América latina marca el paso ante la restauración conservadora. Estamos en un punto crítico, que exige el revalúo de lo operado en la década y media de progresismo.

EL FRENAZO

Por Enrique Lacolla

En todas partes se insinúa –o se manifiesta abiertamente- la restauración conservadora con todo lo que ella conlleva: abdicación de la soberanía, descarte de todo proyecto de integración regional que no esté controlado por Estados Unidos; concentración de la riqueza en unas pocas manos; “apertura al mundo”, que no es otra cosa que la integración a un mercado global asimétrico donde somos la parte más débil; desempleo, pobreza, regresión social y retorno de nuestros países al papel de exportadores de materia prima sin valor agregado.

Por Enrique Lacolla*

 

América latina marca el paso ante la restauración conservadora. Estamos en un punto crítico, que exige el revalúo de lo operado en la década y media de progresismo.

 

Durante mucho tiempo el progresismo latinoamericano estuvo dominado por la ilusión revolucionaria. En su carácter más crudo y simplista, esa tendencia tuvo su expresión en el foquismo de los años 70, fraguado al calor de la revolución cubana. Las circunstancias se encargaron de devolverla a la realidad dándole un mentís sangriento. En Argentina vino luego vino una revivificada creencia en la democracia, como un espacio en el cual “se vive, se come y se progresa”. Esta suposición pareció tomar altura cuando la catástrofe de la experiencia neoliberal promovió el rechazo de esta a escala continental, lo que llevó al surgimiento de gobiernos considerados como izquierdistas, garantistas, progresistas o populistas en un amplio arco que fue desde Venezuela a la Argentina, pasando por Brasil, Ecuador y Bolivia, en cuya estela resucitó la creencia en la posibilidad de construir por fin la Patria Grande.

 

Hoy este ciclo agoniza. El revés electoral del FpV en Argentina y el ascenso del macrismo al gobierno, la vacilante condición de Dilma Rousseff en Brasil, la persecución judicial a Lula para destruir su candidatura presidencial, la tambaleante situación del gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, donde la oposición controla el parlamento; y la derrota en que concluyó el referéndum sobre la reforma constitucional que debía permitir la reelección de Evo Morales en Bolivia, son la muestra evidente de la crisis de la ilusión no ya revolucionaria sino democrática.

 

En todas partes se insinúa –o se manifiesta abiertamente- la restauración conservadora con todo lo que ella conlleva: abdicación de la soberanía, descarte de todo proyecto de integración regional que no esté controlado por Estados Unidos; concentración de la riqueza en unas pocas manos; “apertura al mundo”, que no es otra cosa que la integración a un mercado global asimétrico donde somos la parte más débil; desempleo, pobreza, regresión social y retorno de nuestros países al papel de exportadores de materia prima sin valor agregado.

 

Lo más preocupante de este proceso es que este retorno a las viejas pautas no se produce, como había sido hasta los años 70, a través de golpes militares y de mercado, sino por medio de recursos democráticos. Las elecciones que han castigado al kirchnerismo en Argentina, al MAS en Bolivia y al gobierno bolivariano en Venezuela así lo demuestran, y las masivas demostraciones callejeras en Brasil contra Dilma, que movilizan a sectores de clase media que justamente habían accedido a ese estrato durante los años del gobierno del PT, expresan una disconformidad que parecería estar compuesta por masoquismo e irresponsabilidad, en partes iguales. Parecería que el lavado de cerebro que producen los medios masivos en manos de los oligopolios de la comunicación es decisivo, lo que podría estar demostrando que, en las condiciones de competencia desigual de la democracia formal, toda experiencia que apunte a la renovación está condenada al fracaso.

 

Pero hay que cuidarse de los reduccionismos: la cuestión excede al poder de desinformación que detentan los mass-media, por grande que este sea; el problema reside en factores tanto objetivos como subjetivos instalados en la realidad global y local. Entre ellos no es el menor el eclipse de un sujeto histórico que sea capaz de llevar adelante la tarea.

 

Una ecuación compleja

 

Entre los datos objetivos inmediatos del retroceso se debe puntualizar una situación mundial marcada por la caída en el precio de las “commodities”. Caída determinada en parte por la desaceleración de la economía china, que antes requería de enormes cantidades de materias primas y realzaba el precio de la producción primaria, sin valor agregado, y en parte por el dumping petrolero. A lo que se suma una ofensiva global del imperialismo norteamericano y sus aliados, que recurre a las formas más brutales de coerción económica e intervención militar para cancelar los focos de resistencia a su proyecto hegemónico, y para desagregar y dividir a los países en los cuales existen fracturas de carácter confesional o étnico, convirtiéndolos en no-estados o en estados débiles, incapaces de interpretar las grandes líneas de la política mundial. Casos como los de Yugoslavia, Irak, Libia o Siria patentizan las líneas por las que discurre la estrategia del caos.

 

Esta situación deriva del desequilibrio geopolítico producido después de la caída de la URSS y del empoderamiento del turbocapitalismo o anarcocapitalismo, vinculado a una economía financierizada y librada a sus propios demonios. Esta combinación de factores está subiendo la temperatura global no solamente con el “efecto invernadero” sino con la militarización de la política exterior de las grandes potencias. La combinación del poder blando (soft power) -configurado por la comida chatarra con que nos alimenta la televisión basura y por la desinformación manipulada desde el centro mundial- con el poder duro de una potencia militar dueña de la tecnología de punta y con un gasto en “defensa”  que equivale al total de la expensas en ese rubro que realizan los otros países del mundo, implica un obstáculo mayor para cualquier proyecto de cambio en América latina.

 

Esta situación es insoportable. Aceptarla equivale al suicidio. ¿Qué les cabe hacer entonces a las fuerzas que pugnan por el cambio?

