a favor de los trabajadores. Era abogado de la Bolsa de Comercio de Rosario, institución típicamente capitalista y fué, sin embargo, el delegado de la “Sociedad Obreros Estibadores y de Ribera del Puerto de Rosario” al primer Congreso Gremial Obrero de la República, celebrado a comienzos de 1903. Entonces se veían estas cosas curiosas! Ya con anterioridad, de 1896 al 98 había dado conferencias de extensión universitaria a los obreros de Rosario. Vale la pena leer el Informe que pasó a sus representados para sentir latir esta vena contradictoria que creyó entonces solucionar bajo los auspicios de la encíclica Rerum Novarum. La he releído, renovóse el interés que despertó en mí con la que ha expedido Pío XI en el cuarenta aniversario de la célebre encíclica (Quadrigésimo Anno), y no me cabe duda que si hubiera continuado Bialet en contacto con los trabajadores y la realidad político-social, hubiera ido a parar nuevamente a la cárcel, esta vez como agitador, aunque ahora posiblemente a la Sección Especial. Sobre todo al comprobar el “cariñoso” trato que las autoridades austríacas, hijas dilectas del socialismo cristiano, conceden a los trabajadores de su nación.

So confianza en la prosperidad del país le había hecho creer ingenuamente en que no había tal agudeza en el problema social, lo que también sucedió a Ferri pocos años después cuando su visita. ¡Eran tantas las posibilidades de enriquecerse! Los jóvenes, exclama, llevan en el bolsillo un cheque por medio millón de pesos a diez años de plazo. (T. II, pág. 256). Y sin embargo … Bialet mismo murió bien pobre, después de treinta años de ímprobo trabajo.

No cesaba de azotar la insaciable apetencia patronal, de mostrar el contraste entre las dos clases sociales en lucha, cuyas características señala. Así por ejemplo: “La codicia patronal, entendiendo mal sus intereses, va al estrujamiento del obrero; las compañías extranjeras llegan a amenazar, en cada movimiento de huelga, con traer chinos para hacer sus servicios; y si tal cosa llegara a suceder, veríamos en la República escenas de sangre producidas por el hambre, que ya se han producido en otros países. Por otra parte, las pequeñas industrias han muerto; faltas de protección y asesinadas por las instituciones que les hacen una competencia incontrastable, a pretexto de la enseñanza de artes y oficios, de hacer trabajar a los presos, de que los estados economizan en los suministros y otros. No se percibe que si por una parte se economiza a favor de esa competencia, que no paga impuestos ni alquileres, y que tiene la mano de obra como compensación de la enseñanza, por otra se condena a la miseria a millares de familias; no entran en las cajas los impuestos que pagarían los menestrales, y se disminuye el valor de la propiedad. […].  He oído con frecuencia la frase: aquí el que no vive es porque no quiere trabajar; he respondido: ¿quiere usted darme trabajo para diez hombres? Fuera de los lugares de cosecha, y sólo para las cosechas, nadie ha sabido contestarme en qué se ocuparían. (I., 100-101) Y aun habiendo trabajo, comprueba el hambre entre los esplendores de las más enorme de las cosechas. Protesta contra don Juan de Robles, que hizo el santo hospital y también hizo los pobres, con lo que habitualmente se entretiene y distrae a estos mismos pobres. Fácil entonces sería ensañarse exhibiendo las contradicciones que surgen entre su propia obra y las soluciones a que adhiere con respecto al problema social.

