La voz de Peter Nobel, uno de los herederos del fundador Alfred Nobel, se sumó al numeroso coro de protestas de científicos contra la confusión que existe

EL PREMIO NOBEL DE ECONOMÍA NO EXISTE

Desde que fue establecido por el Banco Central de Suecia, en 1969, este premio de un millón de dólares se confunde con los verdaderos Premios Nobel, al punto que a menudo se lo denomina, erróneamente, “Premio Nobel de Economía” (en inglés, Nobel Memorial Prize).

Por Le Monde diplomatique

 

EL FALSO “PREMIO NOBEL” DE ECONOMÍA

Una inusual controversia alteró recientemente la atmósfera silenciosa de la entrega de los Premios Nobel. La voz de Peter Nobel, uno de los herederos del fundador Alfred Nobel, se sumó al numeroso coro de protestas de científicos contra la confusión que existe en torno al “premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel”.

El “Premio Nobel de Economía” simplemente no existe.

Desde que fue establecido por el Banco Central de Suecia, en 1969, este premio de un millón de dólares se confunde con los verdaderos Premios Nobel, al punto que a menudo se lo denomina, erróneamente, “Premio Nobel de Economía” (en inglés, Nobel Memorial Prize).

En su número del 10-12-04, el importante diario sueco Dagens Nyheter publicó un extenso artículo firmado por el matemático sueco Peter Jager, miembro de la Academia Real de Ciencias; el ex ministro de Medioambiente Mans Lonnroth, actualmente titular de la cátedra Tecnología y Sociedad, y Johan Lonnroth, economista y ex miembro del Parlamento sueco.

El artículo mostraba detalladamente cómo algunos economistas, entre ellos varios galardonados con el premio del Banco de Suecia, habían hecho un mal uso de las matemáticas creando modelos de dinámicas sociales irrealistas.

Durante una entrevista exclusiva, Peter Nobel fue muy preciso: “En la correspondencia de Alfred Nobel no se encuentra la más mínima mención a un premio en Economía.

El Banco Real de Suecia puso su huevo en el nido de otro pájaro, muy respetable, e infringe así la ‘marca registrada’ Nobel.

Las dos terceras partes de los premios del Banco de Suecia fueron entregados a economistas estadounidenses de la Escuela de Chicago, cuyos modelos matemáticos sirven para especular sobre los mercados de acciones y de opciones, contrariamente a las intenciones de Alfred Nobel, quien pretendía mejorar la condición humana”.

La elección de los galardonados del año 2004 fue tal vez la gota que rebalsó el vaso. Una vez más, se premió a dos economistas estadounidenses, Finn E. Kydland y Edward C. Prescott, quienes, en un artículo de 1977, habían “demostrado” a partir de un modelo matemático que los bancos centrales deben ser independientes de toda presión de los representantes electos, incluso en una democracia.

La presentación de los galardonados con el premio del Banco de Suecia elogiaba su artículo de 1977 y su “gran impacto sobre las reformas impulsadas en diversos lugares (entre ellos, Nueva Zelanda, Suecia, Reino Unido, y la zona euro) para confiar las decisiones sobre política monetaria a bancos centrales independientes”.

Ocurre que semejantes “reformas” plantean un problema en las democracias que se preocupan por la transparencia de las decisiones públicas.

La política monetaria determina la distribución de las riquezas entre acreedores y deudores, la política de ingresos y la igualdad de oportunidades.

Si es demasiado rigurosa, castiga a los asalariados favoreciendo el desempleo y encarece el reembolso de préstamos en beneficio de los organismos de crédito y los tenedores de capitales.

 “Creencia religiosa”

Los prejuicios ideológicos de los economistas neoclásicos se instalaron 1, al igual que el irrealismo de muchos de sus postulados.

Pero un nuevo grupo de científicos -en campos tan diversos como la física, las matemáticas, las neurociencias o la ecología- reclaman a su vez que el premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas se amplíe, se otorgue correctamente, se disocie de los Premios Nobel, o simplemente se elimine.

Estas objeciones provienen de investigadores en ciencias “duras”, que estudian el mundo natural y cuyos descubrimientos están sujetos a verificación y refutación.

Desde su punto de vista, el premio de Economía desvaloriza los verdaderos Premios Nobel.

En particular, desde la obra clásica de Nicholas Georgescu-Roegen 2, la economía sufre un bombardeo de críticas provenientes de ecologistas, biólogos, expertos en recursos naturales, ingenieros, especialistas en termodinámica.

El enfoque de un tratamiento multisectorial -economía ecológica, economía de los recursos naturales, etc.- no remedia los errores básicos de la economía neoclásica, comparable para algunos con una creencia religiosa, especialmente en su fe en la “mano invisible” de los mercados.

