El enseñar es más difícil que el aprender, porque enseñar quiere decir dejar aprender.

MERLI, (LA SERIE DE NETFLIX) O EL ENCANTO DE LA FILOSOFIA.

Por Mario Casalla

Igual que Merlí en la serie, Heidegger me introdujo en la Filosofía sin hablarme ni explicarme ningún filósofo en particular. Me fue enseñando abruptamente y sin rodeos que los filósofos, en realidad, se hacen una sola y única pregunta y que los sistemas o ideas de cada uno de ellos es un intento (siempre precario e incompleto) por responderla. Esa pregunta –amigo lector- podríamos traducirla así: “¿Por qué hay cosas y no más bien nada?; ¿por qué es todo lo que es y tal como es”?

Por Mario Casalla *
“Punto Uno”
26/03/2018

Acabo de ver el último capítulo de la serie “Merlí” (en Netflix) y ahora sí puedo responder una pregunta que varios amigos me hicieron en estas semanas: “¿Y qué te pareció a vos que sos filósofo. Es buena?”.

A lo cual respondo sin ambages –como filósofo, pero también como docente- que es realmente muy buena!

Y que está justificada la gran repercusión que ha tenido a nivel local y mundial.

Los quioscos de diarios están llenos de libros de Filosofía y hasta hay unos fascícu-los sobre los filósofos que trata la serie.

Y remeras.

Los vi hace unos pocos días en Salta, al salir de la puerta de mi hotel y recorrer quioscos de la plaza 9 de Julio (siempre bajo la atenta mirada del Diablillo del Cabildo), y los volví a encontrar en Buenos Aires, junto al Obelisco y las diagonales que se le disparan por las esquinas.

Por cierto que los actores, la producción cinematográfica y el guion (con sus múltiples derivaciones personales y familiares) son muy buenos, pero lo realmente original es que se haya puesto a la Filosofía misma en el centro de la escena y que se la haya dejado hacer.

¡Y vaya si la Señora Filosofía hace algo con nosotros (y no simplemente “por” nosotros)!

Yo lo experimenté cuando tenía la edad de esos muchachos y chicas de la serie Merlí y por casualidad le cambié a un compañero de Facultad mi ejemplar de “Introducción a la Biología” de Villee, por uno de “Introducción a la Metafísica” de Heidegger.

Leí el capítulo uno y –lo poco que entendí entonces- bastó para fascinarme.

Igual que Merlí en la serie, Heidegger me introducía en la Filosofía sin hablarme ni explicarme ningún filósofo en particular.

Me fue enseñando abruptamente y sin rodeos que los filósofos, en realidad, se hacen una sola y única pregunta y que los sistemas o ideas de cada uno de ellos es un intento (siempre precario e incompleto) por responderla.

Esa pregunta –amigo lector- podríamos traducirla así: “¿Por qué hay cosas y no más bien nada?; ¿por qué es todo lo que es y tal como es”?

Nada más, ni nada menos.

¡Sin anestesia y sin rebajas!

Por cierto que esa pregunta angustia y que –cuando llega- solemos huir de ella como de la peste!

Pero en cambio a los jóvenes les viene como anillo al dedo y también a quiénes -aún después de ser jóvenes- son capaces de sostenerse en el asombro del preguntar, de un preguntar que no tiene una sola respuesta.

O mejor dicho, cuya respuesta es la vida misma, con sus increíbles matices y complejidades.

En el comienzo es Platón quien dice que el “asombro” (taumátsein) es el origen de la Filosofía y en el cierre el bueno de Nietzsche lo grafica muy bien: “La Filosofía es la libre vida entre el hielo de las altas montañas”.

A eso hay que atreverse y el salto es sin red (y sin celular!) a suerte y verdad.

Eso sí, quien se atreva tendrá su recompensa y ese tesoro no se lo saca nadie.

Aun cuando se dedique a cualquier otra disciplina durante el resto de su vida, tal cual ocurre en esa serie de televisión.

Recuerden que sólo uno (Pablo) estudia luego del secundario la carrera de Filosofía y se dedica a su enseñanza (para seguir haciendo “peripatéticos del siglo XXI”!).

El resto hará otras, pero ya fueron “tocados” por la Filosofía –por un curso al menos- e hicieron esa libre experiencia del preguntar con toda la libertad del mundo y sin ponerse colorados.

Les aseguro que eso es bueno, muy bueno.

Y no hay edad ni para empezar ni para terminar.

Ya mismo puede hacerlo, doy fe.

¿Cuanto vale un buen maestro?

La pregunta se la hicieron a la gobernadora de la provincia de Buenos Aires durante la campaña electoral y no dudó un segundo en responderla: “Cuarenta mil pesos, por lo menos!”.

Generosa María Eugenia, pero después hizo lo que hizo: cerró escuelas (todas las que pudo); los dejó sin paritarias y no desperdicia oportunidad para presentarlos como incumplidores seriales y desactualizados.

Está claro que -de Merlí a Heidi- hay un largo camino descendente que no puede asegurarse con miguitas.

Pero vale la pregunta.

Mi respuesta es también en este caso bien concreta: un buen maestro vale muchísimo, porque él es –sin dudas- el corazón del proceso educativo.

Nada puede reemplazarlo: ni máquinas, ni buena hotelería escolar, ni excelente planes de escritorio, ni sesudos números de administradores e inspectores.

Sin un buen maestro, no hay proceso educativo que llegue a buen puerto.

En cambio, un buen maes-tro es capaz de remontar más de una adversidad y hacer que estudiar sea una fiesta y no esa larga siesta donde todos están esperando que los salve la campana, o el timbre.

Y allí está Merlí y su personaje como botón de muestra de que esto es perfectamente posible.

Es cierto que no todos pueden (ni quieren) ser Merlí, pero allí donde alguien tuvo la suerte de tener un Maestro (en el sentido cabal del término) la experiencia es inolvidable.

Estoy seguro que si usted hace memoria le saldrán al encuentro unos cuantos nombres (de la primaria o del resto de su camino educativo).

Y no será necesariamente el que sabía más que todos, ni el más simpático o divertido, sino aquél con el cual aprender era una cosa tan natural como reír, llorar o preguntar.

En ese primer libro de Filosofía encontré unos párrafos sobre educación que no olvidaré nunca.

Se los dejo aquí como hojas sueltas de un otoño a punto de comenzar: “Enseñar es aún más difícil que aprender.

Se sabe esto muy bien, más pocas veces se lo tiene en cuenta.

¿Por qué es más difícil enseñar que aprender?

El enseñar es más difícil que el aprender, porque enseñar quiere decir dejar aprender.

Más aún el verdadero maestro no deja aprender nada más que: el aprender.

Por eso también su obrar produce a menudo la impresión de que no se aprende nada de él, si por aprender se entiende nada más que la obtención de conocimientos útiles.

De aquí que siga siendo algo sublime el llegar a ser maestro, cosa enteramente distinta de ser un docente afamado.

Es de creer que se debe a este objetivo sublime y a su altura el que hoy en día, cuando todas las cosas se valorizan hacia abajo y desde abajo, por ejemplo, desde el punto de vista comercial, ya nadie quiera ser maestro”.

MC/

 

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