Pero no era sólo de él una tal posición. Hay que leer de esa época la obra de Ingenieros “La Législation du Travail dans la Republique Argentine” (1907), para tener noción del grado a que habían alcanzado las tendencias reformistas, la fórmula del “hoy y aquí” en la República. Véase el caluroso elogio que hace Ingenieros de Bernstein, la apología del reformismo a través de los socialistas italianos con Bissolati a la cabeza, y el desprecio con que trata a los ilusos y delirantes que aún hablaban de la “Revolución social”. No podían suponer los reformistas de la época a través de la observación de la vida contemporánea, la evolución de la lucha de clases, pues habían olvidado las enseñanzas de la dialéctica. Sin embargo, esto no escapó del todo a la mirada clarividente de un Roque Sáenz Peña, cuando le acusa recibo de su proyecto de reglamentación del servicio obrero de 1902. “Yo creo, mi querido colega, le escribe Saénz Peña, que este estado social no se reprime por la fuerza, ni se conjura por la cobardía. El socialismo es un pleito que es prudente transar y la transacción radica en medidas fundamentales de gobierno, que por su propia justicia y elevación, difunda convencimientos provechosos, al mejorar la situación del obrero por leyes tributarias acertadas; mientras no se abaraten los consumos necesarios, para que ellos no graviten con exceso sobre el trabajo y mientras la renta crezca impunemente sin tasa, ni tributo por parte del rico, el trabajo y la fortuna, el pobre y el rico han de formar dos campos beligerantes que han de encontrarse en el futuro, regidos por una ley marcial, de ruina universal o de exterminio”.

V – EL DIQUE DE SAN ROQUE

Bialet Massé puso parte de su vida en las obras que redactó, pero no fué el intelectual que podría suponerse. Fué substancialmente un hombre de acción y sus trabajos intelectuales también lo fueron más que en otros pensadores. En este sentido la obra de su madurez, a la que se entregó con más pasión, aquella de la que más se enorgullecía, fue la construcción del dique de San Roque.

Quizá llame la atención que un universitario de tales cualidades haya llegado a convertirse en un industrial, en un constructor o, si se quiere, en un contratista. ¡Bah! Un contratista de obras! se dirá. ¿No es chocante para nuestra sensibilidad? Pero para aquella época no era tan extraordinario. El país había salido de la era de sombrío despotismo, ya dejaba de ser presa de revoluciones, motines y guerras, y cuando llegó Bialet se estaba en plena organización; era todavía un desierto que como un Sahara ardiente evapora las gotas de lluvia, absorbía las actividades de los hombres que alcanzaban a trazar algunas calles en la gran extensión argentina. . . . Construíase con febril actividad, y Bialet participó de ese momento que condecía mucho con su temperamento y con esos deseos vehementes de hacer que lo  poesían. Conjugóse así un temperamento y un determinado clima, que es precisamente lo que hace a las grandes obras y a los grandes hombres. Valorábanse extraordinariamente las obras públicas, y para transmitirles la sensación de ese estado de ánimo, les recordaré el concepto que se tenía de Wheelwright, cuyo nombre dióse a la avenida que pasa frente a estación del Ferrocarril Central Argentino, el boulevard del gringo, como lo llama la gente del pueblo. Este yanqui cuya vida seguramente pocos conozcan, construyó entre otras líneas ferroviarias, la del Ferrocarril al Pacífico. Alberdi, su amigo y biógrafo, relata muchos episodios de su vida –que pone en contraste con la de Sarmiento– entre los cuales una entrevista que tuvo en su casa con Wheelwright y Rosas, y lo exalta a este propósito hasta colocarlo a la par de los próceres americanos más eminentes, por haber tendido la línea a través de los Andes. Quiero repetir sus propias palabras: “Pronunciando la desaparición de los Andes, él y Meiggs, su compatriota, han merecido de la historia a ese título el rango y el derecho de ser considerados por ella como héroes de los Andes, a la par de los Bolívar y San Martín”. (11)

En la construcción del dique no sólo se percibe su capacidad de acción y sus talentos científicos, sino al hombre mismo en su totalidad. Los que gozan de sus beneficios y bellezas no tienen idea de los esfuerzos y sacrificios que costó a los hombres que lo concibieron y realizaron.

