¿”Por qué perdió el peronismo”? ¿Por qué va a ganar ¿Por qué tiene que cambiar?

¿CUÁL SERÁ EL PERONISMO DE LA PRÓXIMA ETAPA?

Por Abel B.
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De los motivos de la derrota del Frente para la Victoria el año pasado, ninguno fue la economía, a pesar que la economía es un factor fundamental. El kirchnerismo logró evitar una crisis y sostener los indicadores sociales alcanzados. Pero en un país, donde existe la conciencia en la población que “los ciclos económicos largos concluyen con estallidos , no es extraño que suceda otra vez: El último estallido fue hace sólo 15 años.

por Abel B.
El blog de Abel
Medusa

06/01/2017

Como ya comenté en mi blog, no comparto la pasión por la autocrítica que buena porción de los dirigentes (o aspirantes a) del peronismo desplegó el año pasado.

Porque casi siempre (o sin el casi) significababa “Autocritico a otro/a”.

Este artículo de José Natanson, aunque en una parte pretende responder a la 1° pregunta del título ¿”Por qué perdió el peronismo”? no cae en esa.

No habla como el que tiene”la precisa”. Repasa hechos y extrae conclusiones.

Tiene un sesgo -como todos- pero usa argumentos razonables.

Por eso, y porque no estoy de acuerdo con él, más adelante lo subiré a Google Drive para los discutirlo y, claro, exponer mis ideas.

Por ahora voy a copiar aquí un fragmento muy corto de su artículo, donde desarrolla datos -correctos- tomados de M. Kulfas: Los tres kirchnerismos, Siglo xxi, Buenos Aires, 2016, págs. 48-49.

Natanson los usa para dar una respuesta parcial a esa 1° pregunta.

Yo, para mi respuesta a las tres (Y sí, Clinton tenía razón: “Es la economía, estúpido” ¿O porqué perdió su mujer?)

“El primer motivo es económico.

El deslumbrante crecimiento registrado desde la llegada de Néstor Kirchner al poder en mayo de 2003 y la mejora sostenida de los indicadores sociales comenzaron a acompasarse a partir de 2008, cuando la economía argentina sufrió el impacto del primer shock de la crisis financiera global y el gobierno experimentó su primera gran derrota política, en el conflicto que lo enfrentó con los productores agropecuarios en torno de la apropiación de la renta de los cultivos de soja.

Los factores que explicaban el despegue en la primera etapa –la capacidad de combinar mejoras de bienestar de los sectores más vulnerables y las clases medias con una alta rentabilidad de las empresas y del sector financiero, gracias a los altos precios de los commodities y el aprovechamiento de la capacidad ociosa– ya no empujaban como en el pasado, a medida que el viento de cola comenzaba a girar a proa y los stocks (de energía, reservas internacionales, bienes de capital) se iban agotando.

La inflación, que a partir de 2008 se mantuvo por arriba de 25% anual, fue el emergente de estas tensiones.

Como tantas veces en la historia argentina, luego de un cierto periodo de crecimiento, el superávit comercial se convierte en déficit: la creciente demanda de importaciones por parte de la industria, el desequilibrio de la balanza energética e incluso el rojo de la balanza turística (nunca antes los argentinos habían viajado tanto al exterior) reintrodujeron la temida «restricción externa», lo que el economista Aldo Ferrer definió como el «pecado original» de la economía nacional: el hecho de que, llegado a cierto punto, los superávits del sector agroexportador no alcanzan para cubrir las necesidades del resto de las ramas de la economía.

La respuesta del gobierno kirchnerista a este escenario de tensiones fue una política de «administración de la escasez» mediante una serie de iniciativas de regulación económica (control de importaciones, virtual desdoblamiento del tipo de cambio) e intervencionismo estatal (estatización de Yacimientos Petrolíferos Fiscales, la empresa hidrocarburífera nacional), con el objetivo de sostener los indicadores sociales alcanzados hasta el momento…

En palabras del ex-secretario de Política Económica Matías Kulfas, se pasó de «profundizar el modelo» a «aguantar el modelo»

Aunque modesta, la estrategia dio resultado: a diferencia de lo que había ocurrido muchas veces en la historia argentina, cuando los ciclos económicos largos concluían con estallidos sociales, crisis financieras y conflicto político, el kirchnerismo logró evitar la crisis total de la economía, pero al costo de dejar como herencia un panorama poco prometedor, una especie de normalidad decepcionante.

Los datos son elocuentes: la tasa de crecimiento anual del PIB, que había alcanzado a 8,8% durante el mandato de Néstor Kirchner (2003-2007) y a 6,2% en el primero de Cristina Fernández (2007-2011), fue de apenas 1,1% en el segundo mandato de la ex-presidenta (2011-2015).

