El pibito que batallaba con la madera para construirse un oficio, aparece encuadrado en una organización terrorista notable

A OTRO PERRO CON ESE HUESO!

Por Gabriel Fernández

La posverdad, en su versión contemporánea, nació en el 2004 cuando el no ingeniero Juan Carlos Blumberg, el diario La Nación y tantos reproductores, empezaron a hablar de crisis de inseguridad.

Por Gabriel Fernández
La Señal medios
03/12/2017

La posverdad, en su versión contemporánea, nació en el 2004 cuando el no ingeniero Juan Carlos Blumberg, el diario La Nación y tantos reproductores, empezaron a hablar de crisis de inseguridad.

Claro que hubo mentiras previas, largamente desplegadas, pero el estilo presente de afirmar algo plenamente opuesto a lo que sucede en realidad (e insistir con lo mismo), surgió por entonces y atravesó como una pesadilla todo el tramo kirchnerista.

En esos meses inaugurales de todo, fue posible atisbar el comportamiento propio.

Los zonzos que conducían periodísticamente Canal 7 (si, Canal 7) titularon los informativos “Se acabó la luna de miel” del pueblo con Néstor Kirchner.

Recién empezaba, a decir verdad, pero también nacía la actitud de admisión de la mentira como irreversible: “no podemos ser negadores”, “el tema de la inseguridad es muy grave, no se puede negar”, “hay que encarar el problema con valentía”.

Esas pavadas de cuño cercano siguieron y siguieron; hubo que escucharlas en versión innovadora cuando los bolsos salieron volando y las monjas ocuparon un lugar impiadoso.

El esquema es tan sencillo que avergüenza.

Los medios concentrados afirman contundentemente algo (en la Argentina hay crisis de inseguridad, los kirchneristas son corruptos y se robaron todo) y aunque no existe prueba alguna resulta de buen gusto admitir la inexactitud y plantearse a modo de autoexamen sesudo: tenemos que ver esto, hacer autocrítica, no se puede tapar la realidad.

Como ya había ocurrido en otras latitudes, especialmente en los Estados Unidos, los Mitre, Magnetto y Durán Barba, entre tantos, descubrieron por estos pagos que una aseveración potente, reiterada de modo continuo, acorrala a los imputados y, para no quedar en falsa escuadra con “lo que todos dicen” terminan aceptando falsedades enormes.

Recuerdo muy bien ese tramo fundacional de la posverdad.

Gracias a la convocatoria desde el vamos que me hiciera llegar Eduardo Luis Duhalde a través de Lilí Paoletti, estaba en el área de prensa de la Secretaría de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia.

Allí, con los datos en la mano, observábamos como –a raíz del éxito de las organizaciones sociales, el emerger de las recuperadas y el surgimiento de las cooperativas de nuevo cuño, así como del impulso al trabajo mediante acciones protectivas- descendía rápidamente la inseguridad.

Hablé como muchos colegas al respecto y estuve al aire con el tema en varias radios: no había forma.

Pocos querían escuchar los datos reales; la mayor parte de los periodistas y muchos militantes increpaban “así no se puede, no podés negar algo que salta a la vista, hay creciente inseguridad, se siente en las calles”.

De tal modo, por años, quedó instalado que el gobierno kirchnerista beneficiaba a los delincuentes a través de las garantías constitucionales (¿??), que los derechos humanos eran para los malos; por tanto el debate estaba situado en base al reconocimiento de la falsía.

Los “republicanos” hoy en el gobierno decían por entonces que había que reprimir sin más ni más, pero muchos compañeros, en vez de asentarse en la verdad como elemento esencial, respondían que había que hacerlo “con la Constitución en la mano”.

Una discusión entre nazis y tontos que sólo llevó a conclusiones equivocadas, dentro del esquema de razonamiento disparatado que narra Umberto Eco en El péndulo de Foucault.

