Es difícil negar que esa militancia salió a pelear en contra de Macri, antes que a vivar a Scioli.

EL MAL DE OJOS 2015 (UNA LECTURA DEL IRIS ARGENTINO)

Hay en esa voluntad popular un eco de aquello de “…con la cabeza de sus dirigentes” que debería ser leído por la militancia como una orden de batalla a partir de mañana.

NAC&POP
22/11/2015

  1. Ojo al cambio

Escribo esto después de haber votado a Scioli y mientras continúa la jornada de votación.

Organizo unos apuntes que venía haciendo.

No quiero esperar.

Me parece que una reflexión compartida en este momento de incertidumbre será de más utilidad que si la demoro hasta cuando todo se haya definido.

Me pregunto qué irá a pasar.

Y me digo: si gana Scioli, será solo y nada más que por la gracia de una voluntad popular que, por propia iniciativa y sin conducción –después de haber hecho saltar con su voto todos los dispositivos de control territorial cuya matriz permanecía intocable desde hace décadas-, hoy decide hacer control de daños, permitiéndole al peronismo oficial la continuidad en el manejo del Estado Nacional.

Si esto es así, esa formidable operación de limpieza seguida del triunfo de Scioli -por su carácter intuitivo e inorgánico y por su dimensión y escala devastadoras- merece ser considerada como un fenómeno político equivalente a un estallido popular que encuentra, en estas elecciones, la oportunidad para mantener el timón fundamental y al mismo tiempo romper un aparato de apropiación del territorio que se había vuelto insostenible y que la totalidad del elenco dirigente no supo o no quiso desmontar: la institucionalización hasta el hartazgo de los sistemas de reparto prebendarios, la extorsión, el acomodo, la degradación de la idea de bien común y la constante promiscuidad con el delito y los negocios turbios por parte de una dirigencia que se había adueñado de los estados municipales y de los ámbitos de representación popular, minando su vínculo con la comunidad, corrompiendo sus construcciones colectivas y bloqueando el nacimiento de nuevos referentes.

Si esto puede ser considerado de este modo, resulta central observar que en las elecciones de octubre la voluntad popular privilegió objetivos políticos antes que su propia seguridad en términos económicos y sociales.

Esto comporta un sacrificio que debe valorarse.

Es un error pensar que el pueblo de pronto “se ha vuelto liberal”.

Su demanda central fue la necesidad de iniciar de una vez por todas la siempre postergada “reforma política” (en criollo: el desbloqueo de la energía política de la comunidad).

Hizo saltar la térmica en las urnas.

Y lo hizo con un límite muy preciso: sin entregar en esa operación de limpieza el gobierno nacional.

Hay en esa voluntad popular un eco de aquello de “…con la cabeza de sus dirigentes” que debería ser leído por la militancia como una orden de batalla a partir de mañana.

Pero también me pregunto esto: ¿y si el triunfador no fuera Scioli?

Entonces esa arrasadora y masiva voluntad inorgánica de provocar un daño político de tamaña envergadura adquirirá para mí un sentido mucho más profundo y nuevo.

No quiero convertir esta reflexión en un ensayo sesudo e intelectualoide.

Esto es nada más que la necesidad de ordenar la incertidumbre en la dirección de una convicción política.

Pero en estos días, frente a la evidencia innegable de que el voto popular se había orientado dando la espalda al peronismo institucionalizado, recordé una lectura de mis 20 años durante mi paso fugaz por la facultad de derecho.

Y fui a buscarla.

El texto es de Hegel y está en Principios de la Filosofía del Derecho

Hago una síntesis: los pueblos “solo pueden hacer época una vez en la historia” (…)

La historia particular de un pueblo histórico contiene, en primer lugar, el desarrollo de su principio (…), con el que alcanza su libre autoconciencia ética” y gracias al cual “ingresa a la historia” (…)

“En segundo lugar, está el período de su decadencia y corrupción” y es allí donde “se señala el surgimiento de un nuevo principio”, con lo que “se indica el tránsito” hacia el nacimiento de “otro pueblo”.

Despojemos a estas palabras de todo su idealismo mecanicista y de su matriz eurocéntrica.

