En estos cien días se vislumbró, también, por acciones y por omisiones, un relato historiográfico.

PRIMERAS SEÑALES DE UN RELATO HISTÓRICO DEL MACRISMO

Por Mario Oporto (FOTO)

Apenas unos días antes a la asunción de Macri como presidente de la Nación Argentina, su futuro ministro Alfonso Prat Gay reeditó la antinomia sarmientina de “civilización o barbarie”: “Cada diez años nos dejamos cooptar por un caudillo que viene del norte, del sur, no importa de dónde viene, pero de provincias de muy pocos habitantes, con un currículum prácticamente desconocido.
Por Mario Oporto
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27/03/2016

El PRO mira el futuro.

Lo pregona desde la campaña electoral.

O desde mucho antes.

Un hito fue en 2010, cuando en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se prohibieron textos excelentes elaborados para el Bicentenario.

En la maraña de argumentos reaccionarios terminaron decidiendo que los recursos disponibles se iban a utilizar para pensar en el futuro, no en el pasado.

El PRO se desentiende de la historia.

La historia es continuidad; continuidades.

El PRO cree (quiere hacer creer) que no forma parte de una tradición de continuidades.

El PRO desprecia la política como relato.

Pero tiene su relato.

Un claro relato político y cultural.

En estos cien días se vislumbró, también, por acciones y por omisiones, un relato historiográfico.

La historiografía está relacionada con el estudio, el análisis y la manera de interpretar la historia.

El término “Historiografía” hace referencia al modo en el cual la Historia es escrita en determinado momento y espacio.

Al ser una producción subjetiva, el estudio de la Historia nunca es igual, lineal e irrefutable.

Todo gobierno tiene un relato histórico.

Una interpretación del pasado.

Un posicionamiento sobre la construcción de la Nación.

Todo gobierno se ubica en un lugar dentro del proceso de continuidades y conflictos. Reivindica y repudia.

Resalta y borra.

Tiene sus héroes, sus patriotas, los ejemplos morales, los grandes acontecimientos a conmemorar.

Todo gobierno explicita y silencia.

La interpretación del pasado está en los nombres de calles y plazas, de edificios y estaciones de transportes, en escuelas, en monumentos, museos y salones.

En los nombres de premios, en citas y referencias.

Su visión del pasado está también en la elección del sujeto histórico para desarrollar las grandes transformaciones.

El sujeto “nuevo” del macrismo son los hombres y las mujeres que decidieron “meterse en política”, como muy bien lo señala el sociólogo Gabriel Vommaro en Le Monde de marzo de 2016.

Son los que se proponen torcer el destino populista de una Argentina marcada por el sello peronista.

Dice Vommaro: “el PRO llegó al poder aliado con casi todo el espacio no peronista.

Trajo consigo su proyecto civilizatorio, su propia idea de país normal”.

Esa es la misión que se dio el gobierno: terminar con el “populismo estatista”.

Para ello, el empresariado y el “oenegeísmo” construyeron una coalición de gobierno con un partido centenario y restos de ex peronistas, conservadores y liberales.

Una derecha “moderna” como continuidad histórica de los ilustrados rivadavianos, del liberalismo mitrista, de los positivistas del ‘80, los conservadores de la “década infame” y los gobiernos cívico-militares posteriores a 1955.

En la publicación antes citada, su director, José Natanson, hace una síntesis exacta de lo que se empieza a dibujar en estos cien primeros días de gobierno: “En la particular división del trabajo macrista, los CEOs ajustan y los ONGistas compensan”.

“Nos toca gobernar en un año histórico.

El año del Bicentenario.

Espero que todos estemos a la altura de los desafíos”, decía el flamante presidente en su discurso a la Asamblea Legislativa.

Colocado en ese devenir, el desafío propuesto parecería ser restaurar la “Argentina blanca”, la excepcionalidad rioplatense de la historia de Mitre que nos acerca a Europa y nos aleja del destino sudamericano.

Recrear nuevamente la epopeya civilizatoria que destierre la barbarie.

En ese sentido se refiere Macri cuando se dirige al Congreso expresando: “Encontramos un Estado plagado de clientelismo, de despilfarro y corrupción.

Un Estado que se puso al servicio de la militancia política y que destruyó el valor de la carrera pública”.

El radicalismo “ganso” acompañó durante estos cien días a esta empresa.

A contramano de sus orígenes, cuando nació como “causa” popular para enfrentar al “régimen oligárquico”, esta vez prefirió ser furgón de cola de la continuidad de aquel modelo conservador al que combatió hace cien años.

Con gentileza compensatoria, Mauricio Macri recordó que este año “se cumplen cien años de la elección de don Hipólito Yrigoyen, primer presidente votado en elecciones libres”.

Sólo una cita de Arturo Frondizi fue la otra excepción en el conjunto de discursos totalmente escasos de referencias históricas.

El radicalismo no sólo deberá aguardar el tratamiento que recibirá del Estado nacional el recuerdo del centenario del triunfo yrigoyenista.

También tendrá que equilibrar la visión macrista cuando en dos años se cumpla el centenario de la Reforma Universitaria de 1918.

Decir, como dijo el presidente ante la Asamblea Legislativa, “se abrieron nuevas universidades, y eso es muy positivo; pero también muchas de ellas fueron espacios de militancia política más que de excelencia académica” será, por lo menos para los oídos de la tradición de la Franja Morada, escaso para la ocasión.

Apenas unos días antes a la asunción de Macri como presidente de la Nación Argentina, su futuro ministro Alfonso Prat Gay reeditó la antinomia sarmientina de “civilización o barbarie”: “Cada diez años nos dejamos cooptar por un caudillo que viene del norte, del sur, no importa de dónde viene, pero de provincias de muy pocos habitantes, con un currículum prácticamente desconocido.

No vaya a ser que en 2020 estemos hablando de Fulano de Tal, que vino, no sé, de Santiago del Estero, que no lo conocíamos, apareció de la nada y resulta que se quedó con todo el poder”.

Estaba allí la idea unitaria de los “trece ranchos” para referirse al país interior y federal mirado desde el atalaya porteño.

Pero si Prat Gay ponía su prejuicio en una historia comenzada en los inicios del siglo XIX, otro hombre de Cambiemos, Darío Lopérfido, culminaría el ciclo cronológico de interpretación histórica con su lectura desconfiada y perversa de la trágica argentina contemporánea.

La continuidad histórica de una tradición política, social y cultural se condensó en estos cien días de gobierno macrista.

El largo proceso que va de la Baring Brothers al FMI es un fantasma que reaparece.

El ninguneo al proyecto de unidad regional, otro.

También el alejamiento de posturas soberanas y antiimperialistas o la algarabía insaciable de la Sociedad Rural y los capitanes de las grandes industrias.

El temor al desempleo o a la depredación del salario es, también, una vieja historia.

Al igual que el largo debate sobre país primario exportador o la industrialización.

Aunque lo niegue, el PRO en estos cien días empezó a escribir su relato histórico.

A construir su “línea” historiográfica.

MO/

• Dirigente del Frente para la Victoria

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