No me complace escribir notas con títulos que cargan cierto estrépito. Hay metáforas tan fuertes en la vida que empozan el alma. Pero mirando uno de los grandes cuadros de Rembrandt –el Buey Desollado, una obra de iniciación, que como todo en él, es un gran claroscuro que aún emociona–, se me ocurrió de repente pensar en lo impensable.

LA ARGENTINA DESOLLADA

Por Horacio González

Se desolla a un país cuando se le arranca una espesa recubierta que de una manera u otra es la que lo ha sedimentado históricamente. En ese ámbito bien o mal arropado se resguardan las antiguas y modernas efusiones de una sociedad complicada y con viejas desesperaciones, explícitas o contenidas.

 

 

 

 

Por Horacio González

 

 

No me complace escribir notas con títulos que cargan cierto estrépito. Hay metáforas tan fuertes en la vida que empozan el alma. Pero mirando uno de los grandes cuadros de Rembrandt –el Buey Desollado, una obra de iniciación, que como todo en él, es un gran claroscuro que aún emociona–, se me ocurrió de repente pensar en lo impensable. Que es en definitiva en lo que siempre vale la pena pensar. Desollar… un golpe oscuro y negro para pensar la historia. Pero no se refiere a un imaginario o concreto matadero de Echeverría, ni imputa de inconcebibles brutalidades a nadie en especial. Trata, en cambio de ubicar un estilo político, una manera de pensar las cosas de la historia que vivimos en común.

Se desolla a un país cuando se le arranca una espesa recubierta que de una manera u otra es la que lo ha sedimentado históricamente. En ese ámbito bien o mal arropado se resguardan las antiguas y modernas efusiones de una sociedad complicada y con viejas desesperaciones, explícitas o contenidas. En las difíciles molduras de la historia del país, de esas membranas nacionales que son de superficie y también actúan “de profundis”, están sus conflictos, sus imposibilidades, sus esperanzas. Desollarlas, en el mejor de los casos, es reemplazarlas por capas de frágiles palabras plastificadas, enfoques humillantes, estilos persecutorios, imposiciones intolerables, a veces públicas, a veces sigilosas, con el agregado de arbitrios generalizados de vigilancias secretas. Decir esto no es un ataque artero; es una preocupación comprensible sobre si estamos marchando hacia una semidictadura.

Escuchemos a Macri mientras es alcanzado por hechos que no diferencian su condición de Empresario Privado y de Presidente, como si hubieran sido soldados electrógenamente por un soplete de gas obtenido de una vaca muerta desollada. ¿No está suficientemente probado que favorece desde el Gobierno cuya presidencia ocupa, a las Empresas familiares, o paternales, que por supuesto no pueden no incumbirle ¿Y qué dice? ¡La puta, que es lindo estar vivo! Con tal exclamación que simplifica goces cotidianos profundos, algo grave sentimos que ha ocurrido, que algo esencial ha quedado desollado. Queda desollado lo que representa ese sedimento curtido del país, sus vidas laborales, políticas, culturales, científicas y jurídicas en debate.

Desollar implica no dar paso a ningún debate efectivo, solo simulacros, solo un grupo de extraviados fiscales, espectros obsesionados al borde de grúas y alfombras voladoras, que están haciendo crujir la justicia, sus mínimas nociones, sus hasta ahora más o menos verosímiles contactos con probanzas y testimonios. La desollan como en ningún otro momento de la historia de las ciencias jurídicas argentinas, para tomar solo este ámbito. Las escuchas clandestinas introducen una obsesión autodestructiva, tal como la expresaba muy bien Gene Hackman en la película de Coppola, La conversación. Todo podía captarse, y todo podía mostrar que el interceptor de secretos nunca más iba a jactarse de ningún hedonismo de control de los otros. Él mismo iba a quedar perseguido por fantasmas que decían a los gritos sus propias pesadillas.

