Habrá que tejer, mucho. Con la paciencia y la ternura de nuestras abuelas. Con las manos templadas y firmes.

QUE SEA LA ÚLTIMA VEZ

Por Georgina Hassan

Con los hilos de la igualdad, la solidaridad y la justicia tendremos que construir una urdimbre compacta, que a todos nos contenga y arrope, y en donde no penetre el frío polar que tanta barbarie neoliberal ha traído a nuestras tierras, otra vez. Un tejido que trame un dibujo de variados colores para que lo diverso tenga lugar y para que nos cubra una sinfonía de rojos, ocres y azules protegiéndonos de tanta negrura.

Por Georgina Hassan

 

Habrá que tejer, mucho.

Con la paciencia y la ternura de nuestras abuelas.

Con las manos templadas y firmes.

Con los hilos de la igualdad, la solidaridad y la justicia tendremos que construir una urdimbre compacta, que a todos nos contenga y arrope, y en  donde no penetre el frío   polar que tanta barbarie neoliberal   ha traído a nuestras tierras,  otra vez.

Un tejido que trame un dibujo de variados colores para que lo diverso tenga lugar y para que nos cubra una sinfonía de rojos, ocres y azules  protegiéndonos de tanta negrura.

Habrá que recuperar las manos, el corazón y el alma de tantos que están quedando y han de quedar afuera, y  habrá que levantar a los caídos uno por  uno, y sostenerlos y cobijarlos hasta que puedan andar solos, y comiencen a ayudarnos en la hechura colectiva.

Y habrá que usar hilos más fuertes y flexibles de los que hasta ahora hemos utilizado, y de una vez por todas tendremos que juntarnos y dejar de discutir por matices de colores, porque nos va la vida en ello, y porque mientras nosotros andamos en los detalles nimios,   ellos se hacen del mundo y tejen su tramado  siniestro.

Serán muchos los días y las noches que ocuparemos en tejer lo destejido, reparar los deshilachados y hacer el lienzo que nos merecemos.

Pero lo vamos a hacer, lo vamos a hacer.

Por nosotros mismos y por quienes vienen detrás.

Y como solía decirme mi madre.

“Que esta sea la última vez”.

 

Para zurcir mi vacío,

me pondré un dedal de cobre,

muchos hilos de colores,

y la aguja del estío,

que derrita tanto frío,

y me aclare las pupilas,

las papilas gustativas,

y la pena que me abruma

cuando un árbol se derrumba

vuelan miles de semillas.