Con estos personajes debió lidiar Evita en su insistencia para que, de una vez, la ley del voto femenino fuera sancionada.

PIONERAS DEL VOTO II (“EL CEREBRO DE LA MUJER ES MÁS PEQUEÑO Y PESA MENOS”)

Por Araceli Bellotta

Antille había sido, además, el abogado defensor de Hipólito Yrigoyen en el juicio al que lo sometió la dictadura del general José F. Uriburu, y delegado personal de Perón en la jornada del 17 de octubre de 1945 ante el presidente Edelmiro Farrell. Se inició el debate. Cuando pidió la palabra el senador por Córdoba, Felipe Gómez del Junco quien se pronunció a favor de la ley y le respondió que si se hace el examen histológico de un cerebro de hombre y otro de mujer, se observa que las neuronas son exactamente iguales, Antille insitió: “Pero es más pequeño el cerebro de mujer y pesa menos”.

Por Araceli Bellotta

El Presente de la Historia

21 septiembre, 2017

“EL CEREBRO DE LA MUJER ES MÁS PEQUEÑO Y PESA MENOS”

Aunque en su discurso de asunción a la presidencia Juan Domingo Perón había anunciado su voluntad de otorgar el voto a las mujeres, en la sesión en la Cámara de Senadores con la que se inició el debate, el oficialismo tuvo que vérselas no con algún opositor, sino con un senador propio, el doctor Armando Antille, un radical que se había sumado al peronismo con la Unión Cívica Radical Junta Renovadora. Antille había sido, además, el abogado defensor de Hipólito Yrigoyen en el juicio al que lo sometió la dictadura del general José F. Uriburu, y delegado personal de Perón en la jornada del 17 de octubre de 1945 ante el presidente Edelmiro Farrell.

El 21 de agosto de 1947, a la hora de comenzar la discusión, el senador Antille solicitó que se postergara la votación porque no estaba preparado para argumentar.

Su pedido fue denegado y comenzó el debate.

Luego de varias exposiciones favorables, Antille expresó que aún tenía dudas y pidió se le aclarara el artículo 1 del proyecto de ley en el que se hablaba de la equiparación de los derechos políticos con los de los hombres, porque la Constitución exige en el artículo 74 que el presidente de la República debe ser un ciudadano.

“Si la equiparación es absoluta –dijo-, tendríamos la posibilidad de que una mujer fuera presidente de la República contra lo que dispone, en mi concepto, la Constitución”.

Le respondió el senador por San Juan, Pablo Ramella, y se produjo el siguiente diálogo:

Senador Ramella: “Yo entiendo que en el texto constitucional, al emplearse las expresiones en género masculino, lo ha sido por una razón gramatical, porque siempre –y como también parece que la gramática la han hecho los hombres- se indica a los seres por el sexo masculino y no por el femenino.

Indiscutiblemente, que de acuerdo con la ley que consideramos, una mujer podría llegar a ser presidente de la República.

Senador Antille: “Y vicepresidente, y presidir nuestros debates desde el sitial que ocupa hoy el doctor Quijano”.

Senador Ramella: “Considero que no habría ninguna dificultad de orden práctico en eso, debido a que la historia nos ha dado suficientes ejemplos de mujeres que han estado al frente de Estados en época pretéritas, por ejemplo, Isabel la Católica”.

Senador Antille: “En los imperios, pero no en las repúblicas”.

Senador Ramella: “Tenemos los ejemplos de Isabel la Católica, Catalina de Rusia, María Teresa de Austria, todas grandes mujeres y grandes conductoras de sus pueblos.

De manera, pues, que no veo la dificultad para que surgiera una mujer como presidente de la República, posibilidad que en el hecho considero muy remota”.

Luego de la intervención del senador oficialista Diego Luis Molinari, Antille hizo uso de la palabra y, tras expresar que se encontraba “cercado”, dijo que iba a votar afirmativamente, pero que quería dar algunas explicaciones.

Entonces, argumentó: “Yo no creo en absoluto que la mujer sea igual al hombre.

No lo es, antropológicamente, ni biológicamente.

No lo es por constitución ósea, ni por su constitución psíquica.

La mujer ha nacido para realizar una función: la función maternal, nobilísima, a la que el hombre está ajeno.

La mujer, por esa función que la naturaleza le ha dado, no ha venido a participar como el hombre en una vida de carácter social general.

Tiene una situación específica en el mundo y en el hogar.

La mujer procrea, cuida su prole, vive entregada al hogar; por eso todas las madres antiguas, y entre ellas las madres españolas, no salían nunca del hogar, porque su función vital era la de cuidar el hogar y los hijos”.

Tras aclarar que el advenimiento del cristianismo proclamó que todos son iguales ante Dios, sostuvo que eso fue una esperanza para las mujeres, “pero no una realidad ante las leyes, ni una realidad en el concepto de la igualdad ante la naturaleza.

Cuando oigo decir aquí y en otras partes que la mujer y el hombre tienen los mismos derechos, digo que es un error de expresión.

Tienen los mismos derechos ante la ley, pero no tienen los mismos derechos ante Dios, ante la naturaleza y ante los hombres, porque la mujer ha nacido psíquicamente construida, estructurada para realizar una vida distinta, y hay quien sostiene que la mujer no se puede equipar al hombre, porque tiene diferencias de cerebro, de constitución psíquica, de sentimentalismo.

La mujer puede sufrir durante muchos días más que el hombre sin dolor, sin quejarse, porque está preparada para el sufrimiento por la naturaleza.

Por eso es que puede concebir con dolor, y olvidarse al día siguiente de él, para volver a concebir, porque la naturaleza la ha hecho venir al mundo para eso, para que no se extinga la generación humana”.

Por último, Antille concluyó: “No puedo continuar por más tiempo porque la sanción ya está casi proclamada, y no puedo negarme, por consiguiente, en acompañarla con mi voto y con mi firma, si fuera necesario, en lo que se refiere al despacho de la comisión.

Estoy de acuerdo con el proyecto y lo he de votar a conciencia, como si hubiera estado preparado para hacerlo con mayor anticipación”.

Aún así, cuando pidió la palabra el senador por Córdoba, Felipe Gómez del Junco quien se pronunció a favor de la ley y le respondió que si se hace el examen histológico de un cerebro de hombre y otro de mujer, se observa que las neuronas son exactamente iguales, Antille insitió:

“Pero es más pequeño el cerebro de mujer y pesa menos”.

El cordobés, replicó: “Efectivamente, se encuentran cerebros de mujer que pesan menos, pero hay cerebros de mujer que pesan el doble que los de algunos hombres, porque el peso el cerebro no está en función de la biología sino en función de su ejercitación mental y de la talla de los individuos”, y agregó:

“Lo que ocurre es que la mujer, sea por la vida claustral a que nuestros antepasados la tuvieron acostumbrada, sea por la limitación de sus ejercicios, no ha conseguido un desarrollo físico integral comparable al del hombre.

Pero biológica, histológica y fisiológicamente, el ser femenino es exactamente igual al masculino y solamente se diferencia en un aparato que, por destino de la naturaleza, ha sido dado al ser que nos acompaña en todos los momentos de nuestra existencia, al ser que constituye universalmente la delicia del hogar, al ser que con sus manos adorna la mesa; que deleita con su presencia en las fábricas, en las que realiza las tareas más delicadas”.

Finalmente, la ley se votó afirmativamente y pasó a la Cámara de Diputados.

Con estos personajes debió lidiar Evita en su insistencia para que, de una vez, la ley del voto femenino fuera sancionada.

 

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