En el discurso de Cambiemos -dice, Velleggia- la metáfora alude a la utopía de un nuevo orden en el que la desresponsabilización social, moral y política por el destino colectivo sería una suerte de “tierra prometida” de la felicidad.

EL DISCURSO DE LA TIRANÍA MACRISTA

Por Susana Velleggia

Esta utopía es congruente con el mito del self made men popularizado por el cine hollywoodense y aludido por el discurso meritocrático y “emprendedurista” -interesadamente naif- de los dirigentes neoliberales. Cada uno es dueño de su destino y si nos juntamos como individuos despolitizados, desideologizados y desconcientizados podremos festejar y ser felices al estilo de los ricos y famosos ilustrados por la revista “Hola” que suele hojearse en las peluquerías para señoras”.

Por Susana Velleggia*

Vagos y Derecho

13 de enero de 2018

 

El discurso político de Cambiemos; entre eufemismos y globos (1)

 

“En el discurso de Cambiemos -dice, Velleggia- la metáfora alude a la utopía de un nuevo orden en el que la desresponsabilización social, moral y política por el destino colectivo sería una suerte de “tierra prometida” de la felicidad. Esta utopía es congruente con el mito del self made men  popularizado por el cine hollywoodense y aludido por el discurso meritocrático y “emprendedurista” -interesadamente naif- de los dirigentes neoliberales. Cada uno es dueño de su destino y si nos juntamos como individuos despolitizados, desideologizados y desconcientizados podremos festejar y ser felices al estilo de los ricos y famosos ilustrados por la revista “Hola” que suele hojearse en las peluquerías para señoras”. 

Como es sabido el lenguaje no sólo es un instrumento de comunicación y expresión, sino también de control social.  Puesto que las palabras se manifiestan en discursos, ellas no son simples designaciones neutras de la realidad sino representaciones que la construyen.

El conjunto de discursos y modalidades de producción de sentido acerca de la realidad existentes en una sociedad, al que llamamos discursividad social, da cuenta de las relaciones de poder en un tiempo y espacio determinados, cuyo despliegue constituye un campo de batalla inmaterial hoy clave: el de la lucha por la imposición del sentido. En estas batallas por la hegemonía, en las que siempre está presente la ideología, se construyen las identidades e imaginarios colectivos. Concurren a ella los discursos de diversos lenguajes y medios de comunicación, entre los cuales tienen particular relevancia el discurso explícitamente político y los medios audiovisuales. Varios autores destacan desde hace años el maridaje entre ambos, remitiendo al añejo concepto de AIE (Aparatos Ideológicos del Estado), de Louis Althousser. Esta tesis fue problematizada por Pierre Bourdieu al señalar que este sería un estado “patológico” (o si se quiere excepcional) de la discursividad social y los medios de comunicación social. Pero, tal “estado patológico” –en palabras de Bourdieu- se ha naturalizado en la Argentina actual con el matrimonio perfecto, aunque nada romántico, entre medios de comunicación social hiper concentrados y discurso político neoliberal.

Patologías discursivas y violencia simbólica

Entre las características del discurso político de Cambiemos, cabe señalar dos fundamentales: el profuso empleo del eufemismo y la metáfora, para construir un repertorio de sub códigos identitarios de la fuerza política, que desplazan los significados originales de las palabras sustituyéndolos por otros, en general, opuestos a aquellos y la violencia simbólica dirigida a inculcar odio y desplazar las culpas de todos los problemas existentes hacia el “mundo K”, indisolublemente ligado al vocablo “corrupción”. El slogan “se robaron todo” naturalizado como sentido común (sin explicar qué se robaron, quienes, dónde, cómo, cuándo, a quienes) cumple la función de un mito aglutinante.[1] Los mitos aglutinantes, entre ellos el del Enemigo Interno Identificado (EII), constituyen recursos semántico-políticos utilizados por algunas democracias débiles, aunque están vinculados a las funciones bélicas que históricamente vienen cumpliendo. Estas construcciones simbólicas basadas en el estereotipo y el prejuicio han servido, tanto a Hitler al adjudicar los males de Alemania a los judíos, a fin de justificar el inicio de la Segunda Guerra Mundial -cuyos motivos reales era bien otros- como a los Estados Unidos. En este caso los EII se renuevan periódicamente, para unir a la población en las guerras emprendidas por motivos muy distintos de los usualmente proclamados desde el poder -”salvar a la democracia” de los regímenes totalitarios, comunistas, amarillos, terroristas, tiranos con armas de destrucción masiva, etc.- que pueden actuar tanto fuera como dentro del país. Esta construcción simbólica ha dado sustento a la Doctrina de la Seguridad Nacional, bajo cuya invocación se perpetró la secuela de golpes de Estado que, en los 70s, derribó a los gobiernos democráticos progresistas de América Latina para instalar a las más cruentas dictaduras de su historia.

