El trasfondo del inédito viaje de Benjamin Netanyahu a la región: tecnología a cambio de Palestina y el rumor bélico tras el discurso de paz y cooperación.

EL VIAJE DEL SUBIMPERIO

Por María Laura Carpineta

En 2011 quedó claro que Israel había perdido la batalla diplomática en América latina cuando la mayoría de los países de la región, entre ellos Argentina, decidió reconocer unilateralmente al Estado de Palestina y no esperar, como pedía el gobierno de Benjamin Netanyahu, hasta la firma de un acuerdo de paz definitivo, que hoy parece más imposible que nunca.

 

 

 

Por María Laura Carpineta*

ZOOM

13 SEPTIEMBRE, 2017

 

 

EL VIAJE DEL COLONO

 

EL TRASFONDO DEL INÉDITO VIAJE DE BENJAMIN NETANYAHU A LA REGIÓN: TECNOLOGÍA, SEDUCCIÓN DIPLOMÁTICA Y EL FUTURO DE LA CAUSA PALESTINA.

En 2011 quedó claro que Israel había perdido la batalla diplomática en América latina cuando la mayoría de los países de la región, entre ellos Argentina, decidió reconocer unilateralmente al Estado de Palestina y no esperar, como pedía el gobierno de Benjamin Netanyahu, hasta la firma de un acuerdo de paz definitivo, que hoy parece más imposible que nunca. Seis años después, el primer ministro de Israel busca recuperar el terreno perdido y ganar aliados, no ya con su retórica de un David que se defiende de un Goliat poco creíble, sino de la mano de promesas de negocios millonarios y de oportunidades tentadoras de desarrollo tecnológico en áreas claves como la electrónica, la agricultura, la seguridad y en materia hídrica.

 

Hace un tiempo Bibi, como todos los israelíes lo llaman, anunció que iba a comenzar a virar la política exterior de su país hacia otros continentes, como Asia y África, casualmente dos regiones donde el apoyo a la causa palestina ha sido históricamente fuerte. En las giras que ya realizó este año y en las que tiene programadas para los próximos meses, Netanyahu no sólo visitó países que nunca habían sido visitados por un premier israelí, sino que también se concentró en gobiernos que reconocieron al Estado de Palestina y que han sido muy críticos con su ocupación militar. “Al ofrecer el know how y el expertise tecnológico israelí, [Netanyahu] espera ganar apoyo diplomático de países que tradicionalmente acompañan la causa palestina”, explicó con mucha síntesis el diario The Times of Israel.

 

“’Al ofrecer el know how y el expertise tecnológico israelí, [Netanyahu] espera ganar apoyo diplomático de países que tradicionalmente acompañan la causa palestina’, explicó con mucha síntesis el diario The Times of Israel“

 

En la gira que comenzó el lunes en América latina, Netanyahu eligió tres países y cinco gobiernos: Argentina, Colombia y México, además de reuniones con los presidentes de Paraguay y Panamá, Horacio Cartes y Juan Carlos Varela. Como sucedió en Asia y África antes, se trata de la primera visita oficial de un primer ministro israelí y, aunque el viaje estará muy conectado a las comunidades judías locales –principalmente en Argentina y México– el tono que Tel Aviv quiso impregnar al inédito viaje es indiscutiblemente comercial.

 

De hecho, en eso se basó hasta ahora el “restablecimiento” de las relaciones bilaterales con Argentina, como los gobiernos de Mauricio Macri y Netanyahu eligen describir este momento de buena sintonía política. Una de las primeras reuniones de Macri como presidente con un líder extrarregional fue con el premier israelí en el Foro Económico de Davos, en Suiza. Más tarde, su ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, y el vicejefe del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Diego Santilli, viajaron a Israel y sellaron millonarias compras de sistemas de vigilancia fronteriza y lanchas de patrullaje. En marzo pasado, el director general de la Cancillería de Israel, Yuval Rotem, pasó por Buenos Aires y afirmó a la prensa que “docenas de empresas argentinas” firmaron acuerdos “por 200 millones de dólares” durante y después de una conferencia sobre seguridad nacional, organizada por la embajada israelí.

Foto: REUTERS/Marcos Brindicci.

