El Santo Padre denunció que “¡El mundo no ha comprendido el camino de la paz!”.

PAPA FRANCISCO: “MALDITOS LOS FABRICANTES Y TRAFICANTES DE ARMAS”

Por Eduardo Valdés

Permítanme afirmar con orgullo que mi país tiene una historia de hospitalidad e integración que quizás puede ofrecer un modelo para salir de esta espiral de violencia. Desde el fin del siglo XIX Argentina recibió a los que huían de las guerras y el hambre llegando con los barcos, como sucede ahora con los refugiados africanos, es más, hasta les construyó el Hotel de Inmigrantes para recibirlos.

NAC&POP
21/11/2015

Frente a la amenaza de la que todos ya definen una nueva “guerra global” deseo sumarme a las palabras del Papa Francisco, quien en su Misa diaria en Santa Marta, volvió a indicarnos el camino.

El Santo Padre denunció que “¡El mundo no ha comprendido el camino de la paz!”.

“Los hombres hemos preferido el camino de las guerras, del odio, de las enemistades”, como demuestra el hecho de que hoy todo el mundo está en guerra, “¡una guerra mundial a trozos: aquí, allí, en todas partes!”, para la cual “no hay justificación”.

Como el Buen Pastor que guía a su ovejas, sin ahorrarles criticas cuando ellas se encaminan por un sendero equivocado, el Pontífice en su homilía quiso referirse sobre todo aquel mundo que se prepara ahora a festejar la Navidad con “luces, fiestas y árboles iluminados”, cuando “todo eso es puro decorado, porque el mundo continúa haciendo la guerra.”

Se trata de un mundo que “ha preferido la riqueza a Dios”, el mismo mundo materialista e individualista que nos ha vuelto indiferentes antes el sufrimiento de nuestros hermanos y que nos ha quitado hasta la capacidad de llorar, que el Papa ya había denunciado al comienzo de su pontificado durante su visita a Lampedusa.

“La guerra es precisamente la elección por las riquezas: ‘Hagamos armas, así la economía se equilibra un poco, y sacaremos adelante nuestros intereses’, dijo claramente el Pontífice, quien luego, usando una palabra que no pertenece a su estilo pastoral, afirmó: “estos que trabajan por la guerra, los que hacen las guerras, son malditos, son delincuentes”.

Atención! Dijo “Los que trabajan por la guerra”, equiparando a los que las combaten, a los que producen y venden las armas.

Es decir, el Santo Padre eligió dirigir su fuertísima denuncia en particular contraaquella parte del mundo que “vive para hacer la guerra” y que incluso “tiene el cinismo de decir que no la hacen”.

La homilía de ayer fue sobre todo una denuncia de la hipocresía y las responsabilidades internacionales que se esconde detrás de estos conflictos.

Al contrario, el Papa Francisco indicó que la guerra se puede acabar sólo gracias a un cambio radical de actitud y de mentalidad, gracias a la conversión del corazón que nos enseñan “los pobres trabajadores de la paz”, como Madre Teresa de Calcuta.

Se trata de renunciar al cinismo de los poderosos y a toda forma violencia, para volver a ser capaces de llorar y de dar su propia vida “por ayudar a una persona”.

Ya durante el Ángelus del pasado domingo, al denunciar los ataques terrorista en París, el Papa Francisco, nos había advertido que la violencia no puede resolver nada, pidiendo a Dios que nos inspire a todos pensamientos de paz y de solidaridad.

Estas palabras me hicieron acordar otro documento, la declaración conciliar Nostra Aetate de la que, el pasado 28 de octubre, celebramos el 50 aniversario.

Se trata de un documento que en la difícil situación geopolítica mundial tiene una actualidad y una relevancia que me atrevo a definir providencial.

Ya en 1965, aquella declaración al reconocer el valor de las religiones no cristiana, afirmaba que “no podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios”, explicando que “así se elimina el fundamento de toda teoría o práctica que introduce discriminación entre los hombres y entre los pueblos, en lo que toca a la dignidad humana y a los derechos que de ella emanan”.

Cómo no reconocer la importancia de dichas afirmaciones frente a las guerras fratricidas que se combaten hoy en día en Oriente Medio – en particular en Siria e Iraq – que invocan a Dios como pretexto para todo tipo de violencia y persecuciones religiosas.
De hecho, las diversas religiones, actuando en paz y común acuerdo, podrían hacer mucho para resolver dichos conflictos.

Por eso, el Pontífice hizo del diálogo interreligioso uno de los ejes de su Pontificado, organizando iniciativas extraordinarias, como la vigilia de oración por la Paz en Siria y la Invocación por la Paz en Tierra Santa en los Jardines Vaticanos.

El diálogo con las otras religiones fue al centro de su actividad también cuando era el Arzobispo de Buenos Aires y eso porque, en cuanto argentino, el pudo apreciar el valor de la verdadera integración entre culturas diferentes.

Permítanme afirmar con orgullo que mi país tiene una historia de hospitalidad e integración que quizás puede ofrecer un modelo para salir de esta espiral de violencia.

Desde el fin del siglo XIX Argentina recibió a los que huían de las guerras y el hambre llegando con los barcos, como sucede ahora con los refugiados africanos, es más, hasta les construyó el Hotel de Inmigrantes para recibirlos.

Por eso, nos duele mucho lo que está pasando con estos hermanos que huyen de sus Patrias por el horror del cual occidente no es inocente.

Las nacionalidades más diversas han formado la argentinidad: sirios, libaneses, judíos, españoles, italianos, polacos, ucranianos, ingleses, asiáticos y africanos, junto a hermanos latinoamericanos que también sufrieron persecuciones o tenían necesidad de trabajar.

Los hijos de aquellos migrantes fueron formadas en la escuela pública argentina, que les supo inculcar el amor no sólo por la patria que los educaba, sino también por la de sus padres.

Gracias a esta educación, los argentinos estamos graduados en una materia que se llama “convivencia”.

Ningún ciudadano argentino pudiera asesinar a un compatriota por profesar otra religión o tener raíces diferentes.

Personalmente creo que este modelo de inclusión y de educación sea el arma más eficaz que la política internacional pueda utilizar para combatir el Estado Islámico.

Educación e inclusión son los dos pilares para contrarrestar una estrategia que tiene su fundamentos en el odio y en el aniquilación de todos los que piensan diferentemente.

Obviamente, estas no son medidas que se pueden realizar de un día para el otro, se necesitan planes a largo plazo.

También hay que impulsar el cambio de mentalidad indicado por el Papa Francisco en esas sociedades dominadas por el individualismo y la indiferencia ética.

Pero, como resaltó el Pontífice, primero tenemos que empezar a detener el flujo de armas y de dinero que llega a los grupos armados terroristas por parte de aliados y patrocinadores regionales e internacionales para poner fin a la desestabilización del entorno geopolítico del Medio Oriente.

Este fenómeno, es quizás el síntoma más evidente de aquella indiferencia ética que acabamos de denunciar y encarna la mala conciencia de muchos países de occidente frente a las víctimas inocentes de la “tercera guerra mundial a pedazos” que se combate hoy en el mundo.

Las que Europa llora en su propio suelo y las que mueren bajo los bombardeos.

EV/

• Eduardo Félix Valdés es el embajador de la República Argentina ante la Santa Sede