Es que el payaso “IT”, “ESO”, en castellano, adopta la forma que más miedo genera en aquel que lo enfrente.

EL PAYASO “IT” Y LA POLÍTICA DEL MIEDO

Por Dante Augusto Palma

Siempre está por venir el mal, el gran fantasma. Se trata de ese otro al que nos enfrentamos y que condensa toda esa monstruosidad que nos asusta. Así, de todas las emociones, evidentemente la que se privilegia es el miedo, el terror a ese adversario al que nos enfrentamos y que aparece como amenaza a la nación, a la identidad, a los valores, a la diversidad, etc. Esto significa que estamos inmersos en un proceso de política “IT” y por tal refiero a ese siniestro payaso que ideó Stephen King y que tuvo su nueva versión cinematográfica el año pasado.

Por  Dante Augusto Palma

 

El último lustro viene arrojando, en todo el mundo, resultados electorales sorprendentes: iniciativas y candidatos que era imposible que ganaran han ganado y el establishment biempensante se ha sentido conmovido e indignado, sentimientos que, por cierto, no contribuyen a que cese su infatigable tendencia a equivocar el diagnóstico sobre este tipo de fenómenos.

Con todo, probablemente, la conmoción obedezca, en última instancia, a que toda la cultura occidental de los últimos siglos se ha apoyado en la idea del progreso moral de una sociedad libre y abierta que se estructura a partir de agentes racionales que toman decisiones informadas.

Sin embargo, asistimos, a lo largo y ancho de nuestra civilización, a una opinión pública a merced de la agitación mediática de turno y una política atravesada por las emociones.

Sí, efectivamente, los grandes liderazgos y la cultura de masas hoy están en el baúl de los recuerdos del siglo XX pero en tiempos de liderazgos pulcros, eficientes, horizontales y “CEOcráticos” las emociones siguen jugando un papel preponderante por más que sigan teniendo peor prensa que la santa Razón.

En este marco, salvo excepciones, políticos populistas pero también socialdemócratas y liberales se encuentran a merced de una opinión pública que alimenta sus prejuicios con posverdad, y procesos eleccionarios que suelen polarizarse y definirse por la negativa antes que por la positiva.

Dicho de otra manera, los candidatos ya no pugnan por dar buenas razones para que se los vote porque éstas importan poco.

Simplemente buscan tener menos imagen negativa que el adversario: “¡Cuidado que vienen los populistas….! ¡Cuidado que vienen los comunistas…! ¡Cuidado que vienen los fascistas…! ¡Cuidado que vienen los liberales…! ¡Cuidado que vienen los nazis…!”.

Siempre está por venir el mal, el gran fantasma.

Se trata de ese otro al que nos enfrentamos y que condensa toda esa monstruosidad que nos asusta.

Así, de todas las emociones, evidentemente la que se privilegia es el miedo, el terror a ese adversario al que nos enfrentamos y que aparece como amenaza a la nación, a la identidad, a los valores, a la diversidad, etc.

Esto significa que estamos inmersos en un proceso de política “IT” y por tal refiero a ese siniestro payaso que ideó Stephen King y que tuvo su nueva versión cinematográfica el año pasado.

Es que el payaso “IT”, “ESO”, en castellano, adopta la forma que más miedo genera en aquel que lo enfrente.

Si un niño tiene miedo a las serpientes, el payaso se convertirá en la serpiente más terrorífica o en su metáfora más cercana, del mismo modo que si su compañero tiene miedo a crecer probablemente el payaso se transforme en un gigante.

En la política “IT”, el candidato que no nos gusta adopta la forma de todos nuestros miedos.

Es más: para distintos electores un candidato puede representar distintas características, incluso contradictorias entre sí, como ser populista y liberal, conservador y progresista, de derecha y de izquierda.

Porque lo que importa es que aparezca como “el mal”, aquello que genera “terror” y a lo que jamás se podría votar en ninguna circunstancia.

Al tanto de este fenómeno, especialmente en el caso de sistemas bipartidistas y/o con elecciones que se definen a través del balotaje, no es casual que los asesores de campaña se ocupen más de defenestrar la imagen del oponente que de ayudar a construir una imagen propositiva del candidato propio.

Y lo hacen sean del signo político que sean porque hoy en día no solo los conservadores se basan en esta política del miedo sino que también abusan de ella los sectores  progresistas que en cada elección y en cada lugar del planeta plantean que lo que se juega allí es la gran batalla final contra el nazismo o el mismísimo Lucifer, en una lógica que más que a IT nos recuerda a los épicos enfrentamientos de Star Wars entre los sables verdes que representan al bien y los sables rojos que representan al lado oscuro.

Pero lo cierto es que, al menos para el progresismo biempensante, esa estrategia no funcionó incluso contra candidatos que a priori eran incapaces de triunfar, como Trump en Estados Unidos y Bolsonaro en Brasil.

Por todo esto, cuando en procesos electorales nos inviten a elegir entre globos de un color y de otro habrá que tener mucha agudeza porque es probable que ambos globos estén representando a un payaso aterrador pero que solo debería dibujarnos en el rostro una sonrisa sarcástica: la sonrisa de quien entiende que, al menos en política, nunca estarán demás los matices ni los intentos de encontrar la complejidad detrás del maquillaje.