Se ha escrito tantas veces el proceso del dique, que no voy a repetirlo una vez más, pero por eso mismo, porque revela con fuerza la personalidad de Bialet, referiré algunos aspectos de su historia. Proyectólo un ingeniero argentino de origen francés, Dumesnil, que se apartó ante las crecientes dificultades. Intentó su realización otro técnico que después fue profesor de la Facultad de Ingeniería, su decano, y diputado, Cassafousth, pero en 1885 una creciente destruyó el Canal Sur y la obra quedó paralizada. Entonces aparece Bialet Massé, que seducido por la grandiosidad del proyecto y por el talento de Cassafousth aceptó construirlo. El mismo relata cómo el entonces gobernador Gavier y sus colaboradores creyeron “en mala hora para mí, que yo era el hombre para organizar y hacer las obras” (12). Por aquella época se creía que no había en Córdoba depósitos de cal hidráulica –indispensables para hacer el dique–, pero con motivo de obras que realizó en su quinta de Santa María, comprobó contra la opinión de todos que los que existían en Córdoba, eran de los mejores del mundo. Bialet Massé es, pues, el fundador de esta industria de la cal hidráulica, de enorme importancia para el país. Una autoridad francesa, como Saint Ives informó al respecto que “si las obras de riego fracasaran, Córdoba encontraría una amplia compensación en el descubrimiento de sus cales hidráulicas”. (13).

No reincidiré en ponderar la magnitud de la obra, los grandes riesgos de su realización –una verdadera epopeya del trabajo, durante la cual estudió ingeniería– las enconadas críticas que provocó, la oposición misoneísta que levantó la cobardía y la incapacidad, los ingentes beneficios que reportó a Córdoba irrigando decenas de miles de hectáreas que eran páramos, dando trabajo a millares y millares de hombres y abriendo ampliamente las vías al turismo regional. “Las circunstancias del momento, escribe Bialet, la casualidad de reunirse media docena de hombres que se entendieron y aunaron, con propósitos decididos a todo género de sacrificios y el genio, la actividad de Cassafousth –a quien rinde constantemente conmovedor homenaje como a un hermano mayor– que hizo de esas obras el pedestal de su gloria, dieron a Córdoba por menos de tres millones de pesos oro, lo que vale veinte y más; la política candente hizo presa en ellas, rebajando y empequeñeciendo lo que debía ser ensalzado, porque era el provenir y la riqueza de todos. ¿A qué recordar las vicisitudes, el abandono, las persecuciones, los carcelazos y … las estupideces vestidas, en no pocas ocasiones, con el manto del título profesional, cierto o supuesto? (14). En su época fue considerada la primera del mundo. A pesar de que los mejores técnicos del país y del extranjero ponderaron la obra, después afeada por la intervención innecesaria, no cesó de combatírsela. El argentino de más significación en esta materia, el ingeniero Huergo, decía que si tuviera que dar su opinión demostrativa sobre el dique, lo haría, trayendo junto a él, su familia y sus bienes propios y los de sus amigos, y dormiría con ellos tranquilo, aunque las aguas rebasaran cinco o diez metros por encima del murallón.

Pero una y mil veces se repitieron los reproches, hasta que en 1892 el gobernador de la Provincia atrevióse a iniciar juicio criminal contra Cassafousth y Bialet por mala construcción y defraudaciones en el uso de materiales, siendo encarcelados en esta ciudad, desde octubre de 1892 hasta noviembre del año siguiente. He buscado el cuerpo del proceso en los Tribunales, y ha desaparecido, y sólo después de muchas inquisiciones he conseguido en una biblioteca privada un ejemplar del folleto en que Bialet hace su defensa contra la acusación monstruosa y villana que se les seguía, so pretexto de bien público. Sobre los dos acusados criminalmente revolotean los cuervos políticos, los magísteres y los jueces. En vano se ensañaron los Pizarros, los Stavelius, los Berrotaranes, los Echeniques. Bialet Massé y Cassafousth salen más que airosos, auroleados por el sacrificio. No se encontró absolutamente ningún defecto de construcción, ninguna defraudación, ningún defecto técnico ni error, por el contrario: quedó demostrado que no se habían omitido gastos y sacrificios para realizar un trabajo de primer orden, y que Bialet había contribuido en la obra con mucho más de lo que se había especificado en el contrato.