Creo que el texto vino a mi memoria en este domingo de incertidumbres porque estoy dispuesto a pensar que, luego de más de 70 años, el pueblo peronista que hizo su aparición el 17 de octubre y cambió radicalmente la Argentina del siglo XX, está encontrando en el siglo XXI su momento final, y en esa agonía está pidiendo y viviendo su propia transformación en “otro pueblo”, sin la comprensión de sus dirigentes y en completa soledad.

¿Si esto significa cerrar los libros de los viejos maestros para empezar de nuevo?

No es eso.

La ley de la energía es nada se pierde, todo se transforma.

La única diferencia que revelaría el triunfo o la derrota de Scioli es a qué distancia estamos de ese fin de ciclo.

Si se gana, habrá una oportunidad mejor para construir la encarnación política de ese “otro pueblo” que viene pidiendo pista –no sin tensiones y crisis, eso es seguro-; y si se pierde, habrá que hacerlo mucho más dolorosamente, en medio de otros cataclismos y nuevas hipotecas, que harán el camino más errático y más lento.

Sea como fuere, tanto en un caso como en el otro, me parece que el comportamiento de la voluntad popular señala que estamos en un momento de pasaje hacia otro tiempo político, uno que nos impondrá la redefinición de las identidades vigentes hasta ahora y la urgente reinvención de nuestras representaciones.

En el fondo, no es ninguna novedad.

La totalidad de la institución política de la Argentina, desde hace 30 años, viene resistiendo a los bandazos este destino
que ya había anticipado Perón en vísperas de su muerte, cuando señaló al pueblo como único titular de su destino.

  1. Los pueblos son como el agua

En cualquier caso, voy a seguir creyendo que los pueblos no se equivocan.

Son como el agua.

Sucede que cuando la voluntad de su caudal se ve obligada a manifestarse a través del perverso sistema de diques, filtros, desvíos y embalses que la cultura política de esta democracia controlada ha levantado a su alrededor, está cantado que el resultado no podría tener la transparencia ni la fuerza de sus fuentes.

Las nuestras son aguas que hace muchos años sufren la constante canalización forzada de sus cursos, el bloqueo de su capacidad de erosión y el envenenamiento y la fragmentación sistemática de su cuenca.

He leído por ahí que cuando la pregunta es monstruosa, resulta inevitable que la respuesta también lo sea.

Para comprender el sentido del voto popular es necesario abandonar las pequeñas causalidades domésticas del palacio y aprender a leer debajo del agua.

  1. El ojo de la tormenta.

El solo hecho de que el peronismo deba estar hoy frente a las urnas en este estado de incertidumbre debería ser evidencia suficiente de que hay algo en su modo de captar la realidad que está fallando.

Algo fundamental de la naturaleza de este tiempo ha quedado fuera de su campo de visión.

Un cierto juego de espejismos ha transformado su histórico modo de mirar –un modo que alguna vez fue lince- y lo ha convertido en una pantalla interpuesta entre sus ojos y “la única verdad”.

4. Tres miopías.

Desde que se conocieron los resultados de la elección que nos trajo al ballotage la casi totalidad de la dirigencia se empeñó en ignorar su propia desorientación, y siguiendo el principio de que no se puede dudar ni deliberar en medio de la batalla, cada cual eligió seguir como venía.

El curso de esa acción, a mi modo de ver, se organizó en tres manifestaciones de alta significación, que reflejan la estatura de los actores políticos en esta coyuntura electoral.

La primera, una penosa multiplicación de los argumentos que situaban el problema en el ámbito de un internismo o un cálculo político, incapaz de hacer otra cosa que morderse la cola.

Así, Scioli quedó rodeado de insidias, reproches y salvavidas de plomo que solo confirmaban la brutal inversión de aquel principio peronista que indicaba “primero la patria, después el movimiento, luego los hombres”.

Miopía de palacio.

La segunda, una proliferación dentro del peronismo kirchnerista de un antiperonismo del peor cuño, que señalaba al pueblo como la causa de todos sus males.

“Tienen la memoria corta”, “la gente le muerde la mano al que le da de comer”, “se naturaliza lo que se ha conseguido y no se lo valora”, “no vivieron la dictadura”.

Esto ya se sentía en sus últimos discursos cuando, miserablemente, se le recordaba a la gente “lo pobres que eran antes de este gobierno” o aquello de “no fue magia”, que impúdicamente pone el acento en la reivindicación del trabajo de gobernar, en lugar de ponerlo en el derecho conquistado.