En ocasiones la violencia simbólica se torna denotada y de gran agresividad, pero aunque no se manifieste de manera explícita, “trabaja” a nivel connotado de manera continuapersistente y redundante. Estos son tres requisitos pedagógicos provenientes de las teorías conductistas de la educación. El propósito perseguido por estos métodos es performativo. Los individuos deben incorporar como elecciones propias ciertos valores, ideas y cosmovisiones que son prescripciones del enunciador del discurso para orientar las conductas individuales y sociales de manera funcional a sus objetivos e intereses.

Según la Real Academia Española, eufemismo significa “Modo de expresar con decoro ideas cuya franca expresión sería malsonante”. El revestimiento semántico “decoroso” de ciertas ideas consiste en la naturalización de un contrabando ideológico que disloca las funciones del lenguaje mediante la sinécdoque para ocultar algo innombrable debido a sus efectos políticos negativos y revertir el sentido de manera favorable al emisor.

Algunos ejemplos. La devaluación practicada al asumir Cambiemos el gobierno en diciembre de 2015 -que llevó el precio del dólar de $ 10,70 a $ 15 y la consiguiente inflación de 40% en 2016-  fueron denominadas “sinceramiento” y el control de cambio del gobierno anterior se estigmatizó con el término”cepo cambiario”. El valor positivo sinceridad, no sólo sirvió a enmascarar una decisión política de efectos negativos para la mayor parte de la sociedad, además de resonancias históricas ominosas (“idea malsonante”), sino que al mismo tiempo invistió a los enunciadores del discurso de dicha cualidad, considerada por el sentido común un “bien escaso” en la política.  Abundan los ejemplos similares; “reparación histórica” se llamó al operativo para compensar a los jubilados y pensionados que habían iniciado juicios al Estado, a cambio de que desistieran de los mismos y que resultó en un fiasco, pero sirvió a enmascarar un “blanqueo de capitales” fugados ilegalmente del país, en el cual se incluyeron por decreto del PEN, a los familiares de connotados funcionarios, en primer lugar del Presidente de la Nación, pese a que la ley sancionada en el Congreso de la Nación lo prohibía de manera expresa.

La “reforma previsional”, que reemplazó la fórmula de actualización semestral de las jubilaciones, pensiones y AUH, la cual había posibilitado que las mismas superaran la pérdida del poder adquisitivo experimentado durante años por sus beneficiarios triplicando el número de los mismos, fue presentada por el discurso oficial como mejor que la anterior porque los ajustes serían trimestrales de acuerdo al índice (oficial) de inflación. Pero en la realidad el nuevo índice representa la pérdida de un monto equivalente a un salario anual por parte de los jubilados y pensionados y a un monto de alrededor de $150 mensuales menos del salario familiar por hijo y de quienes reciben la AUH (niños y niñas de los sectores pobres que constituyen el 50% de la población infantil). Esto posibilitó al Gobierno Nacional apropiarse de $ 100.000 millones de los fondos de la ANSES para transferirlos al sector financiero y al Fondo de Reparación Histórica de la Provincia de Buenos Aires, con miras a las elecciones de 2019.

La “reforma laboral”, proyecto de ley semantizado por el discurso del poder como iniciativa para “impulsar la creación de empleo en blanco, disminuir los costos laborales de las empresas y dar mayor competitividad a la economía”, consiste en el mayor intento de precarización del trabajo y eliminación de derechos laborales de la historia argentina, violatorio, además, de la Constitución Nacional y de varias convenciones internacionales.  La “reforma fiscal”, permitirá reducir impuestos a los grandes empresarios y abriría paso a un nuevo –e incierto- sistema de co-participación federal. Enmascarada con el eufemismo “pacto fiscal”, en realidad apunta a “bajar el gasto público” y disminuir impuestos internos (en las provincias) bajo el supuesto de “activar las economías regionales”, a cambio de que los gobernadores pactantes desistan de los juicios contra el Gobierno Nacional por el pago de deudas pendientes.

