La trama secreta de la intervención del PJ: interna sindical, guiño del Gobierno y ecos de Gualeguaychú. Los planes del peronismo moderado para el 2019. Ganadores y perdedores de la fragmentación opositora.

JUEGO SUCIO, GOLPE BAJO Y FRACTURA EXPUESTA

Por Adrián Murano y Carlos Romero

La aritmética que hacen en la Casa Rosada sugiere que de mantenerse el actual estado de fragmentación -y de no acelerarse el deterioro de la economía- el presidente podría arañar el 40 por ciento de lo votos y sacar distancia de diez puntos con el segundo, lo que le permitiría evitar el balotaje. Trazar límites al kirchnerismo, como hizo Barrionuevo en línea con la cumbrecita de Gualeguaychú, encaja con la estrategia oficialista, que consiste -como desde 2015- en alimentar la “grieta”. El Poder Judicial y los principales medios de comunicación juegan un rol patético pero crucial en esa tarea.

 

 

 

 

Por Adrián Murano y Carlos Romero

ZOOM

12 Abril, 2018

 

 

Hasta hace poco, parecía que la vieja estrella de José Luis Barrionuevo, finalmente, había comenzado a declinar. Muy lejos le quedaba la gloria de los tiempos menemistas, cuando el dirigente gastronómico brilló en medio de la pizza con champagne y la flexibilización laboral. Con el kirchnerismo nunca se entendió y acabó ocupando, sin incomodidad, el rol del enemigo perfecto. La llegada del macrismo a la Casa Rosada, para la cual trabajó una vez que se truncó la apuesta por Sergio Massa, le trajo añoranzas de los 90. Sin embargo, la cuestión de piel del PRO con el sindicalismo complicaba la estabilidad de los acuerdos, incluso para alguien bien dispuesto. Así, cerca pero sin pertenecer, transitó estos dos años. El naufragio del triunvirato cegetista y el enfriamiento de la relación con Mauricio Macri hacían pensar que, a sus 76 años, el dirigente había agotado las balas de plata. Pero Barrionuevo es un clásico del poder real. Lo conoce como pocos en la Argentina. Ayudó a construirlo, de hecho, y lo sigue alimentando. Su novedoso reciclaje como interventor del Partido Justicialista lo comprueba.

“Me eligió porque soy un verdadero peronista. La sangre que me fluye es completamente peronista”, dijo sobre la designación dispuesta por la inoxidable María Romilda Servini de Cubría, jueza con competencia electoral. Lejos de ser el resultado de un hemograma partidario, constituye el último eslabón de una serie de maniobras ejecutadas de forma sincronizada por los pocos pero influyentes operadores del secretario general de Uthgra, el sindicato que reúne a los trabajadores del turismo, hoteleros y gastronómicos. Un primer paso lo dio su esposa, la diputada massista Graciela Camaño, jefa del bloque del Frente Renovador en la cámara baja. El de Barrionuevo y Camaño es uno de los matrimonios más añejos y aceitados de la escena política argentina, y funciona de manera tan eficaz que muchas veces hasta pasa desapercibido. Ambos suelen decir que cada cual atiende su juego, pero la secuencia muestra una alta dosis de coordinación. Luego de un comienzo de la era Cambiemos marcado por lo que los renovadores definieron como “oposición responsable” y que se tradujo en el acompañamiento a leyes claves en la agenda del oficialismo, Camaño comenzó a tensar la cuerda con la Casa Rosada. Fue muy dura frente a los múltiples casos de “conflicto de interés” que caracterizan al gabinete de Macri, así como también en su rechazo a la reforma jubilatoria y en el bloqueo a las modificaciones en material laboral. Su voz, firme e insospechada de kirchnerismo, se volvió un problema para Balcarce 50 y favoreció la posición negociadora de su esposo. Enterada de su designación como interventor del PJ, se limitó a dedicarle una expresión de sorpresa: “¡Ah, en qué lindo quilombo te metiste!”.