Son discursos que van por la colectora del pensamiento, lejos de la humilde y ancha vía del sacrificio en el amor que propiciaba la escuela de Evita.

Miopía ideológica.

La tercera, una espontánea y hermosa aparición de una militancia y de un muy escaso grupo de referentes que, al ver la proximidad del abismo (miopía del que se mantuvo en reserva y no valoró la vital importancia hacer oír su perspectiva crítica), salió atropelladamente a poner el pecho que no ponían los dirigentes.

Solos y solas autoconvocadas por un amor desesperado, salieron a la calle a entregar su fe.

5. La patriada

Es difícil negar que esa militancia salió a pelear en contra de Macri, antes que a vivar a Scioli.

Tampoco se puede negar que, cuando esa militancia llegó a la calle, chocó de frente con la evidencia de que tampoco había clima para defender “el modelo”.

Pero aún sin comprender las razones de ese profundo mar de fondo, salieron.

La necesidad de ir contra el proyecto de radicalización neoliberal del macrismo orientó esas miles de voluntades anónimas (“y de Scioli y de todo lo demás después veremos”, fue el pensamiento tácito en esta campaña pasional e improvisada).

Lo sorprendente en todo esto es que los protagonistas de esta reacción militante no fueron los candidatos sino el amor y la fe que exteriorizó la propia militancia.

¿Amor a qué?

¿Fe en qué?

Las entrañables postales acumuladas durante estos días en el ejercicio de este loco gesto de salir a la calle sin conducción ninguna, sin material de campaña, sin nada más que el cuerpo y el corazón, a disputar como pequeños gladiadores un voto tras otro, mano a mano, en la carnicería, en el taxi, en el colectivo, en el tren, en Facebook, por teléfono, en la mesa familiar, en todas partes, habla de una energía política que es capaz de hacer la diferencia, no importa el contexto que nos toque desde el lunes.

Se verá si esa voluntad tendrá la fuerza, la lucidez y la autonomía suficientes como para asumir el desafío de acompañar y construir desde abajo el nacimiento de este “otro pueblo”, que brama enredado en la incomodidad de estas urnas, y que necesita redefinir su identidad a partir de su propia contemporaneidad y no desde estereotipos pasados, deshaciéndose de los lastres que le han venido impidiendo “ser lo que quieras ser” y así dejar atrás esta cíclica condena de estar siempre al borde del “no serás nada”.

Entonces, más allá del resultado, lo hecho en estos días por esa militancia sin nombre necesita ser bautizado: lo suyo es, sencillamente, amor a la Patria.

6. Ojos bien cerrados

¿Y el cúmulo de votos que se apila del otro lado sería amor a la antipatria?

Error. Error. Error.

Ahí hay al menos un 30% que expresa demandas sociales y políticas que han quedado fuera del campo de visión del peronismo.

No es un sector social ni una clase: es un cúmulo todavía nebuloso de nuevas experiencias y percepciones del mundo y de nosotros mismos; de elaboraciones culturales y formas inéditas de articulación social; realidades, demandas e imaginarios de una contemporaneidad ajena al peronismo histórico y que resultan ilegibles dentro del marco de sus categorías y sus prácticas tradicionales.

Entender e incorporar ese 30% es fundamental para reconstruir el Movimiento, en el seno de ese naciente “otro pueblo” que aún carece de una identidad política totalizadora, de conducción y de proyecto.

Pero esto es un tema para más adelante.

Ahora me gustaría decir algo sobre el ahora más reciente.

7. ¿Qué ves cuando me ves?: el espejismo kirchnerista.

Si uno se atiene a sus discursos, hemos estado viviendo un proceso de transformación revolucionaria de carácter antiimperialista y raíz profundamente popular, heredero de las grandes epopeyas de emancipación latinoamericana.

Me parece mucho decir.

Hay compañeros que, en el otro extremo, caracterizan a este progresismo como la expresión política de una nueva colonialidad, diseñada y promovida por el imperio para sujetar esta parte del mundo, mientras la metrópoli rehace su hegemonía en un escenario internacional altamente conflictivo y disputado.

También me parece mucho decir.