 

No es fácil responder a la pregunta. Diríase que el primer paso en esa lucha es comprender nuestro propio pasado. Es decir, aprender de nuestros errores. El combate por la democracia no puede confinarse en el respeto a una legalidad institucional concebida para reasegurar los cimientos del modelo del capitalismo realmente existente.

 

No puede, sin embargo, desafiarlo con la violencia: en primer lugar porque ese es el peor de los escenarios posibles por el costo humano que conlleva, y luego porque la relación de fuerzas es demasiado desigual mientras no exista una pulsión de fondo originada en una clase revolucionaria –que hoy no se manifiesta- y una situación de convulsión global que debilite al sistema.

 

Sólo resta, de momento, la lucha por la conciencia; es decir, la batalla cultural que busque influir  sobre los grupos recién advenidos a la clase media y sobre el conjunto de los sectores populares para ayudarlos a comprender la naturaleza del rival y dejar de hacerse ilusiones, tanto acerca de la posibilidad de abatirlo con la sola fuerza de la voluntad –es decir por la ilegalidad y las armas-, como de vencerlo por la vía de un respeto puntilloso a una legalidad formal sembrada de trampas para mantener las cosas tal y como se encuentran, pues esa legalidad ha sido codificada por quienes detentan el mayor beneficio del estado de cosas.

 

Apuntar al centro

 

El semifracaso de los quince años de gobiernos populares en Suramérica debe   enseñarnos que no es posible operar sobre la periferia del sistema de dominación de la “burguesía compradora”, sino que es necesario ir al núcleo de su poder económico y financiero para cortarle las alas. Eso sólo es posible –en las condiciones de un cambio civilizado y no en la de una confrontación violenta, indeseable e  inviable- si se aprovecha el caos generado por los abusos del sistema para proponer políticas de control estatal de fondo, ejercidas por los sectores nacionales y  populares. Como son la regulación del comercio exterior, la realización de una reforma fiscal que atienda a paliar la desigual repartición de la renta adecuándola a parámetros más humanos por medio de impuestos progresivos; la potenciación del consumo interno, del empleo, de la salud y  la educación;  la puesta en práctica de leyes de medios que excluyan la posibilidad del monopolio y la reforma de un poder judicial concebido justamente para frenar estos intentos.

 

En el caso los 12 años de gobierno progresista argentino, sin pretender negar lo bueno actuado por las administraciones kirchneristas, hay que convenir que esa tarea quedó inconclusa y que fue justamente por esto que la experiencia  terminó como terminó. El uso de la retórica soberanista y la apelación al garantismo judicial no alcanzaron a ocultar lo insuficiente del esfuerzo; más bien evidenciaron la timidez –por no decir otra cosa- para poner manos en la tarea. El argumento utilizado en un principio para no acometer las reformas de fondo necesarias –“primero hay que acumular poder”- perdió veracidad luego de los sucesivos triunfos electorales de 2007 y 2011, mientras que el torpe manejo que Cristina Kirchner tuvo de la cuestión gremial llevó a la ruptura con gran parte de la corporación sindical, con el debilitamiento que ello supuso para el movimiento justicialista. Nunca muy bien avenido entre sus componentes, por otra parte.

 

La posibilidad de llevar a la práctica una ecuación superadora de la situación en que la Argentina ha caído hoy parece ser remota en este momento. Se ha perdido una gran oportunidad y no se sabe bien cuándo la ventana abierta en el 2001 volverá a liberarse. Si tal fenómeno se produce, sin embargo, habrá que invertir los términos de la “política de shock”, utilizada por el sistema para abolir las conquistas populares.

 

En este caso el shock deberá servir para destruir los reductos del poder oligárquico. Cuando los teóricos de la escuela de Chicago concibieron su cosmovisión del fin de las ideologías y la realización de la supremacía definitiva del imperio y del gran capital, el método con que sus teorías se llevaron a la práctica fue aprovechar o provocar una gran catástrofe económica o bélica para operar impunemente sobre un cuerpo social indefenso. En nuestro caso se trataría de invertir la oración por pasiva y tratar de sacar beneficio de un eventual debilitamiento del sistema por una conmoción estratégica a gran escala o por un fracaso estrepitoso del capitalismo salvaje, como ocurrió en América latina a fines del pasado siglo.

 

Dada la irracionalidad del sistema de dominación vigente y lo desmesurado, ciego y egoísta de sus ambiciones,  tal posibilidad no debe descartarse. La humanidad no quiere suicidarse, pero el anarco-capitalismo tiene todas las características de querer hacerlo, arrastrándonos a todos a la catástrofe. La única opción estará entonces en aprovechar esa crisis y los huecos que abrirá en el estado de cosas provocando su pasajero debilitamiento, para aplicar las reformas anheladas.

 

No sabemos cuándo llegará esa coyuntura, pero hay que trabajar para estar listos y no volver a perder las ocasiones que los sobresaltos de la historia pueden brindarnos. Sólo la presencia del pueblo en la calle podrá fungir de ariete contra el estado de cosas. La brecha que puede abrirse en ese momento, sin embargo, sólo podrá ser aprovechada si los movimientos populares renuevan su estructura y su organización; de lo contrario, tras un primer momento, esa fuerza popular se disipará en el aire. Argentina y Latinoamérica necesitan nuevas formas en la conformación de sus movimientos populares, en las cuales no se confunda autoridad con arbitrariedad, ni lealtad con servilismo, y donde haya espacio para el ejercicio de la crítica y la autocrítica tanto en el plano político como meditático, sindical o universitario.

 

¿Estamos muy lejos de este ideal?

 

No lo sabemos, pero décadas de cosechar fracasos deberían enseñarnos a no seguir repitiendo los viejos errores.

 

 

  • Escritor, periodista y docente