El presidente filipino Rodrigo Duterte ha abierto una grieta en el entero esquema estratégico estadounidense en el Pacífico. Por ello cabe esperar que en cualquier momento la ira de Washington se abata sobre él.

LA FALLA DE FILIPINAS: EL CASO DUTERTE.

Por Enrique Lacolla

Duterte (FOTO) presidente filipino, ordenó la suspensión de los ejercicios conjuntos con la marina norteamericana, suspendió el contencioso con China en torno a las islas Spratly, está reclamando la salida del país de las bases estadounidenses y ha realizado una visita a Pekín, acompañado por los altos mandos del ejército y por empresarios de primera línea.

Por Enrique Lacolla

NAC&POP

09/01/2017

El presidente filipino Rodrigo Duterte ha abierto una grieta en el entero esquema estratégico estadounidense en el Pacífico.

Por ello cabe esperar que en cualquier momento la ira de Washington se abata sobre él.

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Rodrigo Duterte, el nuevo malo de la película.(Foto)

En una nota reciente (“El siniestro legado de Barack Obama”, del 11.10.16 -repetida abajo-) hicimos referencia a Rodrigo Duterte, el nuevo presidente filipino que, en los pocos meses que lleva de mandato, ha revolucionado la política exterior de su país.

Aunque los medios occidentales hayan preferido resaltar los contornos que estiman brutales de su lucha contra el narcotráfico y a la propensión al exabrupto injurioso o irreverente que parece ser parte de su personalidad.

Duterte se perfila como otra de esas figuras inconvencionales, reñidas con la discreción y el equilibrio que suelen exigirse de los jefes de estado, que están poblando cada vez más el escenario internacional.

Como por ejemplo Kim-Jong-un o el mismísimo Donald Trump.

Pero esta floración de personajes de corte irreverente que están ocupando el primer plano, ¿es la expresión de un mero pintoresquismo, de una variante escénica dirigida a un público elemental, o se trata más bien de la forma que de ventilarse tienen los datos de la realidad, a través de personajes que evitan los circunloquios y la hipocresía de la corrección política?

Nos inclinaríamos por la segunda hipótesis.

El caso de Duterte es extraordinario no sólo por los rasgos de su carácter sino porque su ascenso al poder en Filipinas y el curso que no ha vacilado en tomar no bien inició su mandato, están indicando un viraje o un punto de inflexión estratégico en una de las áreas decisivas de la política global.

Como lo apuntáramos en la nota que mencionamos antes, Duterte ordenó la suspensión de los ejercicios conjuntos con la marina norteamericana, suspendió el contencioso con China en torno a las islas Spratly, está reclamando la salida del país de las bases estadounidenses y ha realizado una visita a Pekín, acompañado por los altos mandos del ejército y por empresarios de primera línea.

Ahora ha recibido a la visita de dos navíos de guerra rusos, cuyo jefe, el contralmirante Edouard Mijailov, ha anunciado el propósito de la marina de su país de realizar ejercicios conjuntos con la armada filipina.

Se diseña así un arco marítimo donde se perfilaría un cambio dominado por la presencia rusa, china y filipina, que debilitaría la presencia de los Estados Unidos y afectaría profundamente a Japón, ya muy herido por el hundimiento del Tratado Transpacífico, del que virtualmente ya se han retirado Vietnam y Filipinas, y al que Trump acaba de descartar como una opción deseable.

El diseño de una alianza económico-militar entre China, Rusia y Filipinas afectaría la seguridad y la comodidad con que hasta ahora se movía la dupla Tokio-Washington.

Son muchas cosas las que penden en la balanza debido al brusco viraje de Filipinas.

¿Pero es de veras tan brusco?

¿O es la consecuencia de la reacción contra los largos años de coerción política y condicionamiento psicológico de su pueblo?

Para comprender el curso que están tomando las cosas habría que tener en cuenta un poco de la historia de ese país.

Filipinas estuvo varios siglos bajo el dominio colonial español –su nombre deviene del de Felipe II, y los apellidos de muchos de sus ciudadanos también tienen origen hispánico-, pero la guerra que la liberó de la dominación española coincidió, por desgracia, con el conflicto hispano-estadounidense de 1898, prontamente resuelto a favor de Estados Unidos.

Fue el salto a la categoría imperial de la república norteamericana y, en la estela de ese paso, la independencia filipina quedó rápidamente en agua de borrajas.

