Sobre maldiciones, expulsiones y fusilamientos

MARECHAL, “EL POETA DEPUESTO”

Por Mario Casalla

Una tarde de invierno –acaso del año 1969– un pequeño grupo de estudiantes de Filosofía de la UBA, tocamos el timbre del departamento 7° “30” de la avenida Rivadavia 2341, a pocas cuadras de la vieja Plaza Once. Nos abrió la puerta su mujer (Elbia) y un poco detrás nos estaba sonriendo –con la bonomía de siempre- don Leopoldo Marechal. Ninguno de nosotros lo conocía personalmente…

Por Mario Casalla

Punto Uno
10 de julio de 2018

 

 

MARECHAL, “EL POETA DEPUESTO”

Una tarde de invierno –acaso del año 1969– un pequeño grupo de estudiantes de Filosofía de la UBA, tocamos el timbre del departamento 7° “30” de la avenida Rivadavia 2341, a pocas cuadras de la vieja Plaza Once. Nos abrió la puerta su mujer (Elbia) y un poco detrás nos estaba sonriendo –con la bonomía de siempre- don Leopoldo Marechal. Ninguno de nosotros lo conocía personalmente, pero todos éramos ya fervientes lectores suyos y su “Adán Buenosayres” (publicado en 1948) era para nosotros una mixtura impecable de literatura, poesía y filosofía. Novela ésta donde las tres cuerdas mayores de la lírica marechaleana aparecieron en todo su esplendor. Pero nos era mucho más cercana en el tiempo y más explícitamente política, su segunda novela “El Banquete de Severo Arcángelo” (1965).  El “Adán” le costó a Marechal la excomunión de las grandes cofradías literarias porteñas, “El Banquete” marcaba un cierto regreso.

LA MALDICION A PRIORI

Aunque nunca del todo, porque téngase bien en claro que -en el campo universitario y en el que genéricamente denominamos “intelectual”- ser peronista es un demérito que se cobra. A la corta o a la larga, la pregunta inevitable llega: “¿Pero Usted, un hombre (o mujer) culto, cómo puede ser peronista?”; o bien la denostación (solapada o abierta). Y esto: gobiernen izquierda, derecha, centro, civiles o militares. Se paga de manera diferente, pero se paga. En la Argentina esto fue (y es) literalmente así. Ser peronista  es sospechoso de fascismo, de comunismo, de poco democrático, o de excesivo…vaya uno a saber! En cambio no ocurre lo mismo, por cierto, en el seno de la clase trabajadora, ni mucho menos del pueblo llano (incluso aunque allí también se tengan otras ideologías políticas). Por cierto los sucesivos gobiernos peronistas (desde 1946 a la fecha) algo tuvieron que ver con esta excomunión de hecho, ya que –por A, B, o C- nunca lograron  tener del todo una política adecuada para esos ámbitos y para los sectores sociales que en ellos circulan. Sus prioridades fueron lógicamente otras (las que una revolución nacional en marcha necesitaba para ser posible: la organización de la clase trabajadora y de un gran frente político nacional) y cuando  llegaba el turno de “lo cultural” (por así decirlo) ya era demasiado tarde. Más aún desde ese mismo “campo” (en el sentido de P. Bourdieu) se organizaba la oposición. Así que de poco vale que los gobiernos peronistas hayan construido la mayor parte de la infraestructura educativa existente, establecido la gratuidad universitaria plena o haber pagado los mejores haberes del sector. Siempre serán “peronistas” y eso los descalifica a priori. Más aún podrá usted ser uno de los mejores escritores hispanoamericanos (como Leopoldo Marechal está hoy considerado), o ser el mejor profesor, investigador, artista o maestro de escuela, pero si es “peronista”, amigo prepárese para sufrir esa –sutil e invisible- maldición a priori. Y si no me cree a mí, lea (o vuelva a leer) “El medio pelo en la sociedad argentina. Apuntes para una sociología nacional” de Arturo Jauretche, donde esto está explicado con gracia y –a la vez- con notoria precisión intelectual. Y eso que Jauretche venía del Radicalismo. Pero claro al ser yrigoyenista (y para peor creador de “Forja”) deberá soportar él también la maldición a priori de “peronista”!. Así con cara de asco, a secas y –si hiciera falta- a los golpes. Como lo fue en 1955, en 1966 y en 1976.

