Menos mal que los argentinos somos tan sanos que podemos arreglarnos con falda, rabo y bofe, porque los otros cortes serán inalcanzables para nuestros bolsillos.

AHORA QUE LA JAULA ESTÁ ABIERTA, LAS FIERAS PODRÁN SALIR DE CACERÍA.

Por Gustavo Rosa

El presidente de la SRA, Luis Etchevehere, feliz ante la posibilidad de exportar todo sin preocupación por nuestra mesa, aseguró que “el común de los argentinos no le encuentra gusto –al lomo- generalmente lo comemos cuando queremos bajar de peso o estamos saliendo de alguna enfermedad”.

Apuntes discontinuos
18 de diciembre de 2015

Los peronistas clásicos interpretaron el baile de Macri en el balcón de La Rosada como una falta de respeto hacia un símbolo del histórico movimiento.

Después de las medidas económicas anunciadas por Alfonso Prat Gay, el baile se convierte en una burla hacia muchos de sus votantes, que verán reducida su capacidad de consumo en poco tiempo.

Y también en una especie de desafío: ¿hasta cuándo seguirán coreando “no me arrepiento de este amor”?

Pero la burla triunfalista estuvo en muchas bocas triunfadoras.

El presidente de la SRA, Luis Etchevehere, feliz ante la posibilidad de exportar todo sin preocupación por nuestra mesa, aseguró que “el común de los argentinos no le encuentra gusto –al lomo- generalmente lo comemos cuando queremos bajar de peso o estamos saliendo de alguna enfermedad”.

Menos mal que los argentinos somos tan sanos que podemos arreglarnos con falda, rabo y bofe, porque los otros cortes serán inalcanzables para nuestros bolsillos.

En realidad, todo parece burla.

Que el empresidente Macri anuncie, satisfecho, que ya no nos engañarán más con la inflación también muestra su cinismo: si los que dibujaban los índices eran sus diputados, para que los medios los amplifiquen y los grandes empresarios los conviertan en realidad.

Ahora será todo tan confuso que nunca sabremos quién pondrá los números, aunque tenemos la sospecha de que serán enloquecedores.

Que nos digan que liberar el dólar y el comercio exterior provocará una baja de la inflación y la pobreza es el cuentito que siempre ha precedido las más angustiantes crisis.

Nada indica que esta vez será distinto, salvo que tengan un as en la manga.

Por ahora, el artilugio será el endeudamiento que sólo servirá para que se enriquezcan los de siempre y que después pagaremos entre todos con el bienestar que hemos conseguido en estos años.

Ya lo estaremos pagando en breve, cuando los precios de lo que consumimos a diario vuelen en sintonía con la cotización del dólar.

Si los consumidores caceroleaban por insignificantes aumentos que sólo percibían en los titulares, ¿qué harán cuando comiencen a experimentar cifras astronómicas?

¿Qué revolución de la alegría celebrarán cuando el poder adquisitivo de sus ingresos se reduzca a la mitad?

¿Cómo seremos cada día más felices si mañana podremos comprar menos que hoy?

Ahora que no vengan con lemas de filosofía oriental para denostar el consumismo porque en una sociedad capitalista eso es esencial.

El ministro de Hacienda y Finanzas, Prat Gay, adornó con un moño esta broma de mal gusto.

“La lógica de este anuncio es que nosotros retiramos las trabas para que ustedes los trabajadores, los microemprendedores, los creativos, los docentes, hagan lo que tienen que hacer sin que haya un Estado que les esté diciendo: ‘usted puede hacer esto, usted puede hacer lo otro’”, explicó, como un pedagogo.

Lo que no dijo el ministro es que esas trabas no buscaban perjudicar a esos sectores, sino controlar a una minoría que siempre está dispuesta a quedarse con todo.

Ahora que la jaula está abierta, las fieras podrán salir de cacería y nosotros seremos las más codiciadas presas.

Del amarillo al verde

El paraíso neoliberal está otra vez entre nosotros.

