Como dice la historiografía escolar, que Manuel Belgrano es el Padre de la Patria. Sería justo que se enseñara, además, que fue el primero en preocuparse por las mujeres pobres en el Río de la Plata.

BELGRANO Y SU PREOCUPACIÓN POR LAS MUJERES POBRES

Por Araceli Bellotta

Las pobres se cubrían con un velo blanco y eran las sirvientas del resto sin poder abandonar esa condición. Sostuvo Belgrano: “Con el trabajo de sus manos se irían formando peculio para encontrar pretendientes a su consorcio; criadas de esta forma, serían madres de una familia útil y aplicada; ocupadas en trabajo que les sería lucroso tendrían retiro, rubor y honestidad”.

Por Araceli Bellotta

El presente de la historia

19 junio, 2017

Manuel Belgrano fue secretario del Consulado entre 1793 y 1810, cuando abandonó su cargo el mismo día de la Revolución, el 25 de mayo.

Desde este puesto, como también desde su labor periodística, insistió en el rol que debían desempeñar las mujeres en la sociedad.

Hacía apenas tres años que Olimpia de Gouges había sido guillotinada en Francia, luego de que publicara la “Declaración sobre los Derechos de la Mujer” en la que proclamó: “La mujer nace libre y tiene los mismos derechos que el hombre. (…)

Si la mujer tiene derecho a subir al patíbulo, también tiene derecho a subir a la tribuna”, cuando el 15 de junio de 1796, Belgrano leyó su primera Memoria en la que señaló: “(…)

Se deben poner escuelas gratuitas para las niñas donde se les enseñase la Doctrina Cristiana, a leer, escribir, coser, bordar, etc. y principalmente inspirarles el amor al trabajo para separarlas de la ociosidad tan perjudicial más en las mujeres que en los hombres.

Entonces, las jóvenes aplicadas usando de sus habilidades, en sus casas, o puestos a servir no vagarán ociosas, ayudarán a sus padres, o los descargarían del cuidado de su sustento; lejos de ser onerosas en sus casas la multitud de hijos harían felices las familias”.

Enseguida, agregó otro argumento que denuncia una de las tantas opresiones que el género femenino debió soportar a la hora de contraer matrimonio y era la posesión de una dote para lograr un mejor o peor casamiento.

Aún las que querían ser monjas necesitaban de una dote para ocupar un mejor lugar en el convento.

Las que tenían dinero usaban un velo negro que indicaba que podían acceder a dirigirlo.

Las pobres se cubrían con un velo blanco y eran las sirvientas del resto sin poder abandonar esa condición.

Sostuvo Belgrano: “Con el trabajo de sus manos se irían formando peculio para encontrar pretendientes a su consorcio; criadas de esta forma, serían madres de una familia útil y aplicada; ocupadas en trabajo que les sería lucroso tendrían retiro, rubor y honestidad”.

En esa misma Memoria abogó por “el establecimiento de escuelas de hilazas de lana para igualmente desterrar la ociosidad y remediar la indigencia de la juventud de ambos sexos. (…)

Con él se daría ocupación a las gentes pobres, y especialmente a los niños, y aún a aquellas que no pudiesen abandonar sus casas se les podrían franquear la lana y utensilios para su hilado”.

Al año siguiente, en la Memoria de 1797, propuso la explotación del cultivo del lino y del cáñamo, y aclaró que ambos materiales, antes de ponerlos en el telar, precisaban de una serie de operaciones como “la siembra, siega, remojo, conocimiento a beneficio del sol, seca, ponerlo de mazo en hebras”, además del rastrillaje y el hilado.

“Ved aquí —sostuvo— un recurso para que trabajen tantos infelices y especialmente el sexo femenino, sexo en este país, desgraciado, y expuesto a la miseria y desnudez, a los horrores del hambre y estragos de las enfermedades que de ella se originan, expuesta a la prostitución de donde resultan tantos males a la sociedad, tanto por servir de impedimento al matrimonio como por los funestos efectos con que castiga la naturaleza este vicio: expuesto a tener que andar mendigando de puerta en puerta un pedazo de pan para su sustento”.

“El lino y el cáñamo —insistió—, como ya he dicho, tiene operaciones varias, y muchas de ellas pueden ejecutarlas las mujeres, y en efecto la ejecutan en los países en que se cultivan estos ramos, y se fabrican sus materias”.

Sin dudas, Belgrano estaba más que preocupado por las condiciones de vida de las mujeres humildes de su tiempo, pero además estaba convencido del rol cultural que ellas debían desempeñar en la sociedad.

Tanto, que en la misma Memoria, y como nota al pie de página, agrega: “Parecerá una paradoja esta proposición, a los que deslumbrados con la general abundancia de este País no se detienen a observar la desgraciada constitución del sexo débil.

Yo suplico al lector que esté poseído de la idea contraria, examine por menor cuáles son los medios que tiene aquí la mujer para subsistir, qué ramas de industria hay a que se pueda aplicar, y le proporcionen ventajas, y de qué modo puede reportar utilidad de su trabajo: estoy seguro que a pocos pasos que dé en esta aspereza, el horror le retraerá, y no podrá menos que lastimarse conmigo de la miserable situación del sexo privilegiado, confesando que es el que más se debe atender por la necesidad en que se ve sumergido, y porque de su bienestar que debe resultar de su aplicación, nacerá, sin duda, la reforma de las costumbres y se difundirá al resto de la sociedad”.

Es cierto, como dice la historiografía escolar, que Manuel Belgrano es el Padre de la Patria.

Sería justo que se enseñara, además, que fue el primero en preocuparse por las mujeres pobres en el Río de la Plata.

AB/

 

Fuentes:
Belgrano, Manuel. Medios generales de fomentar la agricultura, animar la industria y proteger el comercio en un país agricultor. Memoria leída en el Consulado de Buenos Aires. 15 de junio de 1796. En Memorias Manuel Belgrano. Biblioteca Página/12.
Belgrano, Manuel. Utilidades que resultarán a esta provincia, y la península, del cultivo del lino y cáñamo; modo de hacerlo; la tierra más conveniente para él; modo de cosechar estos dos ramos; y por último se proponen los medios de empeñar a nuestros labradores para que se dediquen con constancia a este ramo de agricultura. Memoria leída en el Consulado de Buenos Aires, en 1797. En Memorias Manuel Belgrano. Biblioteca Página/12.
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