Pasando olímpicamente sobre la voluntad del pueblo filipino, cuya independencia sin embargo había apoyado previamente, Washington compró a la derrotada España todo el archipiélago por la suma de 20 millones de dólares.

La consecuencia de esto fue el estallido de una nueva y aún más sangrienta guerra, en la que Estados Unidos suprimió el movimiento independentista imponiéndole a la población una pesada pérdida de vidas humanas.

Aunque los cálculos oscilan entre guarismos muy distantes entre sí, se admite que murieron 16.000 filipinos en combate y que entre 250.000 y un millón de civiles fueron víctimas fatales de la represión, el tifus o el hambre.

Las pérdidas totales de Estados Unidos contabilizaron unas ocho mil bajas.

A partir de allí, aunque tuvieron que hacer frente a ocasionales levantamientos de la población “mora”, etnia de confesión musulmana que vive en Mindanao, al sur del archipiélago, los norteamericanos tuvieron bastante éxito en reducir la resistencia y acomodar gradualmente a los filipinos a los deseos de la potencia colonial.

Una de esas victorias fue la práctica desaparición del español como segunda lengua entre la población filipina y su reemplazo por el inglés.

La segunda guerra mundial volvió a cobrarse un pesado precio entre los filipinos, tanto por la sevicia con que actuaron los japoneses contra los filipinos que les opusieron resistencia, como por la masacre que significaron los bombardeos indiscriminados de Manila y otras ciudades por las fuerzas estadounidenses.

En 1946 los filipinos consiguieron finalmente la independencia que Washington les había comenzado a otorgar con cuentagotas diez años atrás.

Pero la joven república nació contrahecha.

Estados Unidos siguió monitoreando su política exterior y conservó sus bases militares en el archipiélago, bases que se convirtieron, junto a la de Okinawa, en Japón, en los pilares del despliegue norteamericano en el Lejano Oriente.

Los gobiernos filipinos, que aceptaron dócilmente encuadrarse en ese esquema, debieron luchar también, durante muchos años, con la rebelión de los musulmanes del sur y con la resistencia de la guerrilla comunista, surgida durante el auge de la guerra fría.

El primer conflicto se arrastra todavía, aunque Duterte anunció su decisión de resolverlo y la experiencia que tuvo durante su gestión como alcalde de Davao (una ciudad en la isla de Mindanao donde siempre ha estado vivo el conflicto con el particularismo moro) llevó a una experiencia de colaboración con esa etnia que fue reconocida como exitosa.

Rodrigo Duterte ha fundado su carrera en la prédica contra la corrupción y el tráfico de drogas.

Durante su gestión como alcalde de Davao limpió la ciudad de delincuentes.

Sus procedimientos fueron brutales, como brutales siguen siendo los métodos que actualmente ha comenzado a poner en práctica en todo el territorio de la república.

Según Clarín, en los meses que lleva de mandato Duterte, la policía y los grupos de vigilancia barriales han dado muerte al menos a 6.100 personas.

Este dato, y no el viraje geopolítico de su gobierno, es lo que está siendo resaltado por la prensa del sistema, siempre atenta los reales, presuntos o inventados excesos de los gobernantes que tienden a vulnerar el encuadre al que deberían ajustarse.

La demonización, en efecto, siempre se ha medido con un doble rasero: por un Gadafi al que se pintaba con los colores más ridículos y sugerentes de despotismo, ha habido también figuras como el sha Reza Pahlevi de Irán, cuyas atrocidades cumplidas con  la mediación de su policía política, la Savak, jamás le quitaron el lugar entre las páginas satinadas de las revistas de moda.

Así también ahora los epítetos de monstruo, chiflado, ridículo e irresponsable tirano empiezan a caer sobre la cabeza de Duterte, quien sin embargo se beneficia, según las últimas encuestas, del respaldo de al menos el 65 por ciento de la población de su país.

El tema filipino está en vías de convertirse en un dato mayor de la crisis mundial. La “credibilidad” de la potencia norteamericana se basa sobre todo  en sus músculos, y que un país débil les falte el respeto puede poner a la república imperial en la situación de tener que ponerlos en juego, so pena de ver que se le pierde el miedo.

Es una ecuación mezquina y poco imaginativa, pero desdichadamente los teóricos de la política de poder la han privilegiado siempre.