Esta tríada de decisiones políticas regresivas –prescritas por el FMI- son acopladas discursivamente con el eufemismo de “Reforma Permanente”, de resonancias revolucionarias marxistas y trotskistas, configurando un caso insólito de sinécdoque. “La Revolución Permanente” (1929), de León Trotsky, plantea la teoría que el intelectual y dirigente de la Revolución Bolchevique introdujo en el debate de la época para extender la revolución al mundo. 

La “herencia recibida” precipita lluvias

Metáfora, por su parte, es definida por la Real Academia de la Lengua como “Tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces en otro figurado, en virtud de una comparación tácita”. De manera semejante a la alegoría (“unas palabras se toman en sentido recto y otras en sentido figurado”) la metáfora y el eufemismo implican la sustitución de unas palabras por otras como dispositivo semántico de desplazamiento de sentido, a fin de investir de ciertos atributos imaginarios al objeto aludido.

Lluvia de inversiones”, fue la metáfora empleada para legitimar medidas de ajuste y aumentos de tarifas de los servicios públicos y combustibles, planteadas como requisitos para atraer a los inversionistas extranjeros. Este tipo de “lluvia”, vinculada a la “teoría del derrame” de raigambre conservadora neoliberal –nunca comprobada empíricamente- es usada, tanto para instrumentar despidos masivos de trabajadores públicos (“modernización del Estado”) a los cuales se suman despidos masivos del sector privado industrial y de los servicios, a fin de generar el, denominado por Carlos Marx, “ejército laboral de reserva”. Se procura así provocar un índice de desocupación superior al promedio para reducir los salarios y precarizar las condiciones de trabajo, en función de incrementar las ganancias de las empresas. Estos supuestos se fundan en otro cuyo carácter contradictorio es evidente: estas medidas regresivas incrementarían las inversiones y… la contratación de personal. Todas estas medidas profundamente anti-populares y de expropiación de derechos son justificadas como “necesarias” con el eufemismo de la “herencia recibida”, hecho que desmienten las estadísticas de fuentes insospechadas. Los indicadores positivos vigentes hasta el 10 de diciembre se transformaron en negativos a partir de esta fecha y la inflación, que entonces era del 24%, llegó a trepar al 41% en 2017 (dos años después) también debido a dicha “herencia”.

El contrasentido lógico y los efectos negativos de estas proposiciones no resisten el menor análisis, motivo por el cual los programas periodísticos de actualidad de los medios de comunicación social, de los cuales el Gobierno ha “extirpado” las voces opositoras o directamente no acordes a las políticas oficiales, los eluden o tergiversan, replicando de manera permanente las consignas “se robaron todo”, “herencia recibida”, “corrupción K”. Como se sabe la replicación de consignas es una práctica usual de la propaganda política dirigida a producir sensación de unanimidad.

Al modo de la práctica inquisitorial de “extirpación de las idolatrías”, los medios de comunicación social han asumido una función propagandizadora de las políticas oficiales que, a la par, sataniza y descalifica a todas las que se opongan o sean diferentes, en particular a la “herencia recibida” (de los dos gobiernos anteriores designados “K”), fantasma al que se culpabiliza de todas las desgracias actuales. Esta es, precisamente, la función de AIE conceptualizada por Althousser, que –pese a las críticas de Bourdieu- parece funcionar, dado que el discurso del poder hegemónico ha logrado naturalizar en la sociedad políticas que perjudican los intereses de la mayor parte de ella, marketing carnavalesco mediante.

