PASO, elecciones, macrismo, peronismo, Partido, Movimiento, Debate sobre la base de un análisis histórico dentro de un comportamiento social relacionado con la lucha.

TRES SON MULTITUD (NATANSON, GRANOVSKY Y CAPITANICH)

Por Jorge Capitanich, Jose Natanson, Martín Granovsky

Dos excelentes columnistas de Página 12, José Natanson (1) director de Le Monde Diplomathic y Martín Granovsky (2), ex presidente de Telam, periodista de Página, iniciaron un debate muy interesante respecto al macrismo como fuerza política y su incidencia en el sistema político argentino. Con Jorge Capitanich, intendente de Resistencia, un “joven brillante” del peronismo, ex gobernador del Chaco y ex jefe de gabinete de Cristina, ya suman tres.

NAC&POP

22/08/2017

3/ LA TENSIÓN ENTRE PARTIDO Y MOVIMIENTO DEFINE LA FUTURA CONSTRUCCIÓN POLÍTICA


Por Jorge Capitanich
Pagina/12
22 de agosto de 2017

Dos excelentes columnistas de PáginaI12 (José Natanson y Martín Granovsky) iniciaron un debate muy interesante respecto al macrismo como fuerza política y su incidencia en el sistema político argentino.

Me permito participar en este debate sobre la base de un análisis histórico y a partir del diseño de carácter institucional necesario para construir opciones dentro de una concepción agonística.

En efecto, la organización del sistema político argentino desde la sanción de la Constitución Nacional en 1853, sus ulteriores reformas de 1860 y 1868 y sucesivas han marcado un hito respecto a la participación ciudadana pues 70 años de confrontación permanente permitieron dirimir la controversia suscitada por la Capital Federal, el sistema de gobierno y una carta magna aceptada por todas las provincias argentinas en virtud de su preexistencia a la Nación.

Desde 1862 con la presidencia de Bartolomé Mitre hasta el año 1916, el voto calificado incluyó solamente el 4 por ciento de la población masculina en un contexto de “estabilidad política” pero de notoria exclusión ciudadana.

La ley Sáenz Peña –que permite el ascenso de cierta clase media al poder a través de Hipólito Irigoyen con su victoria electoral el 2 de abril de 1916– instituye el voto único, obligatorio, secreto y libre estableciendo límites de edad y excluyendo de los alcances a la mujer que sería incorporada a partir de la ley 13010 sancionada el 23 de septiembre de 1947 con el innegable impulso de Evita.

La reciente reforma del año 2013 introduce el voto a jóvenes mayores de 16 años ampliando los derechos políticos y electorales en toda nuestra República Argentina.

Esta breve reseña histórica permite visualizar que desde el año 1916, es decir, poco más de un siglo, por primera vez gobierna una coalición política de base neoliberal conservadora no surgida de las entrañas de los dos partidos populares que han marcado la referencia histórica en la política nacional: UCR y PJ con todas sus variantes de nombres y denominaciones.

Esto significa que la concepción histórica de un movimiento nacional, popular y democrático a través de sus procesos históricos y en el marco de alianzas, frentes y/o pactos electorales han liderado coaliciones políticas con apoyo ciudadano a través del voto para gobernar el país construyendo de ese modo variantes de bipartidismo o multipartidismo moderado con las sucesivas interrupciones de golpes militares a partir del año 1930.

La única excepción a esta regla la constituye efectivamente el triunfo de Mauricio Macri el 22 de noviembre de 2015.

Macri lidera una coalición de centroderecha neoliberal conservadora que se impuso con el voto popular, lo cual implica legalidad y legitimidad ciudadana.

De manera que es preciso advertir la extrema necesidad de entender un cambio en la lógica conceptual y analítica de la política argentina.

El partido hoy sepulta al movimiento.

Y las tensiones históricas entre partido y movimiento han sido superadas por la nueva configuración de una centroderecha que gobierna y una centroizquierda diluida y desorganizada en la oposición.

La otra tensión entre partido y gobierno por la conducción estratégica está enterrada por sí misma en virtud del carácter de oposición política.

Por lo tanto, frente a una centroderecha unida y organizada, con referencia territorial nacional es necesaria la construcción de una centroizquierda de base progresista y popular, de oposición con agenda propia y con capacidad de alternancia.

Es preciso reconocer en Chantal Mouffe ciertas caracterizaciones de estos complejos procesos que han diluido la socialdemocracia en Europa, y a muchos partidos de oposición en el mundo.

