El ruso cayó a la milonga como pidiendo permiso. Los pocos que sabíamos que había reservado una mesa esa noche nos sorprendimos, de todos modos: saco, camisa, su mujer, un par de amigos, y una estatura que no correspondía a la imagen que teníamos de él.

EL ÚLTIMO TANGO DE BARYSHNIKOV EN EL BESO

Por Ricardo Plazaola

Ahí estaba Mikhail Baryshnikov encandilado por una milonga, un poderoso hecho cultural, auténtico, original. Un evento construido paso a paso, corchea por corchea, compás por compás, por decenas de generaciones de argentinos — e inmigrantes — con elementos traídos quién sabe cuándo y de qué región de África, de Europa, del Caribe.

Por Ricardo Plazaola

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06/12/2017

ÚLTIMO TANGO DE BARYSHNIKOV EN EL BESO

El ruso cayó a la milonga como pidiendo permiso. Los pocos que sabíamos que había reservado una mesa esa noche nos sorprendimos, de todos modos: saco, camisa, su mujer, un par de amigos, y una estatura que no correspondía a la imagen que teníamos de él.

Se acomodaron al fondo, en una de las mesas más alejadas de la zona ruidosa de El Beso, que así se llama el local.

Era domingo, el día en que, según avezados milongueros y milongueras, se produce uno de los mejores bailes de Buenos Aires.

Lo primero que hizo fue pedir champagne y pararse con una máquina fotográfica en la mano.

Y así, parado gran parte de la noche, estuvo como si trabajara.

Como si alguien le hubiera encargado un documental sobre el tango.

Los que lo reconocimos, nos demorábamos — hay que admitirlo — un segundo más que lo habitual al pasar bailando justo donde estaba su mesa.

Alguno, incluso, jetoneaban dando la cara hacia su mesa, nunca girando, nunca de espaldas, de modo de que el ruso lo viera y lo filmara para quien sabe qué película que, quizás, estaría preparando.

Pero Baryshnikov, seguramente con ojo para ver las diferencias, no discriminaba entre los que lo reconocían y los que pasaban delante de su mesa como si fuera un turista más.

No bailó, por supuesto. Sin embargo, se quedó varias horas, incluso más que alguno que se cansó de bailar o de no bailar y se fue temprano.

Desde lejos, desde la barra del boliche, nos preguntábamos qué hacía allí ese hombre, ese personaje del arte universal.

Parecía realmente interesado en lo que veía y registraba en su cámara de fotos y videos.

¿Qué lo fascinaba de esa ceremonia que los presentes compartíamos cada domingo, y algunos varias veces por semana en el mismo boliche o en tantos otros?

¿Qué es lo que está mirando el ruso?

Entre sorbo y sorbo de su vino blanco, uno de los milongueros que lo junaba, H.Z., se animó a una explicación: “No es solo un gran bailarín, es un ruso, está mirando desde Rusia, un país milenario que tiene raíces culturales tan fuertes que no duda de las propias”.

Ahí estaba Mikhail Baryshnikov encandilado por una milonga, un poderoso hecho cultural, auténtico, original.

Un evento construido paso a paso, corchea por corchea, compás por compás, por decenas de generaciones de argentinos — e inmigrantes — con elementos traídos quién sabe cuándo y de qué región de África, de Europa, del Caribe.

Un ruso, decía H.Z., tiene mil años de folklore y sabe de qué se trata, y por eso respeta y valora el folklore de otros pueblos.

Cuando ya había visto y filmado todo -a los buenos, a los tradicionales, a los intermedios, a los mejores, a los viejos, a los jóvenes- Baryshnikov saludó a Susana, la organizadora de la milonga, le agradeció la noche, se sacó un par de fotos y se fue sin que nadie lo agobiara (tal como lo había pedido para disfrutar de una velada en paz).

Chocamos nuestras respectivas copas y recordamos que nuestro tango necesitó que París lo bendijera, allá por 1910, hace más de un siglo, para que los tilingos argentinos de aquel entonces salieran a bailarlo sin esconderse.

Y recordamos que un presidente argentino cree que “el tango es la soja de Buenos Aires”, o sea, un yuyo que da guita.

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