Prefiero seguir el tanteo en la oscuridad que vengo probando en estas líneas, y que da cabida, de algún modo, a ingredientes de ambas visiones: el kirchnerismo es un híbrido político, resultado natural de este tiempo de mutación de un pueblo en otro.

De ahí sus múltiples duplicidades y sus innumerables divergencias entre el decir y el hacer, sus aciertos y extravíos, sus teatralidades y enmascaramientos sorprendentes.

Hibridez, de la que surge ese alto sentido ético y moral que pregona en sus discursos y que en algunas de sus decisiones está presente, pero que desaparece completamente, por ejemplo, en el exhibicionismo de su cerrada, sorda, cortante e impiadosa forma de conducción de la fuerza propia y en la frialdad de sus secretos intercambios con los poderes reales: híbrido, de idealismo iluminado y pragmatismo a toda prueba.

Sorprende la completa falta de registro de su propia esquizofrenia.

O su poder para acallarlo.

Pero no voy a hacer la enumeración de las transformaciones realizadas en favor de la obtención de mayores grados de autonomía nacional –que son muchas- y compararla con la lista de las renuncias, postergaciones y acuerdos con las corporaciones y poderes que han torcido, demorado o neutralizado nuestro paso por el camino de la emancipación –que también son numerosas-.

Prefiero detenerme ahora sobre una cuestión que me parece que es el centro del descentramiento que se ha venido manifestando en las urnas: el problema de la construcción de nuestras representaciones políticas.

8. Ojo por ojo.

El tiempo kirchnerista comenzó con la promesa de la reforma política.

Fue lo que lo hizo crecer.

Recogía en esa consigna todos los malestares que se manifestaron en el estallido del 2001.

Mi parecer es que aquel “que se vayan todos” concentraba el grito, la exigencia y el deseo imperioso de una comunidad deshecha, impotente y abandonada a su suerte, que necesitaba poner fin a una lógica política que la venía dominando desde la recuperación de la democracia en 1983.

Había que sacarse a los viejos vinagres de encima.

Hacía falta “una nueva forma de hacer política”.

¿Qué significa eso? (me auxilia C. Castoriadis): la construcción de una democracia que no sea meramente “un procedimiento” (dicho a la ligera: votamos cada tanto a unos tipos que se van turnando) sino “un régimen”, es decir, una democracia en donde, cotidianamente y a cada momento, la comunidad, en forma deliberada y lúcida, decide y hace la ley bajo la cual quiere vivir.

Concretamente (me auxilia mi General): emprender la construcción de la Comunidad Organizada.

Listo: “reforma política” es eso.

Y eso es, a mi juicio, lo que a tientas y confusamente añoraba la gente que discutía en las plazas y en los conurbanos, durante aquellos silencios abismales y a la luz de las fogatas del 2001.

En todas partes se esperaba una “reforma” que barriera como escoba nueva las murallas de la ciudadela política y abriera sus puertas a la participación.

Y fue ése, justamente, el estribo que le permitió a Kirchner iniciar su recorrido.

La promesa de un desalojo de “la vieja política” fue el motor principal que empujó al kirchnerismo y lo llevó a su más alto logro, en la contracumbre de Mar del Plata en el 2005, cuando reunió innumerables organizaciones políticas y sociales y las orientó hacia un claro objetivo antiimperialista y de integración continental.

Aquella formidable masa crítica pudo haberse convertido en un movimiento de arraigo territorial y construcción política colectiva.

Pero no fue así.

Esto apenas se cumplió a medias y en forma muy desigual.

Creo que no vale la pena discutir “se hizo esto y aquello”.

Estamos donde estamos.

Mi impresión es que no hubo voluntad: la puesta en marcha de una lógica de esta naturaleza hubiera requerido de un masivo despliegue horizontal, que necesariamente iba a generar espacios de autonomía con capacidad de movilización propia, surgimiento de conducciones de base, discusión política, tensión, multiplicación de agrupaciones, interrelación de las organizaciones del territorio con las del trabajo, todos vehículos capaces de articular demandas, aspiraciones y referentes de la comunidad (en fin, la típica dinámica movimientista que caracterizó siempre al peronismo y que lo convirtió en una extraordinaria máquina de resistencia y de lucha).

No se hizo.

Hubo, pero quedó acotada a un puñado de experiencias.

