Derrocamiento de Perón a 62 años - Segunda parte-

LAS CALUMNIAS PARA “DESPERONIZAR” A LA ARGENTINA

Por Araceli Bellotta

Producido el golpe de estado de 1955 que derrocó al gobierno constitucional de Juan D. Perón electo en 1951 por el 63,5% de los votos, se desató una feroz persecución en contra de él, de sus funcionarios y de su fuerza política. El objetivo era “desperonizar” a la sociedad argentina. Desde entonces, todas las dictaduras militares y también los gobiernos pseudodemocráticos que llegaron al poder por medio de los votos pero con el peronismo proscripto tuvieron la misma obsesión.

 

Por Araceli_Bellotta

El Presente de la Historia

15 septiembre, 2017

Producido el golpe de estado de 1955 que derrocó al gobierno constitucional de Juan D. Perón electo en 1951 por el 63,5% de los votos, se desató una feroz persecución en contra de él, de sus funcionarios y de su fuerza política.

El objetivo era “desperonizar” a la sociedad argentina.

Desde entonces, todas las dictaduras militares y también los gobiernos pseudodemocráticos que llegaron al poder por medio de los votos pero con el peronismo proscripto tuvieron la misma obsesión.

El regreso de Perón en 1973 y su llegada a la Casa de Gobierno por tercera vez demostraron que los esfuerzos habían sido en vano.

La dictadura de 1976 optó por el exterminio y tampoco dio resultado.

Con el regreso a la democracia, tras la derrota del Partido Justicialista en 1983 y luego con los diez años de menemismo, parecía haberse terminado con esa obsesión.

No hacía falta “desperonizar” desde afuera porque el mismo Carlos Menem lo había hecho desde adentro.

Pero cuando en 2003 Néstor Kirchner, y en 2007 y 2011 Cristina Fernández de Kirchner retomaron las banderas de la independencia económica, la soberanía política y la justicia social con el resultado de la inclusión de millones de argentinos, el odio que estaba dormido, despertó.

Tras la derrota del peronismo en 2015, la vieja obsesión de “desperonizar” a la sociedad tomó el nombre de “deskirchnerizar” y, salvando las distancias con votos de por medio, parece adoptar medios e instrumentos muy parecidos a los de 1955.

El mismo Perón lo cuenta cuando relata la campaña de difamación en su contra, en La Fuerza es el Derecho de las Bestias, el primer libro que escribió en el exilio.

“Comprenderán muchos así la fábula de las joyas de Eva Perón y los tesoros de Perón.

¡Todo teatro! Simulación pura, falsedad en todo, una especie de truco contra la dignidad ajena, realizado por los que no conocen la dignidad.

Pero sus trucos resultaron mal, porque los ´investigadores´ resultaron ser unos ignorantes.

Así, al día siguiente de ocupar la Casa de Gobierno, salió en los diarios dirigidos por la Secretaría de Informaciones y Prensa de la Presidencia de la República la primera bomba:

Perón había dejado olvidados en el cajón de su escritorio veinte millones de dólares en billetes.

Es de imaginar cómo sería el cajón de ese escritorio, que contenía nada menos que doscientos mil billetes de cien dólares (porque los de mil dólares son de muy escasa circulación).

Para tener una idea, bastaría imaginar lo que es un libro de doscientas mil hojas: un volumen aproximado de los dos metros cúbicos. ¡Flor de cajoncito!

Este es el inconveniente: que los ‘investigadores’ no hayan visto nunca un millón de dólares en billetes.

Después se denunció algo que no resultó menos ridículo: el departamento subterráneo del edificio de ALEA, que se puso en exposición pública, y resultó ser al final un modesto refugio antiaéreo, vulgar y ‘silvestre’, como lo disponen las nuevas reglamentaciones para las grandes construcciones en las grandes ciudades.

Ellos, marinos y militares, no lo sabían y creyeron que se trataba de una moderna catacumba destinada a encerrar allí a quién sabe qué clase de tesoro.

Los curiosos que concurrieron a visitarlo con la idea de encontrar allí algo millunochesco, salieron defraudados. ‘Indudablemente, estos marinos y militares no tienen imaginación para mentir’, fue el comentario.

Luego, esa misma pobre prensa, amordazada por la tiranía, lanzó una nueva bomba: ‘Perón acaparaba oro’, y se puso también en exposición las numerosas medallas y plaquetas de oro que el pueblo regaló al ‘dictador’ por intermedio de sus organizaciones, sin duda porque era un tirano y se le aborrecía.

‘¡Cincuenta kilos de oro!’, dijeron sin aclarar, es claro, que se trataba de medallas. La cosa es calumniar, que siempre algo queda.