La superación de la contradicción amigo-enemigo de Carl Schmitt, por la “agonista” amigo-adversario en el contexto de que “pensar de un modo político requiere del reconocimiento de la dimensión ontológica de la negatividad radical”(Hegemonía y estrategia socialista junto a Ernesto Laclau).

No cabe la menor duda que el “centrismo radical” y la mimetización con el neoliberalismo de la socialdemocracia europea ha implicado la reducción abrupta de votos y la notoria incapacidad para generar opciones alternativas.

El mundo marca el sendero, pues con clara imposición hegemónica, el neoliberalismo ha instalado a través del “ballotage” en muchos países el entrampamiento dialéctico para garantizar opciones neoliberales con falsas contradicciones.

La copia del liberalismo político de parte del liberalismo económico implica que la pugna por el poder es entre dos competidores sin alterar el statu quo vigente ni el orden social injusto ni la hegemonía dominante.

El fenómeno neoliberal es hegemónico en virtud de su duración y sustentabilidad en el tiempo.

Desde la caída del muro de Berlín, “el fin de la historia” y la anulación de otras opciones más radicalizadas han intentado defenestrar variantes populistas surgidos al amparo de luchas sociales y políticas en diversas democracias del mundo.

Lo cierto es que el doble rasero y doble moral de los países más poderosos del mundo respecto a la democracia y la libertad han instituido salvajemente una coalición de medios de comunicación, mensaje y articulación corporativa de poder que condiciona severamente el surgimiento de alternativas.

La centroizquierda progresista de base popular posible hoy requiere interpretar que no tiene un soporte monopólico del sindicalismo corporativo porque el mismo aunque se diga “peronista” actúa en virtud de sus propios intereses sin pertenencia a un proyecto nacional y popular.

Este proyecto como definición primaria está en un proceso de extinción.

Su reconstrucción no se hará desde la oposición sino desde el ejercicio del poder.

Del mismo modo que el PRO construyó un partido nacional desde el poder, la única manera de reconstruir el movimiento nacional, popular y democrático será desde el poder.

Esta etapa es partidocrática, es ideológica y doctrinaria y es al mismo tiempo territorial.

La contradicción de la centroderecha es la centroizquierda.

No es el camino del medio.

No es una variante de “más de lo mismo”.

Hoy la definición de que “todos somos peronistas” cualifica de una manera omnicomprensiva de la compleja realidad política argentina a múltiples sujetos y actores que piensan diferente, o muy diferente.

Hay sindicalistas que están con Macri. Hay empresarios que están con Macri. Hay ricos que están con Macri. Pero también hay pobres que están con Macri.

En definitiva, se trata de combinar discurso y gestión para lograr el consenso mayoritario con el objetivo de verificar los límites posibles de todo gobierno.

Una opción de centroizquierda progresista y popular no necesariamente propone la abolición de la propiedad privada, ni tampoco la dictadura del proletariado.

Pero debe propugnar la distribución justa y equitativa de la riqueza haciéndose cargo de las demandas insatisfechas de las mayorías populares.

El marketing no debe ni puede reemplazar la política con mayúsculas.

Los operadores no pueden ni deben reemplazar a los cuadros políticos.

Los servicios de inteligencia, medios de comunicación y periodistas pagos no pueden construir la agenda política ni tampoco la consolidación de un proyecto.

Reconociendo la existencia de una matriz hegemónica de carácter planetario, reconociendo que poseen todos los instrumentos y herramientas para la construcción de una “revolución del sentido común”, reconociendo que poseen una organización de cuadros políticos lúcidos de derecha, reconociendo que maman de la vieja herencia conservadora radical y de porciones significativas de la derecha liberal tradicional y típica de nuestro país es preciso reconocer que no constituye “un golpe de suerte”.

Pero también es justo reconocer que es democrática en virtud de su legalidad y legitimidad por el acceso al poder y es republicana a “medias” por los excesos en el ejercicio de poder y la manipulación del poder judicial, de los medios corporativos y del reduccionismo plural como bien lo destaca Martín Granovsky.

Coincido parcialmente con ambos e invito al desafío de construir una oposición con identidad de centroizquierda progresista y populista que defienda el ambiente, que propugne la igualdad de género, que promueva la justa y equitativa distribución del ingreso, que defienda la industria nacional competitiva, que fortalezca el rol del estado para defender la pequeña y mediana empresa, que sostenga un federalismo con igualdad de oportunidades para todos los argentinos y que defienda los intereses de los trabajadores y de empresarios que generen riqueza para el pueblo argentino.

