Luchar por una Comunidad Organizada es luchar por poner en marcha una democracia verdadera donde todos tengamos los mismos derechos.

LAS DOS DEMOCRACIAS

Por Daniel Di Giacinti (*)

(Parte 1 y 2) La democracia liberal es presentada por sus exégetas como un sistema infalible, un modelo a seguir si queremos realmente madurar hacia un mundo moderno del cual nos caímos producto de nuestra barbarie.

Por Daniel Di Giacinti (*)
vamosavolver
31 marzo, 2016

La democracia liberal es presentada por sus exégetas como un sistema infalible, un modelo a seguir si queremos realmente madurar hacia un mundo moderno del cual nos caímos producto de nuestra barbarie.

Esta visión oculta la circunstancia de que tales modelos fueron producto de largos procesos de evolución política de sus comunidades que incluyen -por ejemplo en el caso de Estados Unidos- centenares de años de conflictos internos, guerras internacionales y guerras civiles que provocaron millones de víctimas.

Presentar a esos sistemas como modelo fuera de su tiempo histórico es una maniobra colonial instrumentada por las oligarquías que reciben el apoyo político de los imperialismos de turno a cambio de armonizar sus intereses de clase y los intereses de la nación, a la funcionalidad de mercado de los países dominantes.

Son liberales en lo político a cambio de mantener el liberalismo económico en contra de los intereses de su patria.

En todo caso, estos son los modelos “ideales” del colonialismo.

El esquema participativo del sistema liberal fue la respuesta creativa de otras comunidades para otro momento histórico.

Aplicar el modelo “llave en mano” a una comunidad diferente y fuera de época puede ser producto de un infantilismo político de sus dirigencias o puede ser un intento de desarrollar una política colonialista, o pueden combinarse ambas causas.

El desarrollo de una política de liberación supone una adaptación congruente con un momento histórico determinado, que respete las potencialidades culturales del momento.

La batalla cultural implica romper la trampa de una participación política demo-liberal al servicio de un “hombre niño” que tiende al colonialismo.

Es una batalla cultural porque no se trata de impugnar las estructuras de las antiguas instituciones sino su filosofía de acción política.

El nacimiento de una nueva de filosofía participativa basada en una nueva cultura revolucionaria que transformaría el sentido involutivo de las perimidas instituciones liberales y las llevaría hacia una nueva funcionalidad liberadora.

Esta nueva filosofía de la acción política debe impugnar el sentido del Estado liberal proclamado por los que intentan mantener sus privilegios y prebendas.

“…la concepción liberal del Estado se fundamenta en un concepto unilateral del hombre, ya que lo toma como individuo aislado, dejando de lado su carácter social. Esta exaltación de la dimensión individual del hombre es la continuación de la orientación renacentista.

Para el Renacimiento, bajo la influencia del culto a la antigüedad clásica, el hombre era el centro del mundo; por eso dijimos, que si bien el humanismo renacentista es antropocéntrico, reconoce dos defectos de estrechez: es materialista y antipopular.

El liberalismo sigue dentro de estos moldes, considerando a cada ser humano una especie de dios autónomo, que todo lo espera de sí mismo.

Pero en la práctica, ese dios autónomo es el capitalista, sin más acicate que su interés personal, sin ningún sentimiento solidario hacia su comunidad, indiferente a los intereses y a los sufrimientos ajenos.

Es el hombre deshumanizado que, en el caso de tener más fuerza que el resto, no vacila en esclavizarlo, pues sólo piensa en sí. Es el verdadero lobo del hombre.

Quiere decir que en la doctrina liberal hay sólo una aparente estimación del hombre; en el fondo le niega lo que lo hace verdaderamente humano, su sentimiento de hermandad hacia los demás, su solidaridad.

El liberalismo aísla los hombres entre sí, favoreciendo de esta manera a los más poderosos para que atrapen a los más débiles, pues el Estado no tiene que intervenir en las actividades de los hombres.

‘La libertad para todos los hombres del mundo’ se convierte en una libertad sin freno para los capitalistas que tienen en sus manos todos los resortes.

No existe libertad para el hombre de Pueblo, ya que el sistema le niega los medios concretos indispensables para ejercitarla, carece de legislación social que lo proteja y prácticamente, no tiene derechos políticos.

De este modo el liberalismo ensanchó el campo de la esclavitud para el hombre de trabajo, pues éste no sólo siguió sometido políticamente, sino sometido en peores condiciones que nunca al absolutismo del poder económico.