¿Se precipitará un golpe en Filipinas, que tal vez abriría el paso a una guerra civil?

¿Habrá ya una bala marcada con el nombre de Duterte , para sacarse de encima al líder carismático que tiene el atrevimiento de cambiar las coordenadas político-militares en un área de decisiva incidencia estratégica?

¿Qué harán China y Rusia de darse esa eventualidad?

Todo está por verse.

Pero otro foco de incendio se ha abierto en el mundo, igual o peor a los que hoy están activos en el medio oriente y en la Europa del Este.

Hay una nueva falla en el Pacífico, quizá equiparable por su potencia sísmica a la falla californiana de San Andrés.

Y es de presumir que la grieta política se abrirá mucho antes que la geológica.

 

EL SINIESTRO LEGADO DE BARACK OBAMA

Los riesgos de una conflagración generalizada en medio oriente siguen creciendo.

Y la tensión en el área Asia-Pacífico demuestra que la confrontación entre la concepción unipolar y la multipolar del mundo, está en su punto de ebullición.

Barack Obama está terminando su ciclo de ocho años al frente de la Casa Blanca y, a decir verdad, en materia de política exterior, deja uno de los legados más siniestros que puedan  imaginarse.

El increíble Premio Nobel de la Paz -que le concediera en esperpéntica decisión la Academia Sueca-, se caracterizó por haber digitado, provocado, alentado y aprovechado conflictos militares en varios lugares del mundo, entre los cuales los del Medio Oriente, Libia y Ucrania se cuentan entre los más peligrosos.

Dos de ellos ponen al mundo en una resbaladiza pendiente que puede llevarlo a una catástrofe de pavorosas dimensiones.

Por supuesto que Obama no hizo esto por sí solo; contó con la asesoría y el envión de los centros decisorios que son los que realmente cuentan en Estados Unidos: la comunidad de inteligencia, el complejo militar-industrial, la corporación mediática y, detrás de todo, la trama bancaria y financiera que gestiona los asuntos mundiales en la semioscuridad y que apenas enseña sus garras en conciliábulos como los del grupo Bilderberg, por poner un ejemplo.

Tres son las áreas sobre las cuales la política de agresión de Obama se ha aplicado con mayor fuerza.

La Europa del este, el medio oriente y el área Asia-Pacífico.[I]

En Europa oriental se asiste al desembarco de unidades de la OTAN en la proximidad de la frontera rusa y al despliegue de misiles interceptores destinados a neutralizar una respuesta rusa a un eventual primer ataque proveniente de occidente, mientras se multiplica la campaña mediática dirigida a demonizar a Vladimir Putin y se mantiene una política de embargo dirigida a minar su economía.

En el medio oriente la llamada guerra civil siria, que en realidad no es otra cosa que una guerra de agresión extranjera contra un estado independiente precisamente porque ese estado quiere conservar ese carácter y no ceder ante las presiones del imperio, sigue su curso más allá de las treguas o pseudotreguas que se proclaman esporádicamente. Y en la región Asia-Pacífico Barack Obama ha puesto toda su ambición en crear una barrera contra China que contenga el crecimiento del gigante asiático a través de un tratado, el Acuerdo del Pacífico: el TPP o TPPA por la sigla en inglés Trans Pacific Partnership Agreement.

El descenso de Siria a los infiernos

Mientras la situación en la Europa del este se mantiene en una tensa espera, en estos días el conflicto sirio ha recrudecido de manera feroz.

La nueva tregua que habían negociado dificultosamente John Kerry y Sergei Lavrov se fue al demonio por obra y gracia de la fuerza aérea de los Estados Unidos.

Durante las operaciones del ejército sirio contra los yihadistas en Dair al Zor, aviones estadounidenses bombardearon durante una hora a las tropas del gobierno, provocándoles alrededor de 90 muertos y más de 100 heridos, a la vez que destruían una importante cantidad de material de guerra.

Washington habló de un error, cosa no imposible, aunque dudosa en razón de la duración del bombardeo y del hecho de que, no bien terminado este, las tropas de Daesh se lanzaron al ataque de la posición gubernamental y la tomaron.

Damasco declaró de inmediato la caducidad de la tregua y reinició las operaciones en todo el país.

