Algunas consideraciones en torno al liberalismo, el conservatismo y el fin de ciclo “progresista” en Suramérica. El Cono Sur en la encrucijada.

UNA BATALLA EN LA HISTORIA

Por Enrique Lacolla

La designación “restauración conservadora” -en realidad es mejor decir neoconservadora- proviene del hecho de que el liberalismo histórico hace rato que ha perdido vigencia y en su diseño actual, el neoliberalismo o capitalismo salvaje, se ha convertido en la forma reaccionaria que el capitalismo inviste. No hay duda de que el capitalismo y su expresión política, el liberalismo, fueron arietes contra las rémoras de la sociedad feudal.

Por Enrique Lacolla

 

 

 

Días pasados aparecieron en el muro que esta página tiene en Facebook un par de observaciones interesantes en torno a lo enunciado allí sobre el golpe en Brasil, ambas firmadas por el lector Juan Ponce. Una de ellas estaba referida a por qué yo llamaba “restauración conservadora” a las políticas neoliberales, cuando el liberalismo, en realidad, es exactamente lo contrario del conservadurismo. La otra era una recusación a la afirmación que en la nota se hacía acerca de la “ofensiva frontal” del imperialismo que está en curso en los países que se dieron gobiernos de corte progresista a comienzos de este siglo. Según lo asentado en el comentario del lector, más que de un ataque frontal se trata de un “fin de ciclo” y es la insuficiencia de las experiencias renovadoras producidas durante el mismo lo que determinan el actual reflujo de estas.

Es posible que el lector sea nuevo en la página, pues de una forma u otra esos temas han estado presentes en ella a lo lago de los años, pero siempre es oportuno volver sobre observaciones que plantean de manera pertinente temas que es importante discutir.

La designación “restauración conservadora” -en realidad es mejor decir neoconservadora- proviene del hecho de que el liberalismo histórico hace rato que ha perdido vigencia y en su diseño actual, el neoliberalismo o capitalismo salvaje, se ha convertido en la forma reaccionaria que el capitalismo inviste. No hay duda de que el capitalismo y su expresión política, el liberalismo, fueron arietes contra las rémoras de la sociedad feudal. Su curso victorioso estuvo manchado de crímenes al por mayor y por la destrucción de muchas culturas comunitarias, pero genéricamente se puede afirmar que, al menos hasta mediados del siglo XIX, su rol fue progresivo, replanteando los términos de la ecuación social a escala global. Derribaba puertas y arrasaba con mucho de lo que había de vital en el viejo mundo, pero abría más posibilidades que las que clausuraba. Desde luego no lo hacía fundándose en un propósito regenerador ni porque entendiera que estaba aportando la civilización al mundo atrasado (esas eran las auto-justificaciones que tranquilizaban la conciencia de quienes se beneficiaban de la conmoción causada), sino para satisfacer un apetito insaciable por el dinero y por las ventajas materiales y culturales que él supone para las sociedades dominantes del sistema-mundo; pero despertaba fuerzas que hasta ahí estaban dormidas y que última instancia habían de oponérsele. Desde el proletariado de los países industriales, a las masas campesinas y a la plebeya pequeño burguesía en los países coloniales y semicoloniales, todos fueron inventados, promovidos o estimulados por el proceso capitalista.

A partir de la era del imperialismo moderno esa ecuación empezó a fallar. El darwinismo social ínsito en el sistema no sólo produjo dos guerras mundiales y una infinidad de guerras menores aún más sangrientas si se suma el total de las bajas y destrucciones causadas, sino que ha puesto a la humanidad al borde la extinción, al darle a la ciencia, desasida de un control moral, la capacidad atómica para la autodestrucción del género humano. Sin llegar a esta instancia, la destrucción cada vez más rápida del ecosistema por un ansia de beneficio que sólo tiene por principio la maximización de la ganancia, nos pone también frente a la expectativa de un Apocalipsis apenas algo más lento.

Lejos de suponer un acrecentamiento de las libertades individuales, tal y cómo se las entendió desde la revolución francesa, el liberalismo hoy se ha convertido en una contradicción en los términos al transformarse en el vector del discurso único y de la policía del pensamiento, camuflados en la oferta de una información caótica, que deroga las prioridades, abruma y desconcierta a la opinión. La difusa y, por lo tanto imposible de localizar, dirección del sistema, utiliza la parafernalia digital para espiar a todo el mundo desde satélites y supercomputadoras que vigilan, intervienen y escuchan los intercambios de prácticamente toda la población mundial. Hasta no hace mucho tiempo una aserción de este tipo podía parecer disparatada, pero después del conocimiento de la existencia de Echelon [I], tras Wikileaks y sobre todo del desparramo de información confidencial realizado por Edward Snowden, lo que parecía ciencia-ficción se ha convertido en una realidad evidente para quien quiera ver.

