“Bolívar y San Martín realizaron la unidad de América Latina, antes de formular la doctrina de esa unión”.

DEL PANAMERICANISMO A LA PATRIA GRANDE: EL CAMINO DE LA LIBERACION

Por Mario Casalla

(Jose Martí PINTURA) El argentino Juan Bautista Alberdi pedía “completar la obra de la Revolución de Mayo de 1810” con la “emancipación mental”, que culminaría la obra política y militar de aquellos padres de las patrias. Decía sobre esto en 1837: “Una nación no es una nación, sino por la conciencia profunda y reflexiva de los elementos que la constituyen. Es, pues, ya tiempo de comenzar la conquista de una conciencia nacional, por la aplicación de nuestra razón naciente, a todas las fases de nuestra vida nacional”.

Por Mario Casalla
“Punto Uno”

Agosto 2017

Conversamos amigo lector, sobre aquellos fundadores de patrias que – devenidos en jefes de estado – pasaron de románticos a positivistas en el siglo XIX.

Por tanto los viejos ideales libertarios e integracionistas se disolvieron con el lema “Orden y Progreso”.

Pero no todo fue así, ni por mucho tiempo.

Un grupo más pequeño de intelectuales volvió enseguida a plantear el tema bolivariano de la unidad latinoamericana.

Lo cual chocaba ahora con el “Panamericanismo” norteamericano, que desde 1865 blandía su “Gran Garrote” sobre América Latina y ponía freno a las ambiciones europeas con la Doctrina Monroe, “América para los norteamericanos”, y también con esas oligarquías locales recién consolidadas en sus pequeñas administraciones neocoloniales.

Hablar otra vez de la Patria Grande, resucitar el sueño del Gran Libertador, les parecía un franco y peligroso despropósito.

Pero no todos pensaron así.

RESURGEN LOS IDEALES DE UNIDAD

El venezolano José María Torres Caicedo -en su obra “Mis ideas y mis principios”, París, 1875- después de historiar los avatares del ideal integracionista bolivariano y contraponerlo con la miopía parroquial de los sucesores, expone su propio programa intelectual y político con firmeza y lucidez: reunión anual de una “Dieta” latinoamericana; nacionalidad común de sus ciudadanos; unidad aduanera, uniformidad de código, pesas, medidas y monedas; plan de estudios también elaborados en común; abolición de los pasaportes en el interior de América Latina y organización de las tropas y recursos para la defensa común.

Así, cuarenta años después, este diplomático de Venezuela en Europa (nacido “colombiano” en 1830), reiteraba en el plano intelectual las viejas tentativas militares de Bolívar.

Sabía que era lo que faltaba y que –si se hacía después- no era por mora de ninguna naturaleza, sino porque la lógica de aquélla generación patriótica había estado dominada por la urgencia del hacer y tocaba ahora el pensar:

“Bolívar y San Martín –decía- realizaron la unidad de América Latina, antes de formular la doctrina de esa unión”.

Otro tanto había planteado el argentino Juan Bautista Alberdi cuando pedía “completar la obra de la Revolución de Mayo de 1810” con la “emancipación mental”, que culminaría la obra política y militar de aquellos padres de las patrias.

Decía sobre esto en 1837: “Una nación no es una nación, sino por la conciencia profunda y reflexiva de los elementos que la constituyen.

Es, pues, ya tiempo de comenzar la conquista de una conciencia nacional, por la aplicación de nuestra razón naciente, a todas las fases de nuestra vida nacional”.

APORTES DESDE CENTROAMERICA

En América Central –donde el imperialismo norteamericano ya hacía estragos en
competencia con el inglés- el portorriqueño Eugenio María de Hostos (1839-1903), levantaba las banderas de la independencia de su país, pero como parte de una “Confederación Antillana” que incluyera a Cuba y a Santo Domingo.

Brillante intelectual krausista fue también un activo militante político y social; conspiró por la libertad de su pequeña isla, en la propia Madrid y en Nueva York.

Por un instante creyó que los norteamericanos -después de expulsar a los españoles- reconocerían su independencia.

No fue así y terminó su vida con la misma energía de lucha con que la había iniciado.

Enfrente, desde Nicaragua el joven y brillante Rubén Darío (1867- 1916) –todavía no tragado por el posterior “cosmopolitismo”- le dedicaba uno de sus encendidos poemas al último unificador centroamericano, el general Justo Rufino Barrios.

Aunque también es cierto que, ya en la etapa madura, arremetió con un célebre y comprometido poema “A Roosevelt” (1905).

