Después del desayuno y sin poder pensar en otra cosa, algo pareció gestarse por fin. Tomé el inconfundible Martín Fierro y fui al baño a sentarme.

EL FENÓMENO DE MI DESCOMER.

Horacio Fontova

En un principio creí que había agarrado un libro de chanchadas, pero no, era el mismo de tapas de cuero gastado que una vez había sacado de la biblioteca de mi viejo. Algo confundido lo examiné al salir del baño y para mi sorpresa no sólo las hojas habían vuelto a ser blancas sino que el texto había vuelto a ser Calderón de la Barca.

Por Horacio Fontova*

NAC&POP

09/02/2018

“No hace mucho, el olor de mis deposiciones comenzó a ejercer tal influencia alquímica a mi alrededor que haría palidecer al mismísimo Hermes Trismegisto.

Fue hace algunos meses.

En medio de una clásica depresión de domingo por la tarde tuve fuertes ganas de ir al baño y tomé al azar un libro de la biblioteca.

Era un clásico español.

Cómodamente sentado en el inodoro lo abrí y comencé con el descomer y la lectura.

Ahí ocurrió por primera vez.

Donde otras veces había leído textos de lo más castizos y elegantes de pronto sobre el papel, que se tornó súbitamente más oscuro, leí algo como: “¡Cojones! dijo su Alteza poniendo sobre la mesa una caja de condones…

 ¡Está bien, por mil tifones, que os folléis a mis hijas, más no os limpiéis las verijas en los grandes cortinones!” y cosas por el estilo.

En un principio creí que había agarrado un libro de chanchadas, pero no, era el mismo de tapas de cuero gastado que una vez había sacado de la biblioteca de mi viejo.

Algo confundido lo examiné al salir del baño y para mi sorpresa no sólo las hojas habían vuelto a ser blancas sino que el texto había vuelto a ser Calderón de la Barca.

El fenómeno era algo realmente fuera de lo común.

Esa noche casi no pude dormir esperando volver a sentir ganas.

Después del desayuno y sin poder pensar en otra cosa, algo pareció gestarse por fin.

Tomé el inconfundible Martín Fierro y fui al baño a sentarme.

Una vez más, la gestión del descomer tenía éxito.

Abrí el libro y vi como el papel nuevamente se oscurecía y no pude creer lo que leían mis ojos: “Así el tonto al pastar en la paz de la ciruela al pobre me lo revela una plena voz de paria, como clave comisaria con el altar se nos vuela”.

Así empezó todo esto.

Y el efecto de mis deyecciones no actuaba solamente sobre papeles y textos impresos, sino que producía también otro tipo de fenómenos.

Un día, durante otra sesión, apareció una golondrina trinando por todo el baño.

Casi alucinado pulsé el botón, eché algo de spray, y así el hermoso pájaro volvió a ser lo que era, una mosca.

Otra tarde, mientras tomaba mate con mi amiga Paulina sentí ganas.

Fui al baño, descomí, pero ni pulsé el botón ni eché spray.

La fui a buscar y le pedí que entrara al baño conmigo.

Lo hizo, riendo como loca por la nueva locura de su amigo, apretándose la nariz con los dedos y volvió a producirse.

Le dije: “Pauli, mirate en el espejo”.

Cuando lo hizo pegó un tremendo grito y se tambaleó como para desplomarse.

Y no era para menos. Paulina se vio reflejada como quien era realmente en ese momento: Nastassia Kinsky.

En mí no hubo sorpresa, a esa altura ya estaba acostumbrado a verme reflejado como Gary Oldman, Jeremy Irons, Al Pacino, Robert De Niro, Harvey Keitel…

En medio del asombro de Paulina -Nastassia en ese momento- el abrazo no fue el de los amigos de siempre sino algo furioso, de una pasión que era una novedad para los dos.

A partir de ahí las escenas de amor en el baño fueron entre una infinidad de beldades femeninas y masculinas.

Era algo molesto hacerlo siempre ahí, hasta que decidí ampliar el campo de acción, y comencé a poner la fuente del fenómeno en una escupidera debajo de mi cama.

Como lo hacía mi abuela.

Pero no todas son flores en esta historia.

Cierta vez, se tapó el W.C. y tuve que acudir a Martín, el cloaquero.

Fue espantoso lo que tuve que contenerme al ver a Juliette Binoche agachada en el baño frente a mí haciendo su trabajo.

Y no me sorprendió que Martín antes de irse me dijera “che Negro, ¿sabés que ahí en el baño tenías una facha terrible?”

Pero no me puedo quejar.

Hoy estamos aquí, con mi querida amiga Paulina -o como se llame en este momento- disfrutando de la presencia de nuestro gato Luzbelito, que en este momento es una hermosa cebra que ronronea a los pies de la cama.

Y a pesar de que ya no recibimos visitas, somos muy felices.

Y del olor ya nos olvidamos”.

HF/

*(Témpera Mental – Ed. Sudamericana)