El número 1 de la revista “Qué” en 1946 caracterizaba como joven letrado y político impetuoso a Don Vicente Leonidas Saadi que tenía 33 años.

DON VICENTE

Por Ana Jaramillo (y el discurso de Alberto Rodríguez Saá)

Muchos de los presos y exiliados de la dictadura del 76 en adelante, observábamos las posiciones que iba tomando Don Vicente frente a ella. Nos entusiasmó su coraje y su posicionamiento. Cuando unos salieron y otros regresamos, nos incorporamos a las filas de Intransigencia y Movilización. Don Vicente se ocupó de crear el Diario La Voz de franca oposición a la dictadura y ya en democracia, fue uno de los pocos defensores de sus amigos gobernadores como Oscar Bidegain o Ricardo Obregón Cano.


Por Ana Jaramillo
Discurso de Alberto Rodríguez Saá
NAC&POP
14/07/2017

El número 1 de la revista “Qué” en 1946 caracterizaba como joven letrado y político impetuoso a Don Vicente Saadi que tenía 33 años.

Así llegó a los setenta y cinco años, igualmente impetuoso y por supuesto más sabio.

El artículo comenzaba: “Si quieren guerra, tendrán guerra”, había dicho Pacífico Rodríguez a la Legislatura.

La amenaza alcanzaba al senador Vicente Leónides Saadi, joven letrado y político impetuoso que patrocinó la candidatura del gobernador y preparó las listas de candidatos a todas las posiciones electivas.

El doctor Rodríguez, de buenos antecedentes familiares y profesionales, carecía de caudal electoral; lo tenía Saadi, quién afrontó además el peso financiero de la campaña, con el concurso de Juan Alberto Bracamonte, coterráneo, vuelto a la sazón de Catamarca.

Después del 24 de febrero Saadi se convirtió en el personaje de mayor influencia: la legislatura era adicta y el gobernador debía ajustarse a sus directivas.

Lo primero siguió ocurriendo; lo segundo lo negaron los acontecimientos.

La elección de senadores nacionales resultó piedra del escándalo. Saadi y Bracamonte fueron elegidos, pero mediaron interferencias, a las que fue sensible el gobernador.

La Legislatura, caso único, debió votarlos nuevamente.

Las líneas quedaron tendidas.

Luego, el senador Bracamonte fue vetado, por razones dadas en sesión secreta.

Se canceló su título y el Senado incorporó a su reemplazante, Julio Herrera, mientras Bracamonte protestaba en cartas, telegramas y manifiestos”.

Muchos de los presos y exiliados de la dictadura del 76 en adelante, observábamos las posiciones que iba tomando Don Vicente frente a ella.

Nos entusiasmó su coraje y su posicionamiento.

Cuando unos salieron y otros regresamos, nos incorporamos a las filas de Intransigencia y Movilización.

Don Vicente se ocupó de crear el Diario La Voz de franca oposición a la dictadura donde quienes éramos periodistas comenzamos nuevamente a escribir.

Posteriormente, ya en democracia, fue uno de los pocos defensores de sus amigos gobernadores como Oscar Bidegain o Ricardo Obregón Cano perseguido y encarcelado por la teoría de los dos demonios en plena recuperación democrática.

Jóvenes como éramos muchos, aprendimos a hacer política en democracia, ya que habíamos crecido en dictaduras y desconocíamos hasta la tarea parlamentaria, la discusión legislativa y sus intrincados vericuetos y negociaciones del poder para sancionar una ley que favoreciera a los más débiles y lograr la justicia social.

A su vez, aprendimos a hacer política partidaria en la compleja tarea de unir al peronismo en el trayecto que llevó finalmente a Saadi a la Vicepresidente del Partido Justicialista

Uno de esos jóvenes que sucedió a Don Vicente en la presidencia del bloque justicialista fue el actual Gobernador de San Luis, Alberto Rodríguez Saá, que le rindió homenaje a Don Vicente diez días después de su muerte.

En esa ocasión sostuvo en su homenaje a quien fuera en cuatro ocasiones senador nacional por la provincia de Catamarca.

Alberto Rodríguez Saá

“Hoy hacemos un alto en la labor estrictamente parlamentaria para tributar homenaje a un grande de la política argentina.

Repito que fue un grande y como senador me atrevería a decir que fue el primero entre pares.

Fue elegido siete veces senador nacional y sólo en cuatro ocasiones asumió la senaduría en 1946, en 1973, en 1983, oportunidad en la que fuimos sus colegas y también en 1986.

Considero que este homenaje además de destacar la brillantísima carrera política de este grande, aspecto que ya ha sido destacado por los señores senadores que me han precedido en el uso de la palabra, debe servir también para reflexionar sobre las virtudes cívicas de este político, caudillo de Catamarca, que algunos compañeros lo reconocieron como fundador del movimiento peronista y otros lo conocimos en el peronismo después de Perón, período que tuvo al doctor Saadi como uno de los principales protagonistas de las páginas que escribió nuestro movimiento en la historia argentina.

En este Senado supimos de su inteligencia.

Baste recordar el que fue para mí el primer discurso que le oí y que me despertó realmente admiración, aquella noche en la que discutimos la reforma al Código de Justicia Militar.

Fue un polemista.

Recuerdo las expresiones del señor senador Amoedo cuando se refirió a su célebre discusión en la cuestión del Beagle, donde puso la pasión de un grande defendiendo la soberanía nacional.

También conocimos del coraje del señor senador Saadi, quién supo de incomprensiones de violencias legales y también de las otras, las que se escudan en el terror.

Sin embargo nunca perdió la fe en sus ideales, no bajó sus banderas ni tampoco extravió su esperanza.

Quizás el aspecto más atrayente de este viejo y querido luchador era el de su optimismo, el de su dinamismo esperanzado.

Mientras muchos hombres de su época preferían transitarla con un estilo agrio, resignado, descreído y malhumorado, él supo cultivar la esperanza y una picardía no exenta de ternura y maestría.

A esta suma de virtudes podemos llamarla coraje cívico.

Recuerdo cuando hace unas pocas sesiones hicimos un reconocimiento al senador Saadi en ocasión de asumir la gobernación de Catamarca: el presidente de la Unión Cívica Radical, senador Otero, nos recordó este coraje cívico.

Lo pudimos ver aquella noche en que se discutía la cuestión del Beagle, el senador Saadi estaba prácticamente quebrado en su salud y sin embargo vino al recinto a sostener sus posiciones.

Pero algo que realmente despierta admiración y fue otra de sus grandes virtudes es la prudencia que lo caracterizó.

La prudencia es una de las grandes virtudes que debe reunir un político y nosotros conocimos de su prudencia permanentemente en este Senado.

Él levantó con intransigencia y con coraje cada una de las banderas que abrazó: las de nuestro glorioso movimiento peronista.

Sin embargo, sabía discernir perfectamente que era lo bueno y que era lo malo para la
Nación; cuando estaba en juego algo bueno para la Nación, el senador Saadi apagaba el fuego para lograr posiciones de conciliación y darnos permanentemente una lección de prudencia.

Como otra de sus grandes virtudes puedo decir que el senador Saadi fue un maestro.

Los que somos más jóvenes sabemos valorar cuando un político nos enseña, nos aconseja, nos hace conocer lo que para nosotros es desconocido.

El senador Saadi siempre estuvo acompañado de gente joven dispuesta a aprender, y él siempre estuvo dispuesto a enseñar.

Voy a recordar una anécdota.

Cuando este Senado trató el proyecto de ley de derecho a réplica, en el que estaba en juego de alguna manera la libertad de prensa, todos los medios de comunicación criticaban al Senado y al autor del proyecto, un senador joven de la Unión Cívica Radical, Ricardo Lafferriere.

En esa ocasión estábamos conversando con el senador Lafferriere frente a la banca del senador Saadi, y él nos dijo lo siguiente: “jóvenes senadores, ¿qué problema tienen?

-Ustedes han votado por el progreso, siempre que voten por el progreso no teman ninguna crítica”.

Este era el consejo sano de un viejo maestro.

Como peronista quiero reconocer al doctor Saadi su larga lucha al servicio de esta causa popular, acompañando a Perón en las importantes jornadas históricas abiertas el 17 de octubre de 1945 y, tras la muerte del líder, con su activa participación en la reorganización de un movimiento que lo tuvo como figura protagónica.

Nosotros acompañamos al senador Saadi en los momentos difíciles en que le tocó asumir la conducción del Partido Justicialista.

Recuerdo que él vivenciaba, nos explicaba, nos enseñaba cuál era el momento por el que estaba atravesando el peronismo.

En ese sentido él decía que estábamos en el plano inclinado, próximo a la fractura.

Por un lado se conjugaba en el peronismo la fuerza de la intolerancia; por el otro asomaba permanentemente el fantasma de la fractura.

Y en el Congreso de La Pampa, cuando asume la presidencia del partido, ratificada después en el Congreso de Tucumán, el senador Saadi comienza con prudencia política a levantar la bandera de la unidad, a terminar con todo vestigio de intolerancia y a consolidar la participación del pueblo peronista en la elección de sus representantes, que quedó afianzada en ese mismo congreso justicialista realizado en Tucumán al establecerse en la carta de nuestro movimiento la elección por voto directo, tanto de las autoridades del partido como de quienes iban a ser sus representantes en la fórmula presidencial.

Por eso les pido a los dirigentes de mi partido – y aquí pido a los señores senadores que me perdonen que hable como peronista – que reconozcan en el ex senador Saadi al hombre que trabajó por la reorganización y unidad de nuestro movimiento y que en los momentos difíciles para la vida de nuestro partido supo sacarlo de ese plano inclinado que él señalaba.

Para finalizar, deseo referirme muy brevemente a otro aspecto del perfil de ese trascendente político; el doctor Saadi como amigo.

Se ha destacado hoy que tenía la virtud de saber brindar y cultivar la amistad.

Suele decirse que es difícil cultivar la amistad y la política, que los amigos de la política son siempre transitorios y ocasionales; que los amigos de la política son siempre fruto de alianzas que se tejen y destejen en la complicada madeja política.

Sin embargo, este viejo pero siempre joven luchador me enseñó algo más profundo: que la amistad, la verdadera amistad, está más allá de las tácticas ocasionales y los acuerdos más o menos efímeros, más allá de los intereses sectoriales y las posiciones grupales.

Don Vicente gustaba practicar la verdadera amistad, que a veces sabe de sacrificios y renunciamientos.

Gustaba practicar esa hermandad profunda en que no solo se comparten ideas sino también sentimientos.

Porque todos sabemos que la efectividad es una fuerza conductora del mundo, generalmente de mayor dimensión aún que la misma inteligencia.

Y los que recibieron esa amistad lo saben.

También quiero dejar expresados mis sentimientos en este homenaje.

Ha muerto un gran argentino que además era un gran amigo.

En la gran causa de la liberación nacional su nombre ya está escrito con letras de inteligencia y coraje.

Aquí estamos quienes fuimos sus colegas, y sus amigos, junto a su familia, en este homenaje, para pedirle también a Dios que le permita descansar en paz”.

Suscribimos este homenaje todos lo que lo conocimos, colaboradores, amigos, militantes peronistas y también sus adversarios políticos que supieron que para Don Vicente primero está la Patria como lo demostró en plena Semana Santa cuando lo convocó el Presidente Alfonsín, después el movimiento y los hombres y mujeres que luchan por la justicia social, la soberanía nacional y la independencia económica.

Por eso saludamos la incorporación de Don Vicente Saadi a la Oesterheld porque seguimos creando el lugar para las utopías.