Cristina gobernaba y se comunicaba considerando a su interlocutor como alguien inteligente, adulto y dispuesto a reflexionar.

UNA BANDA DE ASALTANTES, UNA MANADA DE GARCAS, UNA ESTAMPIDA DE MEDIOCRES.

Por Carlos Balmaceda

El gobierno que los representa no ya políticamente, sino ontológicamente a ELLOS es una banda de asaltantes, una manada de garcas, una estampida de mediocres. Más se revela esto, más lo tienen que ocultar. La alienación no les da descanso. Vivimos a diario un escándalo de gente que ataca valores, posturas, ideas, con cifras, datos, titulares, zócalos, lugares comunes, y que, en realidad, lo que está haciendo es defenderse.

Por Carlos Balmaceda
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12/07/2017

Cristina gobernaba y se comunicaba considerando a su interlocutor como alguien inteligente, adulto y dispuesto a compartir ideas, reflexionar y cambiar su modo de pensar o hacer su aporte.

Cristina Fernández de Kirchner

Cristina exponía cifras, argumentos, ideas, adoptaba una posición ideológica y hasta existencial, y su propio cuerpo portaba un relato (mujer atravesada por la historia, el deseo, la sensualidad, mujer de sesenta amasada en los sesenta, mujer que rompió tabúes, militancia, pastilla, mujer que no llega virgen a conocer a Néstor, mujer cabrona, mujer coqueta, mujer ambiciosa)

Desde ese lugar hablaba, era un signo de voz ronca y cuerpo de mujer que entre otras cosas fue detestado por eso.

Le hablaba a la gente, como decíamos, considerándolos pares, adultos, compatriotas, en el sentido de que compartían una misma patria, un sentido histórico, parecidos dolores.

Por algo Cambiemos les habla como consumidores, vecinos, “gente”.

Sin clase social, sin género, sin historia, sin conflicto.

Porque habría, hay, una enorme cantidad de gente que no quería ser tratada como los trataba Cristina.

Gente que renuncia a la complejidad, al espesor humano, al riesgo prometeico de enterarse, de descubrir el fuego y entregárselo a otros, al riesgo platónico de salir de la caverna y contar.

Gente que quiere ser como Truman Burbank, el protagonista de The Truman show, pero, ya enterados de que son manipulados, hacer oídos sordos y complacerse en la manipulación.

Si yo trato al otro de un modo mejor o peor, si lo exalto o lo rebajo, si lo dignifico o lo desprecio, lo determino.

Es la vieja historia de padres que colocan en un lugar a sus hijos y así condicionan su vida, su subjetividad, el modo en que se piensan y ven.

Mi trato es una etiqueta, en los dos sentidos de la palabra: te considero un igual desde mi lugar de persona con deseos, proyectos, pasiones y mezquindades, te creo un igual desde mis conocimientos, pasado, desde el punto en el que empecé a ser ese que me impidieron ser para ser este que puedo, quebrando las imposibilidades, y eso, entre vos y yo, crea una etiqueta en el sentido ceremonial de la palabra: “esta es la etiqueta que te propongo, no será una cuchara para postre o un tenedor para pescado, sino una idea a transitar, un sentido de comunidad, un espacio ontológico en el que nos revolcaremos e intentaremos seguir siendo”

El otro sentido de la palabra etiqueta es más plano todavía: te etiqueto, creo que sos de esta manera.

En este caso, tal vez no sea en plan prejuicioso, por el contrario, te pongo una etiqueta que presupone vas a comportarte y pensar como más o menos imagino que en mis contornos comunitarios se estila.

Pero, y esto lo sabemos ahora, esta gente no quería ser tratada ni con ese manual de estilo humano, ni ser considerada como sujeto con derecho a pensar, rebelarse, salirse de las reglas.

Mientras Cristina les hablaba así, ellos optaron por el camino de una eterna infancia con todo lo irracional y mágico pero nada de lo encantador y adánico del niño.

Hoy ya sabemos lo que no imaginábamos en diciembre de 2015: optaron por el camino de una ignorancia soberbia, en la que toda fórmula, receta o idea adocenada se defiende a voz en cuello y con el convencimiento absoluto de que la realidad es así.

Pero siempre fueron eso; lo novedoso fue que el kirchnerismo, con todas sus debilidades y chambonadas, expuso ese estado.

Les hizo notar que había una caverna, un fuego sagrado, un decorado y miles de cámaras que los manipulaban.

Y ellos se horrorizaron y se volvieron contra el que los avispaba.

Por eso ahora, se modifica la táctica, se encara la comunicación desde otro lugar, se apela, para horror de algunos militantes, a un modo distinto de llegar a ese o a esa que no quiere lola con las advertencias y las revelaciones.

Volviendo a ellos, sabemos que vivir así no es gratis, porque es un vivir alienado, es decir experimentarse como alguien distinto al que se es en realidad.