El hombre de Pueblo, en la mayor situación de desamparo, aislado de sus hermanos y abandonado por el Estado a sus propias fuerzas, se encontró en el callejón sin salida de la lucha de todos contra todos. ‘el estado del hombre contra el hombre, todos contra todos, y la existencia como un palenque donde la hombría puede identificarse con las proezas el ave rapaz’”. Juan Perón, Sociología Peronista

Invertir el sentido individualista del liberalismo fue la tarea del peronismo.

Tratar de recuperar el sentido de la solidaridad social y poner al Estado en función de proteger a los más débiles.

Ese era el camino para poner en marcha una verdadera democracia, con una libertad e igualdad real y no la exteriorizada en las constituciones liberales para regodeo hipócrita de su sofisticada cultura basada en la soberbia “civilizada”.

La doctrina justicialista

La cristalización ideológica y filosófica del liberalismo era alentada por un verticalismo feroz aplicado desde el poder político y provocado por el hecho evidente de que enormes sectores del pueblo adolecían de la educación y la información necesaria para la toma de decisiones.

La clase profesional política en sus dos variantes: profesional/ administradora/ gestionadora/ liberal o tipo vanguardia esclarecida/partido revolucionario, eran una consecuencia lógica.

Hoy la política vuelve a tener la posibilidad de transformarse en una herramienta integradora de las mejores virtudes sociales al tener prácticamente toda la comunidad una nueva potencialidad participativa.

El justicialismo propone a la acción política como una construcción comunitaria en permanente gestación.

No hay caminos preelaborados desde rígidas posturas filosóficas o ideológicas.

La ideología del peronismo es una creación popular y está en permanente construcción.

Para ordenarlo, la discusión ciudadana debería lograr la suficiente armonía ideológica que impida los enfrentamientos estériles dando cabida a un arco de opiniones disímiles.

Una homogeneidad que le brinde además una identidad lo suficientemente definida para transformarse en una alternativa visible ante las presiones culturales del colonialismo.

Perón explicaría la necesidad de ordenar el debate comunitario en su libro Conducción Política:

“…El punto de partida de toda organización consiste en organizar a los hombres espiritualmente: que todos los hombres comiencen a pensar y a sentir de una manera similar, para asegurar una unidad de concepción que es el origen de la unidad de acción…”

“…Reunir hombres sin haberlos previamente animado con una doctrina que les dé objetivos comunes y aspiraciones similares, más que organizar es desorganizar…”.

Juan Perón, Conducción Política

Para ordenar toda esta dinámica creadora, el justicialismo propone un acuerdo sobre los principios con los cuales debemos ver la realidad y una tabla de valores para unificar de alguna manera la forma de resolver los conflictos.

Estos principios o valores fundamentales fueron interpretados por Juan Perón en una Doctrina Nacional.

Cuando queremos sumar a alguien a este Movimiento Nacional solo pedimos que se respeten estos principios rectores y ordenadores de la acción.

Le decimos algo así: “Uníte a esta acción transformadora.

Podes opinar lo que quieras, siempre y cuando respetes estos principios fundamentales que nos unen a todos.

Podes crear y aportar desde tus capacidades personales y potencialidades ya que nuestro camino lo realizamos entre todos y no esta preelaborado desde una ideología cerrada.

No sabemos qué forma final tomará nuestra lucha contra la injusticia, y dependerá de nosotros mismos.”

Concebir la realidad de una misma forma y resolver los problemas con una tabla de valores en común permitirá salvaguardar la creatividad individual y social de la comunidad manteniendo una identidad que a su vez pueda madurar culturalmente, elevando las solidaridades populares.

Esta maduración colectiva permitirá profundizar un poder político cada vez más sólido hasta alcanzar la Unidad Nacional, primer peldaño para lanzar a la nación argentina hacia la integración continental.

Las tres banderas

Tres sencillas banderas sintetizan estos principios revolucionarios que ordenarán la creatividad popular.

Hagamos lo que hagamos ninguna acción debe contraponerse con nuestros ideales de justicia social, independencia económica y soberanía política.

Cualquier decisión que atente contra estos principios fundamentales será una puerta abierta al colonialismo que intenta someternos.

La Justicia Social es nuestra bandera fundamental porque asumimos que la igualdad y libertad pregonada por las constituciones liberales, son una ficción jurídica que avala la hipocresía de congelar una injusticia real, brindando los mismos derechos a poderosos y sometidos.

Luchar por una democracia real es luchar contra la injusticia social para nivelar las diferencias provocadas por un capitalismo feroz, cruel e inhumano.

Por eso la Comunidad Organizada es principio y fin del justicialismo.

