Si yo quería que esa mujer aprenda lo que yo quería que aprenda, jamás podía volver y decirle burra.

LA CONCLUSIÓN DESEADA

Por Ana Ester

El gesto pedagógico es generar condiciones para que una readecuación conceptual suceda y el otro llegue solo a la conclusión deseada. Eso hacen ellos, perversamente. Eso tendríamos que hacer nosotros, creativa y honestamente.

Por Ana Ester
NAC&POP
23/10/2017

Hace muchísimos años, cuando empecé con la alfabetización de adultos, trabajé con un grupo de unas nueve mujeres de un barrio suburbano, en un aula improvisada de un comedor comunitario.

Un día me llevé un televisor desde mi casa, la video casetera, y la película “La Patagonia Rebelde”.

Me pagué un taxi para transportar todo, en una época en la que mi sueldo era cuasi miserable.

O sea: preferí no comer un par de noches, para darme ese gusto: llevarles una película a partir de la cual podríamos trabajar durante semanas, sacarle el jugo, abrir aristas para encadenar reflexiones.

Entre mi barrio pequebú y el comedor comunitario, iba mirando desde la autopista los techos de la ciudad, que se transforman de rascacielo a chapas, como señal de acceso a la periferia.

Con la ventanilla baja, sentía el sol y el viento pegándome en la cara.

Yo cerraba los ojos, y miraba en mis sueños.

Iba a partirles la cabeza con esta película, de visión sencilla aún para personas que jamás habían visto un largometraje.

Sí, existen personas que nunca vieron una película completa.

Estas señoras, oriundas de Bolivia, que trabajaban de feriantes o costureras en talleres explotadores, nunca habían visto Cine.

La Patagonia Rebelde tenía, en ese contexto, un lenguaje llano.

Es una película didáctica por lo lineal y contundente.

Los buenos y los malos aparecen musicalizados correspondientemente en cada aparición, por si hubiera alguna remota posibilidad de que alguien no los reconozca.

Era una película de temática compleja y profunda, presentada narrativamente en forma simple.

El valor de esta película no está justamente en lo cinematográfico, sino en lo militante, en su historia, en su contexto.

Pero no es críptica.

No es el Acorazado Potemkin.

Es La Patagonia Rebelde.

Llegué más temprano.

Ubiqué la tele.

Conecté la video cassetera y saqué mi VHS reluciente.

Las alumnas fueron llegando.

Sabían que ese día veríamos una película, y yo les había pedido que llegaran puntuales para que nos alcance el tiempo.

Había tapado unas ventanas con cartón corrugado para oscurecer un poco, y me había llevado almohadones para que estuvieran cómodas.

Cerca de las cuatro arrancamos.

A la hora, noté su aburrimiento.

Decidí detener la película, y ver si la estaban siguiendo.

A esa altura los trabajadores ya habían sido reprimidos unas cuatro veces de manera salvaje.

Les pedí que me cuenten de qué se trataba la película para ellas, hasta ahí

– Yo quería una de amor, maestra!- lanzó una inesperadamente y todas se rieron al unísono
– Bueno, bueno. Otro día les traigo una de amor. Pero esta. A ver. De qué se trata?
Me miraron en silencio un rato, hasta que una habló tímidamente
– Se trata de unos soldaditos (diminutivo SIC, lo recuerdo especialmente) que los obligan a ir a una protesta y los matan
– ¿Perdón? ¿A unos soldaditos?
– Sí, matan a los soldados maestra. Y ellos están trabajando
– Pero si en la película los que mueren son los obreros. ¿ A dónde murieron soldados?
– Varios murieron
– A ver, ¿ponemos de nuevo algunas escenas y me decís dónde ves eso?
– Sí, sí

Rebobiné.

Apareció el primer enfrentamiento, y en medio del caos, a lo lejos, se ve un grupúsculo de soldados que reciben algo que les estalla y saltan por los aires.

En otra, otro soldado cae por una bala obrera.

Eran todas escenas donde el soldado era un extra.

No tenía ninguna relevancia dramática.

La escena era un combate, y estos momentos respondían a la necesidad de crear verosimilitud, poniendo dos o tres momentos con alguno de los militares recibiendo alguna violencia.

Pero las escenas básicamente eran un tendal de obreros masacrados.

Yo me quedé perpleja.

Ella había visto como relevante, escenas de segundos que sirven de relleno, protagonizadas por extras.

– Pobres soldados!

– Ellos también tienen familia – terminó diciéndome mientras yo me arrojaba derrotada en una silla, sin poder creerlo.

Me volví con mi televisor, con mi casetera, con mi VHS y con mi sueño estallado.

Pero aquí se pone en juego lo que significa la pedagogía.

Si yo quería que esa mujer aprenda lo que yo quería que aprenda, jamás podía volver y decirle burra.

Regla básica de cualquier buen maestro: cuando un alumno no logra entender, decirle burro, no contribuye a nada más que a reafirmarlo en ese lugar y provocar una profecía autocumplida.

La imposibilidad de aprender siempre es emocional.

A fin de año esta misma mujer, me hablaba de plusvalía y había organizado a unas compañeras para generar su propio taller cooperativo.

Llegamos hasta ahí, pasando primero por lecturas de cuentos de amor.

Tuve que hablarles de otra cosa durante varios meses.

Tenía que lograr que encadenen los sucesos con otra lógica, para llegar a donde yo pensaba que tenían que llegar: a reconocerse en su pertenencia de clase.

Cenicienta funcionó de maravillas para dar el paso de los cuentos de amor, a la reflexión de clase.

Recién después, pude pasar a algo más abstracto, aunque rotundo y concreto en sus vidas: la explotación.

De allí a la comprensión de plusvalía y a la convicción de no entregar más el fruto de su trabajo.

El final fue esta cooperativa.

Entonces ya la alfabetización se había anclado en acompañar la gestión, el tramiterío del deseo de ellas, no el mío.

Todo cobraba otra dimensión

– Maestra, esa película que trajo a principio de año ¿Cómo se llamaba?

– La Patagonia Rebelde

– Podemos verla de nuevo? Yo traigo la tele de mi casa así no tiene que venir en taxi ud con el televisor. Vivo al lado

– O vamos a tu casa directamente! – acotó otra compañera

Terminamos siete mujeres en la casa de una de ellas, mirando La Patagonia Rebelde.

Esta vez llegamos hasta Varela mirando a los ingleses cantarle el happy birthday en su cara.

Bueno, tal vez haya que ser más pedagogos en la batalla cultural que viene.

Tal vez la militancia deba tener un gesto pedagógico y correrse del paradigma de convencer y explicarle al otro lo que uno concluyó.

El gesto pedagógico es generar condiciones para que una readecuación conceptual suceda y el otro llegue solo a la conclusión deseada.

Eso hacen ellos, perversamente.

Eso tendríamos que hacer nosotros, creativa y honestamente.

Porque como los hechos nos dan la razón, cuando sucede, es como un guante que calza perfecto.

No me quiero deprimir y tampoco quiero estar estrellándome siempre contra la misma impotencia.

Creo que es tiempo de pensar.

AE/

A %d blogueros les gusta esto: