Un artículo en La Nación me da mitad risa y mitad asco. Se refería a las “masas populistas irracionales y amorfas”, un dechado de soberbia y supremacía blanca.

UN HOMBRE Y SU PERRITO EN BRAZOS, AMOR Y COMPAÑERISMO EN LA MARCHA PERONISTA

Por Fernando Braga Menendez

Un hombre aislado, solo, que no tenía nada ni a nadie, salvo la amistad de su perro en brazos, llevaba una bandera argentina anudada al cuello que le cubría toda la espalda, tenía casi todo lo que se necesita: un país, una causa y el calor y amor de un amigo entrañable y fiel.

Por Fernando Braga Menéndez
NAC&POP
18/10/2016

Con mi amiga y compañera Susana Suárez vamos siempre a las marchas y las multitudinarias concentraciones kirchneristas.

La aclaración es innecesaria, hoy en día el único colectivo político con capacidad para poner una muchedumbre en la calle es el kirchnerismo.

Sí, militamos intensamente las calles de Buenos Aires y alrededores.

Quizás estemos siguiendo las recomendaciones de Álvaro García Linera, el vicepresidente de Bolivia.

Dice él que cuando la ola reaccionaria recorre América Latina con la intención de destruir lo construido en la última década, -para beneficio de los más pobres y de la integración de la región- el arma de la gente es la movilización en las calles y plazas.

Salir, cuestionar, gritar, reclamar, molestar.

Ellos tienen a la embajada de EEUU y su dinero, a los medios masivos de comunicación, al sistema judicial, a las policías, a sus consultores, empresarios y propagandistas.

Nosotros tenemos a la gente y la gente tiene que presionar e incomodar para detener la destrucción e inclinar la batalla a su favor.

Estábamos con Susana y otros compañeros el viernes 2 de septiembre recibiendo la llegada de la Marcha Federal organizada por la CTA, y en un momento dado ella me dijo: “Mirá ese hombre”.

“¿Cuál? -le pregunté- hay muchos”.

“Ahí, el que está sentado con el perrito en brazos”.

Finalmente los ví, me sorprendió la protección y el cariño que transmitían ese hombre, evidentemente humilde, y su animalito.

También había algo de desamparo, de soledad y de amor.

Amor y compañerismo.

Me conmovía.

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Por un lado sentía que se trataba de un hombre aislado, solo, que no tenía nada ni a nadie, salvo la amistad de ese animal, pero a su vez pensé que, llevando como llevaba, una bandera argentina anudada al cuello que le cubría toda la espalda, tenía casi todo lo que se necesita: un país, una causa y el calor y amor de un amigo entrañable y fiel.

El hombre había encontrado el equilibrio: un amor correspondido, su patria y una idea de justicia por la que se estaba peleando y era ese el motivo de su presencia allí.

Parecía muy pobre, era evidentemente muy pobre.

Pero quizás, en cierto aspecto, era rico.

Quién sabe cómo se sentiría él.

Había altoparlantes, bombos, petardos, cánticos, vendedores vociferantes, pero a él se lo veía impávido, tranquilo, ajeno, infinitamente en paz.

Parecía autosatisfecho en ese, todo su mundo, que empezaba y terminaba ahí.

Justo empezaba el impecable discurso de Hugo Yasky y me olvidé por un rato del impacto turbador que me producía esa pareja.

Sólo por un rato, porque en los días siguientes cada dos por tres se me aparecía la imagen del hombre aferrado a ese amor, acariciándolo y cuidándolo.

Hace un par de días me crucé con Susana y le comenté lo de la imagen recurrente.

Me dijo: “Yo después le saqué unas fotos”.

Abrió el celular y me las mostró, “a mí también me impactó, te las mando por whatsapp”.

Son las que ilustran esta nota.

El día del encuentro con Susana yo había leído en La Nación, un artículo de un señor evidentemente muy respetable.

Esos artículos que te dan mitad risa y mitad asco.

Se refería a las “masas populistas irracionales y amorfas”.

Todo un dechado de soberbia y supremacía blanca.

Se creía muy especial el señor, él era racional, la negrada choripanera no.

Se enroscaba en unas explicaciones rebuscadas, producto de su imaginación, en las que -desde su superioridad y su supuesto conocimiento- explicaba los vericuetos del vínculo populista entre el líder y las ingobernables muchedumbres analfabetas (a las que no conocía y evidentemente les tenía pánico).

Aquí no se trata de idealizar al hombre del perrito.

Puede portar virtudes admirables y/o pecados abominables.

No se trata de eso.

Se trata de hacerle saber a ese sector social que vive en infranqueable fortificación, amurallado en la supremacía blanca, que el amor puro y simple que transmite este hombre, no está contabilizado en sus prejuiciosas percepciones de las multitudes populares que los aterran.

En esas multitudes sólo quieren ver borrachos, forajidos y vagos, todos usufructuando planes sociales, gozando del esfuerzo silencioso de los únicos sectores sociales ahorrativos, productivos y sacrificados, las clases blancas, medias y altas.

Así omiten que los únicos que levantan, ladrillo por ladrillo, los edificios donde trabajan y viven esas clases privilegiadas, pavimentan las calles y rutas que ellos transitan a diario, y construyen las cloacas por donde desaparecen mágicamente los desechos que expulsan diariamente sus cuerpos, son los sectores que ellos denigran.

Con esa visión estrecha y mezquina es difícil que construyamos la sociedad de consenso, amor y armonía, que tanto proclaman.
Fernando Braga Menéndez es miembro de IDEAL Instituto de Estudios de América Latina www.i-deal.am CTA

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