Decididamente no fue el modelo de construcción política que terminó privilegiando el kirchnerismo.

Aquella movilización inicial devino en otra técnica: la conducción ocupó el centro y se propuso a sí misma como “significante vacío” (Laclau…), vértice de convergencia para todas las demandas, organizador excluyente del bloque hegemónico que funcionaría como garante del control del proceso político, de la gobernabilidad y de la conquista de porciones de renta, cuya distribución alimentaría la espiral de este sistema centralizado de acumulación política.

Su metodología: la incesante ejecución de operaciones de polarización (otra vez Laclau…) consistente en la selección de “fragmentos sociales” que pudieran ser “investidos con las cualidades del enemigo”: ponerlos contra la pared y polarizar el resto de su lado.

Muchísimas veces, sin embargo, “el enemigo” así señalado no coincidía con el enemigo estratégico, efectivo y real del país (es decir: el eje principal en donde se organizan las fuerzas del imperio).

Demasiado a menudo fueron operaciones de ajuste, penalizaciones o enemigos secundarios.

El efecto resultante de estas polarizaciones forzadas fue la constante torsión caprichosa de la sociedad, que no acumulaba estratégicamente sino que se debatía por meras urgencias de coyuntura.

Esta mecánica de polarización-confrontación, ejecutada hasta el cansancio por el pragmatismo kirchnerista (particularmente desde el conflicto con “el campo” en adelante) se volvió insoportable, sobre todo cuando su objetivo principal no se situaba en el eje de la emancipación sino el de conservarse a sí mismo.

Originó una endogamia creciente y la reducción paulatina de su base de sustentación.

Sometió a la sociedad a sufrimientos innecesarios.

Dividió lo que podría estar unido y juntó lo que hacía falta separar.

Este ejercicio de división forzada de la sociedad interrumpe dramáticamente los procesos de construcción colectiva que se dan en el llano, siempre ligados a las necesidades reales del territorio y no a las necesidades hegemónicas de la conducción.

Es un modelo de construcción política concentrado, vertical, indivisible, soberbio y cerrado sobre sí mismo, que destruye sistemáticamente el poder popular e impide el desarrollo político autónomo de la comunidad.

Es un pájaro carpintero sobre tu cabeza.

Esto harta. Frustra.

Es lo contrario de la “reforma política” prometida. Por eso genera rabia y rechazo.

Ojo por ojo, es lo que se ha venido a pagar en las urnas de la primera vuelta.

  1. La Patria no es el otro.

El domingo me apura.

Ya quiero dejar de escribir y saber finalmente “qué”.

Estos días han sido profundamente conmovedores.

La incesante aparición a cada paso de los ojos enormemente abiertos de todos los desesperados, me ha puesto un deseo de vivir como hacía mucho que colectivamente no sentía.

No sé lo que va a pasar ni lo que vendrá.

Pero sucede algo extraño: todos sentimos que un asunto grande juega su destino, pero nadie podría señalarlo y decir: “es esto”.

Podemos argumentar, y efectivamente es lo que hemos venido haciendo.

Pero lo que conmueve no es eso.

Conmueve este movimiento hacia la defensa de algo que, curiosamente, no existe todavía.

Porque no es el orden material -que está muy lejos de ser lo que quisiéramos- lo que estamos defendiendo.

El orden material no enamora.

Lo que conmueve, me parece, es este acuerdo horizontal y anónimo que, cagándose en todos los cálculos políticos, comprende que lo que se defiende es este “dolor que aún no sabe su nombre”, esa posibilidad siempre abierta de “no ser dolor”.

La Patria, entonces, no es el otro…

Esta es una afirmación que de tan genérica no dice nada.

Ahí cabe un otro que podría ser cualquiera, YPF o Monsanto.

Si no fuera porque la perspectiva de Rimbaud iría a orientarse luego hacia la europea angustia de “la despersonalización del sujeto” y su deprimente encuentro con “la nada”, se hubiera podido decir como él “Yo es otro”, para empezar a decir algo.

Pero no hacía falta ir donde Rimbaud –aunque su lectura no resigno- para advertir con Kusch que ese “yo” que Europa quiere poner siempre en el centro, separado y redondo como una moneda, en América dilata sus fronteras incluyendo, en uno, todo: “Yo”, en América, significa dejarse estar en los otros y en el paisaje.