Y para eso, hay que buscar permanentemente excusas, razonamientos ilógicos con envoltorio lógico y ayudamemorias del entramado de poder mediático.

Personalmente, jamás vi, en toda mi vida, tantas personas repitiendo tanta información a pie juntillas, dando detalles de cosas que no comprenden, convencidos con furia de datos y hechos con los que cierran toda discusión y reemplazan todo razonamiento.

El kirchnerismo fue una provocación a su modo de vida y a su manera de entender el mundo, pero, aceptémoslo, antes la provocación era gente como la que lee este muro, que los hacía incomodar, que los cuestionaba, que con su sola presencia generaba un chisporroteo feo en el alma.

La anomalía fue que esos raros que éramos y somos nosotros tuvieran un gobierno que los representara.

Eso fue el escándalo.

El hecho maldito del país burgués, en versión k, fueron artistas, trabajadores comprometidos, investigadores que apostaron a su país, gente del común que jamás había militado y lo hizo.

Ahora se supone que tenemos que volver al lugar invisible del que no debimos salir nunca.

Pero estamos, somos, andamos por ahí.

Y el gobierno que los representa no ya políticamente, sino ontológicamente a ellos (así como a nosotros nos representó en todo nuestro ser el kirchnerismo) es una banda de asaltantes, una manada de garcas, una estampida de mediocres.

Más se revela esto, más lo tienen que ocultar.

La alienación no da descanso.

Si uno viene a desnudarme las llagas, tengo que manotear el toallón para que no se vean.

¿Cómo hablarles, qué revelarles, qué compartir, qué nos siguen diciendo?

Veamos.

La mujer de la farmacia, que en la publicidad de Unidad Ciudadana dice “aposté” cuando quiere decir “voté”, “elegí”, “decidí por millones”, “puse a un plutócrata en el poder”, representa muchas de estas cosas.

Qué es apostar sino un azar, un juego.

Se apuesta por un caballo, por un número de la quiniela, por un galgo.

Apostar es tener corazonadas, jugarse a un pálpito.

Completa la idea con la frase “aposté por el cambio”.

Qué cambio.

Cómo se puede ser tan idiota en el sentido griego de la palabra.

Esa mujer está diciéndonos que un slogan vacío es la guía de su vida.

Frente a la evidencia de cambios, comparaciones y números, ante un aumento del consumo, ante el espesor de variables y porcentajes hechos vida, sonrisas, panza llena, la infeliz nos dice “aposté por el cambio”.

Graciela Ocaña

Al margen: dudo de que este tipo de testimonio sirva, porque es seguido de “no lo volvería a votar”, pero no sabemos si su elección seguirá la lógica de la apuesta: me gusta Stolbizer, me gusta Ocaña, nos podría decir, me cae simpática Bregman.

Volviendo entonces a mi punto, uno de los eventos más extraordinarios que vivimos, es de naturaleza colectiva pero privada, política pero íntima, societal y a la vez familiar.

Vivimos a diario un escándalo de gente que ataca valores, posturas, ideas, con cifras, datos, titulares, zócalos, lugares comunes, y que, en realidad, lo que está haciendo es defenderse.

Con virulencia, con malos modos, con formas desaprensivas e imbéciles, pero eso es lo que en el fondo están haciendo.

Mercedes Ninci

Para poner un ejemplo, Mercedes Ninci sabe, en un punto, que es una imbécil, sabe que es una defensora de las peores causas y una militante de la desigualdad.

Ese estado de Mercedes, esa cosita envarada, chillona y quilombera al pedo es como el estar de esta gente.

Un estar que revela el estado del alma.

En el fondo, hay un punto oscuro, un botón que dice “oprima aquí si quiere saber la verdad”, elija la pastilla azul o la roja, así que su vida pasa por gambetearlo.

¿Se les habla así a esta gente, vale la pena, o todo el mundo corre en dirección a una lobotomización colectiva y un estado de negación permanente?

¿Se tienen canales alternativos, modo lúcido y honesto y modo obtuso y negador?

Cómo hacer cuando el otro no quiere, cuando el otro se contenta con desfiles patrios como cuando éramos chicos, globos, bailecito, mirá qué bien cómo reconocen que se equivocaron, están aprendiendo y lo dicen, qué humanos son, y hay que darles tiempo.

¿Cómo hacer?

Por lo pronto. una sola cosa es segura: nosotros seguimos aquí, no somos invisibles, ya tuvimos nuestra representación ontológica en el poder y no somos invisibles.

Por eso es incorrecto decir que vamos a volver, porque existimos y estamos.

No pasa por nuestras efusiones, nuestros cantitos, que incluyen la soberbia camporista, el tacticismo de miras cortas del evitismo, el posibilismo pejotista.

Esas son condiciones políticas que pasarán, lo que es continuo, lo que estará aquí siempre serán esos dos bandos eligiendo pensar y no pensar, sentir y no sentir, ser o no ser.