 

Argentina es el único de los tres países elegidos para la gira que reconoció al Estado de Palestina –Cristina Fernández de Kirchner lo hizo en 2010–, pero también es el país donde vive la mayor comunidad judía en América latina, alrededor de 200.000 personas, y donde esta comunidad sufrió dos sangrientos atentados, contra la embajada israelí primero y luego contra la AMIA. Pero principalmente, la Casa Rosada se convirtió, desde la asunción de Macri en diciembre de 2015, en uno de los referentes del cambio de época latinoamericana más elogiado por Estados Unidos y las potencias europeas.

 

Los otros dos destinos, en cambio, responden a una lógica más tradicional: Netanyahu va a agradecer una buena relación comercial y su apoyo en la batalla diplomática global. En Colombia estará muy poco tiempo; la parada es más que nada significativa. El actual presidente Juan Manuel Santos fue uno de los pocos líderes latinoamericanos que en 2011 dijo claramente que nunca reconocerá a Palestina sin la firma previa de un acuerdo de paz con Israel, y también fue el mandatario que firmó un Tratado de Libre Comercio con Tel Aviv, que todavía debe ser ratificado por el Poder Legislativo en Bogotá. La histórica cooperación y el comercio en materia militar –oficial y extraoficial– entre los dos países cimentó un “apoyo incondicional a Israel”, según lo definió la Cancillería de ese país recientemente.

 

En México, el cimiento del buen vínculo político también es comercial. Alrededor de 150 empresas israelíes están instaladas en ese país latinoamericano, donde viven unos 40.000 judíos, la segunda comunidad más importante de la región, después de Argentina. El nutrido intercambio obligó a México a transitar un delicado equilibrio entre posiciones de simpatía con Palestina –por ejemplo en 2012 votó a favor de que se convierta en un Estado observador en la ONU– con la ausencia, nunca reivindicada ni defendida a viva voz como Colombia, de un reconocimiento formal de la soberanía de Palestina.

 

Pese al blindaje que siempre –y sin excepciones desde la invasión a Egipto para controlar el Canal de Suez en 1956– le brindó Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU, el único órgano con poder de sancionar realmente a un país, Israel se volvió impopular en la comunidad internacional: la mayoría de los países condenaron las últimas ofensivas militares contra la devastada Franja de Gaza, Palestina fue aceptada en la Unesco, el boicot a sus productos y servicios crece en el mundo, y la Corte Internacional de Justicia declaró ilegal el muro que construyó, en gran parte sobre territorio ocupado palestino, para aislar aún más a Cisjordania. América latina, como gran parte de Asia y África, ha acompañado con fuerza este creciente movimiento de denuncia y rechazo global.

 

“Netanyahu, el líder que se lanzó al mundo a ganar aliados a través de la venta de tecnología innovadora y un discurso de cooperación e intercambio, es la definición misma de la derecha más militarista, nacionalista e intransigente de un país que ocupa militarmente hace 50 años territorios que el mundo reconoce como palestinos”

 

Netanyahu, el líder que se lanzó al mundo a ganar aliados a través de la venta de tecnología innovadora y un discurso de cooperación e intercambio, es la definición misma de la derecha más militarista, nacionalista e intransigente de un país que ocupa militarmente hace 50 años territorios que el mundo reconoce como palestinos.

 

Desde niño, Netanyahu estuvo embebido en ideología violenta y represiva. Su padre fue un famoso historiador sionista que falleció hace poco, a los 102 años. En 2009, en una entrevista con el diario israelí Maariv, el veterano académico aseguró que la ofensiva militar contra la Franja de Gaza que mató a entre 1.200 y 1.400 palestinos en sólo tres semanas no había sido suficiente: “Si es posible tenemos que golpear más fuerte”.

 

“Los judíos y los árabes son como dos cabras que se enfrentan en un puente angosto. Una tiene que saltar al río, pero esto conlleva peligro de muerte. La cabra más fuerte debe hacer que la más débil salte… creo que el poder judío va a prevalecer”, explicó Benzion Netanyahu al periodista, quien le contestó, preguntándole qué quería decir con saltar: “Que no podrán pelear una guerra contra nosotros, y eso incluye retener la comida en las ciudades árabes, evitar la educación, eliminar la electricidad y más. No podrán existir y se escaparán de aquí. Pero todo depende de la guerra y si ganamos las batallas contra ellos”.

 

Aunque Netanyahu perteneció a la clase privilegiada y dominante de Israel, estudió y se formó en Estados Unidos, donde su padre daba clases. Por eso, a diferencia de otros líderes de su país, su inglés tiene un acento estadounidense perfecto. Hizo la secundaria en una escuela pública de Pennsylvania y luego se formó en el reconocido Instituto de Tecnología de Massachussetts (MIT, por sus siglas en inglés). Sólo interrumpió su educación para volver a pelear, primero entre 1967 y 1972, y un año después para participar de la llamada de Yom Kippur, el conflicto que terminó de sellar la dominación militar de Israel sobre sus vecinos.