Observo con preocupación el desarrollo del estilo en cuestión para el grueso de los temas.

El pibito que batallaba con la madera para construirse un oficio, aparece encuadrado en una organización terrorista notable, de la cual nada sabíamos hasta que gobierno macrista y medios monopólicos, sin aportar dato alguno, la pusieron como eje informativo.

La economía repunta, pese al endeudamiento, los tarifazos, la apertura importadora, los despidos.

El último disparate de Infobae (lean con detenimiento): “Crimen y justicia. Vanderbroele confesó que vivía en un departamento que sabía que era de Boudou y no pagaba alquiler”.

Pero hay muchísimo más, inabarcable. Segundos después que Pablo Moyano participara de un masivo y enfático acto obrero contra la Reforma Laboral y la política económica oficial, la “Justicia” descubre ligazones entre toda la familia Moyano y la barra brava de Independiente, y la tregua mediática sobre el camionero queda anulada: se retoma un clásico del periodismo mezquino y se llevan adelante “profundas” indagatorias sobre el ostensible carácter violento de los sindicalistas, en un guiso desinformativo donde aparecen alzando los brazos junto a personas con banderas, bombos y sanguches de chorizo.

Claro, en ambos casos, toda carta tiene contra y toda contra se da.

¿Porqué?

No falta el que desde este lado dice “y bueno che, Boudou tenía que saber”.

Pero saber ¿qué?

Que ahí vivía Vanderbroele.

Y qué carajo quiere decir eso.

¿Porqué?

No falta el que desde este lado dice “y bueno, no vamos a descubrir ahora que Hugo andaba en asuntos turbios”

¿Cuáles asuntos turbios?

Y eso, de las barras, qué se yo.

Esos gordos, que están en el sindicato.

¿Y qué pasó ahora que redescubren un grupo de hinchas que arman lío?

¿Y qué pasa con los grandotes de los gremios?

-Bueno, pero no podemos negar que (Boudou, Moyano, el que sea) anda en asuntos complicados, eso nos deja malparados.

Malparado está el cerebro de quienes aceptan ser vapuleados por la tríada gobierno – medios – jueces, que no es otra cosa que el brazo ejecutor de grandes empresas cuya rueda de enriquecimiento arrastra el dinero interior para extirparlo de la Patria y llevarlo al exterior.

Como hemos dicho: los corren con el diario, como a los pichichos.

Por eso resulta pertinente batallar comunicacionalmente con el propio espacio; brindar información adecuada y análisis hondos y certeros que ayuden al desmonte.

Cuando se pierde tiempo en intentar horadar la zona básica de la fortaleza Cambiemos (radicales antiperonistas, liberales conservadores) se gasta pólvora en chimangos porque se ingresa elegantemente a un debate sucio con sectores que necesitan escuchar cualquier cosa para fundamentar su odio y justificar el decrecimiento nacional en el “se robaron todo” que no implica fundamento ni razón.

Es preciso fortalecer la mayoritaria región nacional popular de la opinión, para que se afirme y deje de dar réplicas que contienen admisión.

A ver si nos entendemos: con sus más y sus menos, al gobierno nacional popular se lo ataca por haber puesto de pie al país tras la eclosión liberal; al movimiento obrero organizado se lo ataca por defender los derechos de los trabajadores y a su través, la economía productiva nacional.

Ahí está el eje de la cuestión.

Una cosa son los embates oligárquicos y otra las reflexiones internas para construir mejor.

En materia comunicacional, los periodistas del espacio nacional popular necesitan dejar de acomplejarse para “llegar” a quienes anhelan asesinar niños morenos, y hacer bien su trabajo. Considerar datos fundados, investigar a fondo, pensar situados.

Aunque vengan degollando, no es de buen profesional admitir la mentira para no quedar fuera del radar que impone el sentido común de los grandes medios.

A otro perro, con ese hueso.

GF/

Gabriel Fernández / La Señal Medios.

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