El resto de las variables se alinearon en el mismo sentido: el crecimiento de la producción industrial pasó, en los mismos periodos, de 10,4% a 8,6%, y de ahí a 0,8%; el de la construcción, de 15,6% a 5,7%, y de ahí a 2,1%; el empleo privado formal, dato clave del mercado laboral, había crecido un impresionante 10,6% durante el primer periodo de gobierno del kirchnerismo, 1,9% en el segundo y solo 0,4% en el tercero; las exportaciones, que habían aumentado 21,2% en el primer mandato, crecieron 5,2% en el segundo y cayeron un 4,2% en el tercero.

La inflación pasó de 11,4% a 22%, y de ahí a 28,2%.

En términos generales, si desde 2003 la economía argentina había crecido más que el promedio regional, a partir de 2012 su crecimiento se situó por debajo”.

Mi planteo: De los motivos de la derrota del Frente para la Victoria el año pasado, sólo voy a decir aquí que el motivo no fue la economía (De los otros motivos hablé bastante en el blog).

Y sostengo este no, a pesar que considero la economía un factor fundamental, por los mismos motivos que Natanson cita: el kirchnerismo logró evitar una crisis y sostener los indicadores sociales alcanzados.

En un país, donde, como él mismo señala, existe la conciencia en la población que “los ciclos económicos largos concluyen con estallidos “.

No es extraño que exista: El último estallido fue hace sólo 15 años.

En todos los países, es menos frecuente que los oficialismos sean derrotados cuando la economía marcha bien.

Por supuesto, lo que apunta Kulfas es cierto e influyó, por la negativa: ya no existía para los sectores más prósperos la certeza de aumentar sus beneficios en el futuro.

Además, la economía también se percibe a través del cristal de la ideología: No sólo en la clase empresaria, sino también en una parte considerable de los sectores medios, aún los de ingresos bajos, existía una indefinida pero persistente convicción que “en los países serios” las cosas se hacían en forma distinta y mejor.

No fue, hasta donde puedo apreciarlo, un factor decisivo, pero fue parte del “relato opositor” que triunfó.

Creo que resulta obvia, entonces, mi respuesta a la 2° pregunta.

Los resultados de la gestión de Cambiemos ya no son parte de una -inconclusa- discusión ideológica o de un sesgo cultural.

Ya afectan en forma negativa, en sus ingresos y en sus expectativas a prácticamente todos los sectores de la sociedad argentina.

Con la excepción -no insignificante, pero muy minoritaria- de los empresarios rurales de la pampa húmeda (si no han sido afectados por desastres naturales como las inundaciones o los incendios).

Y, analizando con la mayor objetividad que me resulta posible, no encuentro cómo este gobierno, con estos apoyos, puede mejorar el empleo y el consumo en forma masiva en los próximos meses.

Aún tomando en cuenta a la “minoría intensa” que se aferre a este oficialismo por razones ideológicas o culturales o culturales, y a los que tengan cargos o negocios con él, encuentro inevitable que este año se produzca un clásico “voto castigo” contra el gobierno nacional.

Y el peronismo, a pesar de su actual inorganicidad -no me convence la metáfora de Natanson del Terminator de la 2° película de la serie, el robot de metal líquido que se rearmaba a sí mismo- es la estructura política nacional que está en mejores condiciones para sumar este voto castigo.

Juega a su favor la memoria cercana de niveles de empleo y consumo mejores que los actuales.

En las palabras de su fundador “No es que nosotros hayamos sido tan buenos. Los que vinieron después nos hicieron óptimos”.

Por supuesto, nada está asegurado.

El peronismo puede cometer graves errores,

Y queda en pie la pregunta “¿Cuál será el peronismo de la próxima etapa?”.

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Hay algo que me parece evidente, y que resulta de todo lo señalado más arriba: El peronismo que vuelva en 2019, si lo consigue, no será igual, no aplicará las políticas -no podrá hacerlo- de la experiencia kirchnerista.

Ésta, como las otras experiencias populares de este siglo en la América del Sur, se dieron en un marco determinado de la economía global.

Ese marco ya no existe.

Puede verse como una restricción: Es dudoso que los precios de las commodities que exportamos lleguen a valores similares en proporción.

Y es imposible que haya el margen que ese inesperado aumento de principios de siglo dio para distribuir (a los gobiernos que distribuyeron).

También puede verse como una apertura: el pensamiento hegemónico en el “mundo desarrollado” a partir de los ´90, y que condicionó inevitablemente los desarrollos en cualquier región del mundo, simplemente por el peso económico y militar de las Potencias que lo afirmaban, está en bancarrota.

El Brexit, el triunfo de Trump, no son más que “hojas en el viento” que señalan esta tempestad.

El desafío será que haya gobiernos capaces de capear esos vientos, al menos con la habilidad conque el kirchnerismo aprovechó la irrupción de China en el mercado global y la absorción de Estados Unidos en las guerras del Arco Islámico.