(…) De toda la propaganda de escándalo provocada por estos ‘investigadores’ desaprensivos sobresale con características propias cuanto se refiere a las alhajas que pertenecieron a la extinta señora de Perón.

En su afán de denigrarlo todo, no se han detenido ni ante los sepulcros.

De acuerdo con lo dispuesto en su testamento, las joyas de la señora de Perón tenían su claro destino.

Unas provenían de obsequios que le hicieron durante su viaje por Europa; otras eran regalos de los gremios, de los amigos, etc.

Ni ella ni Perón compraron jamás una joya, y eso se averigua pronto en las joyerías de Buenos Aires, que no son muchas y conocidas por todos.

Esas joyas estaban guardadas y a disposición de la Comisión del Monumento a Eva Perón, designada y costeada por suscripción popular, para servir de garantía a préstamos para la vivienda obrera, según lo dispusiera Eva Perón en su testamento, que fue leído en la Plaza de Mayo ante un millón de personas el 17 de octubre de 1952.

A esos fines, las alhajas fueron inventariadas y valuadas por técnicos designados por la joyería Ricciardi, de Buenos Aires.

De este inventario y valuación, un ejemplar estaba con las joyas, y otro obra en poder de la Comisión del Monumento (ambos han sido ocultados por los ´investigadores´ con fines inconfesables).

Según la valuación aludida, esas joyas podrían representar un valor máximo de 13 millones de pesos.

Ahora ellos han hecho una exhibición de alhajas, atribuidas a Eva Perón, de un valor de 40 a 100 millones, según se ha publicado.

El truco es simple: se agregaron joyas por un valor de 27 a 87 millones.

Hemos visto algunas fotografías de la exposición, y no reconozco en ellas las joyas pertenecientes a Eva Perón, que conocía perfectamente.

¡Quién sabe qué joyerías habrán cooperado en esa superchería!

Luego expusieron los trajes, los botines, las camisas y los calzoncillos del ex Presidente Constitucional.

Esto también era fabuloso. Medio millar de botines (ni que el ex Presidente fuera un ciempiés); otro medio millar de trajes; dos o tres millares de camisas (según el diario que daba la noticia); otros millares de camisetas y calzoncillos.

Todo Gath & Chaves, Harrods y Albion-House asociados.

(…) Luego les llegó el turno a los automóviles del ex Presidente; unos dicen que eran 7, otros que eran 17.

(…) Después les tocó el turno a mis casas.

Según se dijo, eran fabulosas.

La primera, una quinta en San Vicente, de 28 kilómetros a 75 kilómetros de Buenos Aires, que compré en 1944 (antes de que ni siquiera soñara con ser Presidente Constitucional de los argentinos por decisión del 70% de su electorado), en la suma de 30 mil pesos, y que siendo ya Presidente la hipotequé para construirle un muro que la cercara, hipoteca que terminé de pagar en 1950.

La segunda, una casa en la calle Teodoro García, que heredé por voluntad de mi señora Eva Perón, edificada por ella en el año 1943 con los ahorros de sus trabajos de artista.

(…) Lo que han descuidado estos ‘investigadores’ es que aún para mentir se necesita alguna inteligencia.

Siempre he sostenido que un bruto puede ser peor que un malo, porque un malo puede tener remedio.

Nada de cuanto estos tontos han mencionado puede ser comprobado como doloso, por cuanto nada incorrecto hay en todo ello.

Si hubiese tenido intención de ocultar algo, como jefe de Estado, me hubiera sido fácil hacerlo; como si hubiera querido robar, no lo iba a hacer con automóviles, motocicletas, ni fundaciones sociales; me hubiera bastado con una de las ‘comisiones’ que tanto me ofrecieron para tener hoy cincuenta millones de dólares en cualquier parte del mundo.

Si hubiera querido ocultar las joyas de Eva Perón, no las habrían encontrado los tenientes en la caja fuerte de mi casa, que ellos ‘abrieron con soplete’, como los ladrones.

(…) A mano con mi conciencia, pienso como el escritor colombiano Santiago Pérez Triana, que en su libro Desde lejos dice: La diatriba, el insulto y la calumnia son tributos que se le rinden a algún mérito o algún valor…’.

Hasta ahora, estos ‘libertadores’ e ‘investigadores’, farsantes y calumniadores, no han podido hacer un solo cargo serio a nuestra gestión de gobierno.

Por eso se han dedicado a calumniar a nuestros hombres, con la pretensión de justificar su acción injustificable”.

Juan Domingo Perón, 1956.

 

Fuente: Perón, Juan Domingo. La fuerza es el derecho de las bestias. Instituto Nacional Juan D. Perón. Bs. As. 2008.

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