Este acontecimiento aparentemente desgraciado de su vida, sirvió para templar aún más su gran corazón y su recio carácter. Una vez en la prisión, mientras Cassafousth se niega a renunciar la cátedra y escribe las lecciones que hace leer en las aulas, Bialet estudia sociología, y puesto en contacto con la brutalidad y el crimen, dice en un manuscrito, dedica su tiempo a lo que llama “el aprendizaje práctico y clínico del delito y el derecho penal”. (Kurtz). Cualquiera diría que sirvieron para avivar el odio y el rencor contra sus enemigos, pero una vez más se mostraron sus excelencias morales. En las mencionadas conferencias de 1906 sobre el Dique, empieza diciendo, cuando arreciaban por centésima vez las agresiones a su obra, cuando podía creerse que venía con una piedra en cada mano, pero declaraba estar conforme con que la justicia del crimen hubiera declarado falsas y perjuras aquellas acusaciones “en un fallo histórico y único en los anales del foro mundial”. “Aquella prisión inicua y aquellas persecuciones sólo sirvieron para demostrar de una manera solemne la excelencia y grandiosidad de las obras, aunque dejaron en nuestras almas dolores y decepciones inolvidables”. El censo de 1905 da fe que vivían de las obras directamente no menos de treinta mil personas y que debido a ellas las riquezas inmobiliarias del municipio alcanzaban a doscientos millones de pesos y sus valores industriales y comerciales a otro tanto. Difícil sería calcular hoy, después de treinta años, a qué cifras alcanzan estos beneficios. Cuanta más leña se amontone, más grande será la hoguera, dice, y mayor será el resplandor que alumbre la injusticia con que fuimos tratados y lo que de derecho se nos debe, ¿por qué entonces tendría mala voluntad y no gratitud a los han promovido dicho juicio? Tal es su grandeza de alma y el desprecio con que castiga a los contrarios en derrota. Y en su vejez, como una de las manifestaciones más acendradas de amor a la patria de sus hijos, sigue proyectando diques, como el de La Rioja. (15). Reincide de 1899 a 1901 como proyectista y constructor de “Dique Molet”, y escribe sobre el riego en Córdoba. (16).

¿Cuál fue el destino de los hombres que concibieron e hicieron el dique?, se pregunta Roberto Kurtz en un excelente artículo. (17). Dumesnil murió olvidado en Francia. Cassafousth nunca más quiso volver a Córdoba. Sólo decidióse a hacerlo una vez y fué cuando vino para recoger los restos de sus dos hijitos muertos aquí de difteria; cuando bajó del tren dirigióse al cementerio, y el mismo día regresó sin ver a nadie, sin visitar a nadie. Y refiere esta anécdota: “Años más tarde, un gobernador envíale una invitación para asistir a la visita oficial del Presidente de la República al dique de San Roque. Cassafousth, en un arranque de magnífica soberbia, le devuelve la tarjeta después de haber estampado en ella una histórica interjección”. Y el articulista declara su esperanza de que algún día no lejano su monumento se levantará a la par de los Paz y Vélez Sársfield, pues cada cual en su esfera no fué menos grande en la secular cruzada contra la barbarie”. Con mayor razón aún, podría decirse esto mismo de Bialet Massé.

Sólo Bialet quedó en Córdoba, y aquí continuó prodigando su inagotable generosidad.

VI – EL HOMBRE

Bialet Massé rindió tributo a la época afiebrada de las empresas que contribuyeron tanto a la prosperidad material del país, y prestóse a ello con inusitado desinterés, hasta terminar sus días en la pobreza. Se ha visto que fué el fundador de la importantísima industria de cales hidráulicas, construyó el dique, fomentó otras industrias, escribió la primer obra sobre la explotación del algodón en la República, adelantándose en algunos lustros a su explotación (18); fué publicista y catedrático, Director del Censo de Córdoba en 1906; ¿a qué aspecto de la humana actividad no se asomó y tomó parte este obrero infatigable?

También participó del enciclopedismo característico de su tiempo. Fué médico, abogado, ingeniero, perito agrónomo, profesor de enseñanza secundaria en varias asignaturas, fundó cátedras en las Facultades de Medicina y de Derecho, nadie más que él merecía ser Profesor de Ingeniería Legal, fue publicista de nota, y sus crónicas de arte en los periódicos y revistas de la época leíanse con agrado. Dotado de una gran facundía, y de una aptitud singular escribía con tanta facilidad como hablaba, y así podía redactar largos capítulos de sus obras y enviarlas casi sin necesidad de corrección a la imprenta.