MARTI, POESIA Y POLITICA

Voz mayor del Caribe, el cubano José Martí (1853-1895) -en el que se combinan a un tiempo la pluma y la espada- levantó su voz y su pequeño cuerpo en pro de esa misma unidad americana.

Vivió quince años exilado en los EEUU y por eso mismo conoció desde adentro las dificultades del programa bolivariano (“Viví en el monstruo y le conozco las entrañas”, dirá más tarde parafraseando a Jonás).

Más también sabía de la estricta necesidad de realizarlas, sobre todo ahora que “el gigante con botas de siete leguas” se aprestaba a marchar sobre América Latina, su “patio trasero”.

Así, la misma pluma fina capaz de escribir el “Ismaelillo”, o los inolvidables “Versos Sencillos”

(“Yo soy un hombre sincero de donde crece la palma/ y antes de morirme quiero sacar los versos del alma…” ), se torna brea encendida en su ensayo “Nuestra América”, precisamente la gran respuesta literaria latinoamericana al Congreso Panamericano reunido en Washington (desde octubre de 1889, a abril de 1890), para crear la Unión Panamericana (antecedente de la actual OEA).

Martí que había hecho del ideario bolivariano su punto de partida (“América hervía a principios de siglo, y él fue como su horno”, decía de Bolívar), advirtió desde vamos que tal “panamericanismo” implicaba lisa y llanamente un cambio de amo: del león español al águila norteamericana; de la América española, a la yanqui.

Por eso el ensayo “Nuestra América” –escrito algunos años antes- es una respuesta rotunda y una propuesta concreta: retomar los ideales de unidad continental, recrear una América libre, plural y orgullosamente mestiza:

“Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España.

El indio mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar a sus hijos.

El negro, oteado, cantaba en la noche y la música de su corazón, solo y desconocido entre las olas y las fieras.

El campesino, el creador se revolvía ciego de indignación contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura”.

Frente a tanta dispersión y racismo, es necesario volver a poner a esa América de pie, lo cual es para Martí posible y necesario, porque: “¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestra repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de la pelea del libro contra el cirial, sobre los lazos sangrientos de un centenar de apóstoles?

De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas”.

De aquí que -en su “Discurso de Exaltación a Venezuela” (1881)- finalice con la misma propuesta de Bolívar:

“Hay que devolver al concierto humano interrumpido la voz de América… (recordemos que el Libertador, consideraba a América “un pequeño género humano”)…hay que armar los pacíficos ejércitos que paseen a una misma bandera desde el Bravo, en cuya margen jinetea el apache indómito, hasta el Arauco cuyas aguas templan la sed de los invictos aborígenes, como si la arrogante América debiera, por sus lados de tierra, tener por límites como símbolo sereno tribus desde hace tres siglos no domadas; y por Oriente y Occidente, mares sólo de Dios y de las aves propias”.

Una curiosidad que es a la vez un síntoma: en 1890, el cubano José Martí, fue nombrado por Paraguay, Argentina y Uruguay, su cónsul en la ciudad de Nueva York.

Pero, a no confundirse, que sus respectivos (y muy “positivistas”) presidentes no habían sufrido ninguna furia integracionista, ni cosa que se le pareciese.

Sencillamente que allí –en la lejana América del Sur- quiénes todavía mandaban eran los ingleses, en consecuencia: se podía condenar al imperialismo norteamericano sin temor a represalias.

Al contrario, era una crítica “sana y oportuna” a la competencia!.

Un estudioso del período, Jorge Abelardo Ramos, así describirá (en 1968) la situación del siglo anterior:

“Todas las fuerzas que Bolívar logró congregar en su torno para consumar la independencia, se disolvieron cuando pretendió construir la unidad de los Estados recién emancipados.

Las mismas oligarquías regionales que sostuvieron a los ejércitos libertadores con recursos y hombres, entre los que figuraban muchos parroquiales padres de la patria, se volvieron contra los unificadores cuando el comercio libre estuvo garantizado.

De esa disgregación nacieron las pequeñas patrias, estas miserables naciones, pavoneándose con sus ejércitos sin armas, sus aduanas de bajas tarifas, sus territorios desolados, sus monedas perpetuamente devaluadas y las prolijas fronteras de los incontables Principados de Luxemburgo que colorean el mapa gigante”.

De esto mismo, ahora nuevamente intentamos salir.

Cosa que esta nueva ola neoliberal –a nivel sudamericano- amenaza una vez más con frustrar.

Veremos que nos sucede, amigo.

MC/

A %d blogueros les gusta esto: