La conjunción cosmogónica entre religiosidad que propone Francisco y las tradiciones de la revolución cubana y el peronismo.

COSMOGONÍAS O FIDEL, EL PAPA Y EL PERONISMO

Victor Ego Ducrot

No es de herejes decir que el Papa votaría por Daniel Scioli; ni el empujoncito que algunos jesuitas le dieron a Obama; ni que el cura, el comandante y el militante de la unidad básica compartan un asadito hecho a leña de parqué.


Tiempo Argentino
Agepeba
19 de Setiembre de 2015

I. Fidel Castro, antiguo alumno jesuita, muchas veces admitió la influencia de los maestros del colegio de Belén en su formación.

En el artículo “Para entender la visita a Cuba del Papa Francisco”, del 12 de septiembre último, el colega Salvador Capote, de la agencia ALAI, nos recuerda que, en 1985, el teólogo brasileño Leonardo Boff visitó la isla por invitación de Fidel.

Boff afirmaba que, en el contexto de sus conversaciones, el líder cubano decía: “Cada vez me convenzo más de que ninguna revolución latinoamericana será verdadera, popular y triunfante si no incorpora el elemento religioso (…).

Estoy seguro de que sobre los mismos pilares en que se pueda asentar hoy el sacrificio de un revolucionario, se asentó ayer el sacrificio de un mártir por su fe religiosa.

En definitiva, la madera del mártir religioso, a mi juicio, estuvo hecha del hombre desinteresado y altruista, de la misma que está hecho el héroe revolucionario.

Sin esas condiciones no existen, ni pueden existir, ni el héroe religioso ni el héroe político”.

Mucho tiempo después y tras reunirse con Francisco en el Vaticano, en mayo de este año, el actual presidente Raúl Castro expresaría: “El (por Francisco) es un jesuita y yo, de alguna manera también lo soy, siempre estuve en escuelas de jesuitas”

Luego al decirle a un grupo de periodistas “he agradecido al Santo Padre su contribución al reacercamiento entre Cuba y Estados Unidos”

Este reacercamiento derivó en la reapertura de relaciones diplomáticas en Washington y La Habana, lo que no le impide a los cubanos mantenerse firmes en una política de Estado que ya lleva más de medio siglo, rechazar con dureza el bloqueo.

Así lo señalaba el miércoles pasado la oficina de prensa de la embajada de Cuba en Buenos Aires, a sólo tres días de la llegada del Papa a ese país caribeño: “El ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez, presentará a la prensa extranjera acreditada en La Habana, el Informe de Cuba sobre la Resolución 69/5 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, titulada “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba.

Tal como se ha reiterado, el bloqueo se mantiene intacto.

A pesar del restablecimiento de las relaciones bilaterales con los Estados Unidos, no puede decirse que exista una flexibilización o debilitamiento de esa cruel política.”

Efectivamente, la acción diplomática del Papa fue determinante en el aun arduo reencuentro entre Cuba y Estados Unidos, como lo fue la consistencia de la política internacional de la Revolución, enderezada por un líder que es ícono de su tiempo, Fidel Castro.

Fidel lidió con todos los presidentes estadounidenses de postguerra y fue actor decisivo de la convulsionada segunda mitad del siglo XX.

También el obligado reconocimiento que tuvo que hacer el sistema de poder “gringo”, para el cual aquella obcecada actitud de los ’60 ante Cuba dejó de serle funcional a la hora de buscar “hispanos”, decisivos y ya no sólo en el estado de La Florida.

II.- También nos recuerda el colega de ALAI que, en el camino entre el aeropuerto de El Alto y la ciudad de La Paz, en Bolivia, Francisco se detuvo para orar cerca de Achachicala, donde fue torturado y asesinado el sacerdote Luis “Lucho” Espinal en la noche del 21 de marzo de 1980, sólo dos días antes del asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero en El Salvador.

Justo en el mismo año de la asamblea de obispos de Medellín, en la que sectores de la Iglesia elaboraron fundamentos teóricos y prácticos proximidad a las luchas de los pobres y oprimidos: la Teología de la Liberación.

“Me detuve aquí para saludarlos y sobre todo para recordar, recordar a un hermano, un hermano nuestro, víctima de intereses que no querían que se luchara por la libertad de Bolivia”, decía el Papa. “Lucho” era jesuita, y al igual que para Francisco y muchos otros sacerdotes, su alineamiento “con los oprimidos y con la justicia desde la fe cristiana estaba en armonía con el compromiso de la Compañía de Jesús definido en la Congregación General 32, de 1975, y en el espíritu del Concilio Vaticano II y de los Sínodos de Obispos “La justicia en el mundo” (1971) y “La evangelización del mundo contemporáneo” (1975).

Esta congregación redefinió la misión de los jesuitas, la cual se enfocaría en adelante en “la consagración al servicio de la fe y a la promoción de la justicia”.

A aquella reunión de los jesuitas asistió como Provincial de Argentina Jorge Mario Bergoglio.

III. Y recuerdo aquello que escribí hace un par de semanas, acerca de la definición que diera el vicegobernador bonaerense Gabriel Mariotto sobre Francisco como “Papa peronista” en un sentido cultural, porque apunta a definirlo desde la síntesis conceptual que expresa a la Iglesia, entendida como “Iglesia de los pobres”, comunidad reafirmada en torno a una fe religiosa, y al peronismo como cosmogonía, casi como sentido común en tanto complejo sistema ideológico registrable en un pueblo y en una geografía históricamente determinadas, con enraizamiento en los seres concretos del Mateo 25 “porque tuve hambre y ustedes no me dieron de comer; tuve sed y no me dieron de beber; era forastero y no me recibieron en su casa; estaba sin ropa y no me vistieron; estuve enfermo y encarcelado y no me visitaron (…)”.

En atención a lo recordado hasta aquí (es probable que el periodismo al fin y cabo sea un ejercicio de la memoria colectiva) efectivamente hay posibilidades ciertas de ensayar en torno a cómo, y más allá de las coyunturas políticas formales, electorales, y visto nuestro comienzo de siglo desde América Latina, quizás en particular desde Argentina, sea este un tiempo en que la suerte de las grandes mayorías dependa de una conjunción cosmogónica entre la religiosidad crítica que propone Francisco y las tradiciones políticas y culturales plebeyas de la Revolución Cubana y el peronismo, las que, al fin de cuentas, tantos puntos de encuentro tuvieron desde siempre.

Termino. No es de hereje decir que si el Papa estuviese el mes que viene en Argentina votaría por Daniel Scioli; no fue de herejes el empujoncito que algunos jesuitas en acción le dieron a Obama, mejor dicho a los más recalcitrantes de la política exterior estadounidense; y no sería de herejes ver al cura, al comandante y al militante de la unidad básica compartiendo un asadito hecho a leña de parqué.

(*) Texto publicado por el diario Tiempo Argentino. Su autor es doctor en Comunicación por la UNLP, periodista, escritor y profesor de Historia del Siglo XX en Facultad de Periodismo y Comunicación Social de esa Universidad. Director de AgePeBA.

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