El divismo del “Yo” es mirado de costado en América.

Divierte, pero no convierte.

Donde Europa encuentra “nada”, América descubre “el todo”.

Donde Europa divide, América multiplica.

Donde Europa ve “una cosa”, América ve “un significado”.

Donde Europa clausura, América inaugura.

Vivimos en una parte del mundo cuyo sello es ser una totalidad abierta y siempre en curso de ser otra.

Por eso acá, la Patria, es siempre niña y “con los pechos no brotados aún” (tan distinta a la matrona hecha y derecha que pintó Delacroix a la cabeza de la Revolución Francesa).

En esta loca agitación de entregarnos a vivir, por estos días, la Patria se apareció fantasmalmente, empujando a todos esos compañeros de gestos vacilantes que recién encontraron un decir cuando se reconocieron en la calle.

Nosotros. Estamos. Somos. Vamos.

No sabemos cómo nos va ir. No sabemos nada del mañana.

Si seremos o no, ni cómo.

Pero así es la vida.

Abierta predisposición al nacimiento y a la muerte.

Acabo de recibir una foto en el teléfono. Parece un milagro.

Es un milagro.

Me confirma en lo que digo.

Me ayuda a mitigar los temores.

Dice mucho mejor que yo porque solo necesitó dos palabras para decirlo: sobre el zócalo de una vieja pared descascarada puede leerse escrito con aerosol negro esta serena y confiada invitación: “VEN, SEREMOS”.

¡Qué hermoso país es éste!

Si no fuera porque soy uno cualquiera que carece de un banquito lo suficientemente alto como para ver un poco más allá de mi propia cuadra, diría con total seguridad que está todo dispuesto para abandonar a los calculistas de la política, a los claudicantes y a los hipócritas.

Es tiempo de dejarnos llevar por estas aguas profundas que en estos días encontraron una inclinación inesperada.

Me gustaría ver a estos jóvenes tomar del brazo a nuestros viejos compañeros (los necesitan para consultarlos en momentos difíciles) y emprender por si mismos el camino.

La cosa recién comienza.

Iba a irme citando otra vez a Marechal, pero como creo que hay que aceptar el peligro de los nuevos mestizajes contemporáneos, me voy citando a Charly García, que muy poquito después del 2001 -y luego de declarar que iba a dedicarse a hacer música debajo del agua porque ahí se hacía más y se hablaba menos-, entregó una versión de un rock de autor yanqui, bajo la forma de una profunda canción que (desde un banquito más alto que el mío) alienta y alerta sobre el inquietante vértigo que significa cambiar sin extraviarnos a nosotros mismos, vértigo al que, sin embargo, es necesario arriesgarse.

10. “Influencia”, de Todd Rundgren. Versión de Charly García.

Puedo ver y decir,
puedo ver y decir y sentir:
algo ha cambiado.

Para mí no es extraño.

Yo no voy a correr,
yo no voy a correr ni a escapar
de mi destino.

Yo no pienso en peligro.
Si fue hecho para mí,
lo tengo que saber.

Pero es muy difícil ver
si algo controla mi ser.

En el fondo de mí,
en el fondo de mí veo temor
y veo sospechas
con mi fascinación nueva.

Yo no sé bien qué es,
Yo no sé bien que es,
vos dirás: “son intuiciones”.
Verdaderas alertas.

Debo confiar en mí,
lo tengo que saber.

Pero es muy difícil ver
si algo controla mi ser.

Puedo ver y decir y sentir
mi vida dormir
bajo tu influencia.

Puedo ver y decir y sentir
mi mente dormir
bajo tu influencia.

Una parte de mí,
una parte de mi dice: -¡Stop!
fuiste muy lejos.

No puedo contenerlo.
Trato de resistir,
trato de resistir…
y al final, no es un problema.

Qué placer esta pena.

Si yo fuera otro ser
no lo podría entender.

Pero es tan difícil ver
si algo controla mi ser.

Puedo ver y decir y sentir
mi vida dormir
bajo tu influencia.

¡Esta extraña influencia!

Va un gran abrazo y hasta mañana.
Siempre mañana.

JC/

• Julio Cardoso es director del Observatorio Malvinas de la Universidad Nacional de Lanús.

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