Luchar por una Comunidad Organizada es luchar por poner en marcha una democracia verdadera donde todos tengamos los mismos derechos. Luego será el pueblo por sí el intérprete y dueño de su destino.

La Justicia Social lucha además por la maduración cultural del pueblo, para romper con los privilegios monopólicos de las decisiones políticas impuestas por el demoliberalismo, y para permitirle al ciudadano expresarse políticamente -no solamente con su voto- sino desde su actividad personal en la comunidad, como trabajador, intelectual, comerciante o empresario.

La Justicia Social pelea también por lograr la humanización del capital, para poner la potencialidad económica al servicio de un proceso político, donde la confianza ciudadana comience a depender de las potencialidades creativas del pueblo y sus instituciones, y no de las aspiraciones especulativas de un grupo de profesionales del lucro.

La segunda bandera es la Independencia Económica que motoriza la lucha contra el colonialismo económico y propone poner todas las fuerzas productivas del país al servicio de un proyecto nacional y no al servicio del mercado transnacional de las plutocracias dominantes.

Finalmente, la bandera de la Soberanía Política que es la responsable de consolidar en términos institucionales la recuperación democrática, garantizando los derechos individuales y de la Nación toda.

Como podemos ver las tres banderas no son una especulación partidaria sino una herramienta de ordenamiento de una nueva forma de participación ciudadana como eje de una lucha anticolonialista que defiende los intereses de la Nación.

Cuando el peronismo puso las tres banderas en la constitución del 1949, se lanzaron voces de condena por creer ver en ellas un slogan partidario o una sumisión ideológica a una fracción ciudadana.

En realidad las tres banderas son un compromiso de todos los argentinos que de buena fe se deciden a enfrentar los apetitos colonialistas contra nuestra patria.

Las Tres Banderas son una herramienta de concepción política que permite que la transformación creativa del pueblo argentino tenga en su ejecución una identidad política que garantice su potencialidad anticolonialista, construyendo la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación.

……..

 

LAS DOS DEMOCRACIAS – PARTE 1-

Por Daniel Di Giacinti(*)

 

Las circunstancias de la derrota electoral del Frente Para la Victoria ponen de manifiesto una nueva estrategia de penetración cultural: el control de los medios de comunicación de masas con su potencia cooptativa y manejo de la información, promoviendo falsedades para generar miedo, disociación y dudas. En su historia el movimiento nacional ha dejado atrás distintas alternativas de dominación colonial como el fraude, las democracias proscriptivas y dictaduras de todo tipo, sin embargo enfrenta hoy una nueva herramienta que como novedad se presenta respetando la formalidad legal de las democracias liberales. Ante esta circunstancia el peronismo no supo explicar con claridad las diferencias entre las características de la democracia liberal y nuestra democracia social y participativa, quedando la confrontación electoral entre dos alternativas con diferencias difusas.

 

El movimiento nacional aparecía ante el electorado como un partido más, jugando dentro de la formalidad liberal, transmutado en una especie de partido social demócrata criollo. Para revertir esta situación es necesario abrir el debate: cuestionar la formalidad de la democracia liberal y promover una moderna democracia social, con una forma de participación ciudadana distinta que eleve la cultura política de la comunidad para poder enfrentar una nueva arma colonizadora, que tiende a una acción ciudadana farandulizada, sustentada sobre el descompromiso social y el individualismo.

 

Sobre la democracia colonial

 

“El gobierno en los países liberales es generalmente ejercido por personas que representan los intereses oligárquicos más poderosos, son ello los círculos plutocráticos y no el pueblo –pese a todas las apariencias de los procesos eleccionarios– quienes deciden los nombres de los gobernantes.

 

 Además en la política liberal, el gobierno tiene un radio de acción muy limitado y está constantemente trabado por la existencia de verdaderos ‘campos prohibidos’ en lo económico y lo social, donde su presencia no es admitida.

 

El Estado liberal, como consecuencia, está sometido, en mayor o en menor grado, al dominio de los grandes consorcios capitalistas y, en lugar de servir a la felicidad del Pueblo, es ciego instrumento de la felicidad de unos pocos privilegiados, dueños de la riqueza y, por consiguiente, dueños del poder.”

 

Los “demócratas liberales” buscan mantener las decisiones políticas aisladas del pueblo e incentivan con esta actitud un estado de individualismo materialista que impide la relación social entre el hombre y su comunidad, afirmando que la política es un tema de profesionales y administradores eficientes. Contra eso se levanta la convicción peronista de que el individuo debe proyectarse socialmente hacia su comunidad, ejerciendo una acción creativa motorizada por su libertad individual y libre albedrío, proyectándose solidariamente en una acción transformadora que junto con el gobierno vaya construyendo la felicidad del pueblo y la grandeza de la patria.