En cuanto a los tres sindicalistas que se presentaron ante Servini de Cubría para pedirle que declarase “el estado de acefalía” en el partido con sede en la calle Matheu, todos son oriundos del barrionuevismo. Uno es el estacionero Carlos Acuña, triunviro de la CGT, designado en el cargo como representante de la central fundada por el jefe gastronómico. De la CGT Azul y Blanca también son los otros dos dirigentes que acompañaron a Acuña en su pedido de intervención: Oscar Rojas, del gremio de Maestranza (SOM), y Horacio Valdez, del Sindicato de Trabajadores del Vidrio (Soiva). En los tres casos, la ascendencia de Barrionuevo es total y de larga data.

La jueza Servini de Cubría ordenó la intervención del PJ en un fallo con marcado contenido político.

A mediados de febrero, la CGT Azul y Blanca emitió un comunicado donde, luego de acompañar las quejas obvias del movimiento obrero a la política macrista –rechazo al recorte a los jubilados, al mega DNU, al tope en las paritarias y a una eventual reforma laboral–, revalidó su perfil antikirchnerista, una de las credenciales de Barrionuevo para acceder a la intervención del PJ. El documento sostiene que “esta situación requiere, más que nunca una accionar inteligente; donde bajo ningún punto de vista la estrategia del legítimo reclamo sindical puede quedar enredada con el pasado reciente, no solo porque muchos funcionarios del pasado reciente deben rendir cuentas ante la justicia, sino porque precisamente ha sido el pasado reciente el responsable de la elección presente por parte de la ciudadanía que huyó con su voto de la demagogia, la corrupción, la crisis económica y el personalismo exacerbado, además de la crisis económica y la pauperización del trabajo”.

Una semana antes de lo ocurrido en el partido que presidía Luis Gioja, el estacionero Acuña había dado muestras de que los de Barrionuevo iban a jugar fuerte. En la reunión que la comisión directiva de la CGT tuvo el pasado 5 de abril, mientras Héctor Daer pretendía avanzar en la nueva designación de autoridades, para la que se siente ganador, Acuña le salió al cruce. Reafirmó su cargo como secretario general, bloqueó el proceso de renovación y lo pateó para adelante –se calcula que recién en agosto habrá novedades–, buscando preservar la injerencia de su sector, que venía quedando relegado en el nuevo armado de la central.

Parte de un todo

En el peronismo anticristinista donde milita Barrionuevo confluyen gobernadores, los bloques de diputados que orientan Diego Bossio y Massa, y el grupo de senadores que conduce Miguel Ángel Pichetto. El fin de semana, esa entente tuvo una cumbrecita en Gualeguaychú. Una de las figuras del encuentro fue, justamente, la legisladora Camaño.

La puesta en escena de Gualeguaychú fue armada por gobernadores que faltaron a su cita. El plan inicial era reunir a mandatarios reactivos a Cristina Fernández y volver a presentarse como la “oposición racional”. Pero a última hora los mandatarios provinciales le hicieron saber al salteño Juan Manuel Urtubey –impulsor del evento– que no irían a la ciudad entrerriana. La razón: nadie quiere aparecer como el candidato puesto de una elección nacional que pronostican perder.

El kirchnerismo considera que el Gobierno está detrás de la designación de Barrionuevo.

La exhibición contrasta con lo que ocurre en provincia de Buenos Aires, donde hace menos de un mes se conformó una conducción que reúne a todas las facciones. El fenómeno se replica en varios municipios. Uno de ellos es nada menos que Tigre, pago chico de Massa. En ese distrito, el intendente Julio Zamora logró unir los fragmentos en un único bloque de concejales. En esa bancada está incluso Malena Galmarini, esposa y lugarteniente de Massa. En el escenario federal, en cambio, el excandidato a presidente le trazó límites al kirchnerismo.

Dos días después del cónclave entrerriano, el tigrense protagonizó un simpático título en Clarín: “Massa va a un fonoaudiólogo: quiere endurecer la voz para ser candidato en 2019”. Fue una curiosa manera de mostrarse en carrera luego de varios meses de silencio autoimpuesto tras la dura derrota en las legislativas del año pasado. El club de gobernadores ven en la ambición de Massa a un candidato combustible: apuestan a quemarlo en 2019 y dejarlo fuera de carrera para el 2023. Pero el que juega con fuego, claro, se puede quemar: ¿Y si Massa consiguiera entrar a un balotaje? Las encuestas, hoy por hoy, alientan esa posibilidad. A Macri le faltan entre 5 y 9 puntos para ganar en primera vuelta. ¿Habrá acaso gobernadores y dirigentes del PJ que trabajen en secreto por un triunfo de Macri? No sería la primera vez.