Poco después se produjo un presunto ataque aéreo ruso-sirio contra un convoy humanitario que se dirigía a abastecer a la asediada Alepo, que provocó una veintena de muertos entre el personal de la Media Luna Roja.

No se observaron hoyos de bomba en torno del convoy destruido y la filmación de un drone que lo sobrevolaba mostró a un camión que habría explotado incinerando a los vehículos.

Ello llevó a los rusos a calificar el hecho como una provocación organizada por Daesh.

Y a los norteamericanos, por el contrario, a pedir la proclamación de una zona de exclusión aérea sobre los sectores sostenidos por los islamistas, solapadamente respaldados por Estados Unidos, “para asegurar la entrega de ayuda humanitaria y el relanzamiento de la tregua”, según palabras del secretario de Estado Kerry.

De lo único de que se puede tener certidumbre es que la guerra, lejos de amainar, prosigue, y que la riada de refugiados que van de Siria a los otros países del Mashrek así como, en menor escala, hacia Europa, continuará fluyendo.

Esto implica problemas a corto plazo en los países de la zona, problemas que exceden largamente a los que los países europeos temen para sí mismos, aunque, por supuesto, no constituyen, como no han constituido nunca, un tema de interés relevante para los medios que siguen el conflicto y que, casi unánimemente, respaldan la visión de Washington en todos los problemas.

El TPP  en dificultades

Tanto Europa oriental como el medio oriente han recabado gran atención de parte de los medios occidentales, sobre todo por la espectacularidad de los acontecimientos que allí discurren así como también por el hecho de que son escenarios vecinos al mundo que suele autodefinirse como la sociedad democrática.

Pero en el escenario global, Asia y la zona de influencia que rodea a la China se han convertido en el pivote sobre el que podría girar la supremacía global o, inversamente, el establecimiento de un cierto equilibrio entre las potencias que termine configurando un mundo multipolar.

Esto hace doblemente importante la observación de lo que pasa en ese área del mundo.

El TPP o Acuerdo para el Pacífico es, ostensiblemente, un vehículo para facilitar la libertad de comercio en un gigantesco espacio que involucra a 13 países -Estados Unidos, Australia, Nueva Zelandia, Japón, Vietnam, Filipinas, Perú, Chile, Brunei, México, Malasia, Canadá y Singapur-, así como también para reforzar los estándares del derecho al trabajo y el derecho ambiental en esos lugares.

Sin embargo, en una reciente reunión de Obama con figuras tanto demócratas como republicanas -legisladores, alcaldes, gobernadores, miembros clave de los organismos de seguridad y jefes militares-, el presidente reafirmó que el convenio es importante no sólo para la economía estadounidense sino también “para nuestra seguridad nacional y nuestra posición en el mundo”, desvelando así, por si hiciera falta, el carácter estratégico y geopolítico del acuerdo y su finalidad última: contener a China.

La conjunción de países que se da en esta asociación es el resultado de un proceso acumulativo que arrancó en 2005 y que fue sumando países interesados en participar en el acuerdo.

La propuesta final fue firmada en Auckland, Nueva Zelandia, el 4 de febrero de este año, y espera hoy la ratificación de todos los firmantes para entrar en vigencia en un plazo de dos años.

Es en este punto, sin embargo, que han empezado brotar dudas, que se han manifestado en los últimos meses.

De pronto, el tratado no parece tan atractivo para algunas de las naciones que le habían prestado su asentimiento.

Los aliados “de hierro” de Washington, como son Singapur, Australia, Nueva Zelanda y Japón,  están por supuesto  jugados a favor del TPP y entienden que el tratado forma parte de una política que apunta a subordinar a China a los intereses norteamericanos.

El primer ministro australiano Malcolm Turnbull inclusive llegó a proclamar, poco diplomáticamente, que el TPP debe ser tan poderoso como los “barcos y aviones” para extender la influencia estadounidense en la región Asia-Pacífico, y el premier japonés Shinzo Abe advirtió que el éxito o el fracaso del acuerdo influirá en la definición del entorno estratégico de la zona.

Pero las dudas empiezan a crecer entre otros socios de la proyectada alianza.

¿Qué otra cosa puede explicar la decisión de Hanoi de repensar la ratificación del TPP y postergarla hasta la reunión del parlamento vietnamita?

La decisión fue explicada por la necesidad de reexaminar la situación global, comprobar las acciones de los otros países firmantes y esperar al resultado de las elecciones presidenciales en Estados Unidos.

