Homilia de mi querido amigo el padre SAC Rodolfo Pedro Capalozza en la misa de Noche Buena.

HOMILIA: “JESÚS NACE POBRE Y DÉBIL”

padre Rodolfo Pedro Capalozza

Al inicio de este relato hay dos escenas que contrastan entre sí. Por un lado, el poder dominador de César Augusto, el hombre más poderoso de su tiempo, gobierna un inmenso imperio y todos le obedecen; es casi el rey del mundo. El emperador de Roma era temido y cuando sus órdenes no se cumplían las represalias no conocían límites. Por otro lado, María y José, dos desconocidos que viven en un lugar desconocido para muchos, la Galilea; ellos, obedeciendo al decreto del emperador, inician un viaje penoso y dificultoso, sobre todo para una mujer embarazada; en condiciones normales ese viaje dura cuatro días de caminata.

En la noche en la que nace el Emanuel, el Dios con nosotros, en la que la presencia de Dios se manifiesta en nuestra humanidad, una multitud del ejército celestial, junto al Ángel, proclama: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!»

Qué necesidad tenemos de encontrar la paz. Miramos, como sobrepasados por la realidad, tantas muertes en el mundo como consecuencia de la violencia. Nos conmueve las heridas y las muertes de niños inocentes, ver tantas familias destruidas y tantas pérdidas de seres queridos. En nuestra Patria hemos visto en estos días escenas de violencia que nos entristecen y preocupan. Nos duele la violencia en los hogares y en las ciudades, nos atemoriza la violencia delictiva, fruto de un narcotráfico que actúa con la impunidad que brinda la complicidad de parte de nuestros dirigentes políticos y nuestros administradores de justicia.

No sólo es violencia el derramamiento de sangre. Es violencia la situación de nuestros mayores que, luego de haber trabajado durante toda la vida, no reciben ni siquiera lo necesario para cubrir por unos días sus necesidades básicas. Es violencia la brecha que se establece entre las diferentes asignaciones, cuando en muchos casos el que menos cobra es el que más trabajó. Es violencia que todavía sigan existiendo tantos lugares de prostitución, emparentados con la trata de personas. Son expresiones de violencia la cantidad de tantos chicos desnutridos o viviendo en la calle, cuando lo producido en la Argentina nos podría llevar en poco tiempo a la pobreza cero, si hubiera una mayor equidad y justicia social. Son violentos los talleres clandestinos y la injusta retribución de las riquezas. Es violencia el difícil acceso a la salud, a la vivienda y a la educación. Toda injusticia, exclusión y marginación es una forma de violencia

Nos recordaba el Beato Papa Pablo VI en los lemas de dos jornadas mundiales de la paz (1972 y 1977): Si quieres la paz, trabaja por la justicia. Si quieres la paz, defiende la vida.

Esa paz que el niño Dios nos trae en esta noche, es confiada a cada uno de nosotros. Como decía San Juan Pablo II, la paz es un don de Dios, confiado a los hombres. La recibimos como don y es, a la vez, tarea nuestra alimentar ese don y transmitirlo a los demás. La paz no es mágica, hay que recibirla, buscarla, encontrarla, alimentarla y transmitirla.

Esa paz que no es ausencia de conflicto, sino que surge cuando se asumen los conflictos con espíritu de diálogo. Sólo dialoga el que escucha y valora lo que de verdad hay en el otro. Esa paz que sólo se hace presente en nuestra sociedad cuando vamos dando pasos no sólo de crecimiento económico sino también de justa retribución de las riquezas. Esa paz que brota en el corazón de aquel que trabaja por la vida y por todas las vidas, del que no se apodera de los bienes que nos fueron dados por Dios para todos.

Fuimos creados para vivir en paz. Jesús antes de partir nos dejó no sólo la paz sino su paz. Esa paz que sólo Él nos puede dar.

En esta noche en la que la historia de los hombres cambió para siempre, el Evangelio nos revela cómo encontrar esa paz.

