"El Big data es el arma impiadosa del renovado neoliberalismo que ya no toma esclavos, sino que pretende apropiarse se las almas y las mentes de todos"

LA BIG DATA

Por Daniel Santoro
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El Big data es el Dios del cálculo y la evaluación, es el total emplazamiento, un Leviatán de bits crecido al impulso de la nueva euforia tecnológica; sólo las madres, y el Big data, por diversos y dudosos motivos, podrían decir “yo te conozco”, en el Big data todas tus decisiones, tus intenciones, tus ilusiones y tus dichos serán manipulados con desamor y convertidos en mercancía.

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Por Daniel Santoro

Tiempo Argentino

05/03/2017

Big data, yo te conozco

Madres viles, tan pobres, preocupadas

que los niños conozcan la cobardía

para pedir un lugar, para ser prácticos

para no ofender las almas privilegiadas

para defenderse de toda piedad

Madres serviles, desde siglos acostumbradas

a inclinar sin amor la cabeza

a trasmitir a sus fetos

el antiguo, vergonzoso secreto

de conformarse con los restos de la fiesta

madre servil, que les enseñaron

como el sirviente puede ser felíz

odiando a quién está atado como él

Madres feroces, dispuestas a defender

ese poco que los burgueses poseen

la normalidad y el salario.

Madres feroces, que les han dicho,

¡Sobrevivan!¡Piensen en ustedes!

¡No tengan nunca piedad ni respeto!

Aniden en el pecho su integridad de buitres

Ahí las tienen, cobardes, mediocres, serviles,

feroces, vuestras pobres madres,

que no tienen vergüenza en saberlos

-en vuestro odio- incluso orgullosos.

Fragmento de “La balada de las madres”, Pier Paolo Passolini

(Traducción e ilustración Daniel Santoro)

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El poema “La balada de las madres” de Passolini me conmueve, siento que habla de mi madre y creo, sin ánimo de generalizar, que habla de las madres del pueblo; los pueblos fueron criados por éstas madres, las que le dijeron a sus hijos: “¡Sobrevivan!

¡Piensen en ustedes!”, ése es el último y desesperado consejo de una madre pobre que, con razón, sospecha que su pequeño hijo no lo va a lograr.

Ahora bien, si echamos un vistazo a los manuales de autoayuda, desde las terapias autoconscientes, hasta las del  “arte de vivir”, vemos que en todas resuena una renovada voz de la madre, que intenta ponernos a salvo de la hostil realidad,

“¡Sobrevivan!

¡Ustedes pueden!

¡Ignoren el asedio del inconsciente!

¡No tengan pensamientos negativos!

¡Rechacen la angustia a fuerza de voluntad!

¡Sean felices!

Y sobre todo, “no se junten con gente tóxica” nos recomienda el manual maternal (los melancólicos, con pensamiento crítico, son los que te intoxican).

Las cosmogonías orientales son un instrumento privilegiado de la autoayuda.

El zen, el tao, el budismo y sus meditaciones, por su estructura abierta a las interpretaciones, se utilizan fácilmente para el cálculo y la especulación instrumental, lo que hace posible que el desapego se reoriente hacia una codicia sin límites y sin culpa.

Las meditaciones, lejos de llevarnos a una profunda libertad que nos coloque en el confín de la experiencia del vacío, terminan en certezas sin significación y en el límite de la estupidez.

Así nos vemos repitiendo penosos mantras del estilo: “Crisis-oportunidad”, “Ocuparnos- no preocuparnos”, “Si sucede conviene”, etc.

En vez de propiciar un adelgazamiento del yo que revele su presencia ilusoria y nos permita atravesarlo, estas terapias nos devuelven el yo encarnado, gordo, glotón y malcriado, es el Zen para empresarios californianos.

sto no alcanza para un estar feliz en el mundo hay una batería de químicos a disposición.

“Kraft durch freude” era una consigna dirigida al pueblo alemán en la época del nazismo, quiere decir “fuerza a través de la alegría”, mucho de la autoayuda fue sistematizado en esa época (las revoluciones, al igual que el mandato bíblico, suelen reclamar sacrificios con alegría), tomándose diversos aspectos de la teosofía de Madame Blavatsky, se buscaba modelar el yo ario, blindado, que pudiera acompañar dignamente la supremacía racial; en cierto modo, el emprendedor moderno, el empresario de sí, entrenado en las diversas cosmogonías de la eficiencia, vendría a ser el nuevo superhombre; capaz de llevar al máximo su rendimiento, y más aún, es que nadie sabe lo que puede un CEO, un CEO con el yo ultra reforzado.

Menos aún podemos saber lo que puede el Big data, aunque lo sospechamos.

El Big data es el Dios del cálculo y la evaluación, es el total emplazamiento, un Leviatán de bits crecido al impulso de la nueva euforia tecnológica; sólo las madres, y el Big data, por diversos y dudosos motivos, podrían decir “yo te conozco”, en el Big data todas tus decisiones, tus intenciones, tus ilusiones y tus dichos serán manipulados con desamor y convertidos en mercancía.

Los emprendedores serán sus únicos privilegiados, super hombres super conectados, formados en la catequesis de interminables charlas TED, donde se da testimonio de numerosos milagros de auto superación.

El ideal es un individuo refractario, auto bloqueante, aislado y precavido a la hora de establecer lazos sociales que no sean los de su equipo de trabajo, dispuesto al sacrificio personal en aras del lucro ilimitado.

Por el contrario, si alguien repara en la existencia de un poder financiero o económico concentrado, o mantiene una postura ideológica crítica, será rechazado y visto como un paranoico peligroso que viene a destruir la naturalidad del sistema, pensarán: “Si después de todo las empresas son logros morales individuales, que a la vez mantienen un cúmulo de ONG’s ecológicas  y humanitarias, como sociedades de socorros mutuos, que incluso pagan su libra de carne y realizan su sacrificio pedagógico para enseñarnos el camino de la auto-realización.”

El Big data es el centro de un escrutinio de dimensiones bíblicas, es el arma impiadosa del renovado neoliberalismo que ya no toma esclavos, sino que pretende apropiarse se las almas y las mentes de todos, incluidos los miles de millones que marchan al descarte detrás de los muros, o los que, con suerte, serán “empleados felices”, condenados a vivir en la incertidumbre.

 

NOTA DEL AUTOR: “Gracias a Jorge Alemán por las generosas conversaciones.” (Daniel Santoro)