El profesor Drago seguramente había inventado, y repetía hasta el hartazgo: “No hay nada más elocuente que el silencio”

SILENCE IS GOLDEN (EL SILENCIO ES “ORO”)

Por Teodoro Boot

La incontinencia verbal y ausencia de sentido de la oportunidad de tantas personas que ocuparon lugares relevantes en la anterior administración nacional, además de aportar algunas pistas sobre el modo en que, paso a paso, granito de arena sobre granito de arena, el FPV pudo lograr la increíble hazaña de perder las elecciones en el 2015, tienen la extraña propiedad de evocarme las clases de Historia del profesor Drago.


Por Teodoro Boot
NAC&POP
18/11/2017

La incontinencia verbal y ausencia de sentido de la oportunidad de tantas personas que ocuparon lugares relevantes en la anterior administración nacional, además de aportar algunas pistas sobre el modo en que, paso a paso, granito de arena sobre granito de arena, el FPV pudo lograr la increíble hazaña de perder las elecciones en el 2015, tienen la extraña propiedad de evocarme las clases de Historia del profesor Drago.

El profesor Drago solía tener una muletilla en la punta de la lengua, lista para salir disparada a la menor ocasión.

Tratándose de un mundo de adolescentes, las ocasiones propicias para que el profesor Drago descerrajara su muletilla estaban a la vuelta de la esquina: uno abría la boca sin ton ni son, a destiempo, todo el tiempo, y siempre fuera de lugar.

Era así que, sin hesitar, con paso firme y elástico, a velocidad de dictado, el profesor Drago llegaba hasta el fondo del aula, giraba sobre sí mismo y refulgía como el mismo Dios Padre, envuelto en las densas nubes de humo de sus Pall Mall largos con filtro: “Usted acaba de perder una magnífica oportunidad de guardar silencio”.

El ritmo, el tono y el contenido mismo de su mensaje, llevaban implícito –apenas implícito– un rotundo “grébano” o, con mayor precisión, un más contemporáneo “pedazo de pelotudo”, pero el profesor Drago era un caballero, prolijamente peinado a la gomina, que fumaba incesantemente en viril boquilla de nácar y exhibía un infaltable sujeta corbata de oro en medio del pecho con más garbo que si se tratara de la Legión de Honor.

Jamás hubieran salido de sus labios injurias de semejante calibre.

El profesor Drago, que colmaba con su vozarrón el por lo general enrarecido aire del aula, en la que, dicho sea de paso, durante sus clases no se animaba a emprender vuelo una mosca, parecía extrañamente hechizado por la importancia del silencio.

O acaso por los árabes, que siempre venían a cuento de la importancia estratégica de mantener el pico cerrado, tal vez por eso de que “La arena del desierto es para el viajero fatigado lo mismo que la conversación incesante para el amante del silencio”.

Así, el antiguo refrán árabe que el profesor Drago seguramente había inventado, repetía hasta el hartazgo y según el cual “No hay nada más elocuente que el silencio”, podía ser completado con la famosa recomendación de ser amo de nuestros silencios a fin de evitar caer esclavos de nuestras palabras. Y etcétera, etcétera.

Podría decirse mucho del silencio, que es el único amigo que jamás traiciona, que, como el viento, aviva los grandes malentendidos y no extingue sino a los pequeños, que quien anda en silencio cazar espera o que el hombre silencioso no presta testimonio contra sí mismo.

Tanto podría decirse sin agotar jamás el vademecum de virtudes y propiedades del silencio que, al igual que George Bernard Shaw, el profesor Drago y yo somos tan partidarios del silencio que podríamos pasar horas enteras hablando sobre él.

Sin embargo, me voy a apartar de la línea histórica trazada por el profesor Drago y recordar unas palabras con que, también más de medio siglo atrás, un combatiente de la revolución argelina, en las páginas de una revista de escasa circulación, evocó otro antiguo refrán árabe, al que supongo de algún modo –y por obvias razones– emparentado con los que ponderaban el silencio, tan preciados al profesor: “Cuando estés sumergido hasta el cuello en un estanque lleno de mierda, no hagas olas”.

Se trata de un consejo de enorme prudencia que, contra lo que podría suponerse, no suele ser seguido con la frecuencia recomendable. Será que nadie se considera responsable de estar sumergido en tal estanque y en la compañía en que lo está.

La circunstancia no es novedosa, ya que es sabido que uno nunca tiene la culpa de nada, pero en esta oportunidad torna la ya de por sí difícil convivencia en algo muy arduo, toda vez que un número suficiente de bañistas se lanzan a chapotear al unísono y a cada instante con el mayor de los énfasis y los entusiasmos.

Todos están nerviosos, y con razón, pues el líquido se ha agitado, lo que lleva, sino a la mayoría, a un número suficiente de otros bañistas a agitarse con aun mayor frenesí, salpicando a los demás y cubriéndose a sí mismos de toda la mierda de que son capaces, lo que a su vez redobla los gritos de ira, histeria y reproche, que a su vez inducen a más enfáticos, entusiastas y desesperados chapoteos.

Desoyendo el consejo de quienes durante siglos han vagado en silencio por el desierto o acaso hayan permanecidos sumergidos hasta el cuello en un tanque lleno de mierda, hay demasiada gente que parece no terminar de comprender las enormes ventajas de mantener la boca cerrada.

Apenas se aquieta momentáneamente el líquido, se deja de tragar, limpia uno sus ojos y nariz, escupe un poco, seca su boca… y como en un ensueño cree escuchar la voz tonante del profesor Drago flotando por encima de las cabezas enchastradas de mierda: “Caballeros, han perdido ustedes una magnífica oportunidad de guardar silencio”.

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