Resurge así la vieja cuestión de saber si la economía es una ciencia o una profesión.

Al no comprobarse la mayoría de sus “principios” -cosa que sí sucede con las leyes de la física, gracias a las cuales puede enviarse una nave a la Luna- se trata más bien de una profesión.

Puede demostrarse, por ejemplo, que el “principio” de optimalidad de Pareto 3 ignora la cuestión de la distribución previa de las riquezas, del poder y de la información, conduciendo de esta manera a resultados sociales injustos.

La presentación matematizada de estos conceptos sirve a menudo para ocultar su ideología subyacente.

Y para poner fuera del alcance intelectual del público, e incluso de los representantes electos, problemas presentados como demasiado “técnicos” para ellos.

Así, no sólo los economistas ganan en influencia en el seno de las poderosas instituciones que los emplean, sino que además pocas veces se los somete a los criterios de evaluación de otras profesiones.

Si un médico se equivoca en el tratamiento de un enfermo, se expone a un proceso judicial; los malos consejos de los economistas pueden enfermar a un país con total impunidad.

 Racionalidad cooperativa

Los nuevos descubrimientos de los investigadores en neurociencias, bioquímicos y científicos del comportamiento hurgan en la herida más persistente de los economistas neoclásicos: la asimilación de la “naturaleza humana” a un cálculo del “agente económico racional” obsesionado por la preocupación de maximizar su propio interés.

Basado en el miedo y la escasez, este modelo es propio del cerebro cuasi reptil y del carácter estrictamente territorial de nuestro antepasado primitivo.

El investigador en neurociencias de la Universidad de Claremont Paul Zak descubrió, en cambio, una relación entre la confianza, que lleva a los humanos a agruparse para cooperar, y una hormona reproductiva llamada oxitocina.

Por su parte, David Loye releyó los escritos de Charles Darwin y demostró que, contrariamente a lo que suele decirse, Darwin no se centró en la “supervivencia del más apto” y la competencia como principales factores de la evolución humana 4.

Más interesado en la capacidad de los humanos para construir lazos de confianza y compartir, veía en el altruismo un factor de éxito colectivo.

Otros trabajos, que retoman la teoría de los juegos, llegan a conclusiones similares 5.

Por lo demás, si éste no fuera el caso, cabe preguntarse cómo los humanos habrían pasado del estadio de los grupos nómadas de cazadores-recolectores al de constructores de ciudades, empresas u organismos internacionales como la Unión Europea o Naciones Unidas.

A diferencia de lo que postula la matematización de la economía, la gente no se comporta como átomos, pelotas de golf o conejillos de Indias.

Contrariamente al “hombre económico racional” imaginado en libros teóricos, los humanos tienen una “racionalidad” que no se relaciona con el sentido que los economistas dan a esta palabra.

Complejas, sus motivaciones incluyen el cuidado de los otros, el reparto y la cooperación, a menudo en un marco benévolo.

Tal vez, en el futuro, las simulaciones informáticas basadas en los grupos de agentes tornen la economía más “científica”.

Recientemente, un modelo denominado “Sugarscape” recreó los niveles de pobreza y las guerras comerciales.

La controversia sobre el “premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas” -un premio cuyo objetivo era conferir a esta profesión un aura de ciencia- hizo que resurgieran todas estas importantes cuestiones. Una impostura científica se pone en juego.

Si bien esta controversia tiene escasas posibilidades de figurar en el menú de las elites reunidas en Davos, en la Suiza nevada, merecería al menos estar en la agenda del Foro Social Mundial de Porto Alegre.

  1. Politics of the Solar Age, Toes Books, Nueva York, 1988 (reedición).
  2. The Entropy Law and the Economic Process, Universe, Lincoln (Nebraska), 1999 (reedición); para un enfoque crítico véase “Ecologists Versus Economists”, Harvard Business Review, Boston, vol. 51, N° 4, julio-agosto de 1973.
  3. La idea de que la asignación de recursos en una economía lleva a que a partir de un determinado momento no puede mejorarse el bienestar de uno sin perjudicar el de otro (n. de la r.).
  4. David Loye, Darwin’s Lost Theory of Love, Universe, Lincoln (Nebraska), 2000.
  5. Robert Axelrod, The Evolution of Cooperation, Basic Books, Nueva York, 1985; Robert Wright, Non Zero: The Logic of Human Destiny, Pantheon, Nueva York, 2000; y Riane Eisler, The Power of Partnership, New World Library, Novato, California, 2003.

 

Ficha documental

Autor/es                                 Hazel Henderson

Publicado en                          Edición Cono Sur

Número de edición              Número 68 – Febrero 2005

Páginas:                                   34

Traducción                             Gustavo Recalde

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