La “revolución de la alegría” contra el “populismo”

El eufemismo y la metáfora se consideran subcódigos de un código general que, con frecuencia, cumplen la función poética del lenguaje y producen asociaciones del objeto aludido con otros objetos para develar u ocultar su esencia. “Son derivaciones permisibles de las formas nucleares incrustadas en la norma explícita” (Jakobson; 1984).  Por ejemplo: -“Pedro es un viejo zorro”, que da lugar a la réplica: -“No es cierto, Pedro no es un zorro sino un cerdo, el que es zorro es Juan”. (op.cit; 93). En todos los casos, esta función introduce una connotación valorativa (dimensión ideológica del lenguaje), positiva o negativa, enmascaradora del objeto real que, asimismo, suele operar la transmutación de léxicos de un campo a otro. Operación que, en las ciencias sociales, se considera inválida o a-científica.

Una transmutación léxica frecuente del discurso de las derechas conservadoras es el contrabando efectuado desde el campo de la biología al de las ciencias sociales, que abre paso a interpretaciones discriminatorias y xenófobas de ciertos fenómenos socio-históricos. “Aluvión zoológico” bautizó el Diputado Nacional Ernesto Sanmartino, de la UCR, a las masas de trabajadores beneficiarios de derechos sociales inéditos merced a las políticas redistributivas del Peronismo. La apropiación del espacio público en los actos multitudinarios en los que aquellos se comunicaban de manera directa con su líder funcionaba como símbolo del empoderamiento de quienes la oligarquía consideraba como vasallos sub humanos (pertenecientes a la zoología). “Grasas” y “cabecitas negras” eran otros eufemismos con los que se descalificaba a las masas trabajadoras, en general mestizas, llegadas del interior para incorporarse a la incipiente industrialización del país.

En aquél sector social y sus intelectuales orgánicos -cuyo marco de referencia estaba dado por el genocidio “modernizador” de la eufemísticamente denominada “Campaña del Desierto”-  el cambio material y simbólico en las relaciones de poder social, provocaría tanto odio y miedo hacia el peronismo que, desde entonces, fue identificado como el EII al que, por tanto, había que destruir. A su vez, desde el otro lado de la línea divisoria, se significó a quienes sostenían tales posiciones políticas anti-populares con el eufemismo de “gorilas”, descalificando sus postulados con el adjetivo “gorilismo”, vigente hasta hoy en el habla popular.

Además de las conocidas -y ya perimidas- teorías instintivistas y freudianas sobre la sociedad de masas y su cultura que, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, se elucubraron desde las concepciones conservadoras -que tipifican a las “masas” como amenaza o conglomerados irracionales de individuos despojados de una subjetividad humanizadora y cegados por un líder carismático en el cual se proyectan-  la recurrencia al léxico biologicista recoge aportes del positivismo, con fuerte arraigo en los sectores intelectuales afines a la oligarquía y en la cultura de nuestro país, en general. Del positivismo argentino derivan tanto la instrucción pública laica y gratuita sarmientina como la criminalística lombrosiana. En ambos casos el hilo conductor es la antinomia “civilización”/”barbarie”, magistralmente representada por el “Facundo” de Sarmiento, uno de los más importantes ensayos políticos nacionales.

En este marco se inscribe la metáfora “cáncer del populismo”. Extraída del léxico médico, ella connota la idea de la sociedad como un cuerpo enfermo al que sería preciso “operar” para “extirparle” un tumor, a fin de que recupere la “salud”. Demás está explicar las connotaciones y consecuencias prácticas de violencia contenidas por esta, en apariencia inocente, metáfora. Los sectores conservadores, asimismo, niegan la existencia del conflicto, que es intrínseco a toda sociedad, de modo que todo lo que altere el statu quo es descalificado con estereotipos que implican violencia simbólica. Dado que, como señala la evidencia histórica, la oligarquía y la derecha conservadora no tienen el hábito de resolver los conflictos de manera dialogada sino mediante la violencia ejercida desde una posición de poder para subordinar al “populacho” o la “negrada”, las tensiones y demandas son percibidas por ellas como “desestabilizadoras”.