Empero Bialet Massé no fué simplemente el obrero industrioso, el lector y escritor infatigable, el hombre poliédrico y multifacial. En el centro de toda su acción había una rica sensibilidad que se traducía en un temperamento vivaz, expansivo, pronto a la emoción y a la efervescencia de las ideas. Sus contemporáneos lo consideraban no solamente dotado, sino principalmente generoso. Se ve en toda su obra al español excelente, ex abundantia cordis, que se vuelca en la acción, en la solidaridad, en la amistad. Quienes lo conocieron lo pintan como un hombre desgarbado y descuidado en el vestir, bajo, grueso, de amplio tórax y cuello corto, el tipo pícnico en fin, que halla su expresión anímica en el temperamento sintónico. Agil, vivaz, movedizo, andaba siempre con las palmas abiertas como buscando algo más que hacer. Compréndese bien que esta diferencia con los doctores, prudentes y fríos calculadores, le atrajeran odios y envidias. Bialet Massé que se entregaba sin reservas debía parecer sospechoso a los abogados cautelosos, a los intelectuales estreñidos, a los políticos aprovechados, a la gente de acción y mentalidad estrecha y mezquina. Solo raramente aparecen en sus escritos rastros indicadores de esta lucha, pero periodistas de la época me han relatado cómo este hombre excelente, mientras escribía sus respuestas polémicas que la maldad e incomprensión ambiente le ofrecían, lloraba silenciosamente de rabia, cuando aún después de haber esclarecido cien veces la limpieza de su conducta, no se desarmaba la maldad jesuítica. ¿Pero, acaso, sólo vive un hombre de esta calidad para servir de pasto a tales cuervos?. . .

Toda su vida y su obra está estremecida por el amor a la verdad y a la justicia, y no poco seguramente influyeron en ella sus años de juventud y la lucha que en España sostuvo contra el despotismo y la corrupción caciquil. Tanto como la versatilidad de su talento, cultura y don de hacer, admiro en Bialet las virtudes del corazón que poseía en grado muy elevado! Porque de ellas, substancialmente, nacieron su afán de hacer, sus deseos de servir a sus semejantes, de contribuir a la grandeza de la nación que lo había acogido con los brazos abiertos. Ya lo dijo Montaigne: “Toute autre sciénce est dommageable a celui qui n’a la sciénce de la bonté . . .”

Gregorio Bermann, VIDA Y OBRA DE JUAN BIALET MASSÉ. Conferencia dictada en el curso inaugural de Medicina Legal de la Universidad Nacional de Córdoba en 1933 al cumplirse el cincuentenario de la cátedra de Medicina Legal fundada por el Dr. Juan Bialet Massé en la Universidad de Córdoba. La conferencia fue luego publicada en “La Semana Médica “, diciembre de 1939.

 

(1) Conferencia inaugural del curso y completada para la publicación.

(2) Mitre – Páginas de historia: un episodio troyano”.

[…]

(6) Ver también “Informe sobre el estado de la clase obrera”, Tomo I, pág. 2, 1904.

(7) Loc. cit., tomo I, pág. 226.

(8) Fallos del Superior Tribunal de Córdoba, con relación de sus respectivas causas (Jurisprudencia comentada), 1880.

(9) José Ingenieros – La Législation du Travail dans la Republique Argentine, 1907. (Inclusive sus servicios fueron oficialmente reconocidos y recompensados).

[…]

(11) Alberdi J. B. – “La vida y los trabajos industriales de W. Wheelwright en la América del Sud”, en Obras Completas, ed. de 1887, t. VIII, pág. 11.

(12) Bialet Massé – El dique San Roque. Conferencias en la Universidad de Córdoba: septiembre de 1906, tomo I, pág. 28.

(13) Loc. cit., tomo II, págs. 18 y siguientes.

(14) Bialet Massé – El riego; pág. 236

(15) Estudio sobre el estado de las clases obreras; tomo I, pág. 226.

(16) El riego en los altos de Córdoba. Cómo y en qué debe aprovecharse.

(17) Roberto Kurtz – Las obras de consolidación del dique San Roque. “La Prensa”, septiembre 9 de 1923.

(18) Proyecto de formación de colonias algodoneras en la R. Argentina; un volumen, 1904.