Harán (si es que ya no lo han hecho!) un Hombre, un ser humano que no será hijo de nadie (sino de la madre Ciencia)

VENTANA DEL OBELISCO: SOBRE LA CLONACIÓN DE SERES HUMANOS

Por Mario Casalla

Creo que hay algunas cosas (muy básicas, claro) que no se hacen no porque no puedan hacerse, sino porque hacerlas es un despropósito que nos pondría en peligro como especie y como planeta. La clonación de seres humanos es una de ellas, una suerte de Caja de Pandora en medio de un camino abismal, en el cual sería prudente no incursionar. En ese tipo de caminos, los retornos son dificilísimos.

Por Mario Casalla
Diario “Punto Uno”, Salta
5 de febrero de 2018

Hace aproximadamente 30 años, empecé a escribir una columna con este mismo nombre, en ya el legendario diario “El Intransigente”.

Fue cuando regresé desde Salta a ésta, mi ciudad natal, para crear una Agencia del diario.

La aventura editorial duró poco, unos años después “El Intransigente” entró en seria crisis económica, quebró, la mayoría de su personal quedó sin trabajo y culminó así un episodio importante en la historia del periodismo escrito y de la cultura salteña.

Era aquélla todavía una muy buena Redacción y el Suplemento Cultural de los domingos brilló por décadas con luz propia.Testigo vivo y maestro desde aquellos años es Néstor S. Quintana a quien rindo ahora un justo homenaje, sintetizando en su figura la de muchos compañeros y colegas de los que guardo el mejor de los recuerdos.

Y fue una tarde salteña cuando –al cruzar la plaza 9 de Julio camino a la redacción del viejo Intra, entonces en la calle Mitre- ví “El Diablillo del Cabildo” y me dije que -así como esa singular pieza artística en su torre, fue testigo mudo de varios siglos de historia salteña (erigida en 1797)- nuestro mucho menos añejo Obelisco (que data sólo de 1936) lo era de la vida de Buenos Aires.

Si se fijan bien, en ambos hay un suerte de mirador pequeño en sus cúpulas, con aberturas a los cuatro vientos.

En el Cabildo salteño esto es muy visible y con esos vientos gira el Diablillo sobre la ciudad.

En el Obelisco, apenas se divisan desde su base, pero allí están.

A 67,5 m del suelo, los útimos cuatro son su ápice: un mirador de 3,5 m por 3,5, con cuatro ventanitas discretas y un pararayos en su punta, imposible de divisar.

Por cierto que a esa “punta” es muy difícil llegar y no está abierta al público.

Sólo al personal de mantenimiento.

Para hacerlo deben trepar por una escarpada escalera marinera de 206 escalones con 7 descansos cada 8 m y otro de 6,4.

No conozco a nadie del común que los haya subido, pero les confieso que desde muy chico es una fantasía que llevo conmigo.

Escribir desde esa pequeña redacción mirando la gran ciudad, debe ser realmente fantástico.

Pero claro, no es un lugar para contar cualquier historia remanida y usual.

De eso va esta columna que hoy recomienzo, amigo lector (o lectora), porteña o salteña.

Un amigo me mandó el típico “Echá un vistaso al tweet”.

Se trataba de una noticia calificaba de “hito científico”.

Y vaya que lo era, aún cuando no fuese novedosa.

Lo más importante de este tipo de hitos (culturales y no sólo científicos) es que no son estridentes sino que “llegan a nosotros con pasos de inocente paloma”, como le gustaba decir a Nietzsche a fines del siglo XIX.

Revestidos en su primera capa (como la cebolla) de una coloración atractiva y progresista, las tecnociencias -como casi todas las cosas de estos tiempos que corren- aportan al genérico “progreso del conocimiento”.

Y guay del oscurantista que se oponga al Progreso!.

Como en los buenos tiempos Inquisidores, siempre habrá un fueguito prendido para quemar herejes que estén contra el ineluctable Progreso de la Ciencia.

El de ahora (tecnológico él mismo) es un “fueguito” que prescinde de encapuchados con antorchas y de ese horrible olor a carne quemada que deben haber sufrido –siglos atrás- los circunstanciales testigos.

Eso ya quedó decididamente ‘demodé’.

Cuando se anunció -hace ya varias décadas- el desciframiento del Genoma Humano (nuestro software biológico más íntimo), nació también una nueva “ingenieria” (la Ingeniería Genética) y se inició esta carrera de hitos y postas, a la cual acaba de agregarse uno más: harán (si es que ya no lo han hecho!) un Hombre, un ser humano que no será hijo de nadie (sino de la madre Ciencia) y que -con el tiempo y la cultura- alguien acaso tomará a su cuidado.

Muy conmovido por esto (era el comienzo de los ’90 y en el vientre de su mamá se estaba gestando -ante mis ojos- nuestra hija) decidí dejar de leer y estudiar más sobre este asunto de la clonación y de las insólitas posibilidades que abría la flamante Ingeniería Genética.

Además yo era filósofo y no biólogo.

Pero si ajusté ciertas cuentas con ese saber abismal, en un artículo que llamé “Lo prohibido y la posible.”

El problema del límite en la sociedad tecnológica avanzada.

Como nunca me pareció de buen gusto recomendarse a uno mismo como lectura, no le envié a mi amigo el artículo completo.

Y mucho menos pertinente era hacerlo ahora, en que nadie lee algo más largo que unos 8000 caracteres, según dicen varios buenos especialistas en Tecnologías de la Comunicación.

Pero como sé que ese tema le interesaba a mi interlocutor, decidí sí traspasarle –al menos- las dos preguntas que entonces me motivaron a escribir ese artículo: “¿Todo lo que no está prohibido, está permitido?; y -cuando está en juego la vida de la especie humana sobre esta frágil nave espacial Tierra- ¿es posible hablar de “prohibiciones” o de “límites” en sentido ético y no solamente científico?.

Creo que hay algunas cosas (muy básicas, claro) que no se hacen no porque no puedan hacerse, sino porque hacerlas es un despropósito que nos pondría en peligro como especie y como planeta.

La clonación de seres humanos es una de ellas, una suerte de Caja de Pandora en medio de un camino abismal, en el cual sería prudente no incursionar.

En ese tipo de caminos, los retornos son dificilísimos.

 

MC/

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