–Señores, el Dictador acaba de abordar un avión en Asunción. -¿Ya? Se me paralizó el corazón.

19/ MEMORIAS DE UN NIÑO PERONISTA / “EL TIRANO ERRANTE”

Por Teodoro Boot

Para cuando volví a la realidad, Miguel intentaba explicar a un desconfiado Carlitos Culacciati que Perón no se había ido en la cañonera sino en un hidroavión de la Fuerza Aérea Paraguaya. –Evitando violar el espacio aéreo argentino. De otro modo, nuestros gloriosos pilotos navales lo hubieran derribado.–Un momento, Miguel –dijo el doctor con gesto severo–, que el dictador se había acogido al derecho de asilo.

Por Teodoro Boot

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03/02/2017

El Packard del doctor llegó a toda velocidad por Lascano y estacionó tan violentamente que pensé que subiría el cordón y seguiría por la vereda hasta estrellarse contra el enorme plátano que se alzaba entre la vereda del bar y la de don Santiago.

Era sencillo distinguir una vereda de la otra: las baldosas de don Santiago, color ámbar, tenían listones verticales; las del bar, grisáceas, estaban compuestas de nueve cuadrados.

De trazarse una línea imaginaria a través del tronco del árbol que partiera desde la divisoria de las veredas, era fácil concluir en que la mitad oriental del plátano pertenecía al bar, y la mitad occidental, a don Santiago.

Pablito Serún realizaba esta operación cartográfica prácticamente todos los días, no porque estuviera preocupado por determinar quién era el dueño de qué parte del árbol –lo que carecía de utilidad práctica– sino porque pretendía dejar perfectamente clara y establecida la soberanía sobre el cuadrado de tierra en el que el plátano estaba emplazado.

–Esta parte di acá i noistra, Radolfo. La di ayá, dil viejo ese.

Mi tío asentía, paciente como un monje tibetano.

–Ya sé, Pablito.

El budismo no había conseguido perforar la coraza itálica de Carlitos y Alberto Culacciati.

–Cortala con el árbol, Pablito.

–Ya tenés podrido a todo el mundo.

–¡Todos los días la misma cantinela!

Pablito había decidido ignorar a los Culacciati.

–Vos sabés, Radolfo. Il viejo también sabe.

–Sí, Pablito –decía mi tío.

–¿Y entonces mi poidés decir por qué pone tacho di basura di este lado del árbol?

Era inútil que mi tío explicara que don Santiago ponía el tacho de su lado del árbol, que eran los recolectores los que, una vez vacío, lo arrojaban en la vereda del bar.

Para Pablito, los recolectores estaban conjurados con don Santiago, como los alemanes y los rusos cuando se dividieron Polonia.

–Si quieren quedar con tu vereda, Radolfo.

Yo ya vi en la guera.

El doctor bajó apresuradamente del enorme y brilloso automóvil y en su atolondramiento tropezó con el tacho de don Santiago.

Ahogando un insulto, le dio un puntapié y el tacho rodó hacia la calle.

Las facciones de Pablito se retorcieron en una mueca de horror.

Hacía unas semanas no había tenido mejor ocurrencia que hacer exactamente, aunque en forma más tosca, lo que con singular elegancia acababa de llevar a cabo el doctor, con tan mala fortuna que el tacho fue a parar bajo las ruedas de un colectivo de la línea 69 y terminó, completamente inservible, casi en la cuneta de Caracas.

Fue entonces que Pablito probó en el lomo la consistencia del ancho cinturón de cuero de don Santiago, de manera que tenía sus buenas razones para salir corriendo y rescatar el tacho antes de que pasara un colectivo.

En su apresurada huida, se llevó por delante al doctor, que entró al bar alisándose las solapas del saco al tiempo que protestaba contra los inmigrantes húngaros y rumanos.

No bien traspuso la puerta de Lascano, sin decir agua va, el doctor anunció:

–Señores, el Dictador acaba de abordar un avión en Asunción.

¿Ya? Se me paralizó el corazón.

Hacía un mes que se había refugiado en la cañonera paraguaya, ¿y ya emprendía el regreso?

Me senté en una de las mesas y abrí la libretita.

Repasé las hojas con desazón: los informes que tenía eran magros y tal vez hasta intrascendentes.

¿De qué podía servirle a Perón que yo le dijera lo del estupro y la traición a la patria, si él ya debía saberlo mejor que nadie?

Me conformé pensando que al menos la lista de testaferros le sería útil para recordar los nombres y así impedir que se rajaran con la plata de los negociados y el oro que se había robado del Banco Central.

No podía saber si había anotado a todos, pero la lista era lo suficientemente larga como para que me premiara con una medalla de la lealtad y una pelota de fútbol número 5 con gajos de cuero.

