Para conocer cuál fue el clima que rodeó la Revolución de Mayo, nada mejor que contar con el testimonio directo de uno de los participantes

25 DE MAYO DE 1810: ¡TENEMOS PATRIA!

Por Araceli Bellotta

Uno de ellos es la carta que el doctor Cosme Argerich le escribió a un amigo que estaba en Montevideo, una vez que regresó a su casa, después de la jornada del 25 de Mayo de 1810.

Por Araceli Bellotta

El Presente de la Historia

25 mayo, 2017

Para conocer cuál fue el clima que rodeó la Revolución de Mayo, nada mejor que contar con el testimonio directo de uno de los participantes, recuperado por Vicente Fidel López y publicado en 1885 junto con otras cartas que encontró “en el baúl de la parda Marcelina Orma”, que “había sido esclava del distinguido presbítero don Mariano Orma”.

López relata que Marcelina tenía 92 años cuando le dijo: “Cuando yo me muera, que ya ando de más en este mundo, le he dejar, niño, unos papeles”.

Uno de ellos es la carta que el doctor Cosme Argerich le escribió a un amigo que estaba en Montevideo, una vez que regresó a su casa, después de la jornada del 25 de Mayo de 1810.

“Buenos Aires, 25 de mayo de 1810, nueve de la noche

Mi querido Juan Ramón:

Hago un verdadero sacrificio poniéndome a escribirte, porque estoy muerto de cansado y con la cabeza un volcán.

La verdad es que no se puede describir la alegría y el bullicio del pueblo. ¡Somos libres, Juan Ramón…

Somos libres, y no alcanzamos todavía a darnos toda la explicación merecida de lo que decimos con estas mágicas palabras!

Yo mismo no alcanzo a darme cuenta de la inmensidad de esta dicha y bailo solo sin poder contenerme…

¿Pero qué estoy haciendo, cuando todavía no he cumplido con el deber de referirte lo que ha ocurrido?

Pues bien, óyeme. Anoche renunció Cisneros del todo, y quedó abolida la pérfida intriga de los faldonudos y gran bonetes del Cabildo.

Hoy de mañana insistían todavía en no admitirle la renuncia a Cisneros y en autorizarlo a que usase de la fuerza.

Cuando se supo que el Cabildo porfiaba en llevar adelante su maldita intriga e imponernos a Cisneros, se formó un grupo dirigido por Chiclana, French, el padre Grela, Planes y diez o quince más, que después de haberse encontrado con Rodríguez Peña y con Belgrano en lo de Azcuénaga, salieron gritando: ¡Al Cabildo! ¡Al Cabildo, muchachos!

El tropel se desató, y en un dos por tres, nos metimos con una bulla infernal en la galería de los altos.

Los faldonudos se asustaron”.

“La ceremonia fue solemne y tierna. A una señal que les hizo el Alcalde Mayor, los miembros de la Junta se postraron de rodillas por delante de la mesa municipal.

El Síndico le alcanzó los evangelios al presidente Saavedra, y le hizo poner sobre ellos la palma de la mano. Castelli puso la suya sobre uno de los hombros de Saavedra, Belgrano la puso sobre el otro, y sucesivamente los demás, los unos sobre los hombros de los otros.

 ¿Qué crees tú que hacíamos todos nosotros, sin excepción?

¡Llorábamos, y llorábamos todos de gozo, amadísimo Juan Ramón!

 ¡Llorábamos como unos niños.

Sentíamos el hálito de Dios sobre nuestras frentes al vernos pueblo libre, pueblo soberano, y a nuestros queridos condiscípulos y amigos en el solio de los virreyes…

¡Qué virreyes!

¡Al diablo los virreyes!

En el solio de la soberanía popular, que es más que los reyes.

 ¡Decirte el júbilo y el frenesí del pueblo, es imposible!

No tengo palabras con qué describírtelo y lo mejor es que tú mismo te figures cómo habrá sido, por lo que pasará en tu alma al leer todos estos detalles.

La tarde ha estado lluviosa, y a la noche ha continuado lo mismo, pero la calle del Cabildo, la de las Torres, la del Colegio y la plaza, llenas de gente y hasta de señoras con paraguas y con piezas de cintas blancas y celestes, cuyos pedazos andan repartiendo a los jóvenes.

Ha sido imposible iluminar la ciudad por causa de la lluvia y de la garúa.

Las candilejas se apagan, ha sido imposible encontrar faroles, no hay vidrios ni quien los arregle.

Miles de negros y mulatillos han luchado por guarnecer de candilejas las rejas de las ventanas y las cornisas de las puertas, ¡imposible!, se apagan.

Pero se ha recurrido a otro expediente: se ha hecho abrir todas las puertas e iluminar los zaguanes.

La mayor parte de las ventanas están abiertas e iluminadas por detrás de los vidrios con candelabros, y en las piezas hay niñas y señoras recibiendo a sus amigos, tocando el clave y bailando.

Yo no he visto jamás una alegría más expansiva ni más cordial.

No tengo fuerzas para escribirte más.

Te doy cien mil abrazos.

¡Tenemos Patria! Somos dueños de la tierra donde hemos nacido.

Cien abrazos de tu amigo y condiscípulo.

Cosme Argerich”.

 

Fuentes:
  • López, Vicente Fidel. Evocaciones Históricas. W.M. Jackson Editores. Bs. As. 1945