De esto se trata, porque muchos que “se dicen peronistas” están conformes con este gobierno, y muchos dirigentes denominados “peronistas” esperan que este gobierno se consolide para pegar el salto para unirse a sus huestes.

Pero detrás de las especulaciones políticas es preciso recordar que este gobierno tomó las siguientes decisiones:
a) designó dos jueces de la Corte Suprema de Justicia por decreto,
b) derogó por DNU dos leyes fundamentales para la democracia (ley de medios, ley de Argentina digital),
c) manipula a su antojo el Poder Judicial y el Consejo de la Magistratura persiguiendo a jueces por sus fallos,
d) tienen más de 60 funcionarios procesados con fortunas patrimoniales imposibles de justificar,
e) manejan discrecionalmente los fondos para CABA, PBA, y provincias amigas extorsionando a provincias opositoras, f) ejecutaron una reforma previsional para destruir el sistema,
f) duplicaron la inflación, devaluaron y destruyeron la industria nacional, el empleo y el salario,
g) incumplen normas internacionales, tienen una desaparición forzada por acción de una fuerza de seguridad sin respuestas concretas, e impulsaron la liberación encubierta de genocidas aplicando el 2 por 1,
h) endeudaron el país en más de 106.000 M de dólares de manera escandalosa que condiciona severamente a las futuras generaciones de argentinos.

Podría seguir enumerando muchas otras cuestiones, pero es justo reconocer que no se trata de un grupo de improvisados ni tampoco como improvisados podremos ser un atajo para sus intenciones. Se trata de reconocer el adversario, su dimensión para actuar en consecuencia con mucha inteligencia, racionalidad y pasión por lo que es necesario hacer.

2/ ¿DERECHA DEMOCRÁTICA?

Por Martin Granovsky
Pagina/12
CONTRATAPA
18 de agosto de 2017

En Página/12 de ayer José Natanson escribió un interesantísimo análisis tanto del voto a Cambiemos como de Cambiemos en tanto construcción política.

Allí define al macrismo como “una derecha democrática y renovada”.

Me pregunto, sin respuesta concluyente todavía, si la palabra “democrática” puede aplicársele en plenitud y sin salvedades a Cambiemos no ya como coalición sino como fuerza de gobierno.

Aclara José en el texto: “El objetivo de esta nota no es denunciar la simulación de Cambiemos ni desnudar la oscuridad de su alma verdadera sino entender por qué sus propuestas resultan convincentes, indagar los motivos profundos de su eficacia, entender por qué funciona”.

Por eso no quiero citarlo corto y mal. Recomiendo leer entera su columna haciendo click en http://www.pagina12.com. ar/56997

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Solo quiero discutir una parte del párrafo final, que cito textualmente: “El macrismo no es, por recurrir a la fórmula de Ricardo Forster, una anomalía, un accidente o un golpe de suerte; es una fuerza potente que se encuentra en el trance de construir una nueva hegemonía.

Los resultados socialmente negativos de sus políticas, el fondo individualista que late detrás de sus decisiones, la concepción liberal de justicia sobre la que sostiene su discurso lo empujan sin remedio a la derecha del cuadrante ideológico, pero es una derecha democrática y renovada, que hasta el momento estaba ausente de nuestra escena política.

Esa es la gran novedad, la noticia que la oposición debería registrar si de verdad desea ganarle en octubre”.

A mí me parece que hay aún más novedades para no subestimar a esta nueva derecha. Y no solo para las elecciones del 22 de octubre sino pensando en términos de calidad democrática.

Para expresarlo con ejemplos:

El uso de decretos de necesidad y urgencia para decisiones sustanciales como la integración de los miembros de la Corte Suprema o la liquidación del régimen de legislación audiovisual que tenía previa sanción de ambas cámaras y un fallo favorable de la Corte Suprema.

La resistencia a continuar con la tradición de sintonía con el derecho internacional de los derechos humanos, sus convenciones con rango constitucional para el derecho interno y sus organismos, como la Comisión Interamericana.

La selección de nuevos miembros de la Corte Suprema tras valorar, entre otros antecedentes, sus cuestionamientos al sistema interamericano de derechos humanos.

Una de sus consecuencias fue el fallo de la Corte aplicando el dos por uno a los genocidas.

Otra, el fallo del supremo tribunal sobre la causa Fontevecchia, donde directamente cuestionó la jurisdicción del sistema interamericano.

