Siempre eficaz, nunca eficiente, conseguía lo que se proponía a su modo. Muy alemana del Volga en todo, muy rusa, muy testaruda. No se que medidas de fuerza habrá tomado, pero me río de imaginarlo. Cosas de pendejos.

MAMA SINDICALISTA

Por Iván Taylor

Mi mamá es la primera sindicalista que conocí. Había que verla persiguiéndolo a mi viejo del comedor al patio y del baño a la pieza, hasta convencerlo de que nos comprara ese juguete que queríamos, o nos diera esas chirolas para los primero bailes, o esa campera que no nos hacía falta, pero que estaba de moda, y entonces era muy necesaria para nuestra absurda adolescencia.

Por Iván Taylor

NAC&POP

02/08/2017

Mi mamá es la primera sindicalista que conocí.

Había que verla persiguiéndolo a mi viejo del comedor al patio y del baño a la pieza, hasta convencerlo de que nos comprara ese juguete que queríamos, o nos diera esas chirolas para los primero bailes, o esa campera que no nos hacía falta, pero que estaba de moda, y entonces era muy necesaria para nuestra absurda adolescencia.

Siempre eficaz, nunca eficiente, conseguía lo que se proponía a su modo.

Muy alemana del Volga en todo, muy rusa, muy testaruda.

No se que medidas de fuerza habrá tomado, pero me río de imaginarlo.

Cosas de pendejos.

Esos tiempos pasaron.

Nos vinimos grandes.

Yo soy el menor de los tres y ya estoy pisando los treinta.

Sin embargo, hoy me doy un tiempito para mirar hacia atrás, para observarme en la infancia, en ese júbilo de miedos y juegos.

Y creo que el peor de todos mis temores era que no volviera de sus viajes.

Mamá viajaba en los noventa a comprar ropa a Uruguayana, lugar que por muchos años y un desinterés con raíces en el inconsciente, creí situado en Bolivia.

Hasta allá se iba a buscar las pilchas que vendía en la tienda de la aldea.

Y yo siempre me cagaba entero porque no sabía si volvería.

Habré tenido seis, siete años.

Cosas de pendejos.

Porque mamá siempre volvía y nos íbamos en el renó 12 con el viejo a esperarla a calle Almafuerte que todavía tiene esos árboles de los que nunca supe el nombre, grandotes, haciendo como una galería que envolvía la ruta.

De esa galería, de ese túnel, surgían triunfantes las luces del cole que la traía de vuelta.

Cargábamos los bolsos y a las casas.

En la mesa, abríamos la caja de bombones Garoto que siempre nos compraba y la escuchábamos hasta tarde contar historias de tormentas en el viaje y como el cole se sacudía y las viejas rezaban.

O sino de algún robo que me hacía creer que los brasileros eran todos ladrones, mito que me duró hasta Lula, confieso, o hasta meter las patas en Brasil, hace un par de años.

Cosas de pendejos.

La cuestión es que mamá se fue de viaje otra vez.

Y este cagaso que tengo (que, no se preocupen, es puro egoísmo no más) es un reflejo de aquel miedo de la infancia en que la veía irse hasta Uruguayana.

A mi me parece que sedada e intubada como está, como aparte es creyente, debe estar más cerca de dios que nosotros.

Por lo menos más cerca que yo.

Y debe estar en una gran mesa paritaria discutiendo las condiciones de su regreso.

O persiguiendo a todo el mundo, hinchando las pelotas en ese mundo de sueños al que te vas cuando estas dormido.

Como en los sueños no importa el idioma en que hablás, y mamá siempre sueña a los gritos en alemán, los debe estar puteando asi.

Me río de pensarla a la gorda en esas y me envuelvo en las sábanas como cuando era más chico, hasta que el viejo venga y me diga que mamá ya viene, que la vamos a buscar.

Espero que se tenga una caja de Garotos y muchas historias para contar.

O no se.

Cosas de pendejos.

IT/