Allí donde se mire, los europeos empiezan a aceptar que sus próximos destinos políticos sean masivamente controlados por las tendencias autoritarias.

FESTEJAN LOS ULTRAS EUROPEOS POR LA LLEGADA A SUDAMÉRICA DE LA OLA MUNDIAL NEOFASCISTA

Por Eduardo Febbro

La gran elección del misógino racista Bolsonaro en Brasil trajo “aire fresco” a la ultraderecha europea, según explicó uno de sus máximos exponentes, el italiano Salvini. Para Le Monde, con Bolsonaro “la democracia está amenazada”.

Por Eduardo Febbro

PáginaI12 En Francia

10 de octubre de 2018

Imagen: AFP

 

Salvini y Le Pen festejaron el triunfo de Bolsonaro en Brasil.

El odio es una inversión segura. La figura del fascismo y la grosería globalizada envueltas en el restaurado populismo marrón está cerca de su reconfiguración final  con una rama en América Latina, es decir, Brasil :

Europa la tenía sólidamente constituida con el ex Frente Nacional francés de Marine Le Pen (hoy Reagrupamiento Nacional), con La Liga Italiana (en el poder), el Partido de la Libertad en Austria (FPÖ, en el poder), los delirantes del Brexit en Gran Bretaña, el AFD en Alemania (ingresó al Parlamento en 2017), los Demócratas de Suecia (terceros en las últimas elecciones con más de 18% de los votos), Vox en España, el Partido por la Libertad en Holanda (PVV) o Víctor Orban en Hungría.

El autoritarismo vulgar también había llegado en 2016 al Sudeste Asiático, o sea, a Filipinas, luego de la elección del presidente Rodrigo Duterte. Después, con la victoria electoral del presidente norteamericano Donald Trump la expansión del la xenofobia consiguió su éxito más rotundo.

Faltaba lo impensable para ampliar el sueño político más ambicioso de quien fuera el consejero más eficaz de la campaña electoral de Donald Trump, Steve Bannon: el surgimiento de un polo de extrema derecha a escala mundial e incrustado en el corazón del poder. Esto puede ocurrir si el candidato Jair Bolsonaro gana la segunda vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas.

En Europa, donde nació ese fascismo moderno, el resultado brasileño mezcló la indignación con la sorpresa y claras demostraciones de olvido: ese populismo de cloaca que ahora despierta tantas reprobaciones y lecciones de moral resurgió en el Viejo Mundo, murió en el Viejo Mundo y renació aquí a partir de los años 80 cuando el fundador del Frente Nacional francés, Jean-Marie Le Pen, empezó a trepar por las urnas.

Ese es precisamente el ángulo de un artículo muy pertinente publicado por el portal Media Part. Su autor, Nicolas Lebourg, escribe que “vista desde Europa, la extrema derecha latinoamericana fue percibida muy a menudo como un vulgar asunto de boinas y palos al servicio de Estados Unidos. En Brasil, donde Jair Bolsonaro salió a la cabeza de la primera vuelta, son más bien los acercamientos con las extremas derechas europeas los que parecen pertinentes”.

Entre la mucha prosa que desplegó, el diario español El País destacó con acierto que “el éxito de Bolsonaro da nueva fuerza al auge global de la extrema derecha”. Prueba inmediata de ello es el acuerdo que pactaron en Roma la líder de los ultras franceses, Marine Le Pen, con el nuevo abanderado de esa corriente en Europa, el jefe de La Liga Matteo Salvini. Ambos forjaron una alianza “soberanista” cuyo propósito consiste, según explicaron, en “salvar a Europa”. ¿ De qué ?.

Le Pen y Salvini pusieron como enemigos a la Comisión de Bruselas, o sea, siempre según sus narrativas, a la Europa burocrática que está contra los pueblos y, desde luego, a la inmigración, a la cual definieron como los “nuevos esclavos para las industrias europeas”. Matteo Salvini evocó en esa reunión con Le Pen lo que sucedió en Brasil. El jefe de la ultraderecha italiana celebró “el aire fresco” y el “retorno del sentido común”.

Tal vez, el comentario más contundente sobre el terremoto electoral brasileño lo haya publicado el vespertino francés Le Monde. En un editorial de su edición del 09 de octubre, Le Monde estima que con Bolsonaro en la cima “la democracia está amenazada”.

El vespertino reconoce no obstante que “la ola reaccionaria que barre la democracia más grande de América Latina, liderada por un ex militar con discurso incendiario que cultiva el recuerdo fantasmagórico de la dictadura, pese a sus características locales no carece de lazos con los éxitos de los candidatos “antisistema” en Europa o en los Estados Unidos.

Pero esta síntesis no debe esconder lo que está en juego en el fondeo de esta elección brasileña: se trata pura y simplemente de la supervivencia del régimen democrático en un continente donde su fragilidad es histórica”

El matutino Libération tiene pocas dudas sobre el próximo éxito de Bolsonaro, el cual, escribe, “tiene una avenida por delante”.

Prácticamente toda la prensa europea ve al  llamado “Trump Tropical” como un certero retorno “de la dictadura al Brasil” (The Guardian).

El matutino conservador Le Figaro opina que es todo Brasil quien “está preso de la tentación autoritaria”.

The Financial Times destaca la curiosa paradoja de un candidato “cuyas declaraciones misóginas no le han impedido obtener excelentes resultados, mejores que los de sus rivales, entre el electorado femenino”.

Allí donde se mire, los europeos empiezan a aceptar que sus próximos destinos políticos sean masivamente controlados por las tendencias autoritarias.

Desde los márgenes, la victoria en primera vuelta de Bolsonaro parece confirmarles, mucho más que el Brexit o Donald Trump, que la marabunta del populismo marrón no es un accidente puntual sino una tendencia muy marcada que ya amenaza todas las democracias del planeta.

Ellos la inventaron.

Ellos la exportaron.

Y ahora vuelva a sus raíces, y más allá.