Para cuando volví a la realidad, Miguel intentaba explicar a un desconfiado Carlitos Culacciati que Perón no se había ido en la cañonera sino en un hidroavión de la Fuerza Aérea Paraguaya.

–Evitando violar el espacio aéreo argentino.

De otro modo, nuestros gloriosos pilotos navales lo hubieran derribado.

–Un momento, Miguel –dijo el doctor con gesto severo–, que el dictador se había acogido al derecho de asilo

Instintivamente, miré a mi tío, que escuchaba boquiabierto.

–Sería bueno recordar cómo lo respetó él.

Finalmente, las palabras consiguieron salir de la garganta de mi tío Rodolfo

–Al asilo también…

Miguel se veía indignado.

–Acuérdese del levantamiento popular de 1949 en Paraguay contra el régimen fascista que gobernaba ese país.

Después de varias semanas de lucha, las tropas revolucionarias, con la ayuda de obreros y campesinos, se encontraban a las puertas de Asunción.

Cada vez eran más las unidades del ejército que se plegaban al levantamiento.

En ese momento llegó el cargamento peronista de armas modernísimas.

Los revolucionarios, que no lo esperaban, recibieron asombrados una lluvia de metralla y fueron dispersados y masacrados.

–Pero esto no se relaciona lo más mínimo con el derecho de asilo…

Por primera vez, Miguel parecía llevar la voz cantante en la conversación.

–¿Ah no?

Muchos de ellos, después de arrojar sus armas al río, o de esconderlas, cruzaron la frontera.

Los que tuvieron la desdicha de refugiarse en Argentina siguieron aquí otra vida de penurias y persecuciones.

El doctor asintió.

–Es verdad. Recuerdo el caso de Obdulio Barthe…

–Capturado en Buenos Aires, fue puesto en manos de Lombilla y Amoresano…

¡Otra vez esos dos!

–… hasta que, misteriosamente, como por arte de magia, Barthe apareció en el Chaco y pasó secretamente al Paraguay…, donde lo esperaba la policía.

¿Cómo pudo haber escapado de las garras de esos esbirros?, se preguntarán ustedes.

De las expresiones atontadas de los presentes era fácil deducir que ninguno se preguntaba nada.

A Miguel le daba igual:

–No, señores, no escapó; lo llevó Perón.

¿Fue o no fue esa una clarísima violación del derecho de asilo?

Mi tío miraba a Miguel con una mezcla de horror y fascinación.

–¿Lo violó?

–Fue bárbaramente maltratado –exclamó Miguel, fuera de sí–.

Baste decir que salió de las mazmorras del régimen estronista recién el año pasado, casi ciego.

Así respetaba el Tirano las leyes internacionales.

Y ahora pretende acogerse al derecho de asilo.

Mi tío meneó la cabeza.

–La verdá…

Por las dudas, mojé la punta del lápiz y escribí “estronita”.

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Sonaba a ser extraterrestre, como los hombres lagarto, los selenitas o los marcianos de Flash Gordon.

–Pero no debe olvidar, Miguel, que el presidente provisional ha asegurado la vigencia de las instituciones democráticas y el respeto a las leyes…

Ese día, Miguel debía haberse levantado con dolores en los callos del pie.

–¡No me hable del gobierno provisional, don Julio!

Ahí lo tiene al canciller Amadeo salvando la vida de Perón.

Yo estaba con el lápiz listo ¿Amadeo qué?

Se me había escapado el nombre de ese canciller que había hecho algo tan trascendental como salvar la vida de Perón.

Pero más importante ¿qué era un canciller?

–¿Cómo que lo salvó? –preguntó el Pelado.

–Al abordar el bote que debía trasladarlo hasta el hidroavión –explicó con calma el doctor Rofo– el Dictador perdió pie y estuvo a punto de caer a las frías aguas del Plata.

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Avión Catalina PB-Y-T-29, de la fuerza aérea paraguaya. Piloteado por el capitán Leo Nowak, este aparato transportó a Perón a Asunción.

El canciller, que es un caballero, lo sujetó de un brazo.

–¡Qué caballero ni qué ocho cuartos! –bramó Miguel–

¡Es un alcahuete del clero!

El doctor pidió a mi tío un vaso de agua y se lo alcanzó a Miguel.

–Tranquilícese hombre, que le va a dar un soponcio.

Mientras Miguel vaciaba el vaso con ansia, Carlitos y Alberto Culacciati consiguieron salir de su estupor.

–Pero al final ¿viene o no viene? –preguntó Carlitos

–¿Quién?

–¿Cómo quién, dotor? –protestó Alberto– El prófugo.