El discurso pre-Nunca Más de Mauricio Macri sobre derechos humanos, con alusiones vagas y livianas a los años de plomo y su imposibilidad de pronunciar la frase “terrorismo de Estado”.

En el caso de un Presidente lo discursivo no queda en el plano de las palabras. Siempre se traslada a los hechos.

La generalización de figuras como la imputación de resistencia a la autoridad para restringir la libertad de movimientos sobre todo de los adolescentes, y sobre todo de los adolescentes pobres.

La frivolización de un caso de desaparición forzada como la de Santiago Maldonado y el posible acto de encubrimiento que siguió a esa actitud.

La presión sobre la Justicia laboral a partir de palabras del mismo Presidente de la Nación, que llamó a nombrar “jueces que nos representen”.

El pedido de juicio político a camaristas laborales por convalidar la homologación de un acuerdo como el de la Asociación Bancaria con la patronal del sector.

La detención irregular, señalada por el propio Grupo de Detención Arbitraria de la ONU, de la dirigente social Milagro Sala.

El estilo barra brava aplicado para resolver la integración del nuevo Consejo de la Magistratura.

La bolilla negra al abogado de Abuelas Alan Iud y el retiro de su pliego de los candidatos a fiscales.

La designación de un juez subrogante a medida para manejar la Justicia electoral en la provincia de Buenos Aires.

El modo mañoso en que el Ejecutivo manejó los cómputos de las PASO en Santa Fe y en la provincia de Buenos Aires.

La derecha que representa el macrismo no debe ser subestimada porque, está claro, conecta con un amplio sector de la sociedad.

La prueba es que ganó las elecciones de 2015 por el voto democrático de la mayoría y consiguió un buen desempeño en las PASO.

Ni el análisis ni la pelea política quedan resueltos gritando cosas como “Macri/ basura/ vos sos la dictadura”.

Esa consigna, como todo lema que solo busca referencias en el pasado, no da cuenta de una enorme novedad: la derecha que gobierna hoy muestra una inclinación permanente a producir hechos que disminuyen la calidad institucional de la democracia.

Y ése tal vez sea uno de sus proyectos a largo plazo para quedar en condiciones de rediseñar la Argentina sin molestias.

MG/

N&P: El Correo-e del autor es Martin Granovsky martin.granovsky@gmail.com

1/ EL MACRISMO NO ES UN GOLPE DE SUERTE

 

Por José Natanson
Pagina/12
17 de agosto de 2017

¿Cómo se explica la victoria de Cambiemos en las elecciones del domingo?

Propongo un método bastante empírico para enfrentar el desafío de entender los resultados: consiste en hacer de cuenta que el macrismo gobierna la ciudad de Buenos Aires desde hace una década, que hace dos años sorprendió con su victoria bonaerense y nacional y que, transcurrida la mitad de su mandato, logró revalidarse de manera contundente.

Propongo, en suma, olvidarnos por un rato de las memes de Esteban Bullrich, sacudirnos el rechazo instintivo que nos genera la contemplación de la puesta en escena de sus festejos y, por fin, empezar a tomárnoslo en serio.

Los motivos del triunfo, entonces.

Como viene ocurriendo, Cambiemos desplegó una campaña profesional que se ajustó a lo que Jaime Durán Barba define como “disciplina estratégica”, es decir que no se apartó de la línea trazada, y que incluyó esfuerzos importantes como la abrumadora blitzkrieg mediática de María Eugenia Vidal de las 48 horas previas a la veda.

Sin embargo, hay algo más que una simple habilidad táctica detrás del triunfo del macrismo, que el domingo pasado logró consolidarse como la fuerza más votada a nivel nacional, mejoró su performance respecto del 2015 y derrotó al peronismo en bastiones históricos.

¿Qué tendencias sociales consiguió interpelar? ¿Qué entendió Macri de la Argentina?

En primer lugar, el Gobierno identificó temas que venían generando una creciente preocupación social y sobre los cuales el kirchnerismo no había elaborado una política concluyente, entre los que se destaca el del narcotráfico.

Por supuesto que el abordaje demagógico elegido no logrará resolverlo e incluso es probable que, como ha ocurrido con otros líderes latinoamericanos punitivistas, en algún momento se le vuelva en contra.

Por el momento, sin embargo, alcanza con nombrarlo: no hace falta llevar años invertidos en sesiones lacanianas de veinte minutos para entender el alivio profundo que produce el mero hecho de poner en palabras un problema, de nombrar lo que hasta el momento permanecía callado.