Una economía sin controles ni límites y un Estado dispuesto a dejar hacer para que las cosas se desarrollen con normalidad.

Otra vez el salario como variable de ajuste y los puestos de trabajo como pieza de extorsión. La confianza es la única regla que impone el gobierno.

Cuando Macri anunció la eliminación de las retenciones, advirtió a sus amigos rurales que paguen los impuestos con alegría, para no despertar su enojo.

Cuando le preguntaron a Prat Gay cuál será el límite de los precios, aseguró que confiaba en la responsabilidad de los empresarios.

En breve, lloverán inversiones gracias a la confianza.

Sin embargo, el combo no es confiable.

Con un par de medidas, los productores agropecuarios –sobre todo los más grandes- multiplicarán sus ganancias cuando la libre exportación nos deje sin sustento.

Lo poco que quede, deberemos pagarlo a precios internacionales, o tal vez más, porque la avaricia se extiende a toda la cadena de comercialización.

Las grandes empresas también podrán exportar sus productos industriales a riesgo de dejar las góndolas sin una galletita.

La tan mentada competitividad tiene como ítems la cotización del dólar y el salario-hora, pero nunca incluye la ganancia empresarial, un monto incalculable aunque siempre insuficiente para Ellos.

Claro, para abastecer el mercado interno quedarán las PYMES que deberán competir con productos importados que, gracias a los bajísimos sueldos en origen y la intención invasora del precio dumping, pronto estarán en desventaja.

Como son las que más absorben mano de obra local, deberán elegir entre internacionalizar estipendios o bajar las persianas.

Pero ni se nos ocurra pensar en la desocupación: las empresas extranjeras vendrán a instalar sucursales en nuestras tierras, siempre y cuando el Estado garantice la seguridad jurídica que no es otra cosa más que obreros al costo, impuestos mínimos y remisión ilimitada de utilidades.

Y como siempre, invertirán lo mínimo indispensable para sacar el máximo de ganancias, que fugarán al instante hacia paraísos fiscales.

¿Será Miguel del Sel quien haga los arreglos para agilizar el flujo, desde la embajada en Panamá?

Además, gracias a la confianza, podrán comprar hasta dos millones de dólares por mes sin decir de donde provienen.

Demasiada confiabilidad depositada en sectores que han demostrado poco corazón.

Quizá por un tiempo, hasta parezcan humanos, pero pronto se desatará su instinto y cuando despertemos del sueño amarillo, estaremos a un paso de la pesadilla.

No es que uno sea agorero, pero este futuro huele tanto a pasado, que el hedor nos está incomodando.

Que el gobierno alimente la pulsión por el verde no alienta tanto la esperanza.

Que el Mercado vuelva a administrar nuestra vida desde La Rosada no permite un sueño tranquilo.

Que tantos poderosos celebren el retorno de la libertad sugiere que pronto veremos amenazados nuestros derechos.

La Revolución de la Alegría está en marcha y los que la están celebrando, por ahora, son unos pocos.

Mientras tanto, hay un sector de la sociedad expectante que marca los límites desde la calle.

Aunque las cámaras no posen su mirada sobre estos hechos, de alguna manera, las manifestaciones se sienten en todo el país.

Una advertencia que comenzó después de las PASO y que atravesó toda la campaña, pero el establishment mediático logró desarticularla con la campaña del miedo.

“Yo te avisé y vos no me escuchaste” dice la letra de una canción de Los Fabulosos Cadillac.

Ahora que las fuerzas del mercado están liberadas, no es buen momento para los reproches.

Cuando arrecia la tormenta lo mejor es protegernos y nuestros brazos deben estar más abiertos que nunca para acoger a los confundidos.

Un colectivo no debe tener derecho de admisión si su horizonte es la equidad.

El tiempo nos dará la razón: con los poderes fácticos no hay conciliación posible y cuando están descontrolados la felicidad de la mayoría estará siempre en peligro.

Una explicación para el presente y una lección para el futuro cuando las urnas nos estén esperando nuevamente.