En primer lugar, aceptando con gozo y humildad el regalo de esta noche. Dios es ese regalo. Él quiere habitar en la vida cotidiana de cada uno de nosotros. Hecho carne en nuestra carne, permanece para siempre con nosotros. Nuestra fealdad y nuestro pecado no lo aleja de nuestras vidas; por el contrario, quiere estar en nosotros para perdonarnos y sanarnos desde lo más íntimo de nuestro ser. Su presencia misericordiosa y cargada de ternura es la fuente de nuestra paz.

Jesús nace pobre y débil. Al inicio de este relato hay dos escenas que contrastan entre sí. Por un lado, el poder dominador de César Augusto, el hombre más poderoso de su tiempo, gobierna un inmenso imperio y todos le obedecen; es casi el rey del mundo. El emperador de Roma era temido y cuando sus órdenes no se cumplían las represalias no conocían límites. Por otro lado, María y José, dos desconocidos que viven en un lugar desconocido para muchos, la Galilea; ellos, obedeciendo al decreto del emperador, inician un viaje penoso y dificultoso, sobre todo para una mujer embarazada; en condiciones normales ese viaje dura cuatro días de caminata. Jesús nace en un pesebre porque no había lugar para ellos en una habitación. Cuando los profetas anunciaban algo de parte de Dios tenían que probar la veracidad de sus revelaciones con algún signo extraordinario; en este caso se trata de revelaciones hechas a través de un Ángel y referida nada menos que al Salvador del mundo. El signo tenía que ser espectacular. Sin embargo, no tiene nada de eso, la señal dada es la debilidad de un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Dos escenas contrapuestas: la de César Augusto y la de Jesús. Escenas que nos transmiten dos imágenes antagónicas: poder y debilidad. Dios opta por la debilidad, nace en la debilidad. Para muchos la historia pasa por los poderosos; en cambio, para Dios, la historia de la salvación se hace presente en lo sencillo y despreciado. No son nuestras actitudes de dominación y atropello, no es nuestro poder humano, no son nuestros éxitos autorreferenciales, no son las conquistas de espacios de poder o nuestra dureza de corazón ante una ofensa recibida, los que nos conducirán por el camino de la paz. Sólo una vida vivida en el amor generoso, gratuito y misericordioso, nos darán la verdadera paz. En Jesús, Dios vino a traer el perdón y la reconciliación. Sólo en el perdón encontraremos la libertad interior que nos conduce a la paz. Cuando no perdonamos, seguimos esclavos de situaciones y personas, de angustias y dolor; eso nos quita la paz. Cuando nos afirmamos en nuestro dominio sobre el otro, nos hacemos esclavos de ese dominio. El perdón y el servicio a los demás, nos liberan de las cadenas que nos impiden realizar aquello para lo cual fuimos creados.

Los primeros en recibir la noticia no son los poderosos especialistas en la Ley o en las Escrituras, no se les revela en primer lugar a los escribas ni a los fariseos ni a los sacerdotes; la revelación la reciben sencillos pastores, hombres sin prejuicios, receptivos, humildes, no tenidos en cuenta. Dios ha elegido lo débil de este mundo, dice San Pablo. Dios se pone al lado de los débiles, opta por ellos. Brota la paz en nuestro corazón cuando le abrimos el corazón y tendemos la mano a aquellos que la sociedad excluye. Lo que hacemos por el más pequeño, el más despreciado, es por Dios que lo hacemos. Nace la paz cuando somos capaces de abrirle el corazón al que sufre y nos dejamos convertir en instrumento de consuelo y fortaleza.

A partir de esta noche, quizá nada o pocas cosas cambien fuera nuestro. Todo puede cambiar en nuestro interior si nos abrimos a la paz que el mismo Dios nos trae. Él es nuestra paz. El amor que todo lo perdona, es el camino hacia esa paz. La mano tendida hacia el que sufre, por cualquier motivo, es el espacio y lugar en donde Dios quiere nacer hoy en nuestras vidas; ahí está el auténtico pesebre navideño.

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