La política exige muchas cosas, entre ellas la capacidad de detectar las angustias sociales: el narcotráfico puede parecer extraño para quienes nos relacionamos con la droga a través de una maceta y vivimos en barrios alejados de la densa trama de relaciones entre capos, transas y soldaditos, pero aparece como una amenaza cotidiana, casi existencial, para quienes se ven obligados a convivir con él todos los días.

La línea antimafia que subraya Vidal, presentada como una cruzada contra los poderes oscuros de la provincia, y las diversas declinaciones del giro punitivista oficial, son la respuesta –insisto: equivocada y peligrosa– a este problema.

Pero hay algo más que la puntería programática detrás de la victoria oficialista en las PASO.

Cambiemos, ya lo hemos señado, expresa una nueva derecha: democrática, dispuesta a marcar diferencias económicas con la derecha noventista, y socialmente no inclusiva pero sí compasiva.

Para transmitir con eficacia esta idea fuerte, el macrismo se apoya en dos pilares.

El primero es la decisión de prolongar el generoso entramado de políticas sociales construido por el kirchnerismo: Asignación Universal, jubilaciones, incluso las cooperativas del Argentina Trabaja, que en su momento había denunciado como un foco de clientelismo y corrupción.

El segundo es su gestión en la Ciudad de Buenos Aires: como durante sus dos mandatos como jefe de gobierno Macri no rompió el consenso en torno a la universalidad de los servicios públicos (no privatizó las escuelas ni los hospitales y no les prohibió a los bonaerenses, ni siquiera a los paraguayos, atenderse en ellos), pudo construir la imagen de una administración eficiente y moderada, que además produjo una mejora importante del transporte público y que volcó recursos tanto al espacio público de parques y plazas como a la oferta cultural orientada a clase media.

Esto no implica, aclaremos nuevamente, una evaluación positiva de su performance al frente del gobierno de ciudad, sino apenas reconocer que si se hubiera comportado de otro modo probablemente no hubiera ganado todas las elecciones porteñas desde 2007 y quizás tampoco la Presidencia.

Porque el espejo de esta caracterización sosegada del macrismo es el agitado paisaje de trazo grueso que durante demasiado tiempo quiso pintar el kirchnerismo: la consigna “Macri basura/vos sos la dictadura”, en particular, reflejaba la incapacidad para comprender la verdadera naturaleza de la criatura política que tenía enfrente.

Y en este sentido cabe preguntarse también si la insistencia en equiparar al macrismo con el menemismo noventista no resulta a esta altura igualmente estéril: aunque su programa macroeconómico de metas de inflación, altas tasas de interés y bicicleta financiera se alinea claramente con la ortodoxia, la decisión de no recortar el gasto público ni recurrir al despido masivo de empleados estatales, junto a la promesa de no reprivatizar las empresas públicas (ni siquiera aquellas que, como Aerolíneas, generan pérdidas), marca un contraste con los 90.

El de Macri es un neoliberalismo desregulador, aperturista, anti-industrialista y, por supuesto, socialmente regresivo, pero no privatizador ni anti-estatista.

Quizás esto explique por qué, pese al deterioro ostensible de la situación socioeconómica, un sector importante de la sociedad cree en la promesa oficial de que las cosas mejorarán pronto.

Sucede que el neoliberalismo macrista incluye también una propuesta de justicia, sintetizada en la perspectiva de igualdad de oportunidades, la única referencia más o menos abstracta que el presidente se atreve a incluir en sus discursos.

A menudo acompañada por exhortaciones a recuperar la “cultura del trabajo” y evitar “los atajos y las avivadas”, la igualdad de oportunidades es la respuesta que filósofos liberales notables, como John Rawls y Amartya Sen, han encontrado a las dificultades para congeniar igualdad y libertad en las sociedades contemporáneas.

Aterrizada en la Argentina de hoy, la perspectiva encarna en el trabajador meritocrático, el verdadero sujeto social de esta nueva batalla cultural, y sintoniza con la tradición inmigrante que es parte constitutiva de nuestra cultura política: la idea de progreso en base al esfuerzo individual (a lo sumo familiar) que le permite al que llegó con una mano atrás y otra adelante progresar hasta ascender al mundo alfombrado de la clase media: el mito de “mi hijo el dotor”.