El fallo de Servini empalma con la disputa entre los que creen que “hay 2019” y quienes barajan tirar la toalla para competir recién en 2023. La intervención de Barrionuevo propicia mantener viva la fragmentación opositora. Es todo un síntoma que la magistrada, de añejos y lucrativos lazos políticos con el peronismo tradicional, decidiera habilitar la intervención justo después de Gualeguaychú. Antes, de hecho, había ignorado varios pedidos que el expresidente Eduardo Duhalde había formulado a través de los abogados Oscar Diani y Omar Saúl Gadea, en nombre de la agrupación Justicia y Dignidad.

Una de las últimas actividades públicas de esa corriente fue el congreso paralelo del PJ en Avellaneda, en 2015. Por entonces, la mesa fue integrada, entre otros, por Duhalde, Adolfo Rodríguez Saá, Juan Carlos Romero, Carlos Acuña, Ramón Puerta, Aldo Pignanelli, Jorge Matzkin, Miguel Ángel Toma y Eduardo Arnold. Algunos de los presentes, como Puerta y Toma, hoy trabajan para Cambiemos. Otros, como Acuña, se integraron al massismo y mantienen un vínculo de lealtad con Barrionuevo. Con esos antecedentes, no debería considerarse una reacción paranoica ver una alianza táctica entre gobierno y peronistas moderados detrás del fallo de Servini.

Massa y Pichetto alientan la segregación K en el peronismo.

Los operadores de Eduardo Duhalde salieron rápido a despegarse de la intervención. Se difundieron al detalle supuestos llamados telefonicos del bonaerense con Daniel Scioli y Gioja para expresar su disponibilidad a resolver el asunto sin Barrionuevo de por medio. Los memoriosos recuerdan una escena similar de 2001, cuando Duhalde primero estimuló a Rodríguez Sáa para entrar al cuadrilátero y luego le sacó el banquito, el árbitro y el ring side completo con el fin de acelerar su caída y relevarlo en la tarea. Como se sabe, cumplió el objetivo.

Quienes siguen el minuto a minuto de los tribunales auguran que la Cámara Federal Electoral derogará la intervención impuesta por Servini, a lo sumo, en una semana. El plazo remite de nuevo a la efímera presidencia de Rodríguez Sáa: en ese breve lapso, el puntano declaró el default de la deuda pública, tarea sucia que le permitió luego a Duhalde imponer el corralón, la pesificación asimétrica y otras medidas que propiciaron la reactivación de una economía ahorcada. Si se repite esa historia, Barrionuevo tiene una semana para operar como mandamás del PJ.
Lo primero que sembró fue discordia: “Tengo los brazos abiertos para recibir a todos los peronistas, menos a los kirchneristas”, dijo, con su clásico tono burlón. Su misión como interventor, está claro, es mantener la fractura en el principal partido opositor. Al macrismo, está claro, le gusta esto: con el repunte económico en veremos, el principal activo político del oficialismo sigue siendo la división de la oposición.

La aritmética que hacen en la Casa Rosada sugiere que de mantenerse el actual estado de fragmentación -y de no acelerarse el deterioro de la economía- el presidente podría arañar el 40 por ciento de lo votos y sacar distancia de diez puntos con el segundo, lo que le permitiría evitar el balotaje. Trazar límites al kirchnerismo, como hizo Barrionuevo en línea con la cumbrecita de Gualeguaychú, encaja con la estrategia oficialista, que consiste -como desde 2015- en alimentar la “grieta”. El Poder Judicial y los principales medios de comunicación juegan un rol patético pero crucial en esa tarea.

En su primer comunicado, el flamante interventor sostuvo que le supone “un altísimo honor acompañar esta hora”, y que lo hará “con humildad” y poniendo su “voluntad, capacidad y vocación de servicio a la Causa Peronista”. Por lo pronto, ya cambió la cerradura del ingreso a la sede partidaria.