ENTRE FUSILAMIENTOS Y SILENCIOS

Y nosotros habíamos tocado el timbre de su departamento precisamente por esas dos razones: porque era un gran escritor y porque además, era peronista! Los años que siguieron a la caída del primer peronismo fueron muy difíciles para Marechal. Renunció a su cargo en Educación (donde ejercía la Dirección Nacional de Enseñanza Artística) e inició los trámites jubilatorios. Mientras tanto vivían con el sueldo docente de su mujer y con sus colaboraciones (a tanto por línea!) para un Diccionario Enciclopédico cuya elaboración dirigía otro amigo, Julio César Ibáñez. Como él mismo nos contó  “empecé a sentir el gran vacío que se fabricaba en torno a mí: rostros amigos me negaron el saludo en las calles, se me cerraron todas las puertas vitales y literarias, en una especie de muerte civil o asesinato colectivo”. Solamente Julio Cortázar, Adolfo Prieto y Graciela de Solá –justo es reconocerlo- diez años después comentaron positivamente la salida de “Adán Buenosayres”.  H. A. Murena, tuvo al menos la valentía de decirlo con todas las letras: “Marechal constituye un caso remoto por la doble razón de ser argentino y de que –a causa de su militancia peronista- se halla excluido de la comunidad intelectual argentina” (La Nación, 17/11/1963). Clarito, como el agua. Recién entendí  yo mismo lo que eso significa –como experiencia existencial-  cuando en 1976  los interventores militares de la UNSA (Yommi y Casal) nos echaron (“por subversivos y disociadores”, es decir por peronistas) y vestidos de uniforme me lo dijeron en la cara al entregarme la resolución de cesantía. Acto tras el cual otro militar me acompañó del brazo hasta a la puerta (“para que no me pierda”) y fue más explícito aún -al decirme en voz baja y enérgica-  “y dese por bien pago que no está muerto!”. Al poco tiempo supe bien de qué hablaba. Pero regresando a esa visita de juventud a  casa de Marechal,  años después sabría –por comentario de la propia Elbia en la vereda del Hotel Salta – que en ese departamento del Once se habían realizado las reuniones preparatorias a la sublevación de los generales Valle y Tanco en 1956. Muchos de los participantes en aquella patriada cívica y militar fueron detenidos y fusilados sin juicio previo alguno, inaugurando así una era de violencia que no cesaría durante los años siguientes. Sobre esa mesa en torno de la cual nosotros estuvimos sentados con Marechal, el general Juan José Valle  había redactado la carta de despedida a su hijita Susana  y con ayuda de Leopoldo  redactaron el magnífico manifiesto “Al Pueblo de la Patria”. Era la madrugada del 9 de junio del año 1956 y resultó premonitoria la repentina pregunta de Elbia, “¿Y qué pasa si el asunto de ustedes sale mal?” A la cual el general Valle respondió sin titubeos: “Sería terrible, porque esa es gente que mata. Nos fusilarán sin titubeos”. Y así pasó.

LAS DEPOSICIONES DEL ‘55

Finalmente encontré en un breve  texto de Marechal, “El poeta depuesto” (publicado en 1970 en la revista Nuevos Aires) algo muy similar a lo que él nos comentara en aquella visita poco  antes. Tal era su “karma” por aquellos años.  Allí trazaba la parábola de su vida diciéndonos: “desde 1955, no sólo tuvo nuestro país al Gobernante Depuesto, sino también al Médico Depuesto, al Profesor Depuesto, al Militar Depuesto y (tal es mi caso) al Poeta Depuesto”. Agregando con fina ironía: “Cierto es que las ‘deposiciones’ de muchos contrarrevolucionarios de América no van más allá del significado médico-fisiológico que también lleva esa palabra. De tal manera, los ‘muertos civiles’ de una contrarrevolución gozan de buena salud….”. Traza luego el itinerario ideológico que fue marcando las diferentes etapas de su vida (desde el socialismo de juventud, su posterior adhesión al radicalismo yrigoyenista, su paso por los Cursos de Cultura Católica y el Convivio en los años 30) finalizando con estas palabras:  “Llegamos así al Justicialismo, esbozado como una doctrina revolucionaria desde 1943 a 1945 por un líder cuyo nombre también fue silenciado por decreto: la revolución justicialista se nos presenta como una síntesis ‘en acto’ de las viejas aspiraciones nacionales y populares tantas veces frustradas y lo hacía enarbolando tres banderas igualmente caras a los argentinos”. Para rematar con la mejor definición del peronismo que yo escuché desde entonces: “…la gran virtud del peronismo fue la de convertir una ‘masa numeral’ en un pueblo esencial. Hecho asombroso que muchos no entienden aún, y cuya intelección será indispensable a los que deseen explicar el justicialismo en sus ulterioridades inmediatas y mediatas, o a los que se pregunten por qué, desde 1955,  nuestro país es ingobernable”. Aquél ejemplar de la revista -que todavía conservo como un pequeño tesoro en mi biblioteca personal- me lo acercó uno de los jóvenes compañeros de Facultad,  que ese día estuvo con nosotros en lo de Marechal: el querido Edgardo “Bachi” Trilnik, muerto al año siguiente en un nefasto accidente automovilístico (1971). Entonces él co-dirigía “Nuevos Aires”, junto con Gerardo Mario Gologoff y Vicente Battista.