Pese a no haber sido definido con precisión por las ciencias sociales, el término “populismo” ocupa un lugar destacado en el discurso de las derechas conservadoras, que le adjudican un sentido ideológico asociado al EII. Debido a la imposibilidad de abordar este tema aquí [2], y simplificando, para el sentido común de los sectores arriba mencionados, populismo sería cualquier política de carácter redistributivo, que atienda a las demandas de los sectores populares, establezca una vinculación sin mediaciones del líder con éstos y se oponga a los postulados doctrinarios del conservadurismo y el neoliberalismo. La aplicación de políticas económicas de orientación neokeynesiana y de defensa de los intereses populares y nacionales es deslegitimada con este adjetivo. Se soslaya, sin embargo, que el primer líder “populista” del continente fue Franklin D. Roosvelt que, con las políticas del New Deal, aplicadas a partir de 1933, logró que los Estados Unidos superaran la Gran Depresión ocasionada por la crisis de 1929.

Sin pretender profundizar en el análisis de las distintas formas de deslegitimación que, desde el bloque de poder dominante, se aplican a Cristina Fernández de Kirchner y su gestión, es posible verificar la utilización exhaustiva y sistemática del arsenal de dispositivos semánticos descritos. Si, en un principio, se la descalificó por una cuestión de “estilo” (o estética) se avanzó desde las críticas a su vestimenta, maquillaje y peinado hasta su gestualidad, para finalizar en el eufemismo “crispación” como síntesis deslegitimante inapelable. Proveniente del léxico médico-psiquiátrico el término connota insanía mental. No es casual que, desde el marco ideológico del bloque de poder dominante y sus rituales elaborados por el marketing político esencialmente anti-intelectual y despolitizador, la densidad conceptual e ideológica del discurso de CFK y su modo de enunciación apasionado resulten tan perturbadores. Cabe acotar también que los prejuicios y estereotipos machistas y misóginos –a los que son proclives dichos sectores- no están ausentes de estas descalificaciones que, curiosamente, no fueron aplicadas al ex – presidente Néstor Kirchner, cuyo discurso supo ser pródigo en anatemas dirigidos a sus adversarios políticos.

La amalgama ideológica que concentra el eufemismo crispación excede a la figura estigmatizada, su estética, “modales” y/o errores, para apuntar al corazón de la política: el nivel conceptual-ideológico. El discurso político cuyo análisis se cancela con el vocablo “crispación” entraña una complejidad que desafía al pensamiento y convoca al debate racional referido a las características de los proyectos políticos en pugna. Debate que, desde la vertiente “populista”, conduce a la toma de conciencia de los derechos sociales del pueblo, su constitución en actor protagónico y el estímulo al ejercicio de esta condición. Y desde la perspectiva conservadora-neoliberal es, precisamente, en esto donde reside el peligro a erradicar y por, ende, la “crispación”.

Todo discurso productor de ciudadanía tiene un nivel pedagógico y cierta complejidad conceptual e intelectual promotora de la reflexión, el debate y la toma de conciencia que no es solo política sino también moral en tanto incita a un compromiso por el destino común de la sociedad y de la Nación. En esta línea se inscriben los discursos de los grandes líderes políticos. Imposible imaginarse a un Mao Tse -Tung, un Perón, un Fidel Castro, un De Gaulle, un Alfonsín, salvando las diferencias ideológicas y espacio-temporales entre ellos, convocando -metáfora mediante- a la “revolución de la alegría”, y desparramando globos y papelitos de colores…

La metáfora “revolución de la alegría”, alude a un estado de euforia festivo, eximido de toda responsabilidad social y política. La fiesta, como hecho extraordinario en las culturas de los distintos pueblos, significa un paréntesis; el espacio liberador de las obligaciones de la vida cotidiana, el momento en el que es permitido el desmoronamiento de las jerarquías sociales y en el que caen las barreras morales –represivas-  que imponen las pautas de conducta socialmente consagradas. El ejemplo clásico es el carnaval.

