La importancia de su figura política, su condición de caudillo federal del interior ha sido suficiente para que sobre él cayera el olvido.

22 DE OCTUBRE DE 1858: ASESINATO DE NAZARIO BENAVÍDEZ, GOBERNADOR DE SAN JUAN Y MONTONERO DE FACUNDO

Por Daniel Chiarenza

Nazareno, el más combatido por Buenos Aires, fue apresado por los liberales, permaneciendo engrillado en su celda – a pesar de sus casi setenta años –  hasta fue víctima de una acción comando realizada por sus enemigos, los asesinos de Dorrego, de Bustos, de Latorre, de Heredia, de Costa y de Benítez, quienes lo mataron en la cárcel, argumentando que quería escaparse.

Por Daniel Chiarenza

NAC&POP

22/10/2016

El coronel Domingo Rodríguez disparó a quemarropa al pecho de Nazario Benavídez, quien se hallaba engrillado, y luego le clavó la bayoneta en el corazón.

Luego de ello arrojaron el cuerpo por una ventana y huyeron.

Horas después fue desnudado y expuesto al escarnio en la plaza central.

Nacido en San Juan en 1791, en determinado momento se incorporó a la montonera de Facundo Quiroga, baluarte contra la política porteñista que perjudicaba al Interior.

A la muerte de este último, Nazario comenzó a granjearse el apoyo del pueblo sanjuanino y fue elegido gobernador en 1836 y Rosas le otorgó el grado de brigadier general.

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Retrato al óleo de Nazario Benavídez, pintado por Franklin Rawson, 1843.

Con algunos intermedios desempeñó el cargo de gobernador de San Juan entre 1836 y 1854.

Benavídez era un caudillo de honda convicción federal, que había mantenido buenas relaciones con Rosas sin por eso abandonar su autonomía.

Sin abandonar su independencia, se alineó con la política soberana de Rosas, aunque estuvo en desacuerdo con la detención del “Chacho” Peñaloza.

En esa oportunidad, resistió la orden de Rosas de enviarle el prisionero a Buenos Aires.

Mantuvo el apoyo del pueblo a través de una gestión progresista.

Se impulsó la irrigación y el desarrollo de la agricultura y la minería.

Apoyó la difusión de la educación pública, manteniéndose siempre prudente en sus decisiones.

Tal es así que en más de una oportunidad había sustentado una posición contemporizadora respecto a Sarmiento.

Producido el derrocamiento de Rosas, Benavídez asistió a la reunión de San Nicolás de los Arroyos –convocada por Urquiza- y apoyó  la política de la Confederación, en la inteligencia de que conducía a la organización nacional.

Pero, los integrantes del partido unitario –es decir, los amigos de Sarmiento- lo jaquearon con una intensa oposición.

Después de varios años de gobernar la provincia, Benavídez dejó el cargo.

Diversas cuestiones, entre ellas la ley de derechos diferenciales, por la cual tanto abogaba Juan Bautista Alberdi para quebrar el monopolio del puerto, acrecientan la tensión entre la Confederación y Buenos Aires.

En aquel bochornoso devenir, Nazareno fue apresado por los liberales, permaneciendo engrillado en su celda –a pesar de su edad, (casi setenta años, que, para la época, era avanzada-, hasta que en la noche de la fecha indicada en el título, fue víctima de una acción comando realizada por sus enemigos, quienes lo asesinaron en la cárcel, argumentando que había pretendido escaparse.

Dice una crónica: “Medio muerto, fue enseguida arrastrado con sus grillos y casi desnudo, precipitado de los altos del Cabildo a la balaustrada de la plaza, donde algunos oficiales se complacieron en teñir sus espadas con su sangre, atravesando repetidas veces el cadáver y profanándolo hasta escupirlo y pisotearlo”.

Este asesinato fue una de las causales que condujeron a la Confederación urquicista a dar batalla a la oligarquía porteña en la batalla de Cepeda.

Ramón Cárcano se refiere así al asesinato de Benavídez: “El general Benavídez, gobernador vitalicio de San Juan durante la tiranía, con suficiente talento y bondad para ejercitar el mando con cierta tolerancia y mansedumbre, fue el más combatido por el gobierno de Buenos Aires y el más protegido por el gobierno de la Confederación, porque, sin duda, era el hombre de mayor valor entre los caudillos locales…

Fue asesinado por sus propios guardianes y desde los balcones de su calabozo, arrojado el cadáver sobre la vía pública.

El hecho causó intensa impresión en todo el país…

Sarmiento en El Nacional, aplaudió francamente el crimen: Juan Carlos Gómez, en La Tribuna, no fue menos expansivo…

En Paraná, el cobarde asesinato causó indignación y alarma…

El episodio trágico estimuló el ardor guerrero.

Los hombres de la Confederación se sintieron amenazados por el crimen.

El estado de combustión encontró la chispa incendiaria”.

Según Juan Coronado, Urquiza afirmó que “había que desentrañar el mal, acabar con los agitadores sacándolos de su centro”.

¿Dónde estaban los agitadores?

¿Quiénes eran?

Estaban en Buenos Aires.

Eran, según Urquiza, los asesinos de Dorrego, de Bustos, de Latorre, de Heredia, de Costa, de Benítez, de Benavídez, etc.

No obstante la importancia de su figura política, su condición de caudillo federal del interior ha sido suficiente para que sobre él cayera el olvido.