Rafael Ianover murió este fin de semana. Tenía 92 años y una vida honesta. Fue junto a Lidia Papaleo, uno de los testigos claves en la causa sobre la apropiación de Papel Prensa. Se marchó sin ver Justicia.

RAFAEL IANOVER, EL HOMBRE QUE NO SE RINDIÓ

Por Juan Alonso

Ianover no sucumbió ante el poder omnipresente del Grupo Clarín y la presión mediática de los lacayos de la oligarquía. Una casta que él conocía muy bien desde que fuera ejecutivo de la Junta Nacional de Granos, y un familiar de José Alfredo Martínez de Hoz comenzó a hilvanar el despojo del antiguo emporio económico de los Graiver.

Por Juan Alonso

Nuestras Voces

19 de Julio de 2017

Foto: Joaquín Salguero

Lidia Papaleo y Rafael Ianover

Rafael Ianover murió este fin de semana.

Tenía 92 años y una vida honesta.

Fue junto a Lidia Papaleo, uno de los testigos claves en la causa sobre la apropiación de Papel Prensa.

Se marchó sin ver Justicia. Tuvo que presenciar antes cómo se orquestó la despedida de Ernestina Herrera de Noble: la flamante Victoria Ocampo de esta comparsa cínica de la ruindad.

Ianover dejó dos hijos mellizos, que lo recuerdan con esa bruma de amor aparecida en la ausencia de las largas noches de insomnio.

Porque en las noches se les presenta el color de su voz transparente, su oratoria delicada y contundente; el renacimiento de las cosas a través de los espejos y la luz. Su destello.

Ianover no sucumbió ante el poder omnipresente del Grupo Clarín y la presión mediática de los lacayos de la oligarquía.

Una casta que él conocía muy bien desde que fuera ejecutivo de la Junta Nacional de Granos, y un familiar de José Alfredo Martínez de Hoz comenzó a hilvanar el despojo del antiguo emporio económico de los Graiver.

Pronto se destacó entre seis hermanos y formó una familia con su esposa Mimí, que murió antes que él, producto de una enfermedad degenerativa y ese pertinaz dolor que le produjo haber perdido casi todo desde que la dictadura se ocupó de ellos como chivos expiatorios de una cacería de judíos.

La Argentina de 2017 se parece a la de 1930 y a la 1976.

El mismo modelo agro-exportador, los mismos apellidos, la persecución orquestada desde el Estado, la criminalización de la pobreza, y la cárcel para los opositores de este modelo.

Sobran 20 millones de argentinos.

Ianover murió lúcido pensando en estas cosas.

Luchó desde el 12 de abril de 1977, cuando una patota militar lo fue a buscar a sus oficinas de la Avenida Leandro Alem y casi secuestra a su hijo, Alejandro, quien por entonces estudiaba en el Colegio Nacional Buenos Aires.

Lo tuvieron 16 meses secuestrado y pasó un año con “libertad vigilada”.

Pero el escarnio fue más lejos: el Estado represor lo mantuvo a disposición del Poder Ejecutivo hasta el regreso de la democracia en 1983, a pesar de no tener ninguna causa condenatoria, y habiendo sido sobreseído por el Consejo de Guerra de la dictadura.

No pudo hacer uso de sus bienes y tenía prohibido salir del país. Aun sin trabajo, no desesperó.

Al regresar a su oficina ya no estaba su apellido en el cartel.

Su empresa ya no era su empresa y su nombre era considerado una maldita peste.

Mimí, comenzaba a masticar el rencor por algunos amigos y familiares que le dieron la espalda.

Desde entonces y hasta su muerte, se mudó cinco veces, siempre para peor, al borde del abismo, en las cornisas, buscando una salida en el medio del páramo. Nunca logró recuperarse.

Su hijo Alejandro comenzó a amasar un temor singular sobre Argentina.

Vivió cuatro años en Israel y otros seis en España.

Tuvo pánico.

Padeció la incertidumbre y forjó su carrera de actor contra la tempestad de una familia que se descomponía.

A Mimí, su mamá, Alejandro le leyó un libro por año.

Una novela para contener la memoria.

Un libro para vencer el olvido.

Como sanación, remedio, como un ancla que pusiese capturar la felicidad en una cápsula.

Pero Mimí se fue.

Y también Rafael. 

Ahora el mundo es menos ancho y el horizonte naranja se torna oscuro.

Hace frío esta tarde.

El viento sopla y mañana el sol será un tenue alivio.

El tiempo es una invención de mutantes, de robots maniáticos, de falsos médicos, de suero sin destino.

Voy al encuentro del recuerdo de las palabras de Ianover en aquella entrevista que le hicimos con Cynthia Ottaviano el 22 de agosto de 2010 para Tiempo Argentino.

Busco el archivo.

¿Archivo para qué cosa?

Y leo: “Cuando yo firmé en las oficinas de La Nación, el 2 de noviembre de 1976, lo hice aterrorizado y presionado.

Ya había muerto David Graiver en México, y todos esperábamos lo peor.

El entonces dueño de La Razón, Manuel Peralta Ramos, me prometió que no me iba a pasar nada, porque nosotros sabíamos que todos los días se llevaban gente –rememora Ianover–, incluso un grupo de tareas había entrado a mi casa cuando estábamos cenando.

Mis hijos en ese momento tenían 17 años.

Revisaron los placares y nos hicieron firmar un documento como que no faltaba nada, pero en realidad se llevaron algunas cosas de valor del departamento”.

Ianover conoció al dueño de Papel Prensa, el financista David Graiver, a través de su hermano Isidoro, casado con una prima hermana de su esposa.

“Yo en esa época estaba muy bien económicamente, era corredor de cereales desde 1958.

Pero el proyecto de Papel Prensa era apasionante y cometí el gravísimo error de aceptar el puesto de vicepresidente de la empresa.

Las consecuencias fueron tremendas, por el daño moral y económico que me infligieron”.

Ya es de noche.

Fue el día más frío del año.

La memoria lanza palabras porosas.

Frases inconexas de un pentagrama con demasiadas tumbas y muy pocos héroes. C

amino y pienso que desde algún lugar del infinito Rafael sale al encuentro con su impronta de ternura.

Podemos ser mejores.

JA/

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