Entre la utopía de un mundo feliz y la “grieta”

En el discurso de Cambiemos la metáfora alude a la utopía de un nuevo orden en el que la desresponsabilización social, moral y política por el destino colectivo sería una suerte de “tierra prometida” de la felicidad. Esta utopía es congruente con el mito del self made men  popularizado por el cine hollywoodense y aludido por el discurso meritocrático y “emprendedurista” -interesadamente naif- de los dirigentes neoliberales. Cada uno es dueño de su destino y si nos juntamos como individuos despolitizados, desideologizados y desconcientizados podremos festejar y ser felices al estilo de los ricos y famosos ilustrados por la revista “Hola” que suele hojearse en las peluquerías para señoras. La propuesta Cambiemos es lograr un estado de anomiacolectiva como requisito de disfrute y felicidad. El ideal es des-ciudadanizar, el fenómeno que algunos autores denominan “pos ciudadanía” como correlato de la “pos verdad”. El éxito consistiría en lograr cuerpos deportivos con mentes en blanco, cual tábulas rasas en las cuales inscribir las nuevas posverdades. Todo lo que exija esfuerzo intelectual, memoria, compromiso sería sinónimo de la tan odiosa “crispación”. Es interesante observar que en estas antinomias planteadas por el neoliberalismo conviven rasgos atávicos de un liberalismo primario con los postulados de la pos modernidad, mientras que el discurso político denso conceptual e ideológicamente del peronismo de la vertiente kirchnerista, correspondería a la modernidad. Estas asincronías dan cuenta de fenómenos socio históricos de fuerte arraigo cultural que no se corresponden con la división de la sociedad en clases, sino que, en gran medida, son transversales a ellas. [3]

La palabra “moderno” aparece como sinónimo de actual en el siglo XVI y es usada para periodizar la historia, a fin de distinguir las épocas antigua y medieval de la contemporánea. Con la acepción de actualización y mejoramiento, los términos “modernizar”, “moderno”, “modernista”, son utilizados en el siglo XVIII, acentuándose el sentido que los vincula a la idea de progreso a partir del siglo XIX (Williams; 1997).

La distancia ideológica, política, social y cultural entre un liderazgo que, además de “robarse todo”, ejerce la “crispación” –el otro sintetizador de la identidad social negativa- y la “revolución de la alegría” –síntesis de la identidad positiva autoasignada al nosotros dominante- es, así, bautizada con el eufemismo originario del léxico geológico:  “grieta” -transpolado al campo social- de la cual, como es obvio, el otro en su carácter de EII, sería el culpable excluyente.

La dimensión pedagógica de la política –presente en el discurso de los grandes líderes- es intrínsecamente politizadora e historizadora y un pueblo politizado y con conciencia de sus derechos e historia constituye un obstáculo a la desestructructuración de las relaciones e instituciones sociales de la democracia que reclama la hegemonía del mercado sobre la sociedad y el Estado. Objetivos estos que debe lograr el proyecto conservador neoliberal para imponerse, manteniendo las formalidades de la democracia representativa, acompañada de un uso módico de la coerción material o física, ya sea a través de la extorsión, la cooptación y la corruptela. Y llegado el caso mediante los gases lacrimógenos, las balas –de goma y de plomo- la persecución y el encarcelamiento de los opositores y ciudadanos que se movilizan por distintas causas y la censura absoluta sobre los medios de comunicación social. El universo de los EII se amplía a medida que las decisiones políticas del poder corporativo afectan cada vez más los intereses de los sectores medios y populares. Las demandas de los perjudicados y marginados se multiplican con la expropiación de sus derechos, configurando una suerte de hidra de múltiples cabezas que han de ser “cortadas” antes de que crezcan. El disciplinamiento social cierra así el círculo de hierro entre la violencia simbólica ejercida desde el discurso político del poder y la violencia material o física practicada por las “fuerzas del orden” y la exhibición sobreactuada de su parafernalia bélica ejercida de manera impune contra los más débiles.

Estas metáforas, eufemismos , sinécdoques y transmutaciones -que en todos los casos enmascaran mentiras, inexactitudes y decisiones anti populares- distorsionan y vulneran el sentido de la “norma explícita” del lenguaje, por lo que su empleo sistémico en el campo político se considera una perversión o un estado patológico del mismo, que permea la discursividad social en su conjunto. Los efectos de esta patología no han sido suficientemente estudiados, pero ciertamente dañan la salud mental y la cultura de la sociedad, además de erosionar las instituciones democráticas, como señalan varios autores. Todos los dispositivos semánticos utilizados por el discurso de Cambiemos están unificados en una amalgama ideológica [4] que les otorga congruencia y una gran capacidad de penetración. La voluntad des-historizadora se expresa en cada uno de ellos. Se trata de “borrar” la memoria de la historia reciente y de los diversos aspectos de la más remota que posibilitan estructurar identidades colectivas que conecten con un proyecto político capaz de oponer resistencia a la hegemonía del proyecto conservador neoliberal.