 

Para los liberales, que no creen en el pueblo ya que parten de una moralidad construida sobre el Saber construido desde una sofisticada ilustración al cual solamente acceden los privilegiados esta nueva relación que propone el peronismo les resulta un circo demagógico, porque lo ven con los lentes de sus propias convicciones antipopulares y clasistas.

 

Por supuesto que justifican su acción colonial con un discurso propio de otro siglo atacando los esfuerzos de socialización política, acusándonos de populistas pues a través de su visión racista cualquier relación con su comunidad más allá de la acción electoralista es para ellos una manipulación.

 

El peronismo siempre profundizó su relación con la comunidad porque considera que la revolución es un proceso de transformación que se realiza en conjunto con el pueblo que comparte los principios doctrinarios. El primer peronismo rebalsó los límites participativos de la democracia colonial de la década infame. El pueblo desde el 17 de octubre siempre fue el protagonista central de las acciones políticas de la revolución justicialista. Su presencia fue activa no solamente en los actos comiciales, sino también siguiendo toda la agenda política. Los 1º de mayo y los 17 de octubre eran verdaderos plebiscitos políticos. Todas las acciones de gobierno eran acompañadas de una multitudinaria presencia.

 

El liberalismo acota la participación política del ciudadano solamente a las campañas políticas, y les resulta incomprensible la presencia movilizada del pueblo. Para el peronismo, que estimula el compromiso del ciudadano en términos de su movilización activa sobre las transformación ejecutiva del Estado, el ciudadano elije no solamente cada cuatro años en las épocas electorales sino que su elección es todos los días en función de su movilización personal.

 

La democracia colonial es disfrazada por sus representantes con el discurso liberal. Discurso con olor a naftalina, que viene siendo reproducido desde épocas inmemoriales por los colonizados de turno. Esto nos obliga a meternos en el túnel del tiempo para desmenuzar sus viejos conceptos de igualdad y defensa de las libertades individuales que –aunque parezca mentira– vuelven a esgrimir con una tozudez ya casi suicida.

 

El liberalismo basa su prédica en una ficción que sonaba revolucionaria en los tiempos del derecho divino de los reyes feudales, donde desde un constitucionalismo jurídico se proveía mágicamente de igualdad, justicia y libertad a todos los ciudadanos. Es evidente que esto no existe en las comunidades del mundo de hoy. El sistema demoliberal, además de cristalizar la injusticia –dando los mismos derechos y posibilidades a poderosos y sometidos–, garantiza los privilegios corporativos al sostener formas participativas que impiden la generación de un poder político que resuelva realmente la falta de igualdad, libertad y justicia.

 

Cuando la política no puede concebirse como la construcción de un proyecto nacional comunitario se transforma en un juego de política de círculos donde lo único que está en juego es el acceso a la administración estatal y su enorme poder.

Desde ahí, la política toma características absolutamente electoralistas. Pero quizás lo más grave de todo sea la corporización de un sistema que impide la maduración cultural del pueblo y por ende también del dirigente. El sistema de participación política que sugiere el peronismo impone no solamente la maduración comunitaria, sino también la complejización de la organización política, multiplicando los organismos participativos en coordinación con el Estado. Esto obliga a un proceso de maduración política permanente de los dirigentes a cargo de la conducción.

 

Podríamos decir que Jaime Durán Barba busca poner a la Nación al servicio de la política, mientras que Perón consideraba a la política como una herramienta al servicio de la Nación.

 

 

“…Los partidos políticos tradicionales habían, en efecto, constreñido y reducido toda la vida política nacional a un solo y no el más fundamental aspecto de éste: la política electoral.

 

 Esta hipertrofia de lo electoral, en detrimento de lo específicamente político era la característica esencial del régimen anterior al Peronismo.

 

 Toda la actividad política -de los partidos, de los caudillos e incluso del gobierno- estaba orientada exclusivamente al servicio de fines meramente electoralistas.

 

 Una cosa es la política electoralista como medio para llegar al poder e imponer desde allí una orientación que es propia de una fracción del Pueblo argentino, y otra cosa es la política nacional que el país no puede dejar de seguir si se quiere ser un Pueblo libre, soberano y grande.