Este repensamiento sigue a la visita a China del primer ministro Nguyen Xuan Phuc (quien ha sucedido al pro occidental Nguyen Tan Dung) y hace pensar en una recuperación de las relaciones sino-vietnamitas.

Algo parecido ha sucedido con el presidente filipino Rodrigo Duterte. China y Filipinas están o estaban duramente enfrentadas en el tema del control de las islas Spratly, ubicadas a medio camino entre el archipiélago y la costa china, en un crescendo de disputas que llevó a roces entre la armada china y las patrullas conjuntas filipino-norteamericanas.

Si bien la corte internacional de La Haya respaldó al criterio de que China no goza de derechos de soberanía en las aguas que circundan a esas islas y a las de Paracelso, el monto de la apuesta que implica el control de la zona excluye que Pekín vaya a acomodarse resignadamente al fallo.

El monto del tráfico comercial por el Mar de la China del Sur asciende al menos a cinco billones de dólares al año, y el área es rica en recursos naturales.

Si Estados Unidos controla el área tendrá a su merced al comercio de y hacia China, su mayor competidor mundial.

Por lo tanto el interés chino discurre por la ecuación inversa: debe hacer imposible ese posicionamiento, que le pondría un puñal en la garganta.

El presidente Duterte, quien fuera elegido en comicios regulares y ha ascendido al poder hace unos meses, ha reorientado la política filipina en la materia: ha terminado con las patrullas conjuntas con Estados Unidos en las aguas en disputa y ha invitado a China a incentivar al comercio y el intercambio entre los dos países; ha solicitado el retiro de las fuerzas especiales de Estados Unidos en Mindanao y ha proclamado que su país seguirá a partir de ahora una política exterior independiente.

A esto ha seguido una misión a China que incluyó a embajadores retirados, oficiales de ejército, hombres de negocios y académicos.

Esta postura ha sido cálidamente recibida por Pekín, donde el gobierno ha expresado que China y Filipinas deben reunirse a mitad de camino, resolver sus disputas civilizadamente  y restablecer sus relaciones a través del diálogo, las consultas y la cooperación.

Esto pone a la política de Obama para la zona (política que debía constituir su logro más preciado), al borde del precipicio.

Desde luego, resta el recurso a una cirugía de emergencia; esto es, la liquidación física de Duterte, seguida de la limpieza de sus partidarios.

La figura del nuevo mandatario filipino ha comenzado a ser sistemáticamente demonizada por los medios occidentales, que le enrostran un temperamento atrabiliario y su disposición a aplicar la fuerza  contra el narcotráfico y contra la guerrilla musulmana de una manera que vulnera los derechos humanos.

En estos días la propaganda ha hecho pie en unas declaraciones en las cuales Duterte se habría comparado a sí mismo con Adolfo Hitler y asimilado a su lucha contra el narcotráfico con el Holocausto.

Como quiera que sea, la actitud de los gobiernos filipino y vietnamita abre un interrogante muy serio para una política en la cual el presidente norteamericano se ha empeñado a fondo y que constituye la clave de bóveda de su política exterior.

Un revés, así fuera a medias, en este campo, vendría  a reforzar la sensación de fracaso que deja su política exterior.

El saldo del accionar de Obama en esta materia ha sido cualquier cosa menos confortable.

Los hechos de su mandato han proseguido y profundizado el curso agresivo y azaroso de la política exterior norteamericana posterior al 11/S, hasta llevar al mundo a una encrucijada en la que confluyen todos los peligros.

[I] América latina también está recibiendo atenciones; no se puede disociar la catarata de reveses que las tendencias nacional-populares están sufriendo en estos días, de la presión que Washington ejerce sobre la región a través de sus títeres locales.

Pero esas operaciones se mantienen todavía en el ámbito de una legalidad aparente, como lo testimonian los golpes parlamentarios y judiciales que se perpetraron en Honduras y Paraguay, y sobre todo en Brasil, con la expulsión gobierno de Dilma Rousseff y el cerco penal con que se pretende rodear a Lula para impedir su acceso a la presidencia.

En el mismo orden de cosas hay que ubicar a la persecución judicial a Cristina Kirchner

 

(Fuentes: Global Research, Mondialisation, Asia Times, Eurasia, El País.)