Juristas y grandes abogados, hayan sido políticos o no, hacen a la lista siempre titilante de los pensamientos que fundaron este contradictorio país…¡Están siendo desollados en su memoria! ¡Los pobres! Mariano Moreno, Alberdi, Vicente Fidel López, Cooke, Moisés Lebenshon, Vélez Sarsfield, Leandro Alem, Ricardo Levene, Cuchi Leguizamón, Carlos Cossio, Arturo Sampay, Silvio Frondizi, Juan Agustín García, Arturo Jauretche, Adán Quiroga, Ernesto Palacio, Carlos Sánchez Viamonte, Joaquín V. González, Deodoro Roca, Héctor Tizón, Juan Filloy, Gustavo Roca, Ortega Peña, Eduardo Luis Duhalde, Osvaldo  Álvarez Guerrero, Rodolfo Mattarollo, Norberto Centeno, Lisandro de la Torre, Alfredo Palacios, Strassera… cito hasta donde me da el vértigo de la rememoración; es lógico pensar que no solo fueron los abogados, jueces y constitucionalistas los que hicieron este país, muchos de ellos también historiadores, músicos o literatos, ¡pero qué espejo para que se miren los fiscales desolladores! Un personaje de Arlt diría ¡qué ensalada! Pero en esta ensalada, hoy en peligro, se aceitó el país.

La  lista es incompleta, parcial, heterogénea, si se quiere, irreconciliable en sí misma para otras cuestiones que también importan, pero todo eso es un país. Ese todo discordante con su sumatoria imposible, su imposibilidad de cierre, incluyendo todo el procerato liberal y republicano de antiguas prosapias, a ese conjunto discordante y singular… a ese también lo desollan, sí, lo desollan. No les importa nada. Todo lo quieren expurgar, arrancar de cuajo y en su inmensa irresponsabilidad pueden gritar por twitter, mail o Facebook: “puta qué es lindo estar vivo”.

Desollar es un poco más que manipular y tanto como la profunda ineptitud de omitir la responsabilidad individual en recusables negocios propios que ellos miran como si fueran ajenos, como sacudiéndose miguitas de la solapa. Solaparon, desollaron un sentido elemental de lo injusto cuando encarcelaron a Milagro Sala sin argumentos válidos, que fueron a buscar después, apurados e inveraces. Justicia a posteriori, pero primero encarcelar, y con el criterio amigo-enemigo,que le criticaron a los otros.

Desollan también el pluralismo, con el que tanto cacarearon. Desollar es el proyecto de cooptación de “arrepentidos” más enorme y cruel que se haya desplegado en este ciclo tan defectuosamente democrático, que con ellos ingresa a un grave cono  de sombra. Defectuoso porque desollan y desollan, desollan ellos y desollan ellas, agraciadas ministras y gobernadoras, en las sombras o a la luz. Arrancan vestimentas peronistas y cegetistas, ahúman ropajes radicales, tienen agarrados por las canicas a demasiados socialistas (en todo estos casos con excepciones valiosísimas, protoformas del futuro Frente de reparación colectiva). Vulneran hasta las fachadas de las que habló Viñas, hasta los frontispicios de los que habló Perón, hasta las frases que pronunció Yrigoyen (“se precisa un alma recia para no embotarse en los dardos de la perfidia”) y hasta los “estoy persuadido” del estimable acervo de Alfonsín.

Desollan y arrancan la memoria de los derechos humanos con balbuceos falsos, hipótesis numéricas, un procedimiento contable contra lo que cuenta realmente la historia. Al proyecto de latinoamericanismo abierto le cierran la frontera (y tienen para inspirarse en el desollador de inmigrantes de los Estados Unidos Desollados). No son exactamente lo mismo, pero desollar, desollan parecido. Aquellas coberturas históricas que mencionamos, todo lo irregulares y escasas que se quieran, con sus arcaísmos resistentes y sus novedades que aunque no siempre fueron certeras intentaron desgastar, apenas erosionar a los grandes intereses del poder financiero-comunicacional, pueden pasar ahora al olvido o someterse al blanqueo de capitales simbólicos de algún piadoso historiador de la Casa Rosada, contratado para poner en la terraza una huerta perdonavidas y emblanquecedora del incómodo pasado. ¡Qué planten tomates donde estuvieron Sarmiento y la foto de Salvador Allende, entre tantas otras evidencias de que el huerto de la historia resistirá!

