Muchos, muchísimos, de los beneficiarios de esos adelantos, creían estar viviendo en el peor de los mundos.

PARADOJAS PERONISTAS / CUANDO LA VICTORIA ES GRANDE, EL ZONZO NO SE DA CUENTA

Por Gabriel Fernández

El éxito económico social del gobierno peronista entre 1945 y 1955 fue tan importante y profundo, que generó un crecimiento difícil de detener. Un amplísimo segmento medio, que incluye numerosos trabajadores de baja cualificación, llegó en el último lustro de gobierno kirchnerista a vivir de un modo más cómodo que vastas capas medias altas de Europa y los Estados Unidos.

Por Gabriel Fernández *

La Señal Medios

1/10/2016

El éxito económico social del gobierno peronista entre 1945 y 1955 fue tan importante y profundo, que generó un crecimiento difícil de detener. Alvaro Alsogaray, Adalbert Krieger Vasena, entre tantos, buscaron obturar ese desarrollo y sólo lo lograron parcialmente.

De allí que costara 18 años recuperar el control parcial del Estado.

Todos sabemos que en el último lustro de los 60 y en el primero de los 70, nuestro país aún tenía un empuje significativo.

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A riesgo de internarnos en aguas revueltas, no escurramos este bulto: el reimpulso del crecimiento nacional se observó durante el convulsionado gobierno peronista de los 70, cuando José Ber Gelbard tradujo con cierta eficacia el perfil económico peronista.

Le costó mucha transferencia, mucha deuda, y mucha sangre a José Alfredo Martínez de Hoz revertir la tendencia.

No es sencillo lidiar contra el dinamismo de nuestro gran país.

Estamos viviendo un tramo parecido, en ese aspecto.

Los diez años kirchneristas fueron intensos y mostraron una parcela de las posibilidades nacionales.

De allí que pese al ajuste de Alfonso Prat Gay no se registre el clima de efervescencia plena que los números hacen suponer.

El acumulado general de la economía argentina durante las décadas activas es lo suficientemente importante como para operar cual colchón de las dificultades impuestas.

Así se extiende un sentido común del tipo “las cosas aumentaron, pero tampoco es una catástrofe, vamos tirando”.

Al imponer propagandísticamente el criterio de dificultades originadas en el período anterior inmediato, surge la idea suave de “hay que esperar, a ver qué hace esta gente”.

En tanto, charlamos de la “corrupción K”, tan entretenida.

Como contraste, un vasto espacio popular comprende y pelea, porque se acuerda y se la ve venir.

Es paradojal pero necesitamos entenderlo para reformular algunos planteos: el hundimiento liberal suele llegar tiempo después del arribo al gobierno de sus bandidos, precisamente porque las gestiones nacional populares previas tuvieron éxito.

Se las puede cuestionar en tal o cual punto, y es correcto, pero el alza del PBI y la producción industrial en general habilitan procesos de desestructuración hondos que, sin embargo, se desplazan con sordina.

En algún momento insistimos en la necesidad de debatir la valoración reinante sobre el nivel de vida en la Argentina.

Observábamos que una serie de logros extraordinarios para cualquier país del mundo, eran considerados como algo natural por estas playas.

No se trataba de restringirlos, sino de situarlos en su real dimensión: elementos ligados a la cotidianeidad, al consumo, a la educación y la salud, al confort, merecían una comparación adecuada con los registros de otras latitudes .

Básicamente, porque la política es comparación.

Guste o no, los únicos parámetros reales son, valga la intencionada redundancia, las realidades de otras regiones.

Lo cierto es que un amplísimo segmento medio, que incluye numerosos trabajadores de baja cualificación, llegó en el último lustro de gobierno kirchnerista a vivir de un modo más cómodo que vastas capas medias altas de Europa y los Estados Unidos.

Ni qué hablar de zonas sumergidas económica y socialmente.

¿Eso está mal o es perjudicial en algún sentido?

Para nada, pues ese confort también contribuyó a la dinamización del mercado interno, el comercio y la industria.

Entonces ¿dónde está el problema?

Muchos, muchísimos, de los beneficiarios de esos adelantos, creían estar viviendo en el peor de los mundos.

Y lo decían en voz alta.

Daño por partida doble: para el país en general que les ofrecía un buen pasar, y para ellos mismos, quienes en vez de disfrutar la dicha de habitar la Argentina en un tramo de crecimiento, padecían injustificadamente.

 

Con la asunción del nuevo gobierno llegaron los “sinceros”.

 

Dirigentes oligárquicos empezaron a señalar que las franjas populares no tienen derecho a teléfonos de alta tecnología, calefacción a precios razonables, agua a discreción en sus hogares, una alimentación que puede evaluarse como refinada, dado el volumen de proteínas animales y vegetales que incluye.

 

Están diciendo quiénes se creen que son los argentinos para vivir mejor que en el centro del mundo.

 

Nuestro planteo es inverso: los argentinos tenemos derecho a vivir mejor.

 

Podemos hacerlo, como lo demostraron fehacientemente las gestiones nacional populares, porque tenemos las condiciones combinadas justas: productos primarios en abundancia, un Estado con capacidad recaudatoria amplia y una población con conocimientos técnicos afiatados.

 

Lejos de configurar “derroche” esa vía de desarrollo contribuía al establecimiento de mejores indicadores generales para toda la economía nacional.

 

Cada paritaria, cada asignación, cada jubilación, cada subsidio, repercutían fuerte y positivamente en la dinámica nacional.

 

Por supuesto que había trabas –aprovisionamiento de insumos, limitaciones en el eslabonamiento de la cadena productiva- pero se podían resolver acelerando el proceso, no revirtiéndolo.

 

Todo enfriamiento o desaceleración contribuye a resultados equivalentes a la propia denominación.

 

Argumentar que la baja en el poder de compra desactiva la inflación es indicar que el cese de la respiración suprime la fiebre.

 

Volvamos al comienzo: la relativa victoria conceptual de un plan de ajuste se asienta en la devaluación de los beneficios alcanzados por los programas económicos productivos.

 

La queja estúpida de las franjas medias argentinas ante las administraciones peronistas habla mucho de esa sinrazón, pero también de rasgos psicológicos que avergüenzan.

 

Frente a la realidad que atraviesan gigantescos contingentes humanos en el planeta, la ofuscación y el malestar planteado a viva voz por el zonzo argentino con su auto, su casa, su caloventor, su aire, sus paseos y sus gustos, genera en una mente sana –no necesariamente nacional popular, apenas sana- un rechazo que deriva en desazón.

 

Y algunas reflexiones sobre el sentido de la gratitud y acerca de qué espera cada quien de la vida.

 

Eso lo dejamos para otra ocasión.

 

Hay paciencia porque hubo crecimiento.

 

Hay resistencia donde anida la conciencia.

 

Faltó, -hemos de insistir- una comunicación adecuada para plantear estos temas con mayor y mejor intensidad.

 

GF/

 

  • Director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica
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