Ante estos fenómenos suele aludirse al “vaciamiento de sentido”, como uno de los habitus de las derechas, trazando un paralelismo con la expropiación de derechos y bienes materiales a las mayorías en beneficio de las elites, que aquellas practican. Pero el vacío de sentido es un imposible, no solo semántico sino también lógico. Se trataría más bien de la expropiación de sentido, que se manifiesta por un extrañamiento con respecto a los significados originales o socialmente consagrados de las palabras, a fin de sustituir unos sentidos por otros que apuntan a distorsionar la interpretación de la realidad socio histórica. Aquí se cumple la acepción clásica –y negativa- de la ideología de Carlos Marx, como visión distorsionada de la realidad, reformulada por diversos autores.

Estos dispositivos semánticos van más allá del hecho puntual de que se trate; su fin último es construir el imaginario funcional a la resignificación permanente de la realidad desde la perspectiva ideológica del poder dominante. Para completar la amalgama, el emisor suele apelar al sentido de autoridad (propia), ya sea de carácter moral, político, social, y/o de conocimiento, confrontándolo al sentido de inferioridad adjudicado al oponente y sus ideas y prácticas. Otra vez la evocación de la histórica dicotomía “civilización”/”barbarie”.

El bloque de poder dominante, no sólo trata de imponer un profundo cambio en las relaciones –“materiales”- de poder social y económico sino también una mutación cultural. La alteración del orden simbólico existente y su sustitución por otro pre fabricado por expertos en marketing, son operaciones intrínsecas a la barbarie del proyecto conservador neoliberal, cuya destructividad despiadada se erige en paradigma de virtud.

La cosificación del oponente, como estrategia para afirmar la superioridad propia y el intento de borrar la memoria histórica de los pueblos, han demostrado ser instrumentos justificadores de las peores violencias ejercidas contra ciertos grupos designados como EII. Tanto han servido a las masacres de las potencias coloniales con el argumento eufemístico de “llevar las luces de la civilización” a los pueblos sumidos en la “barbarie”, pasando por los genocidios contra armenios, judíos, palestinos, y varios “otros”, hasta al terrorismo de Estado de la última dictadura cívico-militar argentina.

Aunque hoy la principal guerra transcurre en el campo simbólico; la lucha por la imposición del sentido, hecho que entraña en sí mismo violencia simbólica, esto no descarta sino, por el contrario, convoca, avala y justifica la violencia física, según demuestra la evidencia histórica. 

Resucitar estos demonios de la historia apelando a la violencia simbólica llama a la sangre. Nunca es una operación inocente. 

 

*Lic. en Sociología y Cineasta

 

NOTAS

[1] (…) “Al pasar de la historia a la naturaleza, el mito efectúa una economía; consigue abolir la complejidad de los actos humanos, les otorga la simplicidad de las esencias, suprime la dialéctica (…) organiza un mundo sin contradicciones, puesto que no tiene profundidad, un mundo desplegado en la evidencia, funda una claridad feliz; las cosas parecen significar por sí mismas”. Roland Barthes, “Mitologías”, Siglo XXI, 1979.

[2] Véase: Laclau, Ernesto; “La razón populista”, FCE, Buenos Aires, 2004.

[3] En términos sociales y políticos, la modernidad, antes que una ruptura es un proceso histórico continuo a partir del cual se opera la instalación, en el imaginario colectivo, de lo social como fundado en sí mismo. Esto supone la percepción de un mundo “desencantado” – no fundado en lo sagrado- cuyo arranque puede ubicarse en el siglo XV. La palabra “moderno” aparece como sinónimo de actual en el siglo XVI y es usada para periodizar la historia, a fin de distinguir las épocas antigua y medieval de la contemporánea. Con la acepción de actualización y mejoramiento, los términos “modernizar”, “moderno”, “modernista”, son utilizados en el siglo XVIII, acentuándose el sentido que los vincula a la idea de progreso a partir del siglo XIX.

[4] Reboul, Olivier; “Lenguaje e ideología”, FCE, México, 1986

 

 

 

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