 

En esos años, su apellido quedaría grabado en la memoria de todos los israelíes.

 

En 1976 su hermano, Jonathan, murió cuando intentaba rescatar a un grupo de rehenes en un avión que había sido secuestrado en Entebbe, Uganda. Netanyahu decidió fundar en Estados Unidos un instituto anti terrorismo que llevó el nombre de su hermano y desde ahí avanzó en una carrera diplomática en Washington que lo consagraría más tarde, en 1996, como el primer ministro más joven de Israel y una figura en ascenso de la derecha, tras el asesinato de Isaac Rabin por un fanático ultranacionalista judío.

 

Durante su breve primer mandato, Netanyahu hizo algo que nunca más repetiría: firmó los Acuerdos del Río Wye con el histórico líder Yasser Arafat y cedió, al menos en los papeles, el control de la mayoría de Hebrón, la ciudad más grande de Cisjordania, a la Autoridad Nacional Palestina. Este gesto, que buscaba continuar el llamado proceso de paz de Oslo, fue rechazado por los sectores de derecha y más nacionalistas que lo habían llevado al poder, y Netanyahu perdió las elecciones que tuvo que convocar de manera anticipada el año siguiente.

 

El actual premier nunca olvidó esta experiencia. En los últimos ocho años en el poder nunca descuidó o se enfrentó con su base electoral.

 

“La Casa Rosada se convirtió, desde la asunción de Macri en diciembre de 2015, en uno de los referentes del cambio de época latinoamericana más elogiado por Estados Unidos y las potencias europeas”

 

Sus sucesivos gobiernos fueron girando cada vez más a la derecha hasta llegar hoy a un gabinete dominado por conservadores ortodoxos, defensores de las colonias en territorios ocupados y referentes de la política más belicista posible contra los palestinos. Pese a que nunca perdió el favor de Estados Unidos en donde cuenta, el Consejo de Seguridad de la ONU, sus políticas llegaron a chocar de frente con la Casa Blanca durante la época de Barack Obama. Netanyahu desnudó como nadie había logrado la hipocresía de la política exterior de Washington: apoyar la solución de dos Estados sin sancionar o detener la construcción de asentamientos israelíes en los territorios palestinos donde debe levantarse el futuro Estado palestino.

 

Lejos de sufrir las consecuencias negativas por esta confrontación, la asunción de Trump dio nuevos aires a la política cada vez más extrema de Netanyahu. Mientras puertas afuera visita a históricos defensores de la causa palestina y se concentra en las virtudes del desarrollo tecnológico israelí, en su país y en las colonias que dividen y hacen imposible la contigüidad de un futuro Estado palestino, el premier radicaliza su discurso.

 

“Estamos acá para quedarnos”, sentenció, triunfante hace sólo unas semanas en un acto en la colonia de Barkan, en la ocupada Cisjordania, para conmemorar el 50 aniversario de la toma militar de ese territorio. Desde entonces, y aún durante los años en que el mundo miró con entusiasmo el llamado proceso de paz de Oslo, Israel no ha parado de tomar tierras de los territorios palestinos para construir colonias, que hoy son ciudades. En 2005, el entonces premier Ariel Sharon ordenó retirar todos los asentamientos de la Franja de Gaza y fue una crisis nacional. Hoy quedan más de medio millón de colonos israelíes viviendo en Cisjordania y Jerusalén este, los otros dos territorios reconocidos por la ONU como palestinos.

 

“No habrá más destrucción de asentamiento en la tierra de Israel. Ya quedó demostrado que eso no ayuda a la paz”; aseguró en referencia a la victoria electoral de Hamas después del levantamiento de colonias de la Franja de Gaza. “No retrocederemos. Estamos protegiendo Samaria (nombre bíblico que utilizan los ultraortodoxos y nacionalistas para referirse a Cisjordania) de aquellos que quieren desarraigarnos. Profundizaremos nuestras raíces, construiremos, nos fortaleceremos y nos estableceremos”, prometió el mismo primer ministro que esta semana habló de paz y cooperación en Argentina.

 

 

 

 

 

*Periodista especializada en política internacional. Licenciada en Ciencia Política (UBA). Magister en Seguridad Internacional (Sciences Po)

 

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