El liberalismo clásico dio una buena batalla contra la tendencia, ínsita en el sistema, a la híper-concentración del capital y al monopolio de todas las empresas estratégicos. Pero esa lucha fue a todas luces insuficiente, como lo reveló el ciclo de las guerras mundiales comenzado en 1914. El comunismo fue más eficaz en inducir al capitalismo a corregirse; si bien fue incapaz de derrotarlo frontalmente, lo obligó a reestimar sus posibilidades de coerción, y el miedo que generaba la “amenaza roja” fue determinante para la introducción de medidas que corrigieron en parte los excesos y dieron lugar al denominado “estado de bienestar”, en el cual la seguridad social y unos niveles de vida muy aceptables se transformaron en un bien cotidiano. La explotación del tercer mundo de parte de las potencias dominantes se tornó en un problema para estas por la existencia de un modelo de desarrollo social diferente al capitalista, que suministró una imagen, tal vez utópica pero operante, de rescate de la miseria en que se encontraban sumidos. Amén de apoyos militares y económicos que también tuvieron su parte.

A partir de la década de los ’80, sin embargo, la ampliación del estado de bienestar entró en colisión con los réditos pretendidos por los controladores del sistema-mundo. La desaceleración de las tasas de crecimiento empujó a la especulación financiera para conservar márgenes fuertes de ganancias para los bancos y los consorcios empresarios, mientras que gran parte del potencial industrial emigraba del centro a la periferia en busca del rédito que suponen los salarios bajos, la debilidad de la seguridad social y la existencia de un ejército de reserva determinado por el elevado desempleo. El mundo del socialismo real, que se había estancado en su crecimiento y que para salir de este había ingresado a la espiral crediticia propuesta por occidente, quedó atrapado en el vórtice de la crisis y eso, sumado a su incapacidad para mantener la competencia armamentística que proponía Estados Unidos y a la parálisis que era consecuencia del anquilosamiento e hipertrofia del estado comunista, determinó su inesperado hundimiento en 1989.

Desde ese momento la solidez del estado de bienestar quedó en entredicho, tanto en el plano teórico como en el práctico. El neoliberalismo de la escuela de Chicago no es otra cosa que un neoconservadurismo. De Keynes de pronto se retornó a Malthus, y del siglo XXI se pretende ahora devolvernos al siglo XVIII o XIX. Es en este sentido que afirmamos que el liberalismo se ha tornado conservador. El comunismo puede haber fracasado en sus propósitos o haber sido derrotado en el campo de la “competencia pacífica”, pero presumir que tanto él como el estado de bienestar que en occidente surgió a su conjuro representan una regresión en la evolución del mundo contemporáneo, es una falacia. Eso es, sin embargo, lo que muy sueltos de cuerpo opinan los grandes medios de comunicación.

Llegamos ahora a la otra observación que nos formulaba el lector. ¿Es posible que no estemos ante una ofensiva frontal del sistema global sino más bien frente a un “fin de ciclo” que connota la evolución global de la economía y asimismo las carencias de los movimientos que intentaron en estos años enmendar la plana a las fuerzas que obstaculizan el desarrollo? Es probable que en parte sea así. Pero esas carencias han sido muchas veces señaladas en esta página; la cuestión está en saber si esas experiencias incompletas o inmaduras deben ser cuestionadas sin piedad o si es necesario apoyarlas a la vez que se denuncian sus falencias. Me temo que el primer camino es el que con mayor frecuencia asumen las corrientes de ultraizquierda, que no se detienen a pensar en que al hacerlo corren el riesgo de alienarse de la masa de la opinión y desconcertar a quienes deben votar a lo que es posible votar para preservar lo mucho o poco ganado, favoreciendo en cambio su entrega con las manos atadas a los personeros de la reacción. Decir que Macri no hace otra cosa que lavar los platos sucios que le dejó Cristina es dar por sentado que hay una continuidad necesaria entre ella y él. O, mejor dicho, entre un proyecto tibiamente nacional y socialmente bastante solidario, y un programa de profundización de la regresividad fiscal, de traspaso de la riqueza a los sectores más concentrados de la economía, de liberación de las importaciones y de aumentos tarifarios que ahogan a la pequeña y mediana industria y que magnifican el desempleo, mientras que en el plano internacional se abolen los vínculos que habían empezado a construirse con la constelación multipolar significada por los BRICS y se retorna a la vieja ecuación dependiente de Wall Street y de la City de Londres, sea en el plano económico como en el de la política internacional. Creo que no hay mucho que discutir respecto a las dos actitudes que era posible tomar.

En fin, hay batallas que hay que dar, por vidrioso que parezca el resultado. El golpe en Brasil es un impacto terrible para las expectativas de cambio regional, mucho más que la derrota de FpV en Argentina o la tambaleante situación de Maduro en Venezuela. Pues Brasil es una potencia y su protagonismo es determinante para el futuro de la región. Es también un caldero social inmensamente más volátil que el argentino. Esto obligará a seguir con atención redoblada el curso que allí puedan asumir los acontecimientos. Lo única certidumbre es que de aquí en adelante nada será fácil.


 

[I] ECHELON es considerada la mayor red de espionaje y análisis para interceptar comunicaciones electrónicas de la historia (Inteligencia de señales, en inglés: Signals intelligence, SIGINT). Controlada por la comunidad UKUSA (Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda), ECHELON puede capturar comunicaciones por radio y satélite, llamadas de teléfono, faxes y correos electrónicos en casi todo el mundo e incluye análisis automático y clasificación de las interceptaciones. Se estima que ECHELON intercepta más de tres mil millones de comunicaciones cada día. (Wikipedia)