Antes de que lluevan los tomates, aclaremos: que el oficialismo formule este discurso no implica que la gestión concreta de su gobierno lo esté llevando a la práctica ni que sus principales dirigentes sean ejemplos de self-made men: el del macrismo es un caso asombroso de herederos meritócratas.

Pero el objetivo de esta nota no es denunciar la simulación de Cambiemos ni desnudar la oscuridad de su alma verdadera sino entender por qué sus propuestas resultan convincentes, indagar los motivos profundos de su eficacia, entender por qué funciona.

El macrismo ha logrado expresar también ciertas marcas de la época.

Sus apelaciones a los valores pos-materiales, aquellos que van más allá de las necesidades cotidianas de supervivencia, resultan seductoras para las clases medias acomodadas en un contexto de hipersegmentación social, en donde los sectores más privilegiados llevan una vida más parecida a la de sus pares sociales de Nueva York o París que a los sufridos compatriotas que viven en el Conurbano, a un colectivo de distancia.

Esto se verifica en las vagas tonalidades ambientalistas del slogan “ciudad verde”, en la importancia atribuida al cuidado de uno mismo (expresada en la retórica new age, las bicisendas, las ferias de comida saludable) y en una revalorización de la cotidianeidad frente al sacrificio totalizante que exigía la militancia kirchnerista (Macri insiste con que sus funcionarios deben volver a casa antes de que anochezca a cenar en familia).

Todos estos aspectos, fomentados por una gestión multi-target que se segmenta en sectores tan específicos como la secta de los runners, los reclamos éticos de los veganos y las demandas insondables de los amantes de mascotas, terminan de completar la idea del macrismo como una fuerza política moderna y cosmopolita, a la altura de los tiempos.

Por último, Cambiemos se presenta como una renovación modernizante de la política. Sin entrar una vez más en discusiones acerca de la realidad concreta de sus acciones (la manipulación del escrutinio bonaerense desmiente este supuesto higienismo), señalemos que, auto-reivindicado como el primer partido político del siglo XXI, el macrismo se proclama como un paso adelante respecto de los vicios y las mañas de las agrupaciones tradicionales.

Más pendiente de la época que de la épica, el oficialismo defiende una visión anti-heroica de los asuntos públicos, una reivindicación de la normalidad cuya gran escenificación es el timbreo. Concebido como un contacto directo entre el funcionario y las personas, el timbreo es espontáneo, informal, casi diríamos puro, en contraste con la forma favorita del populismo: el acto de masas y toda su parafernalia de organización, traslado, protocolo de oradores y largas negociaciones previas por los lugares en el palco.

Decisivamente, el timbreo permite desplazar el eje del ciudadano al vecino.

Aunque quien pulse el timbre sea un funcionario nacional, incluso un ministro, la gobernadora o el mismísimo presidente, la política se hace, en un pase de manos mágico, local: el mensaje es que son los problemas inmediatos y cotidianos los que realmente importan, los que el político, como muestran las fotos que luego circulan por los medios, se acerca a escuchar.

El efecto es individualizante.

Lejos de las asambleas, las movilizaciones o cualquier otra forma de apelación colectiva, el timbreo es la operación ideal de la política macrista porque sintoniza con su concepción de la sociedad como una agregación de individualidades.

Al limitarse a un contacto bilateral funcionario-vecino, el timbreo apunta a la particularidad de cada persona: la singularidad de su problema concreto prevalece sobre su condición de clase o filiación política, que es lo que al fin y al cabo lo que hermana a los individuos en una identidad común y lo que, en última instancia, los construye como iguales.

Rebobinemos antes de concluir.

La amplia victoria oficialista en las PASO se explica por sus dotes de campaña pero también por el hecho de que expresa una alternativa política capaz de conectar con amplios sectores sociales.

El macrismo no es, por recurrir a la fórmula de Ricardo Forster, una anomalía, un accidente o un golpe de suerte; es una fuerza potente que se encuentra en el trance de construir una nueva hegemonía.

Los resultados socialmente negativos de sus políticas, el fondo individualista que late detrás de sus decisiones, la concepción liberal de justicia sobre la que sostiene su discurso lo empujan sin remedio a la derecha del cuadrante ideológico, pero es una derecha democrática y renovada, que hasta el momento estaba ausente de nuestra escena política.

Esa es la gran novedad, la noticia que la oposición debería registrar si de verdad desea ganarle en octubre.

* Director de Le Monde Diplomatique, Edición Cono Sur

www.eldiplo.org

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