 

Para nosotros la elección es solamente un acto intermedio. El acto final es la obra, es el trabajo, es el sacrificio que debemos realizar los peronistas con las mas alta dosis de abnegación. No se trata pues, de reducir la importancia de la política; la tiene y grande, desde el momento que todo el régimen democrático descansa sobre el régimen electoral; pero se trata sí de evitar que lo electoral absorba todo lo político, al punto de impedir, como sucedía con anterioridad a Perón, la realización de una auténtica y fecunda obra de gobierno.”

 

 “…la Nación no puede estar al servicio de la política, sino la política al servicio de la Nación.”

 Juan Perón, Política Peronista.

 

Sobre la democracia social

 

Como proceso de autodeterminación comunitaria, el peronismo es una identidad política y cultural en permanente creación y progresión. Su ordenamiento doctrinario permite al pueblo y sus dirigentes la libertad de ir creando y transformando la realidad en que viven de acuerdo a sus intereses y deseos. No hay un camino preelaborado desde una ideología ni modelos a seguir, simplemente un respeto por los principios rectores que a modo de mandamientos fundamentales –sus tres banderas históricas y sus 20 verdades– ordenan desde lo conceptual el proceso.

 

Los intelectuales en general menosprecian a la Doctrina comparándola quizás con la envergadura y sofisticación ideológica de otros pensamientos políticos. Sin embargo su aplicación permite una creatividad comunitaria permanente que va construyendo una realidad que por sí misma tiene una fuerte identidad política y cultural. Un ejemplo claro de esto es lo logrado en esta Década Ganada respecto de muchos tópicos, como los derechos humanos, la denuncia contra el capitalismo financiero, los procesos de unidad latinoamericana etc. Sin embargo para los peronistas estas realidades que van conformando nuestro acervo histórico se plasman en una identidad que no se puede proyectar hacia el futuro anulando la creatividad popular.

 

La identidad cultural del peronismo siempre es consecuencia de la acción transformadora de los Pueblos, ordenada detrás de sus principios y valores, que si bien son una referencia histórica clara, no pueden transformarse en un mecanismo de interpretación racionalista hacia el futuro para preelaborar un camino determinado.

 

La complejidad de los procesos políticos del presente ha demostrado la limitación de las recetas ideológicas preconcebidas. Los pueblos y sus dirigentes, armados de poderosos conceptos doctrinarios se pueden abrir paso en medio de un mar agitado, tormentoso y cambiante. Nadie puede hoy analizar la realidad en su totalidad para brindar una síntesis y resolver los problemas con una fórmula científica materialista y románticamente liberadora. La implosión de la Unión Soviética lo demuestra.

 

Hoy el secreto es armarse de mecanismos ordenadores de la potencialidad constructora de las comunidades y con una renovada fe en el hombre, con la recreación de una nueva fe en el individuo, lanzado a la proeza de su autodeterminación. Eso es el peronismo.

El peronismo es un “modelo cultural” en permanente expansión junto con la maduración colectiva de su pueblo. Impulsado por una nueva filosofía de la acción política, una nueva filosofía de la vida como pregona nuestra doctrina. Y esto es quizás algo difícil de describir en palabras ya que se trata de un asunto de filosofía política, de cómo el ciudadano se “siente” ante su realidad, ante sus conciudadanos y sus instituciones políticas. Lo único evidente es que las comunidades hoy han dejado de “sentirse representadas” por las instituciones liberales generando una profunda crisis. La revolución peronista desde su nueva filosofía trata de brindar elementos para generar una nueva representación ciudadana.

 

Por sus características especiales el peronismo nunca se ha sentido cómodo en las instituciones liberales. Es que hay una relación natural entre las instituciones políticas y su comunidad. El ciudadano debe sentirse representado por ellas para poder delegar su confianza que es el atributo fundamental del poder. Si el ciudadano no confía, o no se siente incluido por las instituciones están serán débiles y vulnerables. Por eso la relación entre el Estado y el ciudadano debe respetar el momento histórico y su potencialidad cultural. Mantener instituciones políticas como el demo-liberalismo que responden a un momento histórico donde la mayoría del pueblo era analfabeto y la lucha se presentaba como la sustitución de un absolutismo monárquico, es hoy una hipocresía al servicio de una intencionalidad de dominio colonial.

 

Hoy el debate es cómo profundizar desde las democracias republicanas la participación activa del ciudadano para que dé rienda suelta a sus potencialidades culturales que han cambiado de forma extraordinaria. La cultura del neoliberalismo se aferra a las antiguas instituciones e intenta desmovilizar al ciudadano, tratando de imponer un modelo participativo fuera de tiempo y de la coyuntura histórica.

 

(*) El autor es presidente de la Fundación Villa Manuelita.

www.villamanuelita.org

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