¿Por qué se produce una crisis financiera? ¿Por qué es cíclica? ¿Es imprevisible? ¿Es inexorable? Muchas preguntas, pocas respuestas, aunque se pueden intentar algunas aproximaciones al tema.

LAS CRISIS FINANCIERAS

Por Norberto Colominas

La crisis es una necesidad estructural del capitalismo dado el apetito insaciable por ganancias obtenidas dentro o fuera de la ley, a como dé lugar, ignorando leyes, límites y restricciones, que le permite a la especulación, por ejemplo, alcanzar cotas de audacia e irresponsabilidad ilimitadas. Para comprobarlo basta recorrer el camino de las hipotecas sub-prime desde su aparición hasta el desencadenamiento de la crisis de 2008 en Estados Unidos y su posterior difusión al resto del mundo.

 

 

Por Norberto Colominas*

 

¿Por qué se produce una crisis financiera? ¿Por qué es cíclica? ¿Es imprevisible? ¿Es inexorable? Muchas preguntas, pocas respuestas, aunque se pueden intentar algunas aproximaciones al tema.

 

La primera es que la política es economía concentrada (como bien decía Lenin), ya que los gobiernos hacen política para generar, mantener, reproducir y multiplicar el dinero de los capitalistas, para recrear y expandir la apropiación de plusvalía, para seguir capitalizando dinero y poder político real en una escala cada vez mayor. Excepto en los discursos, no hay objetivos superiores.  Más allá de esta frontera empieza la metafísica.

 

Las conquistas de los trabajadores (jornada de 8 horas, aguinaldo, vacaciones, jubilación) son eso: conquistas arrancadas al capital o bien concesiones de los capitalistas para evitar males mayores. Son importantes, claro, pero en último análisis son funcionales a la continuidad del sistema.

 

En ese campo de conquistas/concesiones se inscriben todas las políticas reformistas de origen socialcristiano, socialdemócrata, humanista, etc. O de lo contrario hay que terminar con el capitalismo, es decir abolir la propiedad privada, expropiar a los sujetos y planificar la economía desde el estado. Aquí se inscriben (mejor dicho, se inscribieron) las revoluciones de corte socialista que llegaron al poder en el siglo XX, con suerte variada.

 

En una sociedad capitalista, ¿es parte de sus condiciones de existencia la dinámica interna que lleva al advenimiento de crisis financieras? Lo sorprendente es que las mismas provocan inmensas pérdidas de dinero, de empleos, de propiedades, de recursos. Sin olvidar que, a la salida, generan una mayor concentración del capital. En suma, se trata de romper bastante para concentrar mucho.

 

¿Acaso son las crisis una condición sine qua non del capitalismo, o pueden ser evitadas? En términos socioeconómicos esta inquietud es tan importante como preguntarle a la medicina si el Parkinson tiene cura.

 

Y la respuesta es que no tiene cura porque el Parkinson, en primer término, es una enfermedad grave, no una gripe. Dicho de otro modo, la crisis es una necesidad estructural del capitalismo dado el apetito insaciable por ganancias obtenidas dentro o fuera de la ley, a como dé lugar, ignorando leyes, límites y restricciones, que le permite a la especulación, por ejemplo, alcanzar cotas de audacia e irresponsabilidad ilimitadas. Para comprobarlo basta recorrer el camino de las hipotecas sub-prime desde su aparición hasta el desencadenamiento de la crisis de 2008 en Estados Unidos y su posterior difusión al resto del mundo.

 

Paradójicamente, la falta de límites genera el peor de los límites: la propia crisis.

 

Pensemos un momento: ¿Quién hace las leyes? Las hacen los dueños del poder, que son los propios capitalistas o los políticos que actúan en su nombre. Al capitalismo lo gobiernan gerentes capitalistas.

 

La segunda aproximaciòn al por qué del advenimiento de una crisis es que en el capitalismo conviven valores reales y valores simbólicos. Cuando la relación entre ambos excede cierto límite se enciende un semáforo amarillo. Nadie hace nada (porque a los que se benefician con ese cuadro de situación les conviene no hacer nada) y el globo continúa inflándose hasta que revienta.

 

Cuando empezó la crisis actual, la relación entre el globo de los bienes simbólicos (la suma de acciones, títulos, bonos, dinero; en suma, papeles) era de 15 a 1 respecto de los valores reales (casas, campos, máquinas; en fin, el PBI mundial). Ahora, en marzo de 2016 ya llegó a 16,5 a 1, producto de la emisión en gran escala para financiar multimillonarios rescates financieros. Además las crisis dejan un reguero de deudas nacionales que se trada décadas en pagar.

 

En una proporción relativamente sana, el globo de los valores simbólicos no puede tener más de 3 ó 4 veces el tamaño del que representa a los valores reales. Pero ocurre que el capital financiero, que es la fracción dominante del capitalismo desde los primeros años 80, cuando ese liberticidio fue promovido por Ronald Reagan y Margareth Thatcher al desregular las actividades especulativas, permite obtener una tasa de ganancia muy superior a la que se obtiene en la actividad industrial.  Obsérvense los salarios relativos del director de un banco o una financiera y de su equivalente en una empresa industrial o de servicios y se verá la diferencia. Esa fue la tercera aproximación.

 

Las martingalas con el dinero generan mayores ganancias que la producción de hombres y máquinas. Así las cosas, el capitalismo sólo tiene una herramienta para pinchar periódicamente el globo de los valores simbólicos y retrotraer las cosas a una proporción de estabilidad relativa: la crisis.

 

La conclusión es que las crisis financieras son inevitables y tan necesarias como los incendios forestales, porque, como estos, queman la paja para que crezca el pasto nuevo. Efectivamente, las crisis son enormes hogueras donde se quema el capital presunto, simbólico, ficticio. Y lo que se salva del incendio son los valores reales, que se multiplican y concentran.

 

Esa es la historia del capitalismo en sus 500 años de vida. Los incendios forestales existen en la naturaleza desde hace millones de años, pero el capitalismo es un producto humano, una fracción de segundo en el tiempo cósmico. No parece, al menos en esta etapa de la evolución, que el hombre esté en condiciones de darse otra forma de vida.

Por eso no sabemos cuándo terminará esta crisis; sólo sabemos que no será la última.

 

*Periodista de Radio Nacional.