El doctor demoró en comprender.

Cuando lo hizo abrió muy grandes los ojos.

–¿El Dictador? ¿Pero cómo se le ocurre?

–Usted dijo que había subido a un avión –explicó el Pelado.

–¡Para seguir su huida!

–Sí –añadió Miguel, ya recompuesto–.

Huye porque se sabe traidor a la patria.

Pero no vayan a creer que huye por vergüenza ni para evitar la condena de la ciudadanía.

Huye cargado de oro a disfrutar en otras tierras el fruto de su traición y su latrocinio.

El doctor acabó de encender su puro.

–Dice usted bien, Miguel.

Huye porque sabía que lo único que tenía era el apoyo de un pueblo noble y patriota, al que engañó hasta el último día de su tiranía y hasta el último acto de su gobierno.

–Nos engañó a todos –confirmó el Pelado.

Carlitos y Alberto Culacciati aprobaron con cabeceos de asentimiento.

–No a mí –gritó Miguel–, no a los socialistas.

El Mudo dejó el teléfono y escupió una hebra de tabaco.

–Che, ¿Borlenghi no era del mismo partido que Dickman?

–¡No hablés de ese crumiro traidor de los empleados de comercio!

–Un cínico superlativo –acotó el doctor– que se convirtió en ejecutor intermediario de toda la represión oficialista.

Levanté la mano.

El doctor me miró desde las alturas, envuelto en el humo de su cigarro.

–¿Sí, niño?

–¿No vuelve, entonces?

–No temas, argentinito del futuro.

El dictador se aleja, huye y ya no volverá.

¿Como va a volver el que engañó al obrero, el que empobreció al campesino, el que prometió a las mujeres igualdad de derechos y luego les ofreció prostíbulos como solución a la desocupación?

¿Cómo va a volver si auguró una nueva vida a la juventud y sólo le trajo viejos vicios?

¿Cómo va a volver el que oprimió a la patria, esclavizó y asesinó a sus hijos, insultó a su pueblo y enemistó a los hermanos?

–Asesinó a los hijos… –se horrorizó mi tío.

–¡El Tirano es responsable de múltiples atropellos!

¡Por eso se aleja! ¡Por eso huye!

¡Por eso no volverá!

Por eso será para siempre el Tirano Errante.

–Miguel está en lo cierto –sentenció el doctor Rofo–.

El telón se ha descorrido.

Las revelaciones sobre la corrupción y los grados de degradación a que llegaba el gobierno son tan grandes y tan graves que todavía están atónitos los argentinos.

La desbandada de todos los cómplices en la más colosal estafa que ha sufrido la nación es por sí misma demasiado elocuente para dejar dudas.

–El telón se ha descorrido –repitieron Carlitos y Alberto Culacciati.

–Sí –prosiguió ahora Miguel–, y cada vez más aparecerá Perón en el centro de todos los males del país, como responsable directo o complicado a sabiendas en todos los negociados.

–Y el órgano que durante años aturdió a la opinión pública con sus mentiras, la ex Secretaría de Prensa y Difusión, ahora al servicio de la verdad, la libertad y la democracia, irá repartiendo en un interminable acorde por radios, revistas, cines, escuelas, carteles, una sola consigna: el Dictador ha caído.

En el libre ejercicio de todos sus derechos cívicos, el hombre liberado podrá al fin razonar y elegir su camino.

Cuando eso ocurra, ¿quién elegirá el de Perón?

Mientras todos aplaudían las palabras del doctor, petrificado en su mesita de siempre, con la vista clavada en una mancha de la pared, don Manuel alzó una mano temblorosa.

Mi tío sirvió dos vasos de ginebra y yo fui a la terraza, pensando en la número cinco que me regalaría Perón en cuanto aterrizara.

Nadie debía saber de dónde la había sacado.

Mi viejo me obligaría a devolverla y de ningún modo quería llevarla hasta Olivos.

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La quinta debía estar llena de chicas de la UES y, en mi experiencia, las chicas eran tontas, andaban en bombachones negros, se reían de cualquier cosa, y molestaban mucho.

Y capaz que hasta me ponían un apodo.

Imagínense.

Si se habían animado a llamar “Pocho” nada menos que al general Perón, un presidente de la nación que desfilaba en un caballo imponente, había matado a su cuñado y ponía bombas en los actos que él mismo convocaba, ¿qué apodo ridículo podrían llegar a ponerme a mí, que era apenas un niño?

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No señor, ni loco iría a devolver la pelota.

Mejor le diría a todo el mundo que me la había regalado mi abuelo, que era socialista de Palacios y hacía cosas raras, como enseñarme a vivar a Perón cada vez que pasaban los aviones a chorro.

TB/

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