En esta Remodelación de toda la memoria transcurrida exclaman, lo escuchamos, ¡Qué Bueno es Estar Vivo!, y cuando revisan sus papers, protocolos y recuerdos de películas que no eran,para empezar, ni de Rossellini ni de Hugo del Carril, se sienten los Vivos para dale que te dale, erradicando lo que ya dijimos, como lo pintó Rembrandt al Buey, colgado del gancho… inerte, iluminado con el resquicio de la misma luz de las pinturas de las Regentes y de los Médicos anatomistas de Holanda… Otro gran pintor, Francis Bacon, retomó el tema del desollamiento. ¿Es tema de la gran pintura? Sí, pero también de la triste pintura de esta época argentina.

¿Dólar a futuro? Investigan una decisión económica bajo los parámetros legales del Estado, cuestión con la que se enriquecieron ellos, los ya ricos y ricos en acusaciones vacías también. Pero desollan a los funcionarios anteriores, los de la herencia. Se explica esa frase, pesada herencia, porque sale de la cuchilla del matarife que memoriza bien su pasado de cortaduras y punciones, del que corta la cosa viva para que la pinte Rembrandt: eso que quedó retratado luego que ellos pasaran la cuchilla del Fiscal, que no son muchos, son pocos, pero rellenan el Arquetipo del fanatismo del Perseguidor.

¿Qué más arrancan? ¡Que hable el verdadero Fiscal Rembrandt! Arrancan por forzamiento inusitado la idea de que Nisman fue asesinado, violentando investigaciones previas, indicios de gran elocuencia que desmienten las excedidas truculencias. Las contradicen tanto el sentido común y el de las ciencias jurídicas más elementales, todo junto… y así promulgan dictámenes en medio de modestas saturnales –son apenas el desenfreno de sus infinitos pretextos y excusas– hasta escuchar el árido chasquido con que ropajes indeclinables se separan de un cuerpo, el cuerpo social de un país, su memorias de luchas, realizaciones, fracasos y consuelos.

Marx escribió que en la Argentina del siglo XIX se desollaba al ganado y se aprovechaba solo el cuero, despellejado como los proletarios. El ejemplo era para criticar el trabajo fabril que él vio en Inglaterra. El ejemplo, para la época en que lo da –en 1867–, ya era anticuado, pues aquí ya había frigoríficos. Según recuerdo, esto puede leerse en El Capital; quien lo busque con paciencia lo encontrará. Aunque anacrónica, y extraña en el siempre bien informado Marx, vale esta mención. Despellejar mientras se muestran serviciales, amigos de las cloacas en los asentamientos precarios –bienvenidos–, paseándose jactanciosos por la Villa 31. Se lo reconocemos, créanlo. Ya tienen, por lo demás, la foto atronadora de López encasquetado. Con el rostro de Jano miramos hacia ellas con la misma preocupación cívica de siempre, la necesaria crítica en ristre, y hacia el lado en que están los desolladores, con la extrema tristeza de un país que se le va escurriendo a los trabajadores, los ciudadanos, los científicos y científicas, las maestras y maestros, a las mujeres activas que se hacen cargo de sus propios horizontes de emancipación y recogen ansiedades que son de todos.

Y ellos… ellos son ajurídicos, asociales, pero tienen de la clásica voluntad de poder un aspecto desorbitado, del que hasta se sienten inocentes. Nadie que haya sido autoritario en la Argentina en cualquier nivel que sea, llegó a tanto. Se trata en el fondo de un poder gerencial que como epistemología básica,se dice a sí mismo que no precisa leyes, en el colmo del decisionismo expresado en el “puta qué lindo es estar vivo”. Será una cosa dicho por Alterio, pero otra cosa distinta con la cuchilla del desollador en la